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Matar y morir a pedradas por honor

Cada veinte de enero los pueblos de la provincia de Canas, en Cusco, se dividen en dos bandos para tratar de tumbarse a pedradas a lo largo de la puna del Chiaraje, a 4.200 metros de altitud.

por César Manuel Jumpa
02 Marzo 2016, 4:00am

"Hay que ser humanos", dijo el chófer. Eran las nueve de la noche y desde las seis ya no quedaban coches ni autobuses en la explanada del Chiaraje. Yo agonizaba en el asiento trasero, con un muslo hinchado que no me dejaría caminar durante dos días, a cientos de kilómetros de la farmacia más cercana. Éramos los últimos bultos de un paisaje monótono y yermo, abandonados y con el motor averiado. Sin embargo, cuando logramos arrancar dos horas después, encontramos a alguien que lo estaba pasando peor en el camino oscura. Un coche viejo, sin calefacción, con niños pequeños dentro dispuestos a pasar la noche fría a 4.200 metros de altitud. "Hay que ser humanos", dijo el chófer. Su hermano, el copiloto, asintió, y nos detuvimos a ayudarlos. Diez años antes, cuando ambos eran más jóvenes y probablemente menos respetables, ellos también peleaban en la batalla del Chiaraje, armados de huaracas, monturas y liwis metálicos. Sin más riesgo que sus propias vidas y las vidas de los demás; sin más recompensa que su honor y el honor ajeno. El péndulo entre lo violento y lo solidario oscila de maneras misteriosas en el tiempo.

Todo empezó esa mañana. Cada veinte de enero los pueblos de la provincia de Canas, en Cusco, se dividen en dos bandos para tratar de tumbarse a pedradas a lo largo de la puna del Chiaraje, una extensión de pasto verde y pedregales entre las montañas de Orccocca, Londoni y Escurrani, a 4.200 metros de altitud. Dos batallas en un día. Cada bando trata de empujar al otro hasta detrás de sus líneas usando hondas y cuerdas con metales atados a un extremo para el combate cuerpo a cuerpo. Y piedras, afiladas y angulosas. Los heridos son usuales, los muertos son menos, pero siempre los hay. La tarde de ese día se oían rumores del primer herido en fallecer; los diarios lo confirmarían al día siguiente. Daniel Huayta Ccoa, del distrito de Langui, en mi bando. Traumatismo craneal grave, producto de un impacto, dos niñas huérfanas. Pero pudieron ser más: un hombre de cabeza sangrante es arrastrado por sus compañeros, uno de ellos se abre la bragueta y le orina para curarle la herida. Su sombrero ya es más rojo que blanco. Ese hombre no murió. Un fotógrafo se adelanta demasiado, tropieza tratando de retroceder, una piedra lanzada le impacta en el muslo. Ya no puede correr, las piedras de ambos bandos le zumban en los oídos. Ese hombre no murió. Un señor viejo cabalga de un lado a otro del campo, y esquiva una piedra por escasos centímetros bajando la cabeza. Centímetros de diferencia entre la vida y la muerte. Todos ellos, sin excepción, partieron a la batalla con libertad y alegría.

Ya por la noche, en Sicuani, la ciudad más cercana, hay gente que tiene otras ideas. Salvajes dicen unos, primitivos dicen otros. El racismo es velado pero evidente para cualquier peruano acostumbrado a sus sutilezas. "Gente dura, de comunidades alejadas", dice un empleado de la farmacia mientras me despacha los analgésicos. "Esa gente no valora su vida". Otra persona interviene defendiendo el Chiaraje. "Es tradición pues, hay que conservarla". Como es usual, la palabra "tradición" es una defensa irreductible. Pensé, es una defensa efectiva, pero vacía. Con ella se pueden justificar desde las actos más sublimes hasta las atrocidades más abyectas (pero nada de eso dije). La cajera interviene: "Ojalá lo prohíban pronto". Se nota algo su vergüenza frente a un foráneo.

Parecen ignorar que aquella misma mañana, a pocas cuadras de ahí, al menos una docena de furgonetas se llenaban de jóvenes urbanos como ellos, chiquillos que pudieron estar jugando a Warcraft el día anterior, y que en ese momento pasaban el camino discutiendo las mejores estrategias para liarse a pedradas, para ganar terreno al otro bando y tumbarse a los caballos. En una de esas furgonetas iba yo. Acababa de comprar un casco de construcción en la ferretería, como el que vi que usaban algunos para protegerse la cabeza. Con una cinta negra que tenía comencé a pegarle la palabra Chapualqo (perro crespo en lengua quechua). No sé por qué, recordé que así me llamaba mi madre algunas veces cuando era niño. Un señor mayor iba sentado a mi lado mientras subíamos por las laderas del cerro. Tenía como cincuenta años y la piel cuarteada por el aire serrano. Me preguntó por la palabra que escribía y comenzamos a hablar. Contaba que todos los años venía por el Chiaraje, desde que era pequeño. Al lado de él iba su amigo, casi de la misma edad. Cuando la furgoneta hizo la primera parada ambos bajaron junto a otros más, y los dos se dieron un gran abrazo. No pude entender lo que se decían desde detrás de la ventana, pero parecían ser palabras de afecto. Desde ahí los del bando combinado de Quehue, Yanoaca, Pampamarca y Tungasuca caminan cuesta arriba y se juntan alrededor de una gran antena en la cima. El señor mayor volvió a subir y con nosotros en la furgoneta continuó su camino. Él es de Langui y sigue hasta el otro bando. Decidí acompañarlo. Su amigo y él se quieren todo el año, pero hoy tratan de matarse. "Ahí en la batalla no hay amigos", me dijo.

Y aunque a los medios les guste resaltar solo el lado violento, lo cierto es que también hay muchas risas. Lo primero que se ve al llegar es un grupo de carpas que forman una feria en el lado de cada bando, donde la gente compra y vende comida, cerveza, aguardiente y hoja de coca. En los alrededores, las parejas se besan. Familias enteras con niños se reúnen como en un día de campo a mirar la batalla desde lejos. Hay por todos lados músicos y baile. Nadie podría adivinar que, a solo unos cientos de metros de ahí, hordas de hombres comenzarían a apedrearse pronto. Pero aún falta tiempo. Debe acumularse más público en el lugar. No hay un horario establecido para el inicio, pero aún faltan guerreros.

Todo empieza poco a poco. Algo sazonados por el alcohol, pequeños grupos avanzan espontáneamente hacia el campo y gritan amenazas e insultos a los del otro lado. Comenzarán a llover algunas piedras, y entonces vendrán más. Y otros más. Y luego los caballos avanzarán rápidamente con los jinetes gritando arengas, tratando de poner un orden a la masa sin cabeza. Pero será en vano. No existe una dirección central para cada estrategia. La pelea oscila en función de las emociones de los guerreros: si uno avanza entonces avanzan todos y cargan; si uno retrocede con miedo, pronto lo seguirán otros, y la reacción en cadena puede desembocar en la derrota. Desde donde estoy sentado veo partir a los guerreros. Hay ancianos de más de sesenta y niños que apenas parecen superar los quince años. "¿Y a los niños los respetan un poco?". Le hablo a un padre joven a mi lado, con un niño de cinco años tomado de una mano. En la otra lleva uno de esos palos largos con una cuerda y hierros macizos colgando en un extremo. Días después, en una pesadilla, vería volar una de esas armas en dirección a mi rostro, y despertaría con la certeza de no haberla esquivado. Su hijo llevaba una sudadera con un bordado de Goku, el báculo mágico parecía mucho menos amenazante en ese contexto. "¡Qué van a respetarlos!", me respondió el padre. "A todos les meten piedra por igual". A lo lejos, la batalla había empezado. Me despedí, compré una bolsa grande de coca que metí en el morral y corrí hacia la explanada.

Un bola grande de coca en mi boca ayudó a ignorar el cansancio, vi que no era el único. Tenía una bolsa demasiado grande para una sola persona y comencé a invitar a coca a cualquiera que pudiera necesitarla. No sé si fue o no por eso o por hospitalidad básica, pero luego, en el intermedio entre batallas, mucha gente me sirvió comida y licor de caña. Con cautela trataba de acercarme lo mas que podía: retrocedía cuando veía que los demás retrocedían, y avanzaba cuando veía que avanzaban. Las piedras que rebotaban del suelo eran peligrosas por su trayectoria impredecible. Casi una hora después ya estábamos ganando la primera batalla. Luego vino el intermedio, el licor de caña, las celebraciones y la comida. Cuando llegó la segunda batalla mi confianza había aumentado, mi cautela disminuido y ya estaba listo para cometer errores estúpidos.

Comencé a seguir a alguien desde cerca, sin hacer caso a sus advertencias de retroceder. Íbamos bajando por una pendiente rocosa. Muchos de los nuestros se refugiaban arriba, y desde ahí bombardeaban de piedras. De un momento a otro aquel a quien seguía comenzó a retroceder corriendo y entonces me di cuenta de que éramos los únicos dos ahí adelante. El otro bando, habiendo visto a dos personas demasiado adelantadas, comenzó una carga furiosa para ganar terreno. Estábamos en la línea de fuego y las piedras sonaban desde ambas direcciones. En ese momento, mientras trataba de correr, un impacto tremendo en la pierda me tiró al suelo. El golpe de una huaraca en distancia corta era formidable, y el dolor no me permitía correr. El otro bando continuaba su carga, y pronto los tuve muy cerca.

La historia del Perú, contada por un capitalino, es la de un citadino desarraigado. Nunca me sentí mas extranjero y aliviado que en que aquel momento: un hombre de veintitantos años me miraba a diez metros de distancia por encima de las rocas, mientras giraba lentamente una honda por sobre su cabeza, inexplicablemente sin lanzar su piedra en dirección a la mía. Como quien abre la puerta de su habitación para dejar huir a un ratón, el extraño me miraba con pena y, al mismo tiempo, su compasión parecía cerrar detrás de mí las puertas del Perú y de mis ancestros. Su voluntad de no matarme me ratificaba en mi condición de forastero en mi propio país. Había visto, antes de venir, vídeos de años recientes grabados desde lejos, de guerreros siendo rematados en el suelo luego de caer. Mientras tanto, él me decía: "Vete". Esta no es tu fiesta, aquí no estás invitado. Pero otros eran mas hospitalarios. Desde lejos llovían piedras en elipsis, rebotaban a mi lado abriendo huecos en la tierra. Las huaracas tienen potencia y rango superior, pero no son el arma más precisa. Desde más arriba en la pendiente, detrás de las rocas, otros en mi equipo comenzaron a cubrirme con fuego propio. Mientras tanto trataba de arrastrar la pierna como fuera por la pendiente, tomando refugio de las piedras, recuperando el aliento detrás de cualquier saliente. El aire delgado de la puna, con menos oxígeno del acostumbrado, comenzaba a hacer efecto en mi sangre costera. Cuando al fin pude rodear la colina, la batalla se había trasladado lejos hacia el oeste. Una cuadrilla de guerreros con águilas bordadas en sus chaquetas empujaban al otro bando colina arriba, de regreso a la antena. ¿Estábamos ganando?

Con una pierna muerta colgando del cuerpo terminé de arrastrarme hasta el campamento. La batalla había terminado para mí. Me dejé caer al lado de una familia numerosa de varios hermanos adultos y una madre; empezamos a hablar de cualquier cosa, y a falta de primeros auxilios me ofrecían cervezas. Desde esa distancia, la escaramuza parecía una guerra de hormigas iluminadas por el atardecer. A mis espaldas, la explanada estaba aún llena de coches y gente. Faltaba cerca de una hora para que comenzara a oscurecer, y antes de media hora todo había terminado entre los guerreros: habíamos ganado nuestra segunda batalla del día. El bando de las comunidades de Langui, Layo, Cheqa, empujó al otro de regreso a sus líneas. Bailes y música por todo el campo mientras los guerreros retornan cansados, los tragos comienzan a correr con mayor rapidez. "Te llevamos", me dijo uno de los hermanos. Yo también regresaba a Sicuani como ellos y en su camioneta había espacio para todos. Diez años atrás, me dijeron, ellos mismos habían sido guerreros. Con hondas y palos y sogas y fierros. Mientras tanto, los rumores del primer muerto ya llegaban. Como en todos los años, nadie tomaría venganza. Los coches desaparecerían junto a la luz. La gente regresaría a celebrar a sus pueblos y la puna quedaría solitaria y oscura, sin nadie para percibir el paso del tiempo o el cambio de las estaciones. Poco a poco nos vamos quedando solos, el motor no arranca, pero no creo que tarde mucho en hacerlo. La pierna continúa creciendo alrededor de la herida. Todos los que entraron con libertad regresan en libertad. Dicen que en el Chiaraje la vida no vale nada. Discrepo. Creo que nos es chocante porque es uno de los pocos lugares en los que podemos ver que la libertad vale más que la vida, y ese es un valor casi perdido en Occidente. Ya no hay coches, el sol termina de caer. Es hora de irnos.