Enviamos a dos reporteros a la manifestación del 14D contra la nueva Ley de Seguridad Ciudadana y los disturbios tras la protesta de 'Rodea el Congreso'. Uno infiltrado entre la policía y el otro entre los manifestantes.CON LOS MANIFESTANTES – Néstor GándaraEscribo en Google “consejos para periodistas en una concentración política”. La más importante: llevar casco. Vuelvo a teclear en la barra del buscador: ley mordaza. A la pregunta de "¿qué sanciona la nueva ley de Seguridad Ciudadana?", cuyo anteproyecto fue aprobado el viernes 25, podríamos responder sucintamente: TODO. Una jodida lotería de multas que nadie querría que le tocaran. Si no quieres el premio gordo lo único que debes hacer es quedarte en casa. A este paso, podrían caerte de 30.000 a 60.000 euros por tenencia ilegal de explosivos no catalogados.
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De 1.000 a 30.000 euros por “Manifestaciones y reuniones sin autorización o que infrinjan la ley de reunión y la negativa a disolver las acordadas por la autoridad.”; o de 100 a 1.000 euros por “Amenazas, coacciones, injurias o vejaciones en vías públicas” (véase: escrache). En resumen: siete tipos de infracciones muy graves, 31 clases de infracciones graves y 20 infracciones leves que convierten en un delito cualquier protesta hacia el actual ejecutivo. Sale más caro insultar a un diputado por la calle que desencadenar una catástrofe ecológica en la costa gallega. ¿Quién coño puede pagar una multa de 30.000 euros?He quedado con el fotógrafo a las 18:45h frente al Congreso. Por el camino cuento 25 lecheras. Mi cita ante los leones tiene que trasladarse cien metros más abajo. Una valla metálica y dos filas de antidisturbios custodian la calle Floridablanca. Apenas 300 personas a quince minutos de la hora oficial de la convocatoria. Comienzan los cánticos: ESTA–ES–LA–IMAGEN DE–ES–TE–PAÍS JÓVE–NES–PARADOS. MAYO–RES–ESTA–FADOS. Un hombre con cinta adhesiva gris “amordazándole” la boca camina frente a la valla policial. ESTA–DEMOCRACIA–ES–UNA–BASURA NO–LA–DIFE–RENCIO DE–LA–DICTA–DURA. Localizo al fotógrafo. De la mochila le cuelga un casco.Me pongo de puntillas. Calculo mil personas. Las cabezas se extienden más allá del tridente de piedra. FRANCO, HOY ES RAJOY, se lee en un cartel. Distingo tres etnias: abuelos, estudiantes de trabajo social y encapuchados. Me dirijo a una abuela con abrigo de visón. Es octogenaria y está en compañía de su marido y su mejor amiga, que también parece una abuela rica. Le pregunto si la actual política represiva le recuerda a los tiempos del régimen. Me dice que todos son unos hijos de puta y que a ella le robaron. Todos los abuelos que me rodean son los afectados por las preferentes. Les importa una mierda la Ley Mordaza. Están allí por su dinero.
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Veo a Jill Love. Activista. Cineasta. Portada de Interviú. Desnudista reincidente frente al Congreso. Me dice que se pone en tetas para motivar a la juventud. “Está muy apática y tenemos ya una abstención del 54% y es una vergüenza. El partido del PP gana porque los demás no van a votar”. Vuelve a abrirse la camisa para los primeros planos. La pancarta del 25-S empieza a moverse para tratar de rodear el Congreso de los Diputados. Comienzan las dispersiones y los problemas. Suenan un par de petardos. Desde la fuente de los colchoneros ascendemos más de 3.000 personas. Me acojona pensar en el momento en que nos corten el paso.Alcalá retumba. Los ánimos se están caldeando. Un grupo de policías se dirige casi a la carrera hacia su cordón de seguridad, frente a la Real Casa de Correos. Tras ellos, cincuenta encapuchados los están jodiendo a capones. Mi posición es privilegiada. Voy 15 metros por delante de la cabeza y veo llegar furgones desde Antón Martín. Mi grupo de antidisturbios gira en redondo para coger la plaza de Matute y subir de nuevo por Huertas. Es como el gato y al ratón. Les sigo. La guerra comienza. Un coche de policía ha quedado atrapado en la esquina y los chavales lo están reventando. Vuelcan un contenedor de vidrio. Los botellines vuelan.Hay una carga y los encapuchados salen en desbandada. Me refugio en un take away italiano. Una patrulla motorizada sube desde abajo. La guerrilla vuelca otro contenedor de vidrio y los fríen a cristales. El dueño del local sale envalentonado para enfrentarse a los encapuchados. “¿Estáis tontos o qué?”, le grita. Uno de los chavales se quita el pañuelo. Está rabioso, le contesta algo del paro. Descubro que los chavales tienen su propio código gestual. Se comunican entre sí. No están desorganizados. Abandono el italiano y vuelvo al cruce de San Sebastián con Atocha. Un hombre con la cara destrozada es atendido por el SAMUR. Hay sangre en el suelo. Todo está lleno de humo. Huele a basura calcinándose.
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CON LA POLI - Elena CabreraOs contaré cómo lo hice. Tengo unos amigos que viven dentro del perímetro de seguridad del Congreso así que me agazapé en su casa antes de que cortaran las calles y así, cuando salí de mi madriguera a la hora en la que estaba convocada la protesta Rodea el Congreso, me vi en la plaza de las Cortes, prácticamente sola, pero con el fragor cercano de miles de personas gritando al otro lado de la valla. Ese era el plan: pasarme al otro bando, meterme entre la policía y mezclarme con esas personas que observan el río de gente con una mezcla de miedo y diversión, como en los parques de atracciones.Los turistas extranjeros de los hoteles de lujo se hacían fotos. Los niños pedían a sus padres que les dejaran acercarse un poco más para acariciar a los caballos. Erguidos policías montados que parecían dispuestos a iniciar una exhibición equina de un momento a otro. Los camareros de los bares miraban aburridos el estado de sitio. Lo más extravagante fue la aparición de Eduardo Torres-Dulce, Fiscal General del Estado, por la desolada calle Marqués de Cubas, vistiendo esmoquin y pajarita. Me dirigí a él, pensando una manera de agradecerle que se hubiera puesto tan guapo para la ocasión pero cuando me paré delante de él un escolta me miró mal y decidí hacerme la despistada.No puedo evitar pensar en la Filósofa Frívola cuando me visto para una manifestación. No quería parecer una infiltrada sino que la Zona de Seguridad fuera también Mi Hogar. Me puse una faldita combinada con una chaquetita de corte imperial y un Russian Red en los labios. Con mi casco de la moto en la mano, que no es como esos cascos de la guerra que llevan mis compañeros de la prensa y los del Samur, pero yo creo que si se ponen las cosas chungas vale igual. Mi camuflaje funcionaba, me di cuenta, cuando me aproximé a una de las vallas de salida y un amable policía me dijo “puede salir por aquí, señorita”, escoltándome con toda la delicadeza y dulzura que contienen en sí las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
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Los manifestantes me gritaban “¡No nos mires, únete!”. Me rozaban los uniformes y varios cascos azules hacían chinchín con el mío. Mi amigo el policía del control de acceso y otros de los suyos me habían dado caza y apuré el paso, mezclada entre ellos, remezclada con ellos, yo como una secreta, un agente doble, escuché lo que decían y supe qué querían decir cuando uno se volvió y le dijo a otro “Hoy sí, ¿eh?”. Lo tuiteo. Y efectivamente, hoy sí. Siete detenidos y 23 heridos fue el saldo final. Cuando llegamos a Sol y la marcha se metió en esa ratonera que es Carretas, donde siempre zurran, ya se veía venir. Me camuflé entre los grupos de amigotes, parejas y familias con esos ridículos gorros navideños que son como de brujas pero con forma de árbol de navidad y vi sus caras de terror.“¡Vámonos de aquí!” es lo que más escuché, y presencié al menos tres peleas matrimoniales donde, siempre, la mujer alcanzaba un punto histérico en plan “¡Aquí nos matan!”. La incomprensión más grande se la vi a unos adolescentes encaramados a la ballena. Una mujer les cantó “¡Y tú que estás mirando, también te están robando!” y ellos, partidos de risa, le contestaron con el gesto de fornicación un “¡Y tú que estás mirando, también te están follando!”. Un rato después, de camino a Atocha, empiezan a zumbar botellas de vidrio y un black bloc le da a los reporteros gráficos las imágenes que están buscando y la policía carga y hay mucha gente que les dice parad, parad, pero es inútil.
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Últimamente decimos que el miedo cambia de bando. Es una manera de darle confianza a una sociedad civil que se empodera y se envalentona aunque le prohíban acercarse a los leones del Congreso o le impongan multas millonarias por tuitear algo que les amenace. Es difícil saber cuál es el bando miedica. Supongo que la Policía Nacional no está adiestrada para sentir miedo, aunque entre tanta soberbia a veces lees la intranquilidad en sus ojos.Entre los políticos, los empresarios y el abogado del estado Torres-Dulce con pajarita también se intuye el miedo, aunque vayan a sus cenas de Navidad vestidos de gala para disimular que nada pasa, aunque escuchan claramente los gritos, que parecen amplificados por la hélice del helicóptero de vigilancia. Pero donde sí hay miedo, más bien terror, inseguridad y violencia es en el rechazo de gente que es como tú, que camina asustada por las aceras y protege a sus hijos agarrándoles fuerte de los hombros, que se toma sus tapas en las terrazas mientras comenta el folclore de las manifestaciones madrileñas. Esas mujeres a las que la policía llama “señoritas” y aparentan que la cosa no va con ellas.



























