Pasamos una noche entera en la Gran Vía de Madrid

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Cultură

Pasamos una noche entera en la Gran Vía de Madrid

La calle con más vida de Madrid se vuelve otra distinta sin luz. Ya no se pueden comer tallarines, te llevas algún susto que otro y puedes ir de fiesta en fiesta.
15.4.16

Todas las fotos por Davit Ruiz

El reto no era sencillo. Todo el mundo en Madrid pasa en algún momento de la semana, todo el mundo pisa esas aceras, aunque sea para curiosear en el Primark o esperar en la plaza de Callao a una cita. Pero, ¿quién mira? ¿quién se fija en la gente que está siempre allí? Como el "chulazo" de la beisbolera. ¿Y en los que están de paso? Nosotros, desde luego, no lo habíamos hecho con microscopio hasta esta pasada noche. Como el reto no era sencillo, reunimos un buen equipo. Dos redactores y un fotógrafo. Primera cita: Museo del Jamón, muy cerca de Plaza de España. Decidimos que ese sea el punto para empezar nuestro primer transito desde el final de la calle hasta el principio, allí donde nace.

Son las nueve de la noche. El bar esta lleno de guiris ansiosos de que les caiga algo de jamón de gratis con su jarra de medio litro de birra low cost y nosotros, mientras, pensamos algunos puntos calientes que no nos queremos perder. Teníamos en mente hablar con los fanáticos de El Rey León, que se piran tras la función a sus casa con las manos repletas de merchandising, también nos apetece conocer cómo es trabajar en la calle (vendedores, repartidores de flyers y quizá alguna prostituta) y colarnos en alguna fiesta de las que nos han soplado que hay esta noche. Pues bien, lo de Simba, mal, porque llegamos tarde. Lo de los trabajadores a pie de calle, casi nos hace acabar en comisaría dos veces -incluido un amago de tumulto con unas jóvenes nigerianas con mucho carácter- y, lo tercero, lo conseguimos en dos ocasiones. Algo es algo.

Tras apurar nuestras tres cañas, nos pusieron patatas con (poco) chorizo, nada de jamón- comenzamos la deriva foto-periodística-paleta. El adjetivo no está ahí de casualidad, es el comentario que alguno de nosotros tres soltó cuando llevábamos unos 100 metros recorridos. Éramos como tres paletos, con todo el respeto, alucinando con los que pasaba a nuestro alrededor. Ya era de noche y la calle había cambiado, ya se veía a algún borracho, gente atiborrándose de fast-food para poderle dar duro a la noche del jueves, algunos republicanos que venían de la cercana manifestación. También comenzaba el asedio por parte de los repartidores de flyers de clubs de striptease, por otra parte, y a pesar de su aspecto algo patibulario, de los habitantes de la Gran Vía más majos con los que nos hemos topado durante estas horas. Todo hay que decirlo.

Seguimos la pista de algunos personajes singulares (nunca los llamaríamos freaks) y nos dicen que hay una fiesta de "influencers y youtubers" en el Hotel de las Letras. Pero nuestro objetivo es echar un primer vistazo a la calle y acabarla, así de trago, como el que se acaba una copa, en el número 1, donde pierde su nombre y comienza a ser Alcalá. Allí está en Círculo de Bellas Artes y hay otro sarao como de rock and roll, en el que presenta un vinilo. Decidimos abastecernos en la barra libre -como medida preventiva, no con fines estílicos, obviamente- nos encontramos con un Dj bien majo (al que solemos ver en La Vía Láctea) y con un desfile de estilismos bastante curioso, que iba desde el estampado escocés al cardado estilo Megadeath. Echamos una vistazo a la terraza del Círculo, para ver qué hay en uno de esos lugares donde te meten un buen 'clavo' por una cerveza pequeñita y nos vamos en busca de los freaks (perdón) de la concentración de youtubers.

No nos defrauda, la verdad, musicón, cerveza gratis, jolgorio adolescente y snapchat casi caído de la caña que le estaban dando la gente y constantes invitaciones a visitar la única barra donde ponían copas. Pero, estamos trabajando, y tenemos que volver a pisar la calle que tanto nos gusta. "¿Pillamos unos tallarines old school?". "Sí, de los que nos han salvado tantas veces la vida, vamos a reencontrarnos con ese asqueroso y adictivo sabor". Ahora mismo estamos caminando en dirección a Plaza de España, preguntamos a cinco o seis vendedores chinos y nada. Nuestro hambre crece. Un vendedor de Bangladesh, que lleva años por aquí y curra de jueves a domingo, nos da la clave: "Si quieres comer algo, vete a esos de las pizzas o a las hamburguesas, a nosotros ya no nos da dinero vender comida". Como lo tenemos a tiro, aprovechamos para preguntar por uno de los grandes mitos de la Gran Vía. "Tío, tenéis siempre las birras muy frías, casi congeladas…". Respuesta: "Claro, yo las guardo aquí, cerca, en casa de un amigo. Las enfrío tanto para que me aguanten en la bolsa tres o cuatro horas".

Encuentro casual con Luis de los Nastys, que va con su botella de Lambrusco a ver a un colega. Vemos un par de controles policiales, de los de alcoholemia, porque por aquí la gente conduce así, de aquella manera. Tenemos que borrar las fotos que le hacemos a los trabajadores de limpieza (nos lo piden amablemente, pero luego dicen que si no, pues que las borrará la Policía) y esquivamos a varios conductores (algunos ebrios, sí) de BiciMad a los que le gusta convertir las aceras en un circuito de piruetas que les llevan al límite de dejarse los piños a cada momento clavados en el suelo.

Llevamos como cinco horas de arriba a abajo, hemos recorrido la calle unas cuatro veces, llevamos los bolsillos llenos de flyers, le decimos que "no" a varias invitaciones de chupitos, y vemos cómo se abre una trampilla del Metro, como de la nada, en medio de la acera. Tenemos suficiente. Una última idea, intentamos colarnos en la terraza de un hotel, "para tener una foto chula, así como de despedida, ya con algo de luz". En uno llegamos hasta el ático, pero las puertas están cerradas y las cámaras de seguridad nos aconsejan salir de allí rápido. Hora de dormir, el tráfico sigue a toda hostia por aquí, pero ya tenemos suficiente. Otro día volvemos a ver qué se cuenta la gente que va a ver El Rey León.