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Me acosté con el cretino de mi jefe

A pesar de que lo odiaba y me hacía ver como una estúpida, terminamos cogiendo y me dio el mejor sexo oral de mi vida.
16.2.16

Lo odiaba, pero fue el mejor sexo oral que me han dado en la vida. Era un tipo desagradable, 20 años mayor que yo, que hizo hizo todo lo que estaba a su alcance para que lo detestara: me gritaba para que contestara el teléfono, no respondía los buenos días, me decía que no servía para el puesto y cuando algo salía mal —fuera o no mi culpa— me dejaba en evidencia frente a los demás. Le encantaba hacerme ver como una estúpida. Soporté sólo porque de verdad me gustaba el trabajo.

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Después de un año y medio de aguantarlo, se calmó. Entró un nuevo compañero y se convirtió en su nueva víctima. Su actitud hacia mí comenzó a mejorar.


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Un día, en el velorio de una tía, llegó a darme el pésame. Pero después de decirme lo mucho que sentía mi pérdida, me hizo saber lo atractiva que le parecía una de mis amigas, y entonces recordé por qué me desagradaba tanto.

A raíz de mi pérdida familiar, mi vida comenzó a descomponerse. Dejé de dormir y todo el tiempo se me iba en trabajar como loca. Necesitaba una emoción, un sentimiento. No sé cómo, pero una noche, llegando a mi casa, terminé con el coche estampada en el portón.

"Qué bonita te ves", fue su saludo cuando regresé al trabajo. No le di importancia. Supuse que era un gesto solidario. "¿Cómo estás?", "¿Cómo va tu familia?", "¿Necesitas que te lleve?" Estaba, extrañamente, más cercano y al pendiente de mí.

No sé por qué, pero le conté lo del accidente. Se mostró compasivo. Me dijo que me cuidara, que necesitaba estar tranquila. De ahí surgió nuestro primer beso. Ese día salimos muy tarde. Cuando empecé a acomodar mis cosas para irme, hizo lo mismo. Entramos juntos al elevador. Me miró, sonrió y me dio un beso suave en la boca. Así de atrevido, sin mediar palabra. Me sorprendí muchísimo. Al llegar a la planta baja, me despedí con la mano al aire.

Nunca me habían interesado los hombres más viejos que yo, muchos menos casados y con hijos. Pero él era tan desagradable y cariñoso a la vez, que poco me importó lo recta que había sido hasta entonces con aquello de enredarme con hombres con pareja.

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A partir de entonces, me mandaba mensajes, me regalaba dulces y me preguntaba cómo iba con mis labores. Todo muy discreto y con recelo. La mayoría de mis compañeros sabían que lo aborrecía, así que no había forma de que sospecharan una aventura entre nosotros.

De pronto le subió el tono. "Necesitas un masaje, debes tranquilizarte. ¿Te gustaría que nos conociéramos mejor?", preguntó una ocasión.

No tenía nada mejor que hacer, así que le dije que sí.

Me citó a las siete de la mañana por Eje 8, al sur de la Ciudad de México, y pasó por mí para llevarme al hotel. Su auto era lujoso, su ropa impecable y su sonrisa, muy blanca, algo que hasta entonces no había notado. Llevaba camisa y pantalón de vestir, lentes y un reloj ostentoso. El hotel era elegante y olía muy bien. La cama, enorme y suave.

Me sentó en la cama y comenzó a acariciarme las piernas, los senos, el pelo. Me dijo que me relajara. Me quitó la playera poco a poco. Esa calma y paciencia me excitó muchísimo. Sus besos eran húmedos.

Me recostó y bajó suavemente mi pantalón. Me costaba respirar. Estaba realmente nerviosa. En ese entonces no acostumbraba depilarme el pubis, sólo recortar un poco el vello. No dejaba de pensar en la sorpresa que estaba por llevarse.

Cuando me vio, sonrío. Me rozó ligeramente con el dedo índice, entre los labios y los muslos. Jugó con mi calzón, lo estiraba hacia arriba y hacia abajo. La tela me raspaba deliciosamente.

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Metió el dedo medio y después me lo dio para que lo chupara. Nunca me había probado a mí misma. Sabía realmente bien. El olor era agridulce, pero sin resultar desagradable.

Lamió y mordió mi vientre, y así fue bajando poco a poco. Para entonces ya estaba lo bastante húmeda como para soportar la penetración sin problemas. Pero no, se limitó a pegar su boca a mi vagina. Chupó un poco con la punta de la lengua. Primero el clítoris, después los alrededores. Vaya explosión interna.

Mis gemidos lo alentaban. Estrujaba mi trasero y mis piernas, lo que tuviera a su alcance. No dejaba de chupar ni de mirarme. Empecé a mojarme muchísimo. Le pedí que parara porque estaba a punto de venirme. "Eso es lo que quiero", respondió.

Mis fluidos se confundían con su baba. Estaba empapada y jadeante. Me ardía el cuerpo, la piel, la vagina, su lengua. Lento, despacio, lento, despacio; además de un par de mordidas.

Cuando menos lo esperaba, me corrí en su boca, en las sábanas. Me temblaron las piernas, se me entumieron los dedos, solté una risita. El mejor sexo oral que he tenido. Terminamos y nos fuimos a la oficina, cada uno por su lado, claro.

Cogíamos duro, con ganas, con cierta violencia. Los pezones me quedaban morados y levemente agrietados. Nos veíamos de tres a cuatro veces al mes, pero ya no pasaba por mí. Simplemente elegíamos un lugar y ahí nos encontrábamos.

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A veces se la chupaba en el estacionamiento, en su auto, ya cuando no había nadie. Nunca cogimos ahí, me parecía demasiado peligroso. A la fecha no sé cómo es que le hacía al llegar a su casa, en el pantalón casi siempre le quedaban residuos de semen.

"Me das juventud", solía decirme.

Conmigo hacía todo aquello que no podía lograr con su esposa. Suena a cliché, pero así fue. Me daba por donde se le antojaba. Yo me dejaba y eso lo prendía muchísimo. También le enviaba fotografías desnuda o videos donde aparecía masturbándome. Me pidió que me vistiera de enfermera y lo hice.


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Su mujer era extremadamente celosa. Creo que conocía a su marido. Llamaba todo el tiempo y, cada que podía, se daba sus vueltas para visitarnos. Nunca me puso atención. Era una mujer que vestía muy bien y bastante elegante: collares llamativos, tacones altísimos, ropa a la talla. Yo era una veinteañera con jeans, tenis y una playera. Me escondía tras mis lentes y mi cabello lacio.

Un día llegó con la noticia de que ella estaba embarazada. Me propuso continuar pero me negué. Simplemente me dio flojera. Ya había jugado el papel que le tocaba, el de entretenerme sin sentir yo un gramo de culpa.

Lo había elegido porque representaba todo lo que me fastidiaba. ¿Por qué lo hacía? Supongo que eso ocurre cuando te sientes tan podrido por dentro. Cuando pierdes un gran amor —en este caso mi familiar—, no puedes recibir otro gran amor. Y él no era necesariamente un reflejo de amor.

Esos tres meses de sexo casual y despreocupado me alejaron de la realidad que estaba viviendo: una pérdida. Cuando terminó, me sentí lista para ser objetiva, o al menos para empezar a serlo. Fui al siquiatra, le conté que estaba muy triste e incompleta, me recetó un antidepresivo y un ansiolítico. Después renuncié al trabajo.

No me dio un aumento ni me ascendió. Nunca lo busqué. Pero qué bien la pasé durante esos tres meses.