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Cambié de género y tuve que cambiar mi dieta

Seis meses con T y tres meses como vegano, estaba despertando a la realidad de que la testosterona por sí sola no me daría el cuerpo que yo quería. Nosotros los trans tenemos el obstáculo añadido de deshacer el trabajo de la pubertad femenina.
2.12.15
Foto von esimpraim via Flickr

Me volví vegano después de leer Eating Animals de Jonathan Safran Foer. La amiga que me pasó su propia copia me advirtió que el texto me podría obligar a hacer cosas extremas para distanciarme del horror que contiene. No estaba equivocada. No obstante, abandoné el veganismo porque había algo con mayor prioridad en mi vida. En ese momento llevaba seis meses de una transición física de mujer a hombre. Conté los meses a partir del día en abril de 2013 cuando me puse mi primera inyección intramuscular de testosterona (T). Esperé años para empezar a usar hormonas, hablé de mi caso con muchos médicos, y navegué una odisea en búsqueda del alma.

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Sin embargo, la transformación física inducida por la sustitución del estrógeno por un sistema de testosterona progresó, como la pubertad normal, a un ritmo glacial. En secreto deseaba una transformación estilo Hulk. No es que quisiera el físico de Hulk, aunque a lo mejor sí el de Bruce Banner. Los músculos suficientes para hacer dominadas correctamente. En octubre, mi voz se profundizó y el pelo del cuerpo floreció. Todo esto fue muy emocionante. Eso quería decir que en público "pasaba" por hombre en un 99 por ciento de las veces. Así que, para el mundo exterior, todo parecía estar progresando con creces.

Sin embargo, contrariamente a la suposición popular, la transformación no era mi principal preocupación. Una falla en la idea del cambio de sexo es que se asume que la meta de la transición es ser leído correctamente por los otros. Prioriza la experiencia objetiva y estereotipada de género.

De hecho, lo que más me importaba era la congruencia entre la mente y el cuerpo. No me importaba tanto que me llamaran señor en la caja del supermercado como me interesaba encarnar y disfrutar mi género, desde la línea del cabello en potencial retroceso hasta los dedos del pie más peludos. En este sentido, me sentía mejor, pero no completo.

El físico masculino significa cosas diferentes para diferentes personas. No hay un modelo correcto. Es cierto que los cambios que quería que llegaran primero eran totalmente convencionales. Para empezar, la fuerza y ​​la masa muscular fueron clave. El tamaño –del tipo que brota de la camiseta– no lo fue. Otra prioridad fue buscar desaparecer cualquier cosa parecida a una suave curva. Buscaba la forma de V.

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Seis meses con T y tres meses como vegano, estaba despertando a la realidad de que la testosterona por sí sola no me daría el cuerpo que yo quería, y el trabajar medio tiempo como mensajero en bicicleta significaba que me estaba haciendo en realidad más delgado. Lo mismo ocurre con los cisgénero (es decir, no trans) que nunca fueron al gimnasio. No despiertan un día después de la pubertad con el físico de Tom Daley. Nosotros los trans tenemos el obstáculo añadido de deshacer el trabajo de la pubertad femenina. Eso significa más grasa que perder y menos músculo con que empezar. Decidí tomar mi cuerpo por sus lonjitas y echarle una mano a mis nuevas hormonas. Pero, mientras encontraba mi motivación, me faltaba un plan, pues no sabía cómo entrenar o comer (no sabía que esta parte importaba tanto) de acuerdo a mis metas.

La solución llegó en forma de un chico estadounidense al que había visto vlogiar su propia transición en YouTube. Ya no estaba su canal, pero la comunidad transmasculina es pequeña, así que no fue difícil de encontrar. Un entrenador personal con más de cinco años de experiencia en la transformación de su propio cuerpo de mujer a hombre, había perfeccionado su propia forma de V. Él podría ser mi mentor, mi señor Miyagi.

Una vez que establecí mi compromiso de trabajar estrechamente con él, me adaptó un programa de dieta y ejercicio. También me pidió una foto de mi físico ideal y alcanzable. Él sabía lo que pasaba por mi mente –de mi animo disfórico por mi cuerpo, frustrado por una pubertad hormonal lenta– porque él había tenido los mismos pensamientos.

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Somos miembros de una hermandad mundial, semi-sigilosa. Nos cuidábamos y puede, o puede que no, tuviéramos un apretón de manos secreto.

Valoraba su enfoque pragmático, nunca temí sentirme avergonzado o inadecuado. Incluso he aprendido a amar a la selfie porque, como dijo una vez, "estas cosas me ayudan a darme cuenta en los días disfóricos que aún no estoy de pie". Superamos la distancia física entre nosotros –él estaba en los EE.UU. y yo en Londres– al enviarme revistas semanales de entrenamiento, fotos y medidas de cintura y de hombros. Por ahora, es posible que ya hayas predicho el porqué me acerqué a las filas de los consumidores de carne y sé que esto va a enfurecer a los lectores veganos. Mira, sí, lo siento. Sé que hay luchadores de jiu jitsu veganos que me podrían encerrar en una bodega de trituración hasta que jure no volver a comer pollo otra vez. Solo puedo aspirar a ser tan nutricional, física y éticamente, como ellos. Pero no podía argumentar en contra del plan de mi entrenador. Cuando dijo carne magra, pescado, claras de huevo y proteínas de suero de leche en polvo, le dije: "¿Cuánto?" Esta dieta iba acompañada de una rutina de gimnasio de levantamiento de pesas de sobrecarga progresiva y cardio de alta intensidad. Ahora, después de casi un año, soy más feliz, estoy más en forma y soy más fuerte, pero–advertencia– eso no hizo mi transición más rápida. Regularmente tengo que recordarme que apenas va un año de la pubertad hormonal de cinco años de duración.

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Además de levantar pesas con más carga, ya estoy logrando la congruencia entre mi mente y mi cuerpo. Entiendo mi propio cuerpo mejor que nunca, no como un cuerpo específicamente trans sino como un cuerpo como cualquier otro –una máquina orgánica con un gran potencial, pero que requiere combustible nutritivo y descanso suficiente.

Al principio, los ayunos diarios cortos agregados en mi dieta eran una perspectiva aterradora. Yo era el tipo de persona que se sentía débil sin desayuno. Pero tener a alguien que me hiciera cumplir mi compromiso me hizo lograrlo. Después de la barrera psicológica inicial, me quedé en la pista gracias a una mezcla de metas a corto y largo plazo. Cada mes más o menos, mi chico cambia las cosas con el entrenamiento y la alimentación, así que nunca me aburro ni me desaliento. Ahora, un ayuno de 14 a 18 horas se siente tan normal como los Rice Krispies a mis ocho años. Descubrí que era más fácil no comer nada por una modesta cantidad de tiempo, que pastar o comer cosas light todo el tiempo, sin jamás sentirte lleno.

Aunque ayuno todos los días (el llamarlo un ayuno se siente un poco dramático) nada está fuera de los límites en la moderación. Puede que me odies por decirlo, pero el pastel sabe mejor si es una verdadera recompensa. A veces, mi rutina implica un día de re-alimentación, cuando el entrenamiento es pesado y necesito combustible extra. Por un espacio de seis horas, una vez a la semana, puedo comer lo que quiera. Parecía una meta fantástica, pero la realidad fue una decepción.

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Jamás pensé que me resultaría difícil dar rienda suelta, especialmente después de entrenar tan duro, pero otra de las consecuencias de este compromiso fue que me volví más sensible a lo que como. Los ayunos ocasionales me hacen sentir como si hubiera pasado mucho tiempo bajo el sol. Me da dolor de cabeza y quiero irme a casa a comer un plato de brócoli al vapor. En general, estoy más consciente de cómo los diferentes alimentos afectan mi energía y mi digestión. Prefiero conocer mis ingredientes y mantenerlos simples. Así que cocino desde cero. No es gourmet, pero me funciona. Varios meses con esta nueva rutina alimenticia y de ejercicio, programé una fecha para la cirugía superior –operación que me daría un pecho masculino contorneado y plano– Acercarme a ese logro duplicó mi motivación. Decidí viajar a los EE.UU. para que me la hiciera un cirujano muy reconocido en Florida. Mi entrenador fue al mismo cirujano hace unos años. Como dije, es un mundo pequeño. En los meses previos, trabajamos en grupos específicos de músculos en los hombros, el pecho y la espalda. En las semanas previas, nos centramos en la quema de grasa. Todo estaba dirigido a estar en forma óptima para la cirugía y la recuperación.

La operación fue hace tres meses y poco a poco estoy aumentando mi rutina de entrenamiento. Me falta un gran camino para conseguir la forma de V, pero estoy disfrutando llegar allí. Con el beneficio de la retrospectiva, puedo ver que este proyecto personal de fitness ha sido tanto del desarrollo de una mente sana como la de un cuerpo sano. Me mantuvo ocupado y enfocado mientras que la T hacía su magia tras bambalinas. El entrenamiento me ha ayudado a vivir en el presente.

Digo esto sobretodo por los que empiezan o están en los primeros días de la transición y que pueden relacionarse con la imagen corporal que tuve todos estos años en mi mente, sólo mirándola de reojo. Le hablo a los chicos y a mis amigos que hacen pesas, y sufren, y sudan, pero no parecen crear músculo.

Pon la mira a largo plazo y mantén un registro. No para obsesionarte, sino para que puedas voltear después de dos o tres años y veas qué tan lejos has llegado. Te sorprenderás de ti mismo.

Por último, no te detengas en buscar el valor para salir del closet. Asumir una identidad de género no es el fin para descifrarte, y los próximos pasos requieren valentía y resistencia, tanto mental como física. No es poca cosa sentirte como en casa en tu propia piel a lo largo de los meses y años que marcan la vida. Cualquier persona te lo puede decir.

Este artículo apareció originalmente en MUNCHIES el 16 de julio de 2014.