Cultura

Hablamos con Eduardo Sacheri sobre fútbol y su Premio Alfaguara de Novela

La fama y la plata no cambian la vida de Sacheri: su familia, sus amigos del barrio y los partidos en la cancha de Independiente.
15.7.16

En la casa de los Sacheri, en Argentina, había un ritual casi sagrado cada vez que jugaba Independiente. Desde muy niño, Eduardo se disfrazaba de jugador: camisa roja y un once de cuero en la espalda, y se sentaba junto a su padre a seguir la transmisión. Ponían el televisor en silencio y escuchaban a los narradores de la radio. Antes del partido, vestían la sala de trapos y banderas con los colores del club. Se entonaban cantando los mismos estribillos que hacían temblar la tribuna del estadio Libertadores de América.

Tenía apenas ocho años y ya había visto a su equipo del alma ganar, una tras otra, cuatro Copas Libertadores. "Andá deciles a tus amiguitos del colegio que Independiente volvió a salir campeón de América", lo animaba Sacheri padre. Nada más dos años después, de manera inesperada para un niño que creía que todo era perpetuo, al papá de Eduardo se lo devoró un cáncer.

—El mío no era el padre idiosincrático de los años 70. No era el padre lejano, proveedor, serio. No. Era un tipo de estar mucho en la vida de sus hijos. Su muerte me dio una actitud más de observar, más de tomar otra distancia de las cosas, que creo que a la larga terminó volcándose a la escritura— me dice Sacheri, de 48 años, en la sala de juntas de un hotel en el norte de Bogotá. Tenemos poco tiempo. Acaba de ganar el Premio Alfaguara de Novela y la gira promocional apenas le permite detenerse.

La escritura llegó tarde a la vida de Sacheri. Sus padres, dos odontólogos, no eran precisamente el ejemplo de intelectuales que transmiten el don de la palabra de manera casi automática. Aunque en su casa sí había una gran biblioteca y todos eran buenos lectores en sus ratos de ocio. Cuando tenía cuatro años, al mismo tiempo que su padre le transmitió la pasión por Independiente, su hermana mayor le enseñó a leer. Fueron el fútbol y la lectura los dos zancos sobre los que se paró a los 25 años para empezar a escribir cuentos.

—La escritura en mi vida llegó como algo absolutamente casual, accidental. Yo estaba a punto de licenciarme en Historia, estaba recién casado y había nacido mi primer hijo. Por esa época escribía cuentos que tenían que ver con mi propia vida, algunos de ellos hablaban de fútbol. Había un programa de radio en Buenos Aires cuyo conductor intentaba encontrar material de ficción que tuviera que ver con el fútbol. Le llevé algunos de esos cuentos y le gustaron. Te estoy hablando del año 96.

La emisora era Radio Continental. El conductor era Alejandro Apo. El relato que escogió fue "Me van a tener que disculpar", un homenaje de Sacheri a Maradona.

Sacheri ha vivido toda su vida en Castelar, un suburbio de calles amplias, casas bajas y muchos árboles, a escasos 4o kilómetros de Buenos Aires. "Ese es mi lugar en el mundo", dice sin dudar. En Castelar tiene a los mismos amigos de toda la vida, a la misma esposa con la que lleva más de 30 años y a sus dos hijos adolescentes. Aunque muchas de sus historias se sitúan en escenarios ficticios, la mayoría están profundamente atravesadas por su vida en Castelar.

Durante su carrera lo han catalogado con frecuencia como un "escritor de fútbol", quizás porque recogió las banderas de la tradición argentina del cuento de fútbol, que en otra época encabezaron con honores Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa. Pero Sacheri se defiende: no le gustan las etiquetas. Le parece que limitan más de lo que aportan.

—En mi obra trato de bucear en vidas ordinarias, en vidas comunes, en personajes minúsculos. Cualquier persona anónima que pasa por el mundo sin que casi nadie lo note. Esa es la gente que me gusta, la que me interesa incluir. Sus vidas son las que me interesa contar. Y como yo lo hago desde el Gran Buenos Aires, desde Castelar, por supuesto que el fútbol es un elemento constitutivo de eso— me explica, mientras se arregla el blazer azul que lleva puesto. Siente que está vestido más elegante de lo que le gustaría.

Su voz es gruesa pero habla en un tono bajo, como si a sus palabras les costara atravesar los dientes. Es tímido, quizás introvertido. Aclara que le cuesta relacionarse rápidamente con la gente. Hace todo lo posible para que los elogios no lo seduzcan, para que sus triunfos no le inflen el ego. Se siente cómodo siendo un tipo sencillo. Durante nuestra charla repite varias veces la palabra "accidental" para describir cómo llegó el éxito a su vida.

Para 2008 Sacheri había publicado, a paso muy lento, tres libros de cuentos y tres novelas. Tenía 41 años. Ese año, por algo que él llama azar, el director de cine argentino Juan José Campanella leyó su primera novela, La pregunta de sus ojos, que había sido publicada en 2005. El texto le gustó, hablaron, se conocieron, se reunieron y, más rápido de lo que ambos esperaban, empezaron a escribir juntos el guión de la historia que dos años más tarde ganaría el Óscar a Mejor Película Extranjera.

—Mi carrera fue una suma de azares. Por supuesto que uno puede decir que sí, que El secreto de sus ojos quedó bien, que era una historia interesante, que tenía un gran director, estupendos actores, un gran equipo técnico. Pero por qué ganó un Óscar: porque no hubo una película que les gustara más. Yo creo que es importante recibir con alegría esas cosas cuando pasan, pero tampoco buscar reconstruir cómo fue que llegamos a semejante portento de éxito. Porque no se va a repetir.

El Óscar no se ha repetido, pero el enorme precedente de El secreto de sus ojos los animó, a él y a Campanella, a escribir una segunda película juntos. Metegol, estrenada en 2013, fue una historia animada en 3D que nació a partir de un cuento de fútbol de Fontanarrosa.

Desde chico, además de verlo por televisión e ir al estadio con su hijo a alentar a Independiente, a Sacheri le ha gustado jugar fútbol. Empezó siendo arquero, pero ya adulto mutó en una especie de mediocentro, más aguerrido que exquisito. En Argentina es recurrente una filosófica discusión de borracho acerca de si se juega fútbol como se vive. Sacheri no la compra completa, pero cree que algo de razón puede tener. Y algo puede controvertir sobre su creencia de que todo le llegó por azar.

—Creo que uno pone en juego algunas características de su personalidad de acuerdo al modo en que juega. Cuando uno juega, se exhibe. Exhibe cosas hondas, me parece a mí. Y yo soy un tipo de correr, de perseguir, con una cierta tendencia al sacrificio.

Fueron la persistencia y la terquedad las que lo llevaron, a principios de este año, a recibir el Premio Alfaguara. La noche de la Usina (2016) era la tercera novela que presentaba. "Y si no me lo ganaba, mandaba una cuarta y una quinta, porque era algo que quería", dice. Sacheri sonríe y nombra varios autores que también han ganado ese premio: Tomás Eloy Martínez, Sergio Ramírez, Laura Restrepo. Se le sale un "wow".

—Ese "wow" es lo que significó para mí— me dice, y aclara que lo que le importa del premio es el reconocimiento.

El renombre que le da tener un Óscar o un gran premio literario le alegra por su carrera, pero no le hace ni cosquillas a su personalidad. Sacheri parece estar blindado a las tentaciones que llegan con el dinero y la fama. El cheque del Alfaguara, por más de 140 mil euros, lo utilizó para asegurarle un apartamento a cada uno de sus hijos. El suyo lo había comprado con el dinero del Óscar.

—Mirá, tengo una vida muy ordenada y muy clásica. Tengo un monstruo de 19 y otra de 15, sigo viviendo en Castelar con mi mujer, que es la misma de siempre, y mis amigos son los mismos. Mi vida se sigue definiendo por quienes la acompañen. Y por ir al estadio de Independiente domingo de por medio. Eso no ha cambiado.

Su cara continúa neutra. No parece que por su cabeza pase nada que lo haga imaginar una vida distinta.