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Cultură

Vale, soy alcohólica

Bebo demasiado. Os preguntaréis cómo sé que bebo mucho. Lo sé porque estoy bebiendo mientras escribo esto. Una mano en el teclado y la otra en la botella.
7.10.14

Bebo demasiado. Os preguntaréis cómo sé que bebo mucho. Lo sé porque estoy bebiendo mientras escribo esto. Una mano en el teclado y la otra en la botella.

Mi afición a la bebida no me ha hecho perder mi hogar, mi familia o mi carrera, pero es que en realidad ni siquiera tengo esas cosas. En lugar de tener todo eso, tengo un problema con el alcohol. Un problema que decidí ignorar o justificar durante mucho tiempo hasta que comencé a escribir este texto (como dije antes, con una sola mano).

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Tengo una regla —no empiezo a beber hasta que se pone el sol—, la cual he utilizado durante muchos años como prueba de que no tengo un problema. (Nota: dicha regla carece de todo valor cuando estoy de vacaciones o cualquier cosa que se asemeje a ellas). Día tras día, me doy una palmadita en la espalda, admiro mi autocontrol y espero hasta ver a lo lejos cómo se pone el sol. Suponiendo que ese día haya abierto las cortinas de mi apartamento lo suficiente como para ver el sol, claro.

Sin embargo, esperar hasta el anochecer es una meta fácil de conseguir, ya que me lleva todo el día recuperarme del infierno al que sometí a mi cuerpo la noche anterior.

Los efectos de mi afición al alcohol se parecen bastante a los de una lobotomía. Los días transcurren uno tras otro, son intercambiables en su banalidad. Me despierto a medio día, camino con torpeza por mi casa, espío las felices vidas de mis amigos más productivos y centrados a través de mis redes sociales y me tomo un café lenta y metódicamente. Tomo mucho café. El café es una necesidad, su color marrón es un reflejo de las bolsas que tengo debajo de mis ojos casi siempre. Vivo un tiempo prestado, siempre bajo un velo brumoso cuando el sol está en su máximo esplendor y moviéndome frenéticamente cuando me veo obligada a dejar los confines del cuartucho al que exageradamente llamo apartamento. La prisa hace que cada situación me resulte horrible, ya sea importante o no. Cada vez más a menudo termino disculpándome por mi impuntualidad, enviando mensajes de texto como una desesperada cuando me paro en un semáforo en rojo y golpeando el salpicadero del coche por la frustración. El tráfico me molesta, pero me molesta más mi forma de ser.

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Me molesta desvelarme, sola en mi apartamento hasta altas horas de la madrugada, viendo videos musicales en YouTube que ya he visto mil veces antes y enviando correos vergonzosos, los cuales escribo con un ojo cerrado y el otro irritado y entrecerrado porque no veo bien. Muy pocas veces, o casi nunca, vuelvo a leer esos correos después de enviarlos. No quiero saber qué hay en ellos.

Mi productividad sufre las consecuencias. Me digo a mí misma y a todos los que me rodean que estoy sufriendo un bloqueo creativo, aunque en realidad lo que tengo es un bloqueo que me impide ver la realidad. La idea de trabajar sin ningún estimulante me aterra. Me da mucho miedo la cruda realidad en la que se vive cuando estás completamente sobrio. Entonces bebo un poco.

A veces algún amigo me dice, con los ojos abiertos como platos y un tono de preocupación, que ha estado bebiendo mucho —tres o hasta cuatro noches seguidas. Dependiendo de mi nivel de intoxicación, finjo estar preocupada o les confieso que he bebido cada noche durante casi una década. Dependiendo de su nivel de borrachera, les parece divertido o deprimente. De cualquier forma no me interesa. Entonces bebo un poco más.

La palabra moderación no está en mi vocabulario. Bebo hasta que ya no queda más que beber y a menudo bebo un poco más. Soy alguien que vive de líquidos, no de sólidos. Puedo pasar días en mi apartamento sin comida y sobrevivir con una dieta a base de nachos, pero me muero solo de pensar que me quedo sin alcohol en casa.

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Al igual que mucho otros, culpo a la ansiedad que me producen las relaciones sociales de mis constantes borracheras. Es más fácil interactuar con el mundo a través de un filtro, casi del mismo modo que es mucho más fácil publicar fotografías de uno mismo con un filtro. Después de todo, los filtros ocultan los defectos que hay bajo la superficie.

Me dedico a los monólogos. Con frecuencia actúo borracha. Muchas veces la única retribución que reciben los monologuistas por su trabajo son cupones canjeables por bebidas gratis. Soy muy tacaña y me resulta imposible rechazar cosas gratis. Y no soy la única que piensa de este modo. Tenemos un juego dentro de mi círculo de amigos monologuistas: "¿Quién será el primero en ir a Alcohólicos Anónimos?" A todos nos aterra admitir la derrota. Nos aterra ser el que no se puede controlar, el que no sabe divertirse, el aguafiestas. Pero no cabe duda de que tendremos que admitirlo en algún momento. La lista de comediantes que han envejecido prematuramente gracias al alcohol es mucho más larga que la lista de inscripción para una noche de micrófono abierto. Casi todos los comediantes que conozco mayores de 35 han pasado por un proceso de rehabilitación y han aceptado su destino de almas tristes en un espectáculo con un vaso de refresco en las manos. Supongo que eso significa que aún me quedan cuatro hermosos (y cuando digo hermosos, en realidad quiero decir horribles) años de seguir bebiendo.

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¿Recordáis la frase "Beba con moderación" que ponen en la parte de abajo en los anuncios de las bebidas alcohólicas? Lo leo y digo en voz baja: "me anoto la sugerencia", y a continuación me pongo hasta arriba. Si sé que me voy a poner muy mal, no me quedo en casa, me voy por ahí. Planeo mi noche según lo que quiero beber. La mayoría de las veces es el único plan que hago.

Supongo que mi bebida favorita es el bourbon, aunque no soy muy exigente. Si lleva algo de alcohol y tiene un sabor ligeramente agradable, es suficiente para mí. No sé cómo sabe un buen vino, pero sí sé cómo sabe un vino mediocre. ¿Y sabéis qué? A mí me encanta.

Me digo a mí misma que no puedo seguir viviendo así. Pero no importa porque soy consciente, en el fondo de mi corazón, de que seguiré así. Lo haré porque no sé cuál es la solución. La solución es dejarme de toda esta autocomplacencia. He bebido durante tanto tiempo que ya no conozco nada más. Mi relación con el alcohol ha durado más que muchos matrimonios. En cierta forma, estamos casados. Somos una pareja que no está dispuesta a separarse porque nuestra autocomplacencia nos hace sentir cómodos. Quiero el divorcio, lo necesito. Pero tampoco quiero estar sola. Entonces, bebo un poco más.

Si tú también crees que tienes un problema con el alcohol, visita la web de Alcohólicos Anónimos donde encontrarás a gente que puede ayudarte.

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