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Para el deporte mexicano de los últimos años del siglo XIX, el boxeo era apenas visto como un músculo poco ejercitado por hombres sucios y ramplones; el boxeo era inexistente debido a que el gobierno de Porfirio Díaz instauró una extraña relación entre las actividades físicas de los habitantes del país y los gustos estéticos de las clases altas. “Extraña relación” debido a que envuelto en esa aura de exquisitez, el porfiriato coqueteaba con aquellos deportes como el criquet, el tenis y el esgrima, practicados principalmente y casi de manera exclusiva en el Distrito Federal, deportes lejanos de su práctica de la mayoría de los mexicanos de entonces. Los buenos momentos de estabilidad de la época y el fuerte crecimiento económico de algunos empresarios, abrieron paso a otros deportes en los que la sensación de bonanza permitió la práctica de regata y golf en centros deportivos como el Reforma Athletic Club o el Country Churubusco.Los deportes de contacto como el boxeo no se intensificaron durante la época porfiriana (entre los años de 1895 y 1910), pero ya existía un eslabón que permitiría ver más adelante en el arte de la dulce ciencia esos indicios como una práctica que devendría nacional. En el ensayo “El boxeo científico: Salvador Esperón, Fernando Colín y los inicios del boxeo mexicano” Mauricio Salvador escribe que “no obstante, en los salones de clases acomodadas eran comunes y muy bien vistas las exhibiciones y prácticas de tiro, florete y pugilato. En 1878, por ejemplo, Ireneo Paz, abuelo de Octavio, [el poeta] participó en una práctica de tiro y pugilato en la casa del reconocido maestro Cavantous, en la cual sobresalió Don Pedro Quintero, quien desde entonces daba clases de florete, sable, puñal y pugilato a precios módicos.
Si se sigue la línea de investigación de Salvador, se puede observar que el boxeo ya comenzaba a despuntar gracias al entusiasmo de la clase social menos beneficiada, aquello que se veía como la expresión más fuerte de la condición popular. Continúa Salvador: “Para aquellos caballeros la práctica de estas artes de combate representaba una alternativa civilizada a los duelos con pistola que seguían siendo la vía más expedita para resolver un asunto. Eran expresiones elegantes, además, y mientras dos pugilistas exhibieran el arte antes que la crueldad motivada por el dinero de los apostadores, una exhibición así podía ser contemplada por altos funcionarios, como el mismo presidente de la república, Porfirio Díaz, o el gobernador del Distrito Federal, que llegaron a acudir a veladas en las que se dieron este tipo de exhibiciones”.Fernando Colín y Salvador Esperón sostuvieron uno de los combates más importantes en México el 17 de noviembre de 1905. No se darán más referencias sobre este match, lo importante es mencionar que uno de estos dos peleadores, Salvador Esperón de la Flor, además de haber sido uno de los peleadores más elegantes de su época, manejaba con maestría el arte de la escritura, y dejó para bien de los profesionales y aficionados al deporte de las orejas de coliflor un manuscrito que recién fue rescatado de los anaqueles empolvados por los editores de La Dulce Ciencia Ediciones: El boxeo científico, libro escrito en 1945 cuando Esperón de la Flor contaba con 66 años de edad. Este manual de estilo puede considerarse una rareza, es la visión de un peleador-escritor que quiso entender el boxeo de manera científica catalogando los golpes y dando consejos sobre cómo esquivar los ataques; Esperón de la Flor “desde hace mucho tiempo acariciaba la idea de escribir un método de boxeo que comprendiese no tan sólo una colección de retratos de los más famosos peleadores mundiales, o una reseña de los combates más dignos de mención, sino algo sobre lo que no hay nada escrito, ya que, por lo común, los boxeadores son incapaces de escribir y los escritores no saben de boxeo”.
160 páginas, México, La Dulce Ciencia Ediciones-Conaculta-Inba, 2014.Puedes encontrar El boxeo científico, de Salvador Esperón de la Flor, y otros títulos de La Dulce Ciencia en las librerías del FCE, Educal y muchas más.Lee más en nuestra columna La pura puntita.

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