Viagra, casas en propiedad y bailes agarraos: así es la tercera adolescencia

Entrar en una discoteca para la tercera edad es como sumergirse en un mundo adolescente lleno de calvas, laca y anillos de casado en el bolsillo.

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dic. 17 2014, 2:04pm

Todas las fotografías por Marina Colás

La primera vez que entré en una discoteca para los que pasan la setentena iba a acompañar a Teo, una señora de esas que fuman los puros más nocivos y baratos que venden en los estancos. Nos habíamos hecho amigas a raíz de un documental que filmé en su desquiciada tienda de ropa de segunda mano en el Raval, una especie de vertedero de piezas estrambóticas, residuos de rateros con bolsas llenas de chaquetas aún calientes y sobras de la comunidad filipina del barrio.

Brutal ella con sus transparencias y su mejor bisutería, tenía ganas de recordar tiempos mejores. Quizá se echaba algún baile, pero "sin dejarme manosear demasiado", comentó con su voz de tabernera.

Al atravesar la puerta de uno de estos locales, te aostias con un skyline de señores amontonados tras los sofás, donde las señoronas esperan, quietas y erguidas, a que las inviten a un primer baile.

Teo en seguida salió a la pista y yo me quedé sentada tomando una cerveza, mientras repetidamente, hombres que me sacaban al menos 30 o 40 años, me estiraban del brazo para sacarme a la pista.

Uno de los primeros que se me abalanzó me comentó que su señora ya había muerto y que ahora salía los domingos con la novia que se había echado. Ésta, que de hecho estaba a su lado, era ciega, así que si yo quería "podíamos irnos a un hueco más discreto", me sugirió. La verdad es que era un señor con gracia y, a juzgar por las fotos que me enseñó de sus años mozos, seguramente fue un gran conquistador. Después fui conociendo a los otros señores, que iban pasando por delante para recitarme sus pisos y segundas residencias "en propiedad", como vetusto método de seducción.

El proceso entre ellos para conocerse suele repetirse cíclicamente: la mayoría de mujeres se emperifollan para llegar cargadas de joyas brillantes y ropa chillona. A un primer vistazo, si no hay nadie interesante, se acercan a la barra y beben un "combinado", la mayoría de veces sin alcohol.

Las que emanan más necesidad son las primeras reclutadas. Ya en la pista se dejan las cosas claras. El hombre que baja demasiado sus manos por la espalda en las lentas, solo quiere sexo. El que abraza suavemente es un viudo que echa de menos a su mujer. El que susurra chistes y halagos al oído, también quiere sexo, pero no tiene tanta prisa.

Depende de la reacción de la mujer, los bailes pegados pueden alargarse toda la noche, desembocar en un "kiki" en un sitio cercano o una próxima cita más formal, con cena incluida.

Las mujeres que no fueron escogidas suelen salir a bailar tranquilamente en pareja. Una imagen ciertamente inquietante, sobre todo cuando con mucha naturalidad eligen quién hará el rol de hombre durante el baile.

Un antiguo directivo de un banco me explicaba que muchos casados se escapan del "hogar" con alguna mentirijilla (la mayoría, como jubilados, ya no podían utilizar la clásica excusa del trabajo) y alquilan habitaciones cercanas a las discotecas para echar un polvete rápido y volver a la hora de la cena a casa. Otros, de hasta 75 años, se enfarlopan en el lavabo y aguantan hasta las 5 de la mañana esperando a que alguna caiga. A veces más vale la paciencia que el ingenio.

Cuando la orquesta empieza con las lentas y las luces bajan la intensidad, otros casados se reencuentran con viejas amantes (algunos de ellos tienen la misma relación extramatrimonial desde hace más de 10 años) para distribuirse furtivamente en las esquinas de los sofás más apartados. Allí se morrean cual adolescentes saliendo del instituto.

Las parejas que salen a la pista pintan al principio una escena agridulce, pero eso es solo al principio. Después, cuando cierran los ojos mientras se balancean suavemente al ritmo de canciones "de su época", la imagen se torna algo melancólica. Incluso repasando de nuevo los sofás, se ve cierta inocencia en sus miradas.

Durante las visitas a los pubs, también yo hice mi grupo de amigas. La mayoría son viudas y divorciadas que sin decoros cuentan lo que es volver a una pista de baile después de 30 o hasta 40 años de matrimonio recluidas en casa. Tienen fichados a los que se guardan el anillo en el bolsillo cuando entran a la discoteca y los que meten mano cuando llegan las lentas.

La Merche es una de las que con más desparpajo cuenta sus hazañas. Se divorció con 65 años y empezó a salir por las noches. Ahora solo quiere sexo, sobre todo después de haber experimentado por primera vez el orgasmo con uno de sus últimos amantes: "mi marido se me echaba encima y cuando había acabado se salía, y no había más que hablar". También ha tenido alguna experiencia un poco más oscura durante esta nueva época en la que se acostumbró a llevar a desconocidos a su casa. Uno de los hombres la dejó con una almohada en la boca maniatada, como acto fetichista, "porque encima es que ni me robó", me explicó.

A pesar de que muchas se han convertido en asiduas de la fiesta, para ellas la mayoría de los hombres son "casi despojos". Se ríen de sus calvas tristemente disimuladas y las más que prominentes barrigas: "los que vienen por aquí no valen mucho y si hay alguno que está bien, las más listas se lo llevan rápido". Todas coinciden que cuando un hombre las invita a cenar o a una copa "después se lo quieren cobrar", así que aconsejan que si no quieres polvo, "mejor te pagues tú el combinado".

Las amigas de Merche son todas divorciadas. Algunas llevan la merienda en el bolso y otras el kit de maquillaje, la laca y las tiritas para los zapatos. De hecho las escenas en los lavabos de mujeres tampoco distan tanto de las del Apolo de Barcelona cualquier sábado a las 4 de la mañana. Conversan con grititos un poco nerviosamente sobre el que se están ligando o las mentirijillas que han soltado durante algún flirteo: "Le he dicho que tengo 65 años. ¡Y va y se lo cree!"

Los hombres casados son los más fáciles de reconocer: te chillan al ver la cámara, se esconden o simplemente huyen de la sala. Suelen ser los mismos que un minuto antes de sacar la cámara me estaban intentando acariciar la rodilla.

Los últimos vestigios de feromonas adolescentes revuelven todas las salas para mayores de Barcelona y alrededores. Son sitios con sus propias normas y códigos: las asiduas tienen la primera fila de la pista, delante del escenario, reservada para hacer sus coreografías, los hombres son los que tienen que sacarlas a bailar y al final de la noche te conformas con lo que queda. Es como volver a verme a mi yo de hace unos años con 40 años más y un pasado que no corresponde al futuro que había imaginado.

El proyecto ha sido realizado íntegramente con película 35mm con Leica CL Summarit 1.5.

Aquí puedes ver más fotografías de Marina: http://marinacolas.com/

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