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Tech

Yo ya no puedo soportar tanta tecnología

Cada vez más, nuestros cerebros y cuerpos están siendo invadidos por gadgets alienadores.
28.1.15

Desde que nos cambiaron los carruajes y caballos por coches algunos pocos ya empezamos a agobiarnos un poco con todo esto del progreso. "¿Hasta dónde llegará esta locura?" nos preguntábamos. Bien, ahora el futuro ya ha llegado y ya estamos en ese punto en el que las personas comen mierda, se pasan el día mirando pantallas y encuentran realmente ofensivo tener un mínimo de contacto físico con los extraños. Se supone que tenemos que recibir cada nuevo avance tecnológico con una gran ovación, totalmente ajenos al hecho de que todas nuestras ficciones ambientadas en el futuro lo retratan como un atolladero de muerte y perdición humana —Un mundo feliz, 2001: Una odisea del espacio, Blade Runner, Terminator o Cortocircuito, por poner algunos ejemplos—. El futuro es doloroso y nos estamos precipitando directamente hacia él.

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Pero no todo es muerte y sometimiento. El otro día me desperté realmente resacoso —incluso aún borracho— y me fascinó el hecho de poder tomarme un ibuprofeno y hacer que ese dolor desapareciera. La tristeza absoluta seguía ahí y la sensación de no ser importante y de no poder llegar a ser útil en la vida también pero al menos no estaba acompañada de una trepanación cerebral severa. Esta pastilla es una pequeña maravilla y un ejemplo de progreso bien justificado. Hasta este punto —no más— puedo llegar a tolerar el avance de las tecnologías y los medios de producción pero todo tiene un jodido límite y este límite se llama "mis pelotas". Joder, una cosa es una pastilla que te salva la vida y otra cosa muy distinta es comprarse un coche que se aparca solo o tener un aparato en casa que hace unas mamadas con unos resultados *ehem* asombrosos.

No quiero meterme en el pantanal de idealizar el pasado y dejar que la nostalgia invada la razón, así que tampoco diré que se estaba mejor antes, cuando la leche se distribuía en bolsas de plástico y los niños jugaban con muñecos tallados en madera rugosa. Es normal que las cosas cambien y gracias a Dios que lo hacen. Las tostadoras, la tele, los bolígrafos, los ordenadores y los ceniceros son cojonudos; todas estas cosas están bien y han mejorado nuestra vida. Pero, ¿qué pasa cuando se crea algo sin que haya aún una necesidad real que justifique su existencia? Me refiero a cosas como el chocolate con quicos o las Google Glass, inventos que, aparte de generar un increíble rechazo social, nadie ha solicitado.

De algún modo —y aquí estoy concretando en el ámbito de las nuevas tecnologías, internet y toda esta mierda de las redes sociales— se nos ha generado una necesidad que realmente no nos atañe. Hacerse una rondeta de Instagram mientras cagas está bien pero estar todo el día pendiente de las notificaciones de varias redes sociales es un infierno en vida. Además, este software está sujeto a unos dispositivos físicos que, sin ningún tipo de duda, están invadiendo nuestra existencia de forma sutil, están haciendo una conquista de nuestras atenciones y se han convertido en el caballo de Troya que terminará con la poca humanidad que aún nos queda. Aparte de la evidente alienación de la realidad que generan—estar pendiente de todo menos de lo que tienes delante, sobreacumulación de información, generación de estrés, cerebros cortocircuitados…—, el hacinamiento de gadgets tiene un componente estético fatídico. Desde siempre los complementos tecnológicos han sido, por lo general, bastante jodidos. Si ya era un poco ridículo llevar un walkman atado al pantalón, deambular las calles de una gran urbe con unas putas gafas del futuro es el súmmum de lo grotesco. Si todas estas costumbres arraigan, nos espera un futuro decadente, ya no por el aislamiento social si no por una estética odiosa, repleta de individuos decorados con gafas de realidad aumentada, audífonos con mp3 (perdón, FLAC), smartwatches que controlan la salud, drones personales que llevan la compra a casa, coches de Google que van solos y gorras de capullo que te hacen parecer un capullo. Toda esta gente que se lanza rápido a consumir estos aparatos genera una rabia pocas veces tan concreta. El mundo detesta a estos seres, un odio similar al que siente el humano medio cuando visualiza a uno de esos tipos que se sienten atraídos por el concepto steampunk.

Joder, ¿de dónde ha salido toda esta tecnología? ¿Los extraterrestres? ¿Por qué hace 8 años los USB eran de 2 Gb y ahora son de 64 Gb? Y esto no ha hecho nada más que empezar: el puto grafeno terminará convirtiéndonos en seres aislados de la realidad, extrayéndonos del presente y del aquí y ahora y trasladándonos permanentemente hacia una dimensión ambigua y desconocida. Tenemos que aprender a decir basta. Al fin y al cabo lo único que necesitamos es correr desnudos por los bosques de nuestro querido planeta, beber agua de los ríos y comer frutas y verduras brindadas por la madre tierra. Todo lo demás, es secundario.