Voy a contaros qué es un fanzine de verdad

O como la popularización de este formato supone su propia muerte.

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27 Noviembre 2013, 4:00pm

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Un fanzine es una idea concreta plasmada en un formato físico y, por supuesto, su contenido es rotundamente personal. El fanzine está hecho a mano, de hecho es lo más cercano a arrancarte el alma y coserla encima de tu propia piel. Es por eso que es muy importante que para generarlo haya los menos intermediarios posibles.

Para plasmar tus ideas no hace falta mucho más que varios Din A4 doblados y grapados. Un fanzine debe poder hacerse en las peores condiciones, con lo mínimo, con lo que cada uno disponga en ese momento, ya sea con papel de váter o garabateado en una pared.

Hay algunas publicaciones que se autodenominan “fanzines” y que están impresas en offset a todo color, tienen lomo y utilizan papeles más caros que un cubata en el Apolo. Eso no creo que pueda considerarse un fanzine, son revistas o libros y no pasa nada, pero deben ser conscientes de lo que realmente son. La palabra “fanzine” no es una marca, no es una palabra que se pueda utilizar para enmarcar un producto dentro de los demás consumibles. Un fanzine es una necesidad, la necesidad de expresarse y por lo tanto no debe haber lugar para el negocio ni el marketing ni la publicidad. Uno no hace un fanzine por reconocimiento o dinero sino por la necesidad de sacar lo que se tiene dentro y esa necesidad funciona con un pulso frenético, tiene que ser liberado antes de estallar. Un fanzine es inmediatez, es nervio. Pretender llamar “fanzine” a una publicación comercial por el simple hecho de creer que así puedes acceder a un target concreto es un error moral. Un fanzine no es y nunca deberá ser una etiqueta.

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La confección de uno de estos panfletos es un acto moral. El fanzine, por naturaleza, supone alejarse de las manías capitalistas, no tiene la necesidad de pertenecer a un mercado, ser vendido, consumido y crecer para ser económicamente independiente y solvente.

Es por esto que la evolución del fanzine hacia estándares más cómodamente consumibles comporta el cambio de naturaleza del propio formato. Un fanzine nunca debería preocuparse por la clase de contenido que debe o no debe publicar. Las praderas que pueblan las páginas no deberían regirse por un estudio de mercado o ajustarse a las demandas de los lectores –teniendo en cuenta lo que éstos puedan considerar sobre qué es lo correcto publicar o qué no lo es. Empezar a analizar estos factores hace que el fanzine se aleje de su estado inicial y se convierta en otra cosa, en una revista, en algo que ya forma parte del océano del mercado. También hace partícipe de este juego el flirtear con ciertas demandas estéticas excesivas. Evidentemente no estoy diciendo que un fanzine no pueda ser bonito, pero sí creo que no debería ser ostentoso y sobretodo su belleza no debería ser el anzuelo principal con el que llamar la atención. Un fanzine tiene que sorprender, tiene que ser incómodo. Tiene que decir “no me compres”. Un fanzine tiene que alterar las ideas y valores del lector. Leerlos no debe ser como derramar miel sobre un mesa de mármol, tiene que ser como intentar untar con mantequilla las rocas porosas y puntiagudas de un acantilado. Es esa diferencia que señalaba Barthes sobre el placer y el gozo del texto. Tiene que ser atractivo y peligroso a la vez, como el mercurio. Lo ideal, la quimera, es conseguir el equilibrio entre forma y contenido, que el baile entre ambos tenga su lógica, que el mensaje sea coherente. Muchos fanzines pecan de ser puros ejercicios de belleza y cuando la balanza se decanta hacia una estética llamativa y un contenido pobre e irrelevante es cuando esta publicación puede tildarse de todo menos de fanzine.

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Pero por encima de todas las cosas hacer un fanzine es un acto de rebeldía. Es aceptar el hecho de que ahí fuera no existen publicaciones que representen los valores de uno mismo y decidirse a reaccionar ante ello. Ese enfado contra lo que se publica y el cómo se publica en el mundo editorial existente es el motor del fanzine. Es por eso que la autopublicación debe estar al alcance de todos, por lo que su confección debe ser barata. Todo, desde la idea a la producción y distribución debe alejarse de cualquier modelo empresarial editorial. La producción no debe comportar grandes filigranas y los canales de distribución deben funcionar al margen de las grandes distribuidoras, quienes forman parte de ese mismo sistema editorial basado en el beneficio económico. Hacer un fanzine es posicionarse en contra del sistema, es conseguir hacer algo personal de forma independiente. La necesidad de un mensaje de ser escuchado debería estar por encima de cualquier otra cosa. Por encima de la necesidad de ser visto, e incluso de ser comprado. Aquí no estamos jugando con las normas que rigen el capitalismo, estamos jugando con nuestras almas y nuestra existencia.

Esta idea “política” del fanzine corre peligro justamente cuando parece que este formato está extremadamente popularizado. Gracias a que los medios de fabricación son mucho más baratos y están al alcance de todo el mundo cualquier persona puede ponerse a hacer un fanzine. La popularización es algo precioso pero también causa cierta perversión del mensaje original. Con la competencia (concepto que no debería existir entre los fanzines) y un acceso más económico a los medios de producción, el resultado y la intención de estos "nuevos fanzines" se alejan de la política que creo que los define. Lo más ofensivo es el auge de esta nueva mentalidad comercial del creador y la subsiguiente extinción de aquellos fanzineros que necesitan expresar, sea como sea, sus inquietudes.