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Mi doble vida como Hooligan acabó con mi relación, mi trabajo y mi dinero

"Durante una década pude balancear dos extremos de mi vida con mucho cuidado. Arriesgarlo todo era lo único que me importaba".
12.1.17

Un oficinista experimentado puede presionar cerca 150 teclas por minuto. Ahora imagina hacer lo mismo con dos dedos fracturados. No podrías presionar más de 30 teclas por minuto.

Estaba sentado en mi oficina, tenia puesto un traje azul marino Hugo Boss y moría del dolor.

No era fácil decirle a mi jefe que tenía que "ir al hospital porque tengo dos dedos fracturados. Lo que pasa es que ayer me pelié en un partido de fútbol. De pronto usted ya lo ha leído en los periódicos".  La verdad era que mi doble vida como hooligan implicaba más riesgos de lo que creía, eso me quedó muy claro ese jueves por la mañana cada vez que tecleaba 30 veces por minuto.

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Una vez, en el cumpleaños 50 de mi ex suegro, tuve que irme corriendo. Mis amigos estaban en la puerta esperándome. Habían visto a nuestros enemigos en el centro. Antes de cerrar la puerta, cogí la sombrilla favorita del tío de mi esposa. Me podía servir. Esa noche no volví a mi casa; dormí en la estación de policía local sobre un repugnante colchón y una almohada de plástico. Recuerdo la pequeña corriente de aire que salía de la almohada cada vez que movía mi cabeza.

Cuando regresé a la casa, encontré pedacitos de papel con números telefónicos por todos lados. Habían sido arrancados de las páginas amarillas y eran números de estaciones de policía y hospitales. Después de ser arrestado, jamás me tomé la molestia de avisarle a mi familia. Mientras yo me frustraba por la corriente de aire que salía de la almohada, ellos me buscaban por toda la ciudad muertos del susto. Como era de esperarse, mi relación con mi esposa terminaría dos semanas después.

Durante una década pude balancear dos extremos de mi vida con mucho cuidado. La mayoría ni siquiera sospechaba que tenía dos vidas. Mis amigos con los que jugaba fútbol conocían mi vida social más allá del hooliganismo, pero mis amigos y gran parte de las personas que me rodeaban no tenían idea de mi lado oscuro. Ahora sé que el hecho de que fuera un secreto lo hacía más emocionante.

Fue en el 2009, cerca del final de mi carrera como hooligan activo. Nada hace de una temporada algo tan sensacional como un partido para disputar la copa local. El idiota promedio de cualquier club mira el calendario de partidos al inicio de la campaña, e inmediatamente aparta la fecha para un partido de alto perfil en contra de uno de los "grandes". Nadie tiene que ocultarlo de sus familias y amigos. Los enfrentamientos de copa hacen las cosas más interesantes. Se presentan de la nada y te los tienes que aguantar. Se te acabaron los días libres pero ya hiciste planes en el trabajo y con tu familia. Es en este momento cuando las dos vidas, la normal y la de hooligan, se cruzan.

Era miércoles por la noche y había partido. El juego empezaba a las siete. Esa fecha es un desastre para un hooligan con esposa, hijos, trabajo, todo. Te toca descansar por la tarde y después ser capaz de verle la cara a tu jefe y esposa al día siguiente. Esto puede ser muy riesgoso. Esa mañana me apuré en el trabajo para poder salir a la hora de la comida con una excusa estúpida. Era momento de dejar libre mi lado oscuro.

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A veces tenemos uno de esos días en el que todo sale mal, y aquel funesto miércoles sería uno de ellos. Nuestra organización fue pésima y terminamos en la parte baja de la grada, acorralados contra el túnel de los jugadores. Ante nuestros ojos, un grupo numeroso de hombres corpulentos se dirigió en nuestra dirección. Después de una pelea muy difícil, terminé tirado en la cancha con una cortada gigantesca en mi pierna y dos dedos fracturados, de nuevo.

A la mañana siguiente, me tropecé, intentando contener el dolor, con la alfombra vieja de la oficina de mi apartamento. Era algo que nunca había experimentado. Un tipo que trabajaba en la oficina mencionó los disturbios que había escuchado por la noche, decía que eso era una vergüenza.  Al mismo tiempo que hablaba, podía sentir cómo mis pantalones se pegaban constantemente a la herida fresca que tenía en la parte de atrás de mi pierna derecha. Y, aún así, eso no me importaba. Mi orgullo había sido apaleado y necesitaría tiempo para sanar.

De todos modos, podía sentir el mismo orgullo que formaba parte de mi motivación principal y la razón por la que estaba dispuesto a arriesgarlo todo. La mayoría de las personas se conforman con un buen trabajo, un lindo auto o un salario decente, pero yo me sentía identificado con la otra parte de mi vida: el hooliganismo y el ego. Arriesgarlo todo era lo único que me importaba.

Finalmente, mi vida como hooligan acabaría con mi excelente puesto porque el Servicio de Inteligencia y Seguridad me señaló como una "amenaza para la seguridad nacional". Por supuesto, era una exageración, pero la verdad es que gasté la mayoría de mi dinero en mi pasatiempo, perdí días de descanso y una buena cantidad de mis ingresos. Si nunca me hubiera convertido en hooligan seguramente habría terminado mis estudios cinco años antes, y tendría un perro, una casa y una encantadora esposa. Sin embargo, jamás sentí un momento de duda aquel miércoles cuando salí temprano de la oficina con la peor excusa para poder vivir mi otra vida.

*Nick Hay es un seudónimo. VICE Sports conoce su verdadero nombre

Este artículo fue publicado originalmente en VICE Sports, nuestra plataforma dedicada a los deportes.