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Fotos

De cacería en el desierto de Sonora

Es como una película de vaqueros, pero con más tequila.
17.5.13

Me gusta cazar. El arco es mi método favorito, pero de vez en cuando también uso un rifle. Esto quiere decir que estoy familiarizada con las armas de fuego y sé lo que es tener y usar una, de manera responsable.

Como la cacería es una de mis pasiones y la fotografía es lo que hago para ganarme la vida, uno de mis proyectos involucra fotografiar a cazadores de presas grandes en el oeste de Estados Unidos. Recientemente, fui invitada a fotografiar durante una semana a un grupo de cazadores mexicanos y norteamericanos en el desierto de Sonora.

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Después de un vuelo a Phoenix, uno más a Hermosillo y un par de horas en camioneta, llegué al campamento y fui escoltada casi de inmediato a un rancho de caza privado. Lo primero que vi al llegar fue un matadero improvisado de donde colgaban los restos de una oveja, un venado, un jabalí, un coyote y un gato salvaje (básicamente todo aquello a lo que se le puede disparar en el desierto). Era evidente que los cazadores estaban muy orgullosos de sus trofeos, en especial de la oveja por su rareza y del venado cola blanca, un magnífico ejemplar, todos cazados antes de mi llegada.

El objetivo principal, era cazar venados bura y cola blanca. También existía la posibilidad de que cazaran jabalíes, pero el máximo trofeo posible sería cazar un borrego cimarrón.

En medio de unas montañas rojizas había un campamento estilo militar con pisos de cemento y electricidad, y por ser la única mujer en el grupo, me ofrecieron una tienda completa para mí sola. También había un baño y una regadera con agua caliente. Por último estaba la estructura central con cocina integrada y dos cocineras (las únicas dos mujeres que vería en un rato), además de un enorme comedor de madera.

Los cazadores, a quienes conocí esa primera noche, eran un grupo ecléctico de amigos, de diversas edades, profesiones y nacionalidades. El común denominador era el dueño del rancho, Antonio, un promotor inmobiliario de mediana edad de la Ciudad de México, que vive en San Diego. Más tarde me enteré que se trataba de una reunión anual entre amigos, socios y hermanos.

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Uno de los cazadores me pareció particularmente divertido. Juan, también conocido como Johnny de Chicago, quien en realidad es un abogado y siempre llevaba una pistola en la cintura, caminaba con un exagerado estilo de vaquero de película. Fumaba y tomaba sin parar y casi se vuela el pie en una cacería anterior intentando sacar su pistola al estilo John Wayne.

La primera noche bebimos tequila en la fogata y hablamos sobre lo mucho que brillaban las estrellas. Había tantas que el cielo se veía empolvado. Las conversaciones se volvieron confusas conforme avanzaba la noche pero una plática con Diego, otro de los amigos de Antonio, se quedó en mi mente. Le pregunté por qué cazaba y me dijo que le gusta estar en la naturaleza y ver a los animales. Él sólo usa arco. Sospecho que no tenía la intención de matar nada. Más tarde atrapó un camaleón con una botella de agua y jugó con él durante horas, intentando hacer que se pusiera verde sobre su ensalada. Creo que mis sospechas no eran infundadas.

Más tarde, un hombre lloró sobre mi hombro porque su amante se casaba esa misma noche. Me explicó cómo este evento hacía que una relación perfecta fuera algo indeseable. Me fui a dormir y poco después, tuve que sacar a patadas a otro hombre que quería entrar a mi tienda. Horas más tarde, me despierta no el canto de los pájaros, sino una molesta música que sonaba a través de unos altavoces; al parecer era hora de levantarse. Esta música ofensiva, con su intención de diana militar, era el tema del mundo Marlboro. Esta escena se repitió cada mañana mientras estuve ahí.

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Una vez despiertos, los hombres se separaron y cada uno tomó su camino. Unos iban a pie, mientras que otros manejan en sus camionetas y otros más esperan en puntos elevados junto a un pozo de agua para acechar a los animales sedientos. Cada cazador tenía un guía. Todos los guías eran campesinos locales, excepto por Jim quien es de Nevada y trabaja en una compañía de mudanzas, aunque recientemente metió su solicitud para trabajar en la patrulla fronteriza para poder poder buscar lo que él describió como “presas humanas” en el desierto. Él es el guía de Brian, de Idaho, quien solía trabajar en la fuerza aérea, era un arquero competitivo y ahora, además de su trabajo diario en una compañía eléctrica, es taxidermista y un ávido cazador de larga distancia. Ha matado a un animal desde 1,305 metros. Cuando camino con Brian y Jim, llevan con ellos más equipo del que podría encontrar en una tienda de armas. Son hombres serios y callados, y pasan horas tras sus binoculares estudiando las montañas con sus diferentes lentes de alta definición. A pesar de nuestro acercamiento furtivo, no vimos nada. Sentía que estamos en Afganistán. Y ellos tenían el aspecto de estar en medio de una guerra.

Cazar con cada hombre es diferente. Al día siguiente caminé con el hermano de Antonio, Santiago, por las laderas y me impresionó ver cómo usaba a su guía como pie de apoyo para disparar, mientras apunta con su mira telescópico hacia un objetivo imaginario, todo esto sin dejar de fumar su puro. Me subí a la camioneta de Antonio, junto con un hombre al que apodaban Chapo, y hablamos de la cacería como un medio de conservación mientras bebíamos cerveza. Para él no tiene nada de contradictoria la idea de matar animales para ayudar a protegerlos. Y cuando me explica cómo es que la cacería genera los fondos necesarios para promover la conservación, es difícil no estar de acuerdo.

Los días transcurrieron con más pláticas en la fogata, largas caminatas por el desierto y litros de tequila mientras este grupo de hombres disfrutaban sus jornadas fuera de la rutina en sus diferentes ciudades de un lado o del otro de la frontera, jugando con sus enormes armas. Sin embargo, para cuando terminé mi estancia en Sonora, sólo habían logrado cazar un jabalí joven. Y fue con flecha.