Cultură

Me emparrandé con un narco en México y viví para contarlo

Sobreviví a varias noches que involucraban farra pesada en los mejores clubs de Playa del Carmen, prepagos caleñas y montañas de 2C-B.
6.4.16

Este artículo fue publicado originalmente en thump, nuestra plataforma de música electrónica.

Todas las fotos por la autora.

Playa del Carmen, en México, queda a 45 minutos de Cancún. En la última década, gracias al enjambre de turistas que asiste anualmente al festival BPM, se ha convertido en un centro internacional de la fiesta para los más rumberos. Ese mismo enjambre ha hecho del lugar un escondedero perfecto para aquellos que no quieren ser encontrados.

Mi acercamiento al lado más oscuro de Playa del Carmen comenzó en octubre de 2013, cuando trabajaba como agente de ventas y conserje para una compañía que alquila villas lujosísimas a turistas dispuestos a pagar hasta 10 millones de pesos por noche. Mis obligaciones incluían hacer reservas, responder todo tipo de preguntas y asegurarme de que a nuestros clientes no les faltara nada durante su estadía.

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Llegué a ese empleo porque una vez mi familia decidió alquilar una villa en el lugar. En esas vacaciones, luego de varios shots de tequila y de darme cuenta de que no quería volver a mis estudios en mucho tiempo, le pregunté al dueño de la compañía si necesitaba ayuda. El hombre la necesitaba, así que al mes y medio estaba montándome en un vuelo de sólo ida Los Ángeles - México.

Playa del Carmen es un pueblo pequeño. Durante los tres meses que estuve allá conocí y me relacioné con todo tipo de personajes provenientes de todos los rincones del mundo: expatriados, nómadas, fiesteros internacionales e incluso criminales que se asumían a sí mismos como tal y estaban escapando de las autoridades. Sin embargo, entre todas las experiencias que tuve, hubo una que me quedó realmente marcada: la de Micha*. Quizá no la olvido porque fue mi primer (y probablemente último) vistazo al esquivo y glamuroso mundo del narcotráfico. Y ahora que lo pienso fue más que un vistazo: por un par de semanas casi surreales jugué un rol en la vida de Micha, que estaba totalmente sumergido en el estilo de vida de un capo internacional de las drogas.

Conocí a Micha en enero de 2014, cuando le arrendamos una villa de cinco habitaciones en la playa. Medía 1.80 metros, tenía un corte de pelo muy pulcro y se le notaba el gusto por los zapatos de diseñador y los relojes que superaban de lejos el salario de una persona promedio. Quizá lo que me atrajo de Micha fue esa personificación de la masculinidad tradicional; la mezcla del cuerpo de un practicante de lucha libre, la presencia de un mafioso estilo El Padrino y una mandíbula que parecía capaz de romperlo todo cuando estaba bravo o confundido. Luego de charlar un poco, supe que era de Manitoba, Canadá, que estaba próximo a cumplir 30 años y que tenía ascendencia de Europa del Este.

Micha llegó con su amigo Tim, que por primera vez viajaba fuera de Canadá después de pasar toda su juventud tras las rejas por intento de asesinato. Tim tenía 29, pero conservaba la energía de un adolescente. Parecía que su crecimiento se hubiera detenido al entrar a prisión.

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Mi relación con Micha fue poco convencional desde el principio. Antes de que pudiera darles el tour tradicional por la villa y comenzar con mi discurso de bienvenida, Micha sacó una bolsa Ziploc de los pantalones: tenía 75 pastillas de éxtasis y un blotter de ácidos, según me dijo. Después de recuperarme del shock inicial, mi drogadicta interior se apoderó de mí. La bolsa era una recompensa por toda esa gente ricachona y mamás borrachas con las que había tenido que lidiar durante toda la temporada alta.

—"¿Quieres un poco?"

— "Sí, ¿por qué no?"

Acto seguido, me dio cinco pepas.

Me causaba curiosidad que alguien cargara tan relajado tremenda cantidad de droga, así que les pregunté a ambos qué hacían de la vida. Mientras sacaba tres celulares, Micha me respondió que trabajaba "en construcción". Yo continué presionándolo. "Ustedes saben que esta villa es para diez personas. ¿Sólo se quedarán ustedes dos? Me respondió que un amigo de México estaba por llegar, junto con algunas mujeres colombianas".

En efecto, al día siguiente entraron dos de las mujeres más increíbles que he visto en mi vida y se presentaron como Lorena y Mari. Ambas parecían sacadas de un video de reggaeton, todas con sus curvas y sus caras parecidas a las de Sofía Vergara. Estaban vestidas con bikinis diminutos, camisetas apretadas, jeans forrados, uñas postizas y llevaban colgados toda clase de collares y pulseras. Antes de conocerlas, alguien me dijo que les habían pagado para "enfiestarse el fin de semana".

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Fueron muy queridas conmigo. Las tres nos la pasamos hablando del amor que sentíamos por la música electrónica, y Lorena incluso me mostró videos de ella mezclando en su natal Cali. Pero más allá de eso nuestra interacción fue muy limitada, pues el par se la pasaba tomándose selfies y esnifando un polvo raro directamente de una bolsa. "A ninguna persona le gusta la cocaína en Colombia", me dijo Mari. Lo que olían era 2C-B, una droga de diseñador que se parece un poco al MDMA.

Un día después de que Mari y Lorena llegaran aterrizó Iván, amigo de Micha. También venía de Cali. Mientras desocupaba su maleta en la sala, Iván sacó más drogas y un fajo de billetes de 100 dólares. Me explicó de manera muy casual que eran falsificaciones de grado A. Luego nos contó que lo retuvieron en el aeropuerto de Cancún porque tenía una orden de captura en Miami por tráfico.

Según Micha, conoció a Iván hace muchos años en Guadalajara, durante uno de los viajes que hizo a México, y desde ese entonces son amigos. Por esos días, Iván era la mano derecha de Micha en el país: sus labores incluían servir de traductor entre él y su harem usual de latinas, conducir por todo lado y coordinar cuidadosamente sus salidas en la noche.

Desde el principio le agradé a Micha, tal vez porque era la única mujer con la que podía comunicarse en inglés. En el transcurso de varias noches, este personaje nos llevó de fiesta a lugares como Mamita, Kool Beach Club, Canibal Royale y La Santanera. Era la época previa al festival BPM, así que la mayoría de DJs ponía house y techno. Micha prefería una onda más EDM, pero soportaba cualquier género con tal de tener siempre mujeres muy lindas alrededor y mucha champaña.

Botellas de Dom Pérignon—nunca Moët

Nuestra rutina era algo así: llegábamos al club, pagábamos por una mesa y de inmediato nos trataban como a la realeza. Los meseros nos traían Moët, pero a Micha no le gustaba, así que volvían con Dom Pérignon. ¿La cuenta? al menos 10.000 dólares, que siempre se pagaban en efectivo. Todas las noches incluían el consumo desenfrenado de drogas, comida de precios astronómicos y mucho sexo entre colombianas y canadienses. Fue el tipo de vacaciones hedonistas y decadentes que uno ve en las películas, y francamente disfruté cada segundo de ellas.

Días antes de su salida, Micha decidió que quería hacer un viaje sorpresa para visitar a sus amigos de Guadalajara. Iván y las chicas regresaron a Colombia, así que me quedé sola con Micha y Tim. De inmediato se presentaron problemas: ninguno podía comprar tiquetes con su tarjeta de crédito porque no querían dejar rastro crediticio. Luego de todo el tiempo que pasamos juntos, y de todo lo que me gastaron, me sentí con la obligación de ayudarlos. En este punto ya intuía que Micha no era el dueño de una constructora, pero había disfrutado tanto de su compañía, que decidí ignorar por completo mis sospechas.

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Por eso ofrecí pasar mi tarjeta de crédito y que me pagaran en efectivo. Ambos rechazaron la propuesta educadamente. En vez de eso, Micha me dio 100 dólares para que fuera al aeropuerto de Cancún y comprara dos tiquetes a Guadalajara en efectivo.

Después de México, Micha regresó a Canadá y yo, a mi casa en Los Ángeles. Durante los siguientes seis meses estuvimos hablando vía Whatsapp. Me emocionaba tener una amistad con un "chico malo" que seguro superaba la talla de todos los chicos malos que había conocido en la vida. Ahí todavía no estaba muy segura de qué hacía exactamente, pero me enteraría más adelante.

Micha caminando por las ruinas de Playa.

En agosto de 2014, Micha me avisó que venía a Los Ángeles. Había decidido tomarse un mes de vacaciones y estaba pensando en invertir en una cadena de restaurantes (El Pollo Loco), porque unos amigos le habían dicho que el pollo mexicano a la parrilla era buenísimo. Al parecer quería abrir uno en Manitoba.

Me ofreció 150 dólares diarios más sesiones de shopping gratuitas y comidas, si aceptaba ser su conductora durante la estadía. No tenía trabajo en ese entonces, así que la oferta parecía caída del cielo. Aparte, trabajar para Micha significaba que íbamos a pasar mucho tiempo juntos, y eso era realmente lo único que quería. Siempre me han atraído los chicos malos; Micha era guapo y me trataba bien. Además, por la experiencia que tuvimos en México tenía claro que parchar con él sería muy divertido. Obviamente sabía que estaba involucrado en algo oscuro, pero mi obsesión con él nublaba por completo mi juicio. Me decía a mí misma: "Nadie es perfecto, ¿no?".

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Los primeros días en Los Ángeles con él fueron increíbles. Lo llevé a El Pollo Loco un par de veces y le encantó. Fuimos a la playa y pasamos un buen rato en Hollywood y Santa Mónica. Luego me compró joyas (sacó un gran fajo de billetes para pagar por ellas). Como nuestra estadía en México, todo lo pagaba en efectivo para evitar dejar rastro.

Luego, una tarde cualquiera, Micha desapareció. Habíamos hecho planes para ir a Malibú, pero no supe de él en todo el día. Me había comentado la noche anterior que planeaba visitar a sus amigos en algunas zonas calientes de la ciudad, así que asumí que había tenido una noche salvaje enrumbándose con ellos en varios lugares de Hollywood. No le eché mucha cabeza al tema, realmente.

Micha disfrutando El Pollo Loco

Más tarde esa noche, recibí una avalancha de mensajes de texto y llamadas de Micha. Estaba paniqueado y me proponía que nos encontráramos en la calle de abajo de su apartamento, en el parqueadero de un centro comercial. A pesar de que sonaba calmado en el teléfono, sentía algo en su voz que me decía que estaba pasando algo muy malo.

Cuando llegué, Micha saltó al carro y se acomodó en la silla del copiloto. "Sólo maneja", me dijo sin más explicaciones. Empujó el asiento hacia atrás hasta que ya no se podía ver desde afuera. Periódicamente miraba hacia afuera por encima de su hombro. Yo estaba muy confundida, pero de cierta manera me gustaba la emoción. Me sentía actuando para un thriller clásico.

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Finalmente, cuando estábamos lejos de su apartamento, Micha se sentó bien. Le exigí que me contara qué estaba pasando, y me explicó que la noche anterior un grupo conformado por policías y funcionarios del FBI y la DEA había allanado su apartamento y decomisado 300.000 dólares en efectivo. También me dijo que lo habían estado observando desde su llegada a Los Ángeles, y que lo habían visto interactuar con un grupo de hombres "sospechosos con pinta de vaqueros". No me dio más explicaciones, pero yo sabía que algo más estaba ocurriendo.

Micha me confesó que también lo habían metido a la cárcel, pero que le pagó a alguien para que lo liberaran en la mañana. Había salido justo antes de que yo lo recogiera, por eso no se había podido comunicar conmigo.

Luego me dijo que lo llevara a donde su abogado para que encontraran la forma de regresar a Canadá tan pronto como fuera posible. Para este punto yo ya estaba enloqueciendo de los nervios.

"Si quieres que maneje, me tienes que decir a qué putas te dedicas realmente", lo confronté.

"Dame tu teléfono", me respondió, mientras me miraba fijamente con sus ojos azules.

Cuando se lo di, lo apagó y se lo metió en bolsillo.

"Trafico con éxtasis y heroína", me dijo indiferente.

"Uh, listo", tartamudeé. Quedé paralizada de que al fin lo admitiera.

"Te mato si le dices algo a alguien", me dijo sonriendo. Pero yo sabía que la frase tenía mucho de cierto.

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Por alguna razón extraña, después de su "confesión" me sentí tranquila de saber que no estaba loca y que Micha no era ningún constructor magnate. Me aseguró que iba a estar segura y, por otra razón extraña, confié en él.

Lo llevé hasta la casa de su abogado pensando en el camino que no estaba haciendo nada malo, y que en todo caso podía alegar ignorancia. Cuando llegamos al lugar nos sentamos en la sala de espera, hasta que un tipo muy delgado que llevaba un reloj brillante y un traje costoso salió a buscarnos. Micha entró al despacho con él y salió con buenas noticias: su abogado sabía cómo llevarlo de vuelta a Canadá. Sólo le iba costar 35.000 dólares.

Cuando salimos de la oficina, Micha hizo un par de llamadas para que dos mujeres de Manitoba se encontraran con él en Los Ángeles el siguiente día y le entregaran más efectivo y otros celulares.

Por fin, en un momento de claridad, mi inocente mente de 22 años vio las aguas turbias en las que estaba metida, y me cuestioné seriamente si debía seguir en contacto con Micha. Por eso, después de dejarlo en su destino, llamé a mi papá y le pedí un consejo. Cuando le conté qué estaba sucediendo, me dijo que debía eliminar las conversaciones y el número de Micha inmediatamente.

El día siguiente le escribí un mensaje diciéndole que me había ido de la ciudad por un rato. Mentí. Le dije que estaba pensando en volver a México, por lo que la comunicación sería difícil. Me contestó que me divirtiera, que me mantuviera en contacto y que nos veríamos en México, algún día. Luego borré todos sus números de mi celular y cambié mi línea.

Esa despedida amistosa fue lo último que escuché de Micha. Hoy en día, todavía sigo pensando en él. Algunas veces veo noticias sobre prisiones estadounidenses y canadienses para ver si encuentro algún rastro de él, pero nada. De hecho dudo bastante que su nombre real fuera Micha.

*Todos los nombres fueron cambiados por seguridad de los personajes.

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