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De la adicción a la heroína a la cárcel... y de ahí a correr la maratón

El estadounidense Chad Moye era un "homeless" cuando ingresó en la cárcel por consumo y tráfico de drogas en 2012. Sin embargo, en prisión descubrió el running, una afición que le salvó la vida —y le ha llevado al éxito.

por John Rosengren
07 Diciembre 2015, 3:25pm

Courtesy Chad Moye

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En enero de 2015, Chad Moye recordó su pasado desde el podio del Metropolitan Park de Jacksonville, el estadio donde acababa de ganar la Best Damn Race 5k. Moye había vivido en este parque durante años como indigente y consumiendo heroína —durmió bajo ese árbol, fumó cigarrillos en ese rincón, durmió en ese banco—.

En aquel entonces, Moye se burlaba de los corredores que veía pasar por las pistas del parque: "Me reía de esos tontos con pantalón corto pegado y zapatillas deportivas de colores chillones", dijo Moye. "Si en ese tiempo me hubierais dicho que sería un corredor de distancia algún día, habría pensado que los drogadicto erais vosotros".

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Sin embargo, es exactamente lo que pasó. Las drogas llevaron a Chad prisión; correr lo salvó. En los 15 meses que han pasado desde su liberación, Moye, de 43 años, ha corrido tres docenas de carreras, ha ganado varias y casi siempre ha terminado en los primeros tres lugares. Sus zapatillas deportivas de color verde chillón le han mantenido sobrio y le han otorgado una nueva vida. "Correr ha sido mi salvación", confiesa.

De niño, Moye nunca fue un atleta más allá de jugar al fútbol americano en el instituto. Chad prefería tocar su guitarra y fumar marihuana. Cuando su madre —que pagó por su educación e intentó motivarlo para que terminara la carrera en la universidad comunitaria de Tallahassee, Florida— murió de cáncer de pulmón en 1994, Moye dejó sus estudios y se mudó al sur de Florida. Tenía el sueño de convertirse en músico, pero se hizo adicto a la oxicodona... y después a la heroína.

Durante los siguientes 20 años, entró y salió de la cárcel y de centros de rehabilitación. Pasó cinco meses en una prisión de Jamaica tras ser arrestado por contrabando de marihuana en 1998, y dos meses más en una cárcel de Florida por posesión de heroína con intención de comercializarla en 2006. Esa fue su racha más larga de sobriedad, bajo el programa de tratamiento ordenado por el jurado. Sin embargo, en cuanto salió volvió a las drogas. Le cazaron una vez más en 2010, esta vez con una orden de arresto domiciliar por posesión de oxicodona.

A partir de entonces pasó el tiempo yendo de un lado a otro en Florida, trabajando en lugares extraños, tocando música y vendiendo drogas. Durante un tiempo vivió con su tía en Jacksonville. Cuando ella le expulsó de casa por su consumo de drogas, terminó en el Metropolitan Park. Su familia se había dado por vencida y le consideraba un adicto sin remedio. Como indigente, Moye se solía dedicar a recoger los medicamentos gratuitos en el hospital de la esquina. "Había tocado fondo. No hay nada peor que eso", explica el mismo Chad.

Moye se equivocaba: sí que había algo peor. Chad lo descubrió cuando vendió oxicodona a un policía encubierto en un parking de Jacksonville y un juez lo mandó a la prisión correccional Holmes de Bonifay, en Florida. Le cayeron 28 meses de prisión.

Era mayo del 2012, y la vida de de Moye difícilmente podía alcanzar mayores cotas de miseria: si era arrestado una vez más —lo cual era muy probable—, Chad pasaría el resto de su vida en un lugar como ese. En la cárcel vio a reclusos hundiéndose aún más en la 'cultura de las violaciones grupales' y pensó, "no, esto no me va a pasar a mí".

Chad en 2012, justo después de ingresar en prisión. Fotografía cortesía de Chad Moye.
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En prisión, un pequeño grupo de reclusos que hacían ejercicio en el patio llamó la atención de Moye. Tras unos meses dentro, les preguntó si podía unírseles. La respuesta fue afirmativa.

Moye no podía correr ni doscientos metros sin detenerse a vomitar. Dos décadas de drogas y de dos cajas de tabaco al día le habían destrozado la salud. Pesaba 16 kilos de más y su condición física era pésima. Sin embargo, los corredores lo llevaron a la pista el día siguiente y pudo completar una vuelta.

Correr se convirtió rápidamente en un hábito para Moye. Su padre, el único que aún parecía creer en él, le compró un par de zapatillas deportivas para correr en la cantina, pero fue difícil: aún estaba pasando por la fase de abstinencia. Su cuerpo, no obstante, resistió. Hubo días en los que corrió prácticamente solo a pesar del frío gélido. Chad estaba determinado a perder peso y ponerse en forma.

Moye empezó a correr todos los días: cinco, seis kilómetros en los treinta minutos de descanso. Hacía dominadas, fondos, abdominales. Con el tiempo, correr se le hizo más fácil. Bajó algunos kilos, se sentía más saludable, y disfrutaba estar en la pista. Chad comenzó a vislumbrar posibilidades más allá de las paredes de la prisión. A la lista de cosas que quería hacer cuando saliera de la cárcel — como ver American Hustle o comer patas de cangrejo y camarones fritos—, Chad añadió correr una carrera de 5k.

Al principio, Moye no podía completar la pista sin marearse, pero con el tiempo todo cambió. Foto cortesía de Chad Moye.
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Moye salió de prisión el 1 de julio de 2014. Dos meses y medio después corrió su primera carrera de 5k. Terminó con un tiempo decente, por debajo de los 22 minutos, pero no quedó satisfecho. Sabía que podía mejorar, así que corrió una vez más el siguiente fin de semana y logró superar su marca. Quedó encantado, tanto de la competición como del ambiente: "Me gustó la camaradería, la gente que te animaba para cruzar la línea final... todo. Nunca había experimentado algo así", confiesa.

Después de esa primera carrera, Moye prometió que jamás volvería a fumar y que dejaría atrás para siempre ese último obstáculo para mejorar su salud. Desde entonces no ha fumado un solo cigarrillo.

A partir de ahí, Chad encontró la libertad, la disciplina y el rigor para entrenarse y competir. "Correr se ha convertido en el centro de todas las cosas positivas en mi vida", explica. "El secreto para estar sobrio ha sido adoptar un estilo de vida saludable y fijarme metas".

Hoy, Moye asegura que su tiempo tras las rejas lo puso en el camino correcto. "Estoy feliz de que haya terminado, si no nunca me habría recuperado. Salir de la cárcel y correr representó la intervención que necesitaba".

Al cambiar su adicción a las drogas por el running, Moye descubrió un talento desconocido. El año pasado, Chad acumuló más de 40 medallas y trofeos. Su mejor marca es 19:50 en una carrera 5k, pero trabaja para mejorarla. Entre otros proyectos, hoy Moye está entrenándose para el LA Marathon del 14 de febrero de 2016.

La campeona estadounidense de maratones Kim Pawelek Brantly ha entrenado con Moye alguna vez y considera que Chad puede romper la marca de las tres horas: "Casi tiene un cuerpo sobrehumano, considerando el daño que le ha hecho", explica. "Es maravilloso verlo crecer tanto. Es capaz de llegar muy lejos".

Moye también se ha ganado la amistad de la comunidad de corredores. Cuando no está corriendo los fines de semana, lo hace con los Brunswick Fasties, un selecto grupo de 22 corredores que le invitaron a unírseles en enero. Supieron de su historia conforme pasaron los meses: "Se fue confesando poco a poco durante las carreras", dice Annette Williams, fundadora de los Brunswick Fasties. "Nunca trató de esconderlo".

En lugar de alejarse, los miembros se sintieron atraídos por su humildad, su sentido del humor y su entusiasmo por correr. Moye apreció su aceptación y apoyo. "Han sido una influencia muy positiva", asegura Chad.

Hoy en día, Chad Moye gana carreras y entrena para correr su primer maratón. Foto cortesía de Chad Moye.
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Hace poco, Chad contó su historia en una página de corredores en Facebook. Poco después recibió la llamada de Michael Martínez, un adicto recuperado y también corredor que ejerce de embajador de la fundación Runwell. Esta organización, dedicada precisamente a promover las carreras entre los adictos a las drogas en recuperación, invitó a Chad a un evento en el centro de tratamiento para alcohol y drogas Gateway de Jacksonville.

Moye aceptó inmediatamente y se convirtió en un asistente regular. Durante los últimos tres meses, cada martes visita el centro para hablar con los pacientes. "Aprecio muchísimo lo que Moye está haciendo", dice Martínez al respecto. "Chad se comprometió a ayudarnos y lo está cumpliendo."

El indigente adicto a la heroína que se convirtió en un corredor competitivo se identificó de inmediato con este grupo. Ellos quieren conseguir precisamente lo que él ha logrado: es el caso, por ejemplo, de Patrick, un joven de 24 años que lleva cinco meses alejado del crack y que ahora está emocionado por correr al lado de Moye.

"Solo trato de darles esperanza", dice Chad. "Yo les dedico mis entrenamientos y ellos me ayudan a impulsar mi propio camino".

Definitivamente, Moye ha llegado muy lejos en muy poco tiempo. Como él mismo confesó en el podio del Metropolitan Park de Jacksonville, no se sabe qué le habría pasado de no ser por el running: "No sé qué sería de mi vida en estos momentos si nunca hubiera corrido. Pero lo que sí sé es que jamás quiero dormir bajo ese árbol de nuevo", afirma Chad con énfasis.

Sigue al autor en Twitter: @JohnRosengren