Todo bien

"Todo bien" es un cuento corto sobre un marido que le sugiere a su esposa que mantenga relaciones sexuales con hombres desconocidos mientras él mira.

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14 Octubre 2014, 3:23pm

Ilustraciones por Uli Knörzer

Paul Maliszewski es una de las personas más originales y extrañas que conocemos, además de extremadamente divertido. Probablemente no le haga gracia que sigamos hablando de ello, pero cuando salió de la escuela de escritores, entró a trabajar en un periódico financiero. Durante varios meses, se dedicó a crear y publicar “contribuyentes” del rotativo, todos ellos con sus nombres, sus voces y sus propias agendas. Los jefes de Paul no tenían ni idea de que estaba escribiendo la mitad de sus contenidos. En fin, una cosa llevó a la otra y el asunto llegó hasta la Fiscalía General del Estado de Nueva York. Dos hombres se encerraron con Paul en una habitación y le anunciaron que su vida estaba acabada, a lo que Paul respondió soltándoles una definición de la sátira. Es muy tozudo y, cuando se enfada... Dios, mejor no estar cerca cuando eso ocurra. Pero lo más probable es que todo esto pase desapercibido si no prestas atención, porque Paul intenta ocultarlo. Lo ves vestido con sus pantalones caqui y sus camisas abotonadas hasta arriba, todo inocencia y credibilidad, pero luego escribe historias como esta.

“Okay” habla de una mujer que le propone a su marido que la observe mientras ella practica sexo con extraños. Paul invierte toda su inteligencia y energía creativa en el desarrollo de una idea que a un escritor de inferior talento (1) no se le habría ocurrido, o (2) le habría parecido suficiente para sustentar una historia durante 20 páginas, a la que posteriormente añadiría una nota a pie de página y daría por concluida.

Paul es uno de los pocos escritores de verdad que quedan. Su narrativa se ha publicado en las páginas de Harper’s, Paris Review y Apology. Es autor de dos colecciones, Fakers y Prayer and Parable, y uno de los escasos escritores de ficción que no tiene reparos en criticar, de forma ocasional, la obra de otro autor.

***

A mi mujer le gustaba la idea de que hiciera de observador. Eso es lo que me dijo. Estábamos hablando de qué hacer para cenar, de si teníamos algo en casa que pudiéramos preparar o si hacía falta que saliera a comprar algo o si teníamos que pedir comida y, de repente, me dice que le apetece traer a casa a tíos desconocidos y que yo esté ahí para presenciar -supongo- lo que surgiera de la situación. Fue como si estuviera viendo una película, salvo por el hecho de que mi mujer y yo formábamos parte de ella, hablando de algo de lo que nunca antes habíamos hablado. Le pregunté de dónde había sacado semejante idea y se encogió de hombros. “Se me ha ocurrido”, dijo. “Ya sabes lo que dicen, que la necesidad aguza el ingenio y todo eso”. ¿No decían eso sobre la bombilla? “Exacto”, respondió mi mujer. Tras hablarlo un buen rato, fuimos a uno de sus restaurantes preferidos. El sitio tenía el aspecto de una chalet de montaña, con una barra que se plegaba sobre sí misma. Había chimeneas de piedra, muebles de madera maciza y cosas por el estilo. Ocupamos una mesa y al instante apareció un camarero ataviado con pantalones de esquí y una camiseta negra con la palabra “Comer” estampada. Mi mujer le pidió que por favor nos dejara unos minutos y el camarero se retiró. Entonces puso la mano sobre la mía y anunció, “Voy ahora, ¿vale?”. Señaló la barra y yo asentí. “¿Estás seguro de que no te importa?”, quiso saber. Le dije que creía que sí. ¿Qué otra cosa podía decirle? “Quiero que quede claro”, continuó, “que no te estoy pidiendo permiso, Thom. Solo quiero estar segura de que no te importa. Me preocupo por ti, ya lo sabes. Mucho”. Le dije que no se preocupara, que estaba bien. “Vas a estar pendiente de mí, ¿verdad?”, me preguntó. “¿Como me prometiste?”. Le dije que claro. “Todo el tiempo”, insistió. Se lo aseguré, todo el tiempo. Entonces se levantó, apoyándose en el borde de la mesa. “¿No quieres darme un beso ni nada?, preguntó. Me quedé mirándola. ¿Quería que la besara? Se encogió de hombros en un gesto de indiferencia y en lugar de darle un beso, le deseé buena suerte. Acto seguido, se marchó cojeando ligeramente con la pierna izquierda, como siempre hacía. Pensé en pedirme un filete. No había comido carne en todo el mes. Se supone que no debería comer carne roja muy a menudo. Mi mujer llevaba varios minutos en la barra cuando un tipo trajeado la invitó a una copa y la saludó desde el otro extremo de la sala. Es una mujer atractiva y, a pesar de su estatura, tiene unos pechos generosos, algo que jugaba a su favor. He visto cómo la miran los hombres cuando salimos de compras. Miro a los tíos que nos cruzamos, sopesando el grado de amenaza que suponen, y me percato de que no dejan de mirarla, como si yo no existiera. El caso es que los dos iniciaron una conversación. Él parecía muy lanzado. Vi a mi mujer hacer eso de enseñar mucho el cuello cuando reía. Debió de decirle algo sobre mí, porque el tipo se giró y me miró. Yo seguía con mi filete, masticando una patata frita. Hice un gesto con la cabeza hacia donde estaban, él le dijo algo a mi mujer y a continuación se dirigió hacia mí. “¿Esto es una especie de jueguecito?”, preguntó. Parecía nervioso. Corté un trozo pequeño de filete, siguiendo las recomendaciones de mi médico. Le respondí que si mi mujer había dicho que era un juego, es que era un juego. Vamos, que era lo que ella dijera. ¿Qué había dicho ella? Quería saberlo y a la vez no quería. El tío dijo algo que no sonaba mal y le dije que parecía un buen tipo, decente y eso. Supuse que mi mujer y yo volveríamos a casa juntos en el coche, pero me dijo que quería que los siguiera. Lo dejó bastante claro. El tío le abrió la puerta del coche a mi mujer y rodeó el vehículo apresuradamente. Tenía un Honda Civic deportivo. Hice luces con las largas para indicarle que ya estaba listo. Fuimos por el camino habitual, el que yo habría tomado si fuera yo el que condujera. Me gustaba su forma de conducir, ni muy rápido ni muy despacio. Lo interpreté como una señal de que no era un torpe al volante. Giramos en nuestra calle y empezó a maniobrar para aparcar el coche en nuestro garaje. Tuve que contener las ganas de tocar el claxon, pero pensé que probablemente mi mujer le había dicho que lo hiciera. Quizá incluso insistió. A esas horas no me costaría encontrar algún sitio para aparcar en la calle, quizá al otro lado del parque. Cuando entré en casa, me fui directo a nuestro dormitorio, tal como me había indicado mi mujer. Ambos estaban en la cocina y, por el sonido, parecía que estaban bebiendo vino. Nuestro dormitorio va a dar a la sala de estar. Una de las paredes solo llega a media altura y sobre ella se había instalado una barandilla decorativa que parece sacada del exterior de una villa italiana o española. El caso es que ese es el sitio donde debía apostarme, junto a la barandilla. Mi mujer y el tío -se llamaba Terry- estaban en el sofá, cada vez más cómodos en la presencia del otro. Él le estaba contando un chiste, que parecía haber sacado de algún programa cómico de televisión, y mi mujer lo escuchaba totalmente embelesada, como si le estuviera explicando la historia de cuando salvó a una familia de ciegos de un edificio en llamas. Estaba sentada sobre una pierna, como una quinceañera, mientras balanceaba el otro pie, manteniendo el zapato en equilibrio. El tío le tocó la nuca a mi mujer y sonrió. Allá vamos, pensé. Empezaron a besarse mientras mi mujer le arañaba los pantalones. Le sacó el miembro, que no tenía nada de especial, a mi parecer. El tipo se recostó en el sofá y se aflojó la corbata. Mi mujer se metió la verga en la boca y empezó a mover la cabeza arriba y abajo, como un pistón, produciendo unos sonidos ridículos. No soportaba ese ruido. En ese momento, el tío ¾Terry¾ advirtió mi presencia. Me vio allí arriba, observando tras la barandilla. “Lo siento”, dijo. Apartó a mi mujer de un empujón. No violentamente, simplemente se la quitó de encima. “Esto es demasiado raro”, añadió. Luego se levantó y se subió los pantalones. “Buenas noches a los dos”. Cuando se marchó, mi mujer alzó la vista hacia mí. “No hacía falta que fueras tan siniestro, joder”, me espetó.

Había docenas de vehículos aéreos no tripulados sobrevolando la ciudad. Uno de ellos estaba bajo mi control y otro se estaba preparando para el despegue; Ohd se encargaba de pilotar tres de ellos. Estábamos buscando sujetos que al parecer habían quedado atrapados en diversos lugares. Eso es lo que se suponía que teníamos que decir si alguien preguntaba. Ohd se estaba comiendo un sándwich de rosbif mientras controlaba los monitores, comprobando niveles y otras cosas. Apartó un instante la mirada de las pantallas, echó un vistazo alrededor de la sala de control y, apuntándome con el sándwich, dijo, “Lo que deberías hacer es seguir a tu mujer”. Le dio otro mordisco y asintió, como para expresar conformidad con sus propias palabras. “Llevar un registro de seguimiento de tu mujer”, prosiguió. “Eso es lo que yo haría en tu lugar”. La temperatura de la sala de control se mantenía baja y la iluminación, tenue. Decían que era por los ordenadores. Estudié mi almuerzo. Lo de siempre: una bolsita de zanahorias cortadas finas y otra de apio troceado. El apio era muy agresivo para mí, por lo que tenía que comerlo en trozos pequeños. Instrucciones del médico. No estaba seguro de que fuera necesario seguir a mi mujer. Al fin y al cabo, ¿no me había expresado sus deseos con toda sinceridad? “Precisamente por eso”, replicó Ohd. Nunca parece necesario hasta que lo es, pero entonces ya es demasiado tarde y ya estás jodido y no hay nada que hacer, grandullón”. Ohd me señaló el vehículo en tierra, a la espera. Ahora estaba todo en verde. “Saca el chico malo que hay en ti”, me dijo. Me dolía el estómago. Me pasaba con frecuencia cuando comía. Lo único que ha hecho mi mujer es decirme lo que quería y yo le dije que no había problema, básicamente. Le seguí el rollo, ¿no? Ohd agachó la cabeza, como si se acabara de enterar de que dejaban de emitir su programa de televisión favorito. “Estás confundiendo lo que sabes con lo que no sabes”, aseguró. “Y eso es muy peligroso”. Alargó una mano hacia mi teclado e hizo que el nuevo vehículo se elevara. “Vamos a averiguar qué se trae tu mujer entre manos”, dijo.

Cuando volví a casa del trabajo, mi mujer ya estaba casi lista para salir. Se estaba poniendo lápiz de ojos y pintalabios. “Si quieres sentarte, siéntate”, me dijo. “Habrás tenido un día muy largo y eso”. En parte quería sentarme, pero me sentía mal, así que la seguí a la sala de estar. “Hoy tenemos noche de Trivial”, anunció. “Tengo que conseguir una buena mesa”. Me sentí aliviado por no tener que ir. Comer fuera podía causar estragos en mi cuerpo durante varios días. Me tumbé en el sofá, mientras la oía moverse por la casa, buscando las llaves, pasando las cosas de un bolso a otro. Luego se quedó ahí delante. Alcé la vista hacia ella, imaginando que se cernía, enorme, sobre mi diminuta figura. Era curioso cuando afloraba el amor que sentía por ella. ¿Traería a alguien a casa esta noche, después de la velada? El último tío, el de después de Terry, estuvo por casa todo el fin de semana, hasta el domingo por la tarde, y luego se marchó con mi albornoz. No lo encontraba por ninguna parte. Mi mujer frunció el ceño. Ya estaba cansada del rollo del albornoz. “Ya se verá”, sentenció. “Me tengo que ir”. Le dije que estaría donde siempre, mientras dirigía la mirada hacia el piso de arriba. “Intenta ser amable”, dijo. “Es lo único que te pido”. Me obligué a levantarme y hacer la cena: pasta hervida sin salsa. Mientras esperaba a que se reblandecieran los fideos, encontré una caja de galletas saladas y un bote de mantequilla de cacahuete. Unté una galleta con mantequilla y me la comí. Estaba bastante buena; esa me llevó a comerme una segunda y una tercera, y así sucesivamente. Al poco tiempo, estaba untando galletas a la misma velocidad que me las comía. La pasta ya estaba lista, pero me había hartado de galletas saladas y no tenía mucho apetito. Sabía que pagaría por mis excesos -la mantequilla de cacahuete era uno de los productos superprohibidos-, pero no me importaba. Lo de seguir a mi mujer me provocaba ese efecto. Esa mujer nunca paraba. Primero al supermercado, luego a la lavandería, para recoger mis camisas y pantalones; después a la farmacia para recoger mi medicamento para el estómago. No obstante, después de salir de la lavandería estuvo conduciendo durante bastante rato. Ohd observó que parecía no tener un destino y eso le preocupaba porque, ¿quién conduce erráticamente tanto tiempo? Yo no lo sabía. Pensé que quizá yo mismo lo hacía a veces. Ohd señaló que había pasado una hora y algo más conduciendo sin un patrón aparente, ninguno. A Ohd le pareció extrañísimo, aunque puede que fuera cosa suya, pero, sinceramente, lo dudaba. Me pregunté si quizá habría estado al teléfono todo ese tiempo. “Vale, pero ¿con quién?”, inquirió Ohd. “¿Con quién podría estar hablando durante más de una hora? ¿Contigo?” Me miró, tratando de contener una sonrisa burlona. Por supuesto, conmigo no había estado hablando.

Al día siguiente, Ohd me pidió que le explicara los detalles escabrosos. “Así que tu mujer y el señor Trivial te echaron del dormitorio”, dijo. Y era cierto. La verdad es que había sido cosa de mi mujer. No es que me hubiera echado, simplemente me indicó que me marchara. Habíamos acordado una señal, algo con el pelo. Tenía que ponerse el pelo detrás de la oreja izquierda. Me pareció verla hacer el gesto en la oreja derecha y luego en la izquierda, por lo que no estaba seguro si lo hacía de forma inconsciente, pero entonces volvió a hacerlo, enfatizando el gesto y solo en una oreja. Así que salí. Fui abajo. El salón era un caos absoluto, con ropa interior tirada por todas partes y copas de vino vacías, así que me puse a recogerlo todo y dejé las cosas del tipo en una bolsa. Luego pensé que tal vez eso fuera demasiado directo, o de mala educación. Casi podía oír a mi mujer preguntándome qué es exactamente lo que intentaba decir metiendo sus cosas en una bolsa. ¿Por qué no dejaba la bolsa junto a la puerta o en la calle, como si fuera basura? O mejor, ¿por qué no dejaba la puerta abierta de par en par, con un enorme cartel de luces de neón que dijera “Por favor, lárgate” o algo así? Finalmente, opté por doblar su ropa sin guardarla en ningún sitio. Era mejor así. Más tarde, mientras ponía agua a hervir para hacerme una infusión, el tipo entró en la cocina. “Uy, perdona”, se disculpó. “Si quieres, me voy”, dijo, apuntando a sus espaldas con el pulgar. Le dije que se quedara, que no pasaba nada. ¿Quería un té? Yo estaba tomando manzanilla con poleo-menta. Para el estómago. “Una cerveza estaría bien”, respondió. Le di una cerveza e incluso le dejé usar una de mis jarras congeladas. ¿Tenía hambre? Debía de estar hambriento. El tío me miró receloso. “Sí, un poco”, dijo. Le hice unos huevos -poco hechos, como a él le gustaban- y beicon con pan tostado y un poquito de mantequilla. Había sobrado medio pomelo del desayuno y se lo ofrecí. Le puse una servilleta de tela en la mesa y le invité a sentarse. Estaba empezando a sentirme mal, como empachado, a pesar de que hacía horas que no comía nada. Vomité en el fregadero e inmediatamente me sentí mejor. Le dije al tío que antes me encantaba tomarme las cosas del desayuno por la noche, cuando podía comer. A veces lo hacía simplemente porque me apetecía. Era como ver una película de día. El tipo asintió. “Tu casa es genial”, dijo. Le di las gracias. “Y los muebles también”. Yo no tuve mucho que ver en la elección de los muebles, pero se lo volví a agradecer de todos modos. Era un cumplido, al fin y al cabo. Me di cuenta de que mi mujer estaba junto a la barandilla, haciéndome gestos para que me marchara. ¿Habría hecho algo mal? Puse las manos con las palmas hacia arriba, como esperando que dejara caer algo sobre ellas. Solo quería ser amable. Le pregunté al tipo si necesitaba algo más y negó con la cabeza, sin levantar la mirada de los huevos. Entonces me iría. Me sentaría en algún sitio a tomarme la infusión. Fuera, quizás, no lo sabía. El tío se levantó, se limpió la boca con la servilleta y extendió la mano. “Un placer conocerte”, dijo. “Y gracias, también”, añadió. Señaló la comida. “Por esto”.

Ohd observaba su monitor principal mientras movía la cabeza de un lado a otro. Uno de sus vehículos había identificado a una mujer con un tankini amarillo tomando el sol en la azotea de un edificio. “Yo que tú”, dijo, “y créeme, cada vez me resulta más difícil imaginarme que soy tú, pero si lo fuera, creo que pintaría una raya fluorscente en la puerta del dormitorio”. Ohd dibujó una frontera delante de su teclado. “Un hombre tiene que imponer ciertos límites”, afirmó. “Los límites son buenos”. A mi modo de ver, en cambio, prefería no perderla de vista. Al menos así sabía dónde estaba, ¿no? Es decir, si no pudiera usar nuestra cama, ¿adónde iría? La imaginé en el interior de un coche mugriento, aparcado en la parte trasera de algún restaurante o en un callejón oscuro, clavándose cajas de comida rápida y pajitas en la espalda. O quizá acabara en la azotea de algún edificio; casi podía verlo. Ohd hizo una captura de pantalla de la mujer del tankini amarillo. Tenía toda una colección de imágenes similares, mujeres tomando el sol en alta resolución, algunas de ellas haciendo topless. Muchas de ellas estaban en azoteas, rodeadas de gravilla y antenas dobladas, conductos de ventilación y chimeneas medio destrozadas. “Ahí arriba, la desnudez es algo tan ocasional”, observó Ohd. Abrió otra imagen de la misma mujer. “Hoy la luz es muy buena”, dijo. “O sea, es de puta madre, la luz”.

Observaba mi estómago en la pantalla. El médico estaba diciendo algo sobre mi prueba, la endoscopia gastrointestinal alta, algo sobre irregularidades en el duodeno y otra cosa en el estómago que no eran irregularidades. No era un agujero, pero era parecido a un agujero. El médico señaló un punto oscuro con el dedo meñique. Hay que vigilar esto de aquí, dijo. Tocó unas cuantas teclas del ordenador y abrió otra imagen, y luego una tercera. Las pasó rápidamente, sin hacer muchos comentarios, moviendo el cursor a gran velocidad. No pude seguir todo lo que me decía. Sabía que era importante, pero en mi cabeza, las explicaciones se solapaban unas con otras. Aumentó la imagen de mi estómago. Había algo parecido a un tubo, una cosa con bultos y dos zonas brillantes. Le pregunté si habría que preocuparse por esas partes brillantes. “Es normal”, respondió, sorprendido por la pregunta. Vi tubos rugosos y masas grisáceas, orbes, manchas que parecían fantasmas que desprendían humo gris. No creo en los fantasmas, pero eso fue lo que me vino a la cabeza, que había fantasmas flotando en mi interior. El médico se arrellanó en la butaca y se giró hacia mí. Sonrió. Parecía un tipo saludable, con dientes caros. “Tengo algunas ideas”, dijo al fin, “cosas que podemos probar a continuación”. Miré mi estómago, todavía en la pantalla. Eso me sonaba a más conjeturas. Unos meses atrás me habían practicado una endoscopia gastrointestinal baja y ya había oído todas esas conjeturas. Probé a tomar los alimentos troceados muy pequeños, a comer a distintas horas. Seguí un horario muy estricto, probé a dormir de costado y luego boca abajo. Probé esas nuevas almohadas que han salido. Incluso intenté dormir con la parte de la cabeza elevada, pero mi mujer dijo que de esa manera ella no podía dormir, que nadie podía, así que me trasladé a la habitación de invitados con mi almohada y levanté la parte de la cabeza de esa cama. Tampoco funcionó. Al principio pensé que sí funcionaba, pero luego decidí que no, que era solo un arrebato de esperanza. Me disponía a volver a la cama de matrimonio cuando mi mujer sugirió que me quedara en la otra un poco más. “Para ver si cambian las cosas”, dijo. No la culpo. Si alguien tenía la culpa de algo, ese era yo. Todas esas instrucciones. La prueba requería que se siguieran muchas instrucciones. Empezaba el día anterior, luego había instrucciones sobre qué hacer esa noche y el día después. Había ayunado. Me había bebido los batidos de bario. Conduje yo mismo hasta allí por la mañana. Una enfermera me dio unos patucos y una bata de hospital y me encerré en un diminuto cuarto para cambiarme. Era una cabina con una puerta que se plegaba en acordeón y que tenía el cerrojo estropeado. Había una hilera de cabinas. Oí a alguien gruñir en una de las otras cabinas. Cuando me estaba quitando los pantalones, perdí el equilibrio y me tambaleé contra la puerta. La enfermera estaba ahí. “¿Todo bien, señor?”, preguntó. Todo bien, le dije, y me disculpé. Mi mujer dice que siempre estoy pidiendo disculpas, pero la verdad es que me sabía mal. Siempre me sabe mal. Cuando terminé de cambiarme, abrí la puerta y me senté a esperar. Alguien vendría a buscarme. Oí voces, risas, una conversación sobre el fin de semana, sobre lo que habían hecho unas personas a las que no conocía. Transcurridos unos minutos, llegó otra enfermera, sonriendo como si aquel fuera un día maravilloso. Me condujo a la parte de atrás de la sala. La seguí, arrastrando los patucos por la moqueta. Tenía el culo frío, al aire, supongo. Deben estar acostumbradas a ver a gente como yo, con culos como el mío, todo el tiempo. Me dijeron que tomara asiento en una silla que había junto a la ventana. La enfermera cubrió la silla con un trozo cuadrado de papel y luego se apartó para dejar que me acomodara. Me dio más bario y me pidió que me lo bebiera, añadiendo que sabía lo difícil que era tragárselo -”Eso es lo que dicen todos”, dijo-, pero que tenía que beberme hasta la última gota. “Sin hacer trampas”, dijo. Asentí, eché un vistazo al batido y me lo llevé a la boca. “Vuelvo dentro de unos minutos”, dijo. Daba la sensación de que antes esa sala se había utilizado como almacén, hasta que alguien decidió que hacía falta más espacio y la convirtieron en lo que quiera que fuera ahora. Había montones de papel en un rincón y sobre ellos una caja de guantes de látex. La ventana daba a otro edificio. Vi a un hombre en una oficina. Era la única luz que podía ver en todo el edificio. El hombre estaba sentado a su escritorio, frotándose el vello de la nuca. Un gesto de nerviosismo, supuse. Le di un sorbo al batido, luego otro. Era denso, como beber metal. El hombre cogió su teléfono y empezó a decir algo. Giró en su silla y se puso a mirar por la ventana. En ese momento me vio. Giré el cuerpo y fingí estar leyendo la etiqueta del batido. No quería que fuera muy evidente ni brusco. El papel que tenía debajo crujió mientras intentaba beber más bario. Solo conseguía tragarlo dando pequeños sorbos. Un rato después, me atreví a mirar por la ventana. El hombre seguía ahí, mirando hacia mí. No hacía nada, solo miraba.

“Un día muy raro”, dijo Ohd. Yo estaba de pie, junto a mi escritorio. “¿Todo bien?”, me preguntó. Le dije que todo estaba superbien. “Llevas un rato ahí, de pie”, añadió. No era nada, solo que tenía ganas de ir al servicio y que era mejor que no me sentara. “Bueno”, prosiguió. “Bueno”, continuó, “nuestro sujeto ha estado en casa casi toda la mañana”. Ohd había empezado a referirse a mi mujer como nuestro sujeto. Yo ya sabía que iba a estar en casa. Me lo había dicho. Ohd frunció el ceño, como si hubiera algo que yo no entendía. “A eso de las 10:17”, me explicó, consultando su archivo, “se empezaron a apagar las luces de la casa”. Ohd desplazó la página hacia abajo. Por tanto, ella estaba en casa, apagándolas. No parecía haber nada extraño en ello. De hecho, incluso era agradable imaginármela apagando luces. Un gesto tan cotidiano. Diez minutos después de las once, Ohd afirmó que el sujeto recibió una llamada a su teléfono móvil. “No había nadie”, dijo. “O al menos, nadie dijo nada. El sujeto dijo hola, claro, pero eso fue todo”. ¿Qué había de extraño en eso? “Ten paciencia”, pidió Ohd. “El sujeto permaneció al teléfono durante un minuto -un minuto y 16 segundos, según el registro de llamadas- sin decir nada”. Ohd reprodujo la llamada. La verdad es que no se oía nada. “No sé cuántas veces la he escuchado”, afirmó. “También he estado trabajando en la grabación: mejoras, aumento de los niveles. La he ralentizado y la he vuelto a reproducir a un octavo de la velocidad y con los auriculares puestos. Luego la he pasado a mi teléfono para escucharla desde ahí, por si hubiera algún tipo de señal o algo parecido, pero no había nada. Simplemente el sonido normal de la línea, lo que uno esperaría oír con esa marca y modelo de teléfono”. Quizá el sujeto dejó el teléfono en alguna parte y olvidó colgar. ¿Se sigue diciendo ‘colgar’? ¿La gente lo dice? Me ha venido a la cabeza. Lo que quiero decir es que quizá pensó que había colgado cuando realmente no lo hizo. Ohd me miró como si yo fuera un mono intentado resolver ecuaciones simultáneas. “Los perfiles térmicos y electromagnéticos de la habitación, y te lo voy a mostrar encantado”, dijo, “indican que había un individuo, el sujeto, sosteniendo el móvil durante toda la llamada”. Pero eso no significaba nada. No quería ser un aguafiestas, pero ¿por qué no podría haber tenido el móvil junto a ella? O podía habérselo metido en el bolsillo, convencida de que había colgado. “Supongo”, dijo Ohd. “Pero también supongo que el móvil pudo habérsele enganchado en el pelo. Eso casi nunca ocurre. En cualquier caso, no importa, porque cuando finalizó la llamada, el sujeto se marchó”. Ohd me miró, esperando mi reacción. No dije nada. “Nunca se había marchado así antes”, prosiguió. “A esa hora. De repente se sube al coche y sale a toda leche. Unos minutos después aparca en una zona en obras. Inmobiliaria Willow-no sé qué”. Ohd pasó varias páginas de su cuaderno. “Lo tengo por aquí”, dijo. “Estoy haciendo comprobaciones sobre la propiedad, las ventas y compras más recientes, etcétera”. Ohd siguió buscando entre sus notas. “Está a unos 5 kilómetros de tu casa”, indicó. “Es este sitio de aquí, cerca del final de la calle”. Señaló un punto de la pantalla con un bolígrafo. “La única casa terminada del bloque”, dijo. “Supongo que es uno de esos casos en los que se quedaron sin dinero. Entraron en quiebra o algo así”. Ohd hizo una pausa, aunque yo no tenía nada que decir. “Bueno”, prosiguió, “¿reconoces la casa?” Se recostó en su silla, meciéndose suavemente. “Imagino que no la conoces, pero tenía que preguntártelo por si acaso”. No la reconocía. Nunca en mi vida había estado en ese sitio. Ohd asintió. “Bien”, continuó. “Así que el sujeto llegó a esta casa y entró por el garaje. Aparcó fuera, en la calle, pero entró caminando por el garaje. Una persona cuya identidad desconocemos había dejado la puerta abierta. Ella la cerró. Y allí dentro es donde ha estado. Donde sigue, de hecho. Sin luz. Las lecturas de energía eléctrica en la zona indican un valor de cero punto cero. No se detecta el uso de móviles, ni de ordenadores. No hay señales de ningún tipo”. Ohd se inclinó hacia el monitor y apoyó el mentón sobre una mano. En la pantalla se veía un coche pasar. Parecía un sedán azul. “Ni siquiera tiene puesto el aire acondicionado”, indicó, “y sabes el calor que hace ahí abajo”.

Me encontraba mal. Estaba en el baño, vomitando, cuando entró un hombre. Supuse que era el nuevo amigo de mi mujer. Quizá no había cerrado del todo la puerta. Siempre tendía a creer que, de alguna forma, la culpa era mía. Pensaba en ello a menudo. “¿Te importa?, me preguntó el tipo, señalando el lavabo. Sacudí la cabeza en gesto negativo. ¿Cómo me iba a importar? Se lavó las manos y se echó un poco de agua en la cara. Luego se miró en el espejo, girando la cabeza a un lado y luego al otro. A continuación, se acercó adonde yo estaba acurrucado y miró las toallas que había colgadas en la pared. “¿Te importa si uso esta?”, preguntó. No me importaba, le dije que claro. “¿Estás enfermo o algo?”, quiso saber. Estaba sentado junto al inodoro, apoyado contra la pared. La pared estaba fría. El suelo también. Casi siempre me encuentro mal, en mayor o menor grado. “¿Es algo de aquí?”, siguió preguntando, mientras se señalaba la cabeza. Le contesté que nadie lo sabía con certeza. “¿Alguna vez has probado la acupuntura?” La verdad es que sí la había probado en una o dos ocasiones, pero no ayudó mucho. No es que no me gustara, pero me provocaba somnolencia. “A mí me va muy bien”, me aseguró. “Me alivia el dolor de espalda, de la zona lumbar, sobre todo. También de los tobillos. Tengo los tobillos débiles. Como si tuviera los tobillos de un pajarito”, dijo. Se levantó el bajo de los pantalones para enseñármelo. Le dije que ya veía. Quería estar solo. “Ah, oye”, dijo el tipo, “casi me olvido de pagarte”. Fue a buscar la cartera mientras yo le preguntaba por qué. “Por qué”, dijo. “Muy bueno”. Sacó un fajo de billetes y empezó a contarlos. De repente paró y me miró. “¿Cuánto me había dicho que era?” No tenía ni idea. Le dije que mi mujer era la que ponía el precio. “Sabia decisión”, dijo el tío, “dejarle a ella llevar el tema del dinero”. Asentí, aunque no le entendía muy bien. “Toma”, dijo. Extendió el brazo, ofreciéndome el dinero. No me moví, así que lo dejó encima del lavabo y se dio la vuelta para  irse. “Un placer hablar contigo”, añadió. “Espero que te mejores”. Asentí y me acerqué más al inodoro. Estaba a punto de invadirme una nueva oleada de náusea.

Mi mujer estaba tumbada en medio de la cama, con la pierna mala apoyada en una almohada. Estaba hojeando un catálogo. Recibíamos unos cuantos cada varios días. “¡Hombre!”, dijo. Era todo alegría. Tenía su dinero en el bolsillo. Había estado pensando qué hacer con él, si dárselo o no decir nada. No quería equivocarme. Le dije que su nuevo amigo me había dado esto -no sabía cómo llamarlo-. Saqué el dinero y se lo enseñé. Supongo que era algún tipo de contribución. Se echó a reír. “¡Qué ignorante!”, dijo, mientras negaba con la cabeza. “Dios mío”. Yo también me reí un poco, y luego le di el dinero. Estaba tan cerca de ella que podía oler el aroma que desprendía su pelo. Olía como si le hiciera falta un buen lavado, pero era agradable. Mejor que el olor a champú, tan intenso que invadía toda la casa y eclipsaba cualquier otro olor. Le expliqué que no sabía muy bien qué decirle al tipo, a su nuevo amigo. Ella y yo nunca habíamos hablado de dinero. No sabía que formara parte de todo eso, le dije. De lo que estaba haciendo. No sabía si para ella el dinero formaba parte de ello. “Relájate, Thom”, me dijo. Dio una palmadita en la cama, en el lado donde suelo dormir. “¿Estás bien?”, me preguntó. Me señalé la zona del estómago. Los achaques de siempre. Ya lo sabía. Me metí bajo las sábanas. Lamentaba ser tan aburrido. “No eres aburrido”, me aseguró. “Eres coherente”. Le contesté que me consideraba aburrido y acto seguido, sin saber por qué, como poseído por algo, le pregunté si quería quedarse despierta conmigo. Así es como nos referíamos a hacer el amor, cuando lo hacíamos. Ella sonrió. “Puede”, dijo. “Ya veremos”. Le puse una mano en el muslo y la dejé ahí, como si estuviéramos pegados. En ese momento nos vi tal como éramos, en la cama. Era como si estuviera viéndonos desde arriba, como si estuviera cerca del techo, flotando, mirando hacia abajo. Como si yo fuera una cámara y estuviera grabando. Ella seguía tumbada junto a mí, ambos con almohadas bajo la cabeza. Todavía tenía la mano puesta en su muslo. “Estoy muy cansada”, dijo, “aunque quizá puedas convencerme para que me quede despierta un poquito más”.