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Sexo, nieve y cocaína: así es el trabajo en una estación de esquí

Me adentré en el abismo alpino después de una ruptura bastante complicada, con anillo de compromiso incluido. Para empeorar las cosas, todavía estaba recuperándome de la muerte reciente de mi madre, cuando yo tenía 21 años.
24.3.16

Llevo cinco años publicando entradas de blog sobre las tonterías que hace la gente en las estaciones de esquí y creo que he tocado todos los palos: sexo, consumo de drogas sin control, orgías, avalanchas, comportamiento inmoral en el puesto de trabajo, delincuencia de guante blanco, prostitutas rusas… Todo lo que cabría esperar cuando mezclas gente joven y cotas altas. Así que condensarlo todo en un artículo no puede ser muy complicado, ¿verdad? Solo hace falta soltar unas cuantas anécdotas de encuentros sexuales promovidos por adolescentes británicos y sus costumbres etílicas y listos.

Pero el problema es que no quiero empezar así, porque perpetuar los mismos mitos aburridos de siempre es… pues eso, aburrido, y porque no todo el mundo que trabaja en este mundillo responde al perfil del adolescente descerebrado y sin estudios. De hecho, la mayoría de los que trabajamos en la temporada de esquí no somos así. Muchos de los que conozco son obreros de la construcción el resto del año o gente que ha perdido su trabajo con la crisis.

Las estaciones de esquí suelen ser santuarios para inadaptados, sufridores de la crisis de los cuarenta y para tíos de dudosa reputación con cicatrices en la cara. Cada uno de ellos, al igual que yo, está ahí porque huye de algo o busca algo. Se van a las montañas porque prefieren llevar una vida dominada por la adrenalina y la nieve polvo de primeras horas de la mañana a una existencia marcada por maratones de juegos con la PS3 y por el polvo blanco que te haya vendido algún tipo en un aparcamiento.

No voy a negar que existan los típicos trotamundos veinteañeros sin oficio ni beneficio que llegan a los Alpes sin tener la menor idea de cuál va a ser su trabajo en los próximos seis meses y que hacen de la temporada de esquí una especie de fiesta universitaria perpetua. Incapaces de llevar a cabo la más simple de las tareas, estos especímenes se pasan la mayor parte del tiempo haciendo cosas como beberse el meado de sus colegas o saltar a montículos de nieve desde los tejados después de haberse metido 30 chupitos de Jägermeister.

A veces, los juegos de este tipo de gente resultan bastante siniestros. Una chica con la que trabajé se metió en un buen lío después de que la grabaran vestida de largo haciéndole una mamada a tres tipos en una fiesta de Navidad. Lo sé porque uno de los tíos reprodujo el vídeo en el televisor de un bar pocos días después. Todo fue consensuado y nadie más que ella tuvo la culpa de aquello, pero a mí me dio la sensación de que era como una especie de violación en grupo.

Ese es el tipo de historias que dan la fama a la vida de los trabajadores de las estaciones de esquí. Por ejemplo, había otra chica que estuvo trabajando con nosotros unos años antes de que llegara nuestra Belladonna de Navidad y a la que todos llamaban Harriet el Carro. Era una gran nadadora e incluso había estado entrenando para las Olimpiadas. Un día decidió escapar de su agobiante madre y pasar la temporada trabajando en un bar. Al final del contrato, se había acostado con un total de 200 personas, lo que significa —si no me fallan los cálculos— que tuvo que haberse liado con una media de dos tíos al día.

Yo misma me adentré en el abismo alpino después de una ruptura bastante complicada, con anillo de compromiso, hipoteca y números rojos incluidos. Para empeorar las cosas, todavía estaba recuperándome de la muerte reciente de mi madre, cuando yo tenía 21 años. Mi salud mental, por tanto, no estaba en su apogeo, precisamente.

Pero estaba de suerte, porque una estación de esquí es justamente el sitio ideal para superar todos esos problemas, porque te van a joder en el sentido más amplio de la palabra. Durante un tiempo, me entregué al desmadre absoluto y me pasaba el tiempo rodeada de espuma de jabón y vello púbico, acostándome con adolescentes fumados en colchones llenos de lamparones o deslizándome montaña abajo atiborrada de tranquilizantes que había robado del baño de algún cliente.

La situación empezó a precipitarse hacia una vorágine de mal comportamiento: limpiaba el váter de los clientes con sus cepillos de dientes, les ponía heces en la comida como venganza por su mala educación, desayunaba con chupitos de vodka o me metía unas rayas de coca para aguantar el día haciendo viajes al aeropuerto para recoger clientes.

De hecho, me atrevería a decir que las peores cosas que me han pasado en la vida ocurrieron en ese periodo de tiempo. He acabado enterrada hasta las tetas después de que me cayera nieve de un tejado, meada por un instructor de esquí paralítico y follada por su amigo junto a las pistas, a la vista de todos los que pasaban con el telesilla.

He hecho unas cuantas mamadas en los lavabos y una vez me desperté desuda y cubierta de mi propio vómito junto a un tío al que prácticamente no conocía de nada y descubrí que tenía un chicle rosa pegado entre las nalgas. También recuerdo la vez que hice un trío en un chalet de 15.000 euros por semana, ataviada solo con unos descansos y un gorro de lana.

Quizá debería hablaros de nuestros clientes. Empezaremos por los ucranianos, que siempre iban tajados de vodka y acababan en el chalet equivocado, a las cuatro de la madrugada, y metiéndose en la cama con el hijo de ocho años de sus ocupantes. Estas historias no solían acabar bien y a menudo había denuncias por pedofilia. Luego estaban los de las despedidas de solteros: un puñado de tíos que aparecían con una de sus "hijas" en brazos y ofrecían a su anfitriona —una chica de 18 años ojiplática— una raya de su inmensa bolsa de farla.

No podemos olvidar a los clientes letones, que se presentaban en el chalet de mi amigo con un par de prostitutas altísimas vestidas de cuero. Al poco rato, el sitio estaba lleno de condones usados y los sofás de piel manchados de sangre y cocaína, mientras los clientes seguían follando en la sauna, sin molestarse siquiera en intentar que mi amigo no les viera. Aunque no es que a él le importara demasiado, sobre todo cuando las chicas empezaron a pasearse por la casa con las tetas al aire o cuando los letones le ofreció sexo con una de ellas como propina.

Sacad vuestras propias conclusiones. En cualquier caso, si lo que buscáis es una candidiasis crónica o la posibilidad de frotar las partes bajas contra todo tipo de gente con malos hábitos de higiene en los sitios más extraños (telecabinas, coches aparcados en el centro de la ciudad, armarios de centros comerciales, lavabos de bar o dormitorios compartidos llenos de gente), los resorts de esquí son el sitio ideal para ello.

Soy consciente de que no he cumplido con mi palabra. En lugar de hablar de todas estas locuras, podría haberos contado que el trabajo en una estación de esquí me ayudó a evitar caer en una depresión, que el hecho de contextualizar mis preocupaciones en un trasfondo de terreno inhóspito me hizo ver lo nimios que son mis problemas y lo insignificante que resulta la humanidad en general. O que allí traté con algunas de las personas más sinceras, motivadas y válidas que he conocido.

Pero esas no son las historias que la gente quiere oír, así que imagino que es más fácil aceptar la imagen trillada y estereotipada de las estaciones de esquí como una especie de clubs de desmadre para pijos.

Los deportes de invierno no dejan a nadie indiferentes: o te fascinan o los odias, porque son difíciles. No puedes simplemente pagar para ser bueno en ellos; te lo tienes que ganar. Una chaqueta Moncler de miles de euros no te va a hacer mejor esquiador.

Como homenaje a mi experiencia, decidí escribir un libro sobre cómo es la vida en una estación de esquí. Allí puedes encontrar anécdotas de sexo, vómito y drogas. Pero parece que el sector editorial últimamente prefiere cosas más edulcoradas que mi libro, más en la línea de Posdata: te quiero.

¡Joder, que en mi libro hablo de esquiar con un colocón de ketamina! ¿Qué otra cosas querrían leer las adolescentes?

_Belle de Neige es un blog que trata sobre qué hace la gente que trabaja en estaciones de esquí cuando no están arreglando máquinas quitanieves o llevando bebidas al famosete de turno que ha ido a pasar unos días en la nieve. Su autora reunió un puñado de las entradas de su blog y las convirtió en un libro. Nosotros le pedimos que condensara nuevamente su libro en un blog para nosotros. Este es el resultado._

Puedes leer más historias de Belle aquí.

Traducción por Mario Abad.