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Cultura

Mi gusano y yo, la historia del parásito que vivió dentro de mi cuerpo

Cuidado con lo que comes o el gusano del sushi puede elegirte como su nueva casa.

por Andrés Cota Hiriart
11 Abril 2014, 12:22pm


Tenia.

El primer día de la temporada que pasé junto a mi inquilino corporal, o al menos el instante en que su presencia comenzó a llamar mi atención, sentí un picor punzante sobre el tórax. Levanté mi camiseta para encontrarme con una roncha gorda a la altura de la última costilla, como a diez centímetros del ombligo. No se trataba de una roncha singular, más bien de una simple hinchazón en la piel. Supuse que se debería a la picadura de algún insecto, quizás cortesía de una chinche o una araña. Y pese a la comezón incómoda que me causaba, decidí intentar olvidar la protuberancia.

No importa cuánto insistan en ello los cristianos devotos, no todas las criaturas del señor son agradables. Existen unas cuantas que, francamente, son repulsivas. Organismos perturbadores que ponen en duda la estabilidad mental del creador y evidencian que, si de verdad existe, definitivamente es un tío muy retorcido.

Me refiero al oscuro reino de los gusanos parásitos. El grupo taxonómico que comprende a las tenias y sus semejantes. Lombrices lyncheanas como las que aparecen en Dune, sólo que, en lugar de enterrarse en la arena como sucede en la película, lo hacen en tu intestino. Seres planos, blancos y babosos que penetran en el cuerpo como larvas o huevos, se desarrollan en tu interior y, anclándose con sus poderosos ganchos bucales al tejido, lo transforman en su plácido hogar.

El segundo día de la invasión que sufrió mi persona por un ente invertebrado, la roncha amaneció más grande y roja. Ahora era aproximadamente del tamaño de una moneda de dos euros. También me picaba más que antes. Sin embargo, aún me autoconvencía con la teoría de que no se trataba más que de una picadura. Probablemente de un mosquito. Quizás lo que sucedía era que me había producido algún tipo de alergia.

Cuando estudias biología, llegas a conocer de cerca a la fauna desquiciada que, a la manera deAlien, depende de colonizar a otros seres vivos para poder existir. Cobras conciencia de que las fresas, la nariz de tu perro o la hamburguesería de la esquina son vectores potenciales de decenas de especies de platelmintos, lombrices y protozoarios a los que les fascinaría inmiscuirse en tu intimidad visceral y compartir tu cuerpo. Observas sus contornos inquietantes flotando dentro de frascos de formol amarillento y te preguntas cómo de efectivas serán las normas de higiene bajo las que riges tus actividades cotidianas. ¿Desinfectaste la lechuga? ¿Besaste a tu gato? ¿No te lavaste las manos después de ir en metro? ¿El camarero se rascó las nalgas mientras preparaba tu bocadillo de lomo de cerdo?

En la clase de parasitología del Dr. Guillermo Salgado, en la UNAM, eres testigo visual de lo que sucede cuando las respuestas a estas, y otras preguntas similares, no son las indicadas. Imágenes grotescas de humanos parasitados a grados extremos. Casos clínicos dignos de cuento de H.P. Lovecraft. Tu ingenua mirada nunca volverá a ser la misma después de analizar las diapositivas de las pobres víctimas y los monstruos que en su interior se instalaron: miles de gusanos emergiendo como cascada por el ano de un desgraciado, cisticercos calcificados en el cerebro, tenias de diez metros de largo, ojos dentro de los que se adivina la silueta serpentoide del organismo que causó la ceguera, radiografías donde se ve claramente la solitaria paracaidista hecha bola dentro del tracto digestivo, corazones perforados por lombrices. Y demás joyas gráficas del museo del terror biológico.

Al tercer día de mi historia, la roncha ya no era tanto una roncha, sino una especie de galleta dura. El área que la circundaba estaba evidentemente hinchada. Y la comezón ahora iba acompañada por algo de dolor. Tomé un antihistamínico y unas vitaminas e imploré que la lesión se autolimitara.  

En los libros aprendes sobre los complejos ciclos de vida de los parásitos, algunos requieren invadir a varios animales distintos para poder perpetuar la especie. Lees sobre aquellos capaces de secuestrar la mente y cambiar la conducta de su huésped y no puedes evitar comenzar a respetar un poco más a estos animales invasores. Son seres con adaptaciones e historias evolutivas sinceramente dignas de admiración. Debo confesar que hasta comienzas a apreciarlos bastante. Claro, siempre y cuando la desgracia de tener uno dentro sea ajena.

Recuerdo con ansia y un poco de asco el caso que le tocó atender a mi madre en el hospital Gea Gonzáles cuando hacía su residencia. El primer caso que le tocó atender en el área de cirugía fue, sin duda, uno de los más desagradables en los que haya participado. El paciente llegó inconsciente, hinchado al borde de la explosión. En el quirófano, diagnosticaron que el problema se debía a una infestación bestial de Ascaris lumbricoides. Las lombrices de los famosos anuncios de Vermox que incluían la cancioncita: “Si tú sientes que te pica la colita, en una de ésas tienes lombrices”. Cabe señalar que el mentado picor se debe a que las lombrices salen por el ano del infectado y depositan sus huevos en la inmediaciones de las nalgas. Estos huevecillos tienen con una sustancia urticante que produce la picazón. Generalmente sucede que el huésped se rasca alegremente el culo y recoge los huevos con las uñas. A dónde van a parar después: hamburguesas, ensaladas, etcétera. Es una cuestión de higiene personal. De esta manera, el parásito incrementa la probabilidad de que sus huevos lleguen a la boca de otra víctima. 

Seguramente a aquel pobre hombre le llevaba escociendo la cola un buen rato porque, cuando los médicos abrieron su cuerpo, se encontraron con un mar revuelto de lombrices. Eran tantas que fue imposible evitar su muerte. Mi madre y el resto del equipo médico retiraron casi diez kilos de parásitos. La imagen se hizo aún más delirante cuando, debido a la acción de la anestesia, las lombrices comenzaron a migrar de manera errática y emergieron por todas las cavidades corporales del cadáver: nariz, ojos, boca, orejas y ano. Película gore enfermiza hecha realidad y una de las razones por las que mi madre ahora se dedica a la investigación en diabetes y no a la práctica.

De vuelta a mi caso. El quinto día trajo consigo un cambio drástico. De la galleta dura e inflamada que se escondía bajo mi piel comenzó a surgir un surco rojizo. Era más o menos del ancho de un boli Bic y se extendía por el costado de mi cuerpo hacia la espalda. Me producía una picazón desquiciante. Resolví que quizás ya había llegado el momento de tomar el asunto con seriedad. Le mostré a mi madre la lesión. Su semblante se ensombreció. Tocó con precaución el área inflamada, estaba ardiendo. La urgencia de consultar a un especialista se hizo imperante.

Así fue como, al día siguiente, llegué a Médica Sur, al consultorio de la Dra. Hoyo. La dermatóloga observó el surco rozado, que para ese momento ya atravesaba la mitad de mi espalda, y apareció una ligera sonrisa en la comisura de su boca.

Me preguntó si me gustaba el sushi. Contesté que sí, sin estar del todo seguro a qué venía tal interrogación. “¿Con qué frecuencia consume usted pescado crudo?”, fue su siguiente pregunta. Pues siempre que el bolsillo me lo permite. La sonrisa de la doctora se extendió de lado a lado. Joven, lo que usted tiene ahí es un clásico cuadro de Gnatostomiasis, el gusano del sushi.

Al parecer, el surco que recorría mi piel se debía al túnel cavado por el nematodo en su migración a través de mis tejidos. Noticia que, obviamente, me dejó congelado. Tenía un gusano paseando por el interior de mi cuerpo. De pronto, la laceración cutánea que parecía la marca de un látigo sobre mi espalda cobró una dimensión aterradora. La doctora me dijo también que el intruso medía entre tres y cinco centímetros y que yo había tenido mucha suerte porque el parásito había migrado de mi tracto digestivo hacia la pared corporal. No siempre es así, la larva puede ser transportada por el torrente sanguíneo hacia el pulmón, el ojo o el cerebro, en cuyo caso las posibles repercusiones son mucho más graves.

Durante la hora que duró la consulta, me enteré de que el llamado gusano del sushi oGnathostoma sp., es un mal sumamente común en Japón. Se trata de un nematodo parasítico de organismos de agua dulce, cuyo ciclo de vida incluye varios estadios larvarios, dos huéspedes intermediarios y uno definitivo; esto es que, para poder sobrevivir y llegar a la edad adulta, el parásito necesita infectar a tres animales distintos. La secuencia comienza con la eclosión del huevo dentro del agua para liberar una primera fase larvaria de vida libre, único momento en que la especie habita fuera de otro organismo. La larva diminuta nada hasta que es comida por un pequeño crustáceo copépodo. Dentro de este primer huésped intermediario, se transforma en la segunda fase larvaria. Si el copépodo es comido por un pez o anfibio, segundo huésped intermediario, el nematodo seguirá su desarrollo, migrará dentro del tracto digestivo y se enquistará en el tejido. Cuando el pez o anfibio infectado es consumido por el huésped definitivo, en este caso mamíferos terrestres como felinos, caninos y puercos, el quiste se transforma en la tercera fase larvaria que, a su vez, migrará dentro del organismo en cuestión y dará paso a la forma adulta o gusano. Los gusanos forman un tumor en el esófago o estómago del huésped definitivo, se reproducen y generan los huevos que cierran el ciclo.

Los humanos no figuramos dentro de este ciclo de vida, somos lo que se denomina huéspedes accidentales. Si consumimos la carne cruda del pescado infectado, los quistes del parásito se desarrollan dentro de nuestro tracto digestivo para dar paso al último estadio larvario. La larva, después, migra a través del torrente sanguíneo y el resto es historia conocida.

Obviamente, el mayor índice de contagio sucede por medio del sushi de pescados de agua dulce. Aunque el ceviche que no es macerado en limón durante el tiempo suficiente también puede figurar como un posible vector. Por suerte, para los amantes del sashimi como yo, la mayoría de pescados ofrecidos en la carta son de origen marino o de aguas salobres y no representan ningún riesgo. El problema es que muchas veces te dan gato por liebre y el sushero suple al róbalo u otros cortes de sabor y apariencia poco destacada por cualquier especie de pescado blanco. Claro que esto no debería pasar en los restaurantes más caros, pero en otros garitos de dudosa reputación es una práctica cotidiana. 


Gusano del sushi.

Entonces estaba confirmado: mi cuerpo albergaba en su interior a un gusano nematodo. El muy hijo de puta utilizaba mi carne como su línea de metro personal y recorría mi anatomía a placer. Me preparé para lo peor, seguramente el tratamiento para librarme del canalla parásito sería una guerra que duraría meses en los que no podría tomar alcohol. No obstante, la Dra. Hoyo me sacó de mi temor: “ya que no figuramos como huéspedes definitivos, el gusano no puede reproducirse dentro de nosotros y nuestros tejidos tampoco le sirven de alimento adecuado, por lo que está condenado a sucumbir”. Uf, ha estado cerca. “Claro que podría pasar varias semanas en las que seguirá causando una fuerte molestia”.

Me miré la espalda en el espejo del consultorio e imaginé qué aspecto tendría al final de ese periodo. Quedaría como el personaje principal de la película 12 años de esclavitud. Sin embargo, una vez más, tuve suerte suerte. Debido a que es una patología tan común en Oriente, las farmacéuticas han desarrollado un poderoso fármaco: solo dos pastillitas son capaces de matar al intruso. Eso sí, es como un bombazo químico que además barre tu flora intestinal por completo y te deja hecho un trapo. “Perfecto, deme seis” le imploré a la doctora. Quería erradicar al puto gusano cuanto antes. Pero tuve que aguantar a que importaran el fármaco. No lo vendían en México. Lo que implicó cuatro jornadas más en compañía de mi gusano. Al cabrón le daba por ser más activo de noche. Se deslizaba abriendo mi tejido y me producía ardor y mucha comezón. Al día siguiente, los surcos que dejaba sobre mi dermis, dolían como quemaduras de tercer grado de sol de verano.

Finalmente llegó la medicina. La ingerí inmediatamente con la novedad de que el condenado nematodo tardaría aproximadamente cuarenta y ocho horas en morir. Tiempo durante el que migró erráticamente produciéndome tal dolor que no me dejaba ni dormir y el terror de que emergiera por mi nariz o ano fue una constante.

Cuando el gusano desapareció del todo, me quedé con un sentimiento extraño. Mi compañero de piso corporal de las últimas dos semanas se había esfumado dejando tras de sí un vacío desconcertante. No quiero decir precisamente que lo echara de menos, pero como que ya me había acostumbrado a su presencia. Por supuesto que la fotografía lacerada de mi espalda ahora figura como una de las diapositivas con las que el Dr. Guillermo Salgado atormenta a sus alumnos de la materia que instruye en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Sigue a Andrés en Twitter: @cotahiriart