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El infierno por error

‘El que tiene su dinero puede irse a comprar una torta, un taco. Hay internos que pagan una renta al mismo penal’, dice Andrés, quien nos narra cómo es estar preso en el Reclusorio Norte por homicidio imprudencial.
15.8.14

Fotos por Antonieta López.

Estoy en uno de esos lugares de la Ciudad de México donde los vecinos “hacen comunidad”, una cancha de futbol de barrio. El encargado, Andrés, un hombre bajito y moreno de 43 años, programa los partidos de todos los días. No se descansa ni el domingo, mucho menos el domingo.

Hoy es viernes por la noche y llueve como la chingada. De no ser por el sonido del programa de futbol que se ve en la panatalla plana que cuelga en la tiendita de la cancha, podría parecer una fiesta vecinal. Toda la cuadra está ahí, viendo los partidos, tapándose de la lluvia, bebiendo cerveza, haciendo comunidad.

Andrés no es del barrio de Jamaica como el resto. Él es de Oaxaca, de un pueblo chico del Istmo de Tehuantepec. De los casi 30 años que ha vivido en el DF, unos 17 los ha pasado en la colonia Anáhuac, y los últimos ocho yendo todos los días, casi sin descanso, al Club Center.

En el barrio lo quieren porque es tranquilo. No mata ni a una mosca, dicen. En cambio el barrio, sí. Andrés lo sabe. Es un barrio peligroso.

Varios de los vecinos que se están poniendo los tacos, que se están secando el sudor, que están bebiendo el vasito de cerveza después del partido, han pisado alguna de las cárceles de la ciudad. Algunos sí cometieron delitos, otros sólo tuvieron mala suerte. Andrés es uno de ellos.

Hace cuatro años, a las ocho de la noche, cuando iba del Club Center a su casa chocó, en Vértiz y Eje 3 Sur, su Wingstar blanca contra un Derby verde botella. Dos personas —el padre y la abuela—murieron en el lugar; una más —la madre— un mes después. Dos adolescentes —los hijos— se fueron al hospital; él, al Reclusorio Norte.

“Yo no siento culpa porque fue un accidente y el daño que le hice sin querer a esa familia ya lo pagué en la cárcel, pero yo no debí estar encerrado. Fue injusto”.

Fuera o no criminal, la figura legal de prisión preventiva lo obligó a vivir su proceso encerrado.

En México no hay tal cosa como presunción de inocencia, por lo menos no en la práctica, y aunque el artículo 19 de la Constitución diga que “el juez ordenará la prisión preventiva, oficiosamente, en los casos de delincuencia organizada, homicidio doloso, violación, secuestro, delitos cometidos con medios violentos como armas y explosivos, así como delitos graves que determine la ley en contra de la seguridad de la nación, el libre desarrollo de la personalidad y de la salud”, las cárceles están llenas de presuntos ladrones, de presuntos homicidas culposos que mataron en un accidente, de criminales por error, hasta que se les demuestre inocentes.

Otra inconstitucionalidad: el artículo 18 dice que “el sitio de ésta [la prisión preventiva] será distinto del que se destinare para la extinción de las penas y estarán completamente separados”.

El Reclusorio Norte presume de una sobrepoblación del 111 por ciento. Le caben 5,631 reclusos pero tiene casi 12 mil, muchos de ellos, los que están en prisión preventiva esperando sentencia.

En total, las cárceles del DF tienen un 80 por ciento de sobrepoblación. Los presos viven hacinados y al parecer, según las experiencia de Andrés, el hacinamiento es el menor de los problemas. La hostilidad de la vida en la cárcel rebasa la imaginación.

—Si traes muchos huevos, los tienes que dejar allá. Acá entras sin huevos sino te lo vamos a quitar —le dijo un custodio cuando llegó al Reclusorio.

Ya vecinos de la colonia Doctores lo habían rodeado en el lugar del accidente listos para partirle la madre, y los policías que llegaron a resguardarlo para evitar el linchamiento ya le habían quitado dos mil pesos y el celular. Ya el médico legista le había dicho a primera vista, sin hacerle las pruebas correspondientes: “Tú vienes briago, ya te chingaste”. Ya su abogado, resignado, le había dicho “ni modo, Andrés, debemos llevar el proceso contigo adentro”. Ya había llorado lo suficiente como para haber dejado los huevos colgados en algún lado afuera del Reclusorio.

La primera noche la pasó en un cuclillas en un pasillo afuera de las celdas, metido entre reclusos apilados.

—Acomódate donde puedas —le dijo un custodio.

En aquel hervidero de cuerpos amontonados, colgados en hamacas improvisadas, amarrados a las rejas como momias, no había un sólo lugar para acomodarse.

—Dame chance, ¿no?

—¿Dame chance? Nel. Dame diez pesos y te hago un espacio.

Andrés se acomodó como pudo y agradeció la cercanía de los cuerpos hacinados. Era febrero y lo único que tenía para taparse a la intemperie era la camiseta de algodón que le dejaron conservar en su ingreso. Se moría de frío.

Antes, como acababa de llegar, le había tocado, para no ganarse una golpiza, hacer la “fajina”: limpiar las inmundicias, hacer la limpieza, levantar la basura. No le dieron ni una escoba.

“Si hay basura en los miados hay que recogerla. Yo me quise poner unas bolsas y me las quitaron. '¿Quisiste estar en cárcel? Te aguantas'. Las manos me quedaron oliendo a miados”.

Al otro día, gracias a un conocido de la cancha que encontró en el área de ingreso, la primera parada en el Reclusorio Norte, descubrió que para poder pasar la noche en alguna celda tenía que pagar. Lalo, preso por robar un celular, lo llevó a la celda que compartía con otros 13 internos. Esa noche tenían que pagar 15 por cabeza. Los “cantones” tenían dos literas con tres espacios cada una y un baño, pero llegaban a meterle hasta 35 internos o más.

“Luego teníamos que dormir apilados. Para dormir así conseguíamos cartones, porque había unos colchones de hule espuma de un metro por dos que los custodios te los rentaban a diez pesos cada colchón, pero luego olían a orines o venían mojados. Preferíamos dormir en los cartones”.

Años después, Andrés se enteraría de la muerte de un vecino de Jamaica: el Sin Cejas, uno que de vago no lo bajaban y que paró en el mismo Reclusorio por ratero. Era vicioso, debía como dos mil pesos de piedra. Lo agarraron a golpes.

Otro vecino encerrado en el Norte le contó al que vendía cervezas en la cancha que seguro le habían explotado más rápido las vísceras porque el Sin Cejas andaba todo hinchado, llevaba tres noches durmiendo de “a momia”: parado, amarrado a las rejas de la celda con unos mecates. “La mamá”, como les dicen en el Reclusorio a los internos que pagan o amedrentan para ser jefes de la celda, no lo había dejado dormir ni colgado ni en el piso, por feo, por mugroso, por vicioso… no se sabe. En el barrio creen que si no hubiera dormido amarrado, hubiera aguantado la golpiza.

Andrés no era ni feo, ni vicioso y menos mugroso. Bañarse con agua fría le costó cinco pesos. No podía pagar los diez para el agua caliente porque todavía no recibía su primera visita. Estaba viviendo de prestado.

Dejar de bañarse no era una opción. Ya había visto a unos pocos con la cara o los brazos tupidos de una especie de sarna maloliente. A todos se les pegaban a las costuras de la ropa unos piojos blancos y duros que llamaban laicos. Los pobres con picaduras andaban exhibiendo su sarna sin que nadie se las atendiera.

En lo que juntaba dinero, tuvo que comer sólo “rancho”, la comida de la cárcel, lo único que nunca le cobraron. Aunque para comerlo tuvo que hacerse unos cacharros con botellas de plástico, porque no le dieron ni platos. En la mañana, café con bolillo, salchichas en agua y caldo de huevo duro; en la tarde, pollo, frijoles y arroz, todo revuelto como engrudo; en la noche, café y pan. No había de otra. No había comedor. Había que formarse detrás de los carritos de comida para alcanzar rancho y agua.

Para cuando lo trasladaron al área de observación y clasificación, COC, ya le habían robado tenis, ropa y la cobija que un amigo interno en el área de población, la parada final, le había enviado. Eran los “apandados”, criminales de alta peligrosidad que soltaban en las noches para asaltar a los internos nuevos.

“La familia es la que mantiene al interno. No tienes comida decente, dinero, ropa ni donde dormir. Los colchones de hule espuma, si los quieres comprar, valen 200 pesos. Los mismos custodios te los venden. Para pasar a juzgados hacen una fila enorme, y si ya es tu audiencia quieres pasar rápido. Te mandan llamar y lo hacen casi a la hora, con la finalidad de que para pasar rápido pagues cinco pesos al custodio. Si no llegas, a la tercera te castigan, entonces debes pagar 150 para que no lo hagan. Es pura extorsión. Las personas que no tienen dinero, que nadie las va a ver, viven ‘al candadazo’: nada más entran a dormir y a las seis de la mañana tienen que estar afuera porque no pueden estar en la estancia durmiendo. Salen con su bote. En ese bote cagan, lo lavan, lo enjuagan y con ese mismo bote se bañan porque no pueden pagar para usar el baño”.

No era raro ver a viejos, a los que seguramente no los ha visitado nadie en años, hurgando en la basura y peleándole a las ratas los huesos chupados que ellos volvían a chupar. También en la cárcel hay indigentes.

“El que tiene su dinero juntado puede irse a comprar una torta, un taco. Hay internos que pagan una renta al mismo penal, yo creo, para poder vender. ¿Quiénes surten todo eso? Los mismos familiares: tortas, quesadillas, tamales, coca, marihuana, piedra. Todo se vende en el penal”.

Cuatro días a la semana, cuando había visita, Andrés comía las milanesas, las pechugas empanizadas o los pozoles que su esposa y sus hermanas le llevaban. Prefería que su hija adolescente lo visitara poco. Había oído cómo algunos presos y custodios extorsionaban a otros con sexo con sus familiares. No se quería arriesgar.

—Ya vi quién es tu hermana. Quiero que le digas que pida la visita conyugal.

De todos modos lo extorsionaron dos veces: una, le pidieron 30 mil pesos para no matarlo. Otra, le dijeron que eran familiares de los muertos en el accidente y que querían una retribución. Ambas veces le enseñaron puntas, una suerte de armas afiladas con las que picaban a internos. Ambas veces dijo que no tenía dinero. Ambas veces pensó que qué más daba si lo mataban si ya estaba en la cárcel. Gracias a Manuel, un amigo de la vida que llevaba dos años interno, se zafó con unos cuantos golpes.

Con el tiempo se acopló. Deporte no hacía porque le recordaba su vida libre y porque jugar futbol era casi que hacer lucha libre.

Se comisionó en el Reclusorio, también con ayuda de Manuel, trabajando en el área de protección civil. Su trabajo consistía en levantar a los heridos de las riñas.

Todos los días, a partir de las dos de la tarde, se ponía a esperar la sangre en el área conocida como El Kilómetro.

“El Kilómetro es un pasillo muy grande afuera de los dormitorios y los anexos. Caminar ahí es muy peligroso porque te topas desde un simple ratero hasta un secuestrador, violador, homicida, y tú no sabes que tensión trae esa gente.

Cuando van a picar a alguien, uno lo ve y nomás se hace a un lado. Llegan amontonados para que nadie vea quién lo hizo. Yo lo vi muchas veces: en la piernas cuando era una amenaza, en la yugular cuando era para matar. Lo ves y caminas para que nadie te pregunte nada. Nada más te volteas porque es meterte en problemas”.

A los seis meses salió. Su condena de cuatro años y nueve meses alcanzaba una fianza de 20 mil pesos. El último día le invitó las tortas y los refrescos a sus amigos de protección civil. A Manuel le dejó el colchón que había comprado, su ropa y 700 pesos. A la fecha lo visita y le manda dinero.

Al salir, en la madrugada, lo esperaban cuatro de sus nueve hermanos, dos sobrinas, su esposa y su hija. Le llevaban sus pants y su par de tenis favoritos. Su hermano mayor le prendió fuego, ahí frente al Reclusorio, a la ropa con la que salió.

En su casa se durmió en el piso. “Quería sentir todo, que ya estaba afuera, que no era un sueño. Si ya había dormido en tanto piso orinado, quería dormir en el piso de mi casa”.

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@ MelcochaBarata