Mi madre odiaba a los hippies. Tampoco le interesaba conocer a extraños, tuvieran estos el pelo largo o no. Y su humor adoptó un tono particularmente sombrío aquel día de 1970 cuando los dos estábamos de vacaciones en el Hilton de Beverly Hills. Llevaba tiempo librando una batalla con mi padre, su ex esposo, por mí, su hijo de siete años, y le preocupaba perder la custodia porque yo terminaría “convertido en un hippie” gracias a la influencia corruptora de California. Así que cuando un hombre mayor e hiperactivo con canas hasta los hombros, una barba desarreglada, y un amor por cuentas en su cuello se nos acercó en el lobby del hotel con un tambor y maracas, bailando cual cosaco ruso y cantando: “Soy Gypsy Boots, vivo de nueces y fruta”, no me sorprendió que mi madre le gritara que se quitara de nuestra vista. Yo también quería que desapareciera. Los hippies ordinarios, los que veía en televisión o pidiendo aventón por los suburbios de Nueva Jersey —ellos me intrigaban, pero éste parecía estar loco—. ¿Por qué un hombre que parecía mayor que mis abuelos se comportaba como un niño de tres años?
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“Haz que se vaya, Ma”, susurré.Y vaya que si lo intentó. Pero Gypsy Boots era un hombre con una misión, la cual era poner de buenas a la triste vieja divorciada y al niño que se acaba de encontrar. Siendo un personaje tan irresistible, lo logró. Minutos después, Gypsy nos tenía a mi madre y a mí sonriendo, después riendo con él, aplaudiendo sus travesuras, probando sus instrumentos musicales, y tarareando cancioncillas sobre nada. Boots no estaba borracho ni drogado, como había escuchado que los hippies normalmente estaban. Como la protagonista de la película Harold And Maude, este güey sufría de júbilo crónico; era el arquetipo del santo ingenuo. Cuando se fue, dejándome con una copia autografiada de sus memorias autopublicadas, Bare Feet and Good Things to Eat [Pies descalzos y cosas buenas para comer], mi madre admitió que no se había sentido tan alegre desde antes de que mi padre la dejara. Me sorprendió escucharla hablar así. Y me sorprendió darme cuenta que yo sentía lo mismo.Lo que no sabía entonces, y que no sabría durante mucho tiempo, era que Gypsy Boots era importante, importante a nivel nacional, una extraña figura que había cambiado el curso de la cultura norteamericana. No era sólo un viejo hippie, era El hippie. Su viaje empezó a finales de los años treinta, cuando Boots, de casi 20 años, dejó el mundo laboral, se dejó crecer el pelo y la barba, y regreso a la “naturaleza”. Esto fue después de Thoreau en Walden Pond: en periodos de cuatro años, Boots dormía en los bosques californianos, se bañaba en los riachuelos de la montaña, se alimentaba de nueces, frutas y vegetales que recolectaba, practicaba yoga y andaba casi desnudo. Una docena de Nature Boys, como se hacían llamar, le hacían compañía (entre ellos Eden Ahbez, quien escribió “Nature Boy”, el éxito de Nat King Cole, que supuestamente habla sobre Boots), pero Gypsy era el miembro más visible de la pandilla, y el que eventualmente se convertiría en una estrella.
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Mucho antes de que los baby boomers llegaran, hicieran lo suyo y desaparecieran, “el perenne atleta de Hollywood”, como se conocía a Boots, creó una contracultura donde pudieran habitar. Hizo esto a través de presentaciones de salud física en televisión y en películas, y abrió uno de los primeros restaurantes de comida saludable en Estados Unidos, recorriendo Los Ángeles con su camioneta psicodélica, repleta de delicias orgánicas que repartía a su red de clientes; todo con la finalidad de llevar el mensaje, uno que se tomaba muy en serio a pesar de sus constantes payasadas: “¿Por qué aferrarnos a estilo de vida conformistas, frustrados y enfermos, cuando podemos ser las personas más auténticas, alegres y saludables?”Gypsy murió en 2004, poco antes de cumplir 90 años. El próximo año se celebrarán cien años de su nacimiento, así que he estado pensando mucho en él; su importancia para la historia y para mí.
Veinticinco años después de nuestro encuentro en Beverly Hills, Gypsy reapareció en mi vida. Para ese momento, mi madre ya había fallecido (murió de cáncer de pecho a sus 49 años) y yo vivía en la Ciudad de Nueva York, era cocinero voluntario en una cocina para indigentes. No pensaba mucho en Boots; era un alegre recuerdo de mi infancia, nada más. Entonces, mientras buscaba algo en mi casa, me topé con las memorias que me había regalado y decidí llevarlas a la cocina. Quizá podíamos usar alguna de sus recetas vegetarianas. Mientras cocinaba y consultaba Bare Feet and Good Things to Eat, una mujer de mediana edad notó el libro y me sonrió: “¡Vaya, Gypsy Boots! Cuando era niña en Hollywood en los sesenta, Gypsy era una gran inspiración. Y todavía lo es, ¡acabo de verlo el año pasado!”
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“Espera”, dije, “¿sigue vivo?”“Claro, no ha cambiado nada desde la última vez que lo vi. Entró gritando a este ashram en el que yo estaba: ‘No entren en pánico, coman orgánico’, y haciendo a todo mundo reír”.Hasta ese momento, nunca había conocido a alguien más que supiera de Gypsy. Así que seguía vivo, ¡habitando el presente y el pasado! Esa noche, llamé al 411 en el Condado de Los Ángeles y pedí un listado de los Gypsy Boots. Hacía esto por mera curiosidad, pero también como una especie de tributo a mi madre.Por desgracia, la operadora no pudo encontrarlo en la lista, así que le pregunté por Robert Bootzin, pues Gypsy mencionaba en su libro que ese era su verdadero nombre. Tampoco tuve suerte. “El único Bootzin al que tengo”, me dijo la operadora, “es un tal Daniel”.Mis esperanzas se derrumbaron. Quizá Gypsy había muerto en el transcurso del año. Se me había escapado por nada. Después recordé una referencia que había en el libro sobre su hijo “ Danny” quien debía tener mi edad. Así que marqué el número de Daniel Bootzin, y bingo: Gypsy, me explicó el joven Bootzin por teléfono, tenía más de ochenta años y vivía en Camarillo, 30 minutos al norte de LA. Dan me dio los datos de su padre, como si fuera lo más normal que un extraño llamara del otro lado del país para preguntar sobre su padre. Un minuto más tarde estaba al teléfono con el mismísimo Sr. Gypsy Boots.Por supuesto, no se acordaba de mí. Y no pretendió hacerlo. Cuando le dije: “Mi madre está muerta, pero cuando te conocimos en el ’70, acaba de divorciarse y tú realmente nos levantaste el ánimo”, Gypsy no pareció escuchar, estaba demasiado ocupado hablando consigo mismo. Incluso cuando un extraño le llamaba por teléfono de la nada, Gypsy prefería transmitir que recibir; no que esto me molestara, pues sonaba emocionado de hablar con un viejo ‘fan’, como se refería a mí. Y vaya que si tenía de que hablar: era el mismo bufón estrafalario que recordaba, con sus chistes y canciones, y esa voz aguda que me gritaba: “¡Espera un minuto!” Al principio creí que esto quería decir: “Espera, ya vengo”, así que dije OK y me preparé para un silencio, pero él no dejó de hablar.
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“Escúchame bien”, me dijo Gypsy. “La siguiente vez que vengas al occidente de Nueva York, quiero que nos veamos en este mercado orgánico que hay en la calle Vine. Abre todos los domingos en la mañana, pero tienes que estar ahí a las diez en punto”.“Me encantaría”, le dije, “pero diez de la mañana en domingo quizá sea un poco temprano. Voy a estar de vacaciones. No podríamos…”“No, ¡no discutas! Esto es por tu propio bien. ¡Tiene que ser a las diez para que te pueda llevar por un desayuno saludable que hará que se te caigan los calcetines!Sus palabras sonaban como órdenes, pero el tono era amable. Igual que mi madre y su gran fuerza de voluntad, Gypsy simplemente sabía lo que me convenía. ¿Para qué discutir?
Robert Bootzin nació en 1914, hijo de una familia de judíos rusos en San Francisco. Su padre, Max, vendía escobas, y su madre, Mushka, llevaba al pequeño Robert y a sus cuatro hermanos a caminar entre la naturaleza en las montañas. También les enseñó bailes cosacos, les impuso una dieta vegetariana, y les preparaba pan negro que debían regalar a los menos afortunados. Cuando el hermano mayor de Gypsy murió de tuberculosis a los 22 años, Gypsy dejó la prepa y se obsesionó con su condición física y su salud. Trabajaba en cosas extrañas, dormía en los pajares del valle de Sonoma, y con el tiempo, antes de la Segunda Guerra Mundial, se involucró con los Nature Boys (y una que otra Nature Girl). El grupo vivía al natural, en cuevas y árboles del cañón Tahquitz cerca de Palm Springs, en las playas de Santa Mónica, y los huertos de Indio. Su apodo en aquel entonces era Figaro, por su afición a los figs (higos) y su espontánea devoción a la Aria del Barbero de Sevilla, pero después de algún tiempo, surgió su apodo definitivo: Gypsy.
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Aunque los chicos y chicas de la naturaleza seguro sabían que su estilo de vida tenía un pedigree europeo. Un movimiento social a finales del siglo XIX en Alemania y Suiza llamado Lebensform, o “Reforma de vida” abogaba por el mismo estilo de vida que exploraban las tribus gitanas: nudismo, alimentos crudos, medicina alternativa, liberación sexual y abstencionismo de sustancias. El movimiento antiurbano Wandervogel (“pájaros viajeros”) también fue una influencia. Igual que los Wandervogel, los Nature Boys usaban atuendos inusuales, adoraban al sol, hacían música y acampaban. Las culturas Lebensform y Wandervogel llegaron a Estados Unidos antes de la Segunda Guerra Mundial con una ola de inmigrantes alemanas (entre ellos el gran amigo de Gypsy, Maximillian Sikinger) pero hicieron falta los Nature Boys, y Gypsy en particular, para transmitir el mensaje a todo California a través del ejemplo.Cuando Gypsy hacía uno de sus regresos periódicos a la civilización, su trabajo eran tan peculiar como uno se imaginaría: bailarín en el Club Pago Pago de la bahía, chofer para un hotel de lujo, cantante con un hirsuto grupo de folk llamado Gypsy Boots and His Hairy Hoots, y patiño del músico y comediante Spike Jones. Este último trabajo involucraba caminar parado de manos y pararse de cabeza en público, pero sólo duró seis semanas. Según Gypsy, su comida orgánica llenó el camión de Jones de moscas, y a los músicos no les sentaba bien el abstencionismo de Gypsy (nunca tocó drogas ni alcohol), así que Spike dejó cruelmente a Gypsy en Oklahoma.
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Durante los cincuenta, Gypsy se enamoró y se casó con Lois Bloemker de Fort Wayne, Indiana, una hermosa bailarina y maestra de baile. Igual que los tres hijos que criaron juntos (los músicos Alexander y Freddie, y el cineasta Daniel) Lois era una persona dulce, brillante e increíblemente convencional, en comparación con su esposo. A pesar de su manera de ser, la familia Boots estaba acostumbrada a las locuras de Gypsy y las aceptaba con cariño.En 1958, tras mudarse definitivamente a Los Ángeles, Gypsy y Lois abrieron su famoso restaurante tiki, el Health Hut. Ubicado cerca del Centro Beverly, el Health Hut, según su menú, estaba diseñado para “caminadores de fuego, bailarines, frenólogos, filósofos, adivinos, santos, personas del espacio, luchadores falsos, participantes reprimidos de concursos televisados, alquimistas, virtuosos del bongo y la balalaika, venusianos y utópicos”. Como si eso y la cocina orgánica no fuera suficientemente extraños, Gypsy trataba a sus cliente como un público cautivo, con bailes y cabriolas mientras comían. Las cenas de sábado por la noche, las cuales incluían bailes de Lois y la actuación de otros amigos, convocaban siempre a un gran público, incluyendo a muchas celebridades.De hecho, mucho de los primeros admiradores de Gypsy era parte del bajo mundo de los clubes nocturnos. Él era adorable con toda persona a la que conocía, y trataba a los vagos y a los ejecutivos por igual, pero Gypsy (igual que cualquier persona astuta) entendía el valor de las celebridades. Una hojeada a Bare Feet, a su secuela, The Gypsy In Me (El gitano en mí), y encontrarás fotografías del autor posando con una plétora de estrellas: Marlon Brando, Gloria Swanson, Paul Newman, Angie Dickinson, Charlton Heston, Sharon Tate, Bing Crosby, Nancy Sinatra, O. J. Simpson, Rita Hayworth, Kirk Douglas; la lista sigue y sigue. Éste último era un amigo muy especial: Gypsy solía jugar tenis con el hijo menor de Douglas, Michael, y cuando Michael creció y se convirtió en estrella, le dio a Gypsy un papel no acreditado en su película El Juego.
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Cuando el Health Hut dejó de operar, Gypsy empezó a repartir comida orgánica directamente a clientes y amigos, lo que le valió varias apariciones en el Steve Allen Show, uno de los programas más excéntricos y populares de la época. Ahí, Gypsy bailoteaba, se acostaba sobre clavos oxidados, comía flores, ordeñaba a una cabra, se aventaba al público, sermoneaba a Allen sobre salud y condición física, y preparaba (algunos dirían que inventó, o al menos bautizó) smoothies de fruta.Sus apariciones en televisión llevaron a Gypsy al resto de Estados Unidos, y esto le fascinaba. Gypsy grabó un álbum de rock titulado Unpredictable y protagonizó un documental que el aclamado cineasta Taylor Hackford nunca estrenó. Y cuando no estaba actuando en películas de bajo presupuesto, se presentaba en ferias de comida y reuniones convocadas por el solsticio de verano. (Puedes verlo entre el público del documental de rock clásico de 1967, Monterey Pop.) Mientras su fama crecía a nivel nacional, Gypsy seguía siendo un héroe local en LA, marchando en desfiles, corriendo maratones y tocando el cencerro en los juegos de los Lakers, Dodgers y USC.Para los sesenta, el mundo (al menos la parte joven y hip) ya había alcanzado, al menos en parte, a Gypsy. Se había transformado en algo que reflejaba su imagen, confirmando así su seguridad extravagante, y montaba ese tigre dionisíaco con un entusiasmo característico; sin embargo, hay que agregar que nunca cayó en los abismos de drogas y oscuridad que plagaban la época.
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Cuando lo vi, esa mañana de domingo en 1995, unos meses después de nuestra primera conversación telefónica, manejé un Mustang rentado desde mi hotel en Hoolywood hasta el mercado orgánico en Vine, para llegar, como me había pedido, a las diez en punto de la mañana. Crudo de la noche anterior y sin haber dormido mucho, este mercado al aire libre no me parecía el mejor lugar para estar. Pero Gypsy Boots no es la clase de persona con la que quieres romper una promesa.Cuando vi la camioneta de colores con su rostro pintado en un costado, caminé hacia ella, con los restos de vodka jugando con mi cabeza. Un par de piernas (fuertes, peludas, viejas y desnudas) se asomaban por la parte trasera de la camioneta. Al final de las piernas había un par de calcetines blancos y una sandalias cafés bastante desgastadas.“¿Sr. Boots?” pregunté.Salió de la camioneta para mirarme de frente, con una complexión más vieja y pequeña pero todavía la misma persona que recordaba. La misma barba y cabellera plateada, las mismas cuentas de amor, y la misma ropa llamativa, acentuada ahora con un par de shorts, una cinta en la cabeza, y un balón en las manos.“¿Eres Nueva York?” me preguntó con su voz aguda.“Gary, de Nueva York, así es.”“¡Bien, vete lejos!”“¿Eh?”Movió el balón frente a mi cara. “Vamos, ¡corre! ¡Profundo!”“Eh…”“Atrapa mi pase, ¡Nueva York! Puedes hacerlo; ¡empieza a correr! ¡Corre! ¡Va largo!__”
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Resistirse habría sido inútil. Comencé a correr sobre el asfalto del mercado orgánico con mis botas vaqueras, mientras mi conciencia me gritaba que parara; sin embargo, “fui hasta el fondo”, y la bomba que Gypsy me lanzó casi me parte el pecho en dos. (Pronto descubrí que Gypsy, a sus ochenta y tantos, podía patear balones descalzo y arrojar pases de 40 yardas sin problema). Arrojamos algunos pases durante 15 minutos, mientras yo reía y él cantaba y me exhortaba que la “lanzara más fuerte”. Acabé agotado. Después Gypsy me arrojó otra sorpresa.“Está bien, lo que quiero que hagas es que subas a mi camioneta. Deja tu auto aquí, yo te traeré más tarde. ¡Te voy a llevar por ese desayuno saludable que te prometí!”Manejaba como un maniático, maniobrando entre el tráfico, soltando el volante para hacer todo tipo de gestos y quitando la vista del camino para evaluar mi reacción. “Vas a amar a este güey al que vamos a ver”, me dijo Gypsy. “¡Ha sido mi amigo durante 30 años!” Cuando llegamos a una casa modesta en Silver Lake, me sorprendió el nombre que leí en la entrada. No, pensé, no puede ser. Esto fue en 1995 y la noticia del momento en la ciudad era el arresto por prostitución de Heidi Fleiss, la atractiva “Madam de Hollywood” cuyo padre, un ginecólogo, había sido acusado de lavar sus ganancias. Y aquí estaba el médico en cuestión, un hombre alto con anteojos de alambre y pelo chino, dándonos la bienvenida. “El desayuno está listo”, dijo el Dr. Paul Fleiss, mientras me extendía su mano.
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Mientras nos guiaba por su casa, Gypsy me miró y me susurró: “¿Lees el periódico? La hija de Fleiss, Heidi, se acaba de meter en graves problemas”.Éste tipo de encuentros inesperados eran algo común con Gypsy Boots. Era uno de sus actos de magia que guardaba bajo el sombrero.
Durante los nueve años que duró nuestra amistad, Gypsy era una especie de padre postizo, escandaloso e infantil, para mí. De hecho, creo que era más como un hermano mayor postizo. Aunque dada su actitud tan infantil, quizá un hermano menor.Solía hablar por teléfono con Gypsy cada dos semanas desde Nueva York, ya acostumbrado a su gritos de: “¡Espera un minuto!” Cada que visitaba LA, lo que hacía varias veces al año, lo llevaba a comer a uno de sus restaurantes favoritos. En otras ocasiones nos reuníamos en casa del Dr. Fleiss, o yo hacía el viaje al departamento de Gypsy en Camarillo, donde me enseñaba videos de sus presentaciones en televisión. Intentando bloquear mi miedo, manejaba con él en su camioneta, siempre al borde de la muerte, por la ciudad. Y cada agosto, intentaba estar en LA para su cumpleaños.Las fiestas de cumpleaños, por lo general celebradas al aire libre en el estacionamiento de los estudios Paramount gracias a Michael Douglas, eran algo impresionante, con la asistencia de cientos de personas chifladas y encantadoras. Todos los presentes, desde ex miembros de los Nature Boys y ventrílocuos zafados, hasta un refugiado del suicidio masivo en Jonestown, tenían una historia sobre Gypsy que compartir. Igual que en el Health Hut, Gypsy trataba a sus invitados como un público deseoso de ser entretenido.
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A pesar de todos esos buenos momentos, la verdad es que Gypsy ya empezaba a desvanecerse para cuando reconecté con él. Muchos de sus viejos amigos habían desaparecido o fallecido. Cada año, sonaba más enfático y desesperado: “Voy a tener éxito en el mundo de la farándula, ¡ya verás! Sólo observa, ¡seré más grande que nunca!” Pero era evidente que sus días de gloria ya habían pasado. La edad lo había obligado a alentar el paso, y haber perdido su licencia de conducir lo frustró sin reparo. Su segundo hijo Freddie murió trágicamente en 2001. Y mientras el mundo alrededor de Gypsy aceptaba cada vez más sus ideales sobre salud, los baby boomers ya habían salido de sus comunas para adoptar el capitalismo; el mundo había dejado de ser un carnaval, y personas como él eran menos bienvenidas. Un viejo alegre cantando para un niño y una madre divorciada en la sociedad actual, sería interrogado por la policía. Sin embargo, a pesar de todo, el espíritu de Gypsy era inquebrantable.“¿A quién le importa si hay algo mal?” me decía. “Estás vivo, ¿cierto? ¡Cualquier día sobre la tierra es un gran día! ¡Cada respiro te hace millonario!”“Pero a todos nos da el bajón de vez en cuando”, le respondí. “¿Cómo lo combatimos?”La respuesta de Gypsy fue inmediata y fuerte. “¡Toma un enema o vete de aquí!”Y, por supuesto, lo decía de forma literal.No que siempre estuviera en esa modalidad “exaltada”. De vez en cuando, sin razón alguna, podía sentir como Gypsy bajaba la voz y se tranquilizaba, antes de pedirte que tu también hablaras despacio, o que dejaras de hacerlo. ¿Era esto evidencia de una bipolaridad? Alguna vez me contó que su madre había muerto en el loquero. ¿Había algún problema mental hereditario con el que Gypsy tenía que luchar? Quizá. Pero en esos momentos de tranquilidad no se le veía deprimido, simplemente en paz. (Una respiración profunda y la meditación eran parte de su vida diaria). Y a diferencia de muchos de nosotros los comunes y corrientes, el hombre estaba encantado de poder ser él mismo y nadie más.
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Gypsy fue hospitalizado a principios de agosto de 2004 con una válvula congénitamente defectuosa en el corazón, y falleció el 8 de agosto. Nuestra última conversación telefónica fue la más emotiva. Su hijo Dan me llamó cuando cumplí 41 años para decirme que su padre había muerto. Desde entonces he regresado a sus libros y visto sus videos cada que necesito una dosis de Gypsy. También ha sido bueno intercambiar historias de Gypsy con amigos que lo conocieron, gente tan diversa como la artista del rockabilly Rosie Flores y la activista política Jodie Evans.Mi historia favorita de Gypsy tuvo lugar en su cumpleaños 84. Durante su fiesta en Paramount, Gypsy tomó un micrófono para presentar a parientes y amigos clave al resto de los presentes. Cuando llegó mi turno, me pidió que me pusiera de pie.“Este hombre Gary, es mi más grande fan en Nueva York”, explicó Gypsy.Crucé mis brazos nerviosamente sobre mi pecho, mientras cien personas se volteaban para mirarme.“Y déjenme decirles algo sobre este hombre Gary y su madre…” Pero entonces Gypsy se detuvo y frunció el ceño. Intentaba recordar la historia de cómo nos habíamos conocido en el ’70; la historia que le había contado en nuestra primera conversación. Pero nunca habíamos vuelto a hablar de eso, así que cuando Gypsy reanudo su discurso, lo único que dijo fue: “la madre de Gary se divorció, y después murió. ¡Un aplauso para él! ¡Gary de Nueva York!”Estaba en shock. ¿Eso era todo? Después de terminar su discurso, decenas de invitados se acercaron para decirme: “Siento lo de tu madre. ¡Pobre de ti!” Al principio les respondí: “Gary no contó toda la historia, y además, lleva muerta 15 años”, pero después dejé de dar explicaciones y simplemente daba las gracias por sus condolencias. Más tarde, mientras caía la noche, fui a despedirme de Gypsy, quien estaba solo con un balón en las manos.“Oye”, me susurró, “¿no sería genial si tu madre pudiera vernos ahora? ¿Vernos otra vez juntos, como amigos, después de todos estos años?”Sonreí con tristeza. No me había convertido en un hippie como ella había temido, pero era culpable por asociación. “Si pudiera”, le dije, “¿crees que le gustaría lo que tendría que ver?”Gypsy peló sus ojos. ¿Cómo podía yo dudarlo? ¿Acaso no guardaba finales felices en su bolsa de trucos con el resto de su magia? “Por supuesto” me dijo. “¡Por supuesto!” Entonces, con una sonrisa de oído a oído, agitó el balón como una varita y me señaló un punto en el horizonte antes de gritar: “¡Ve lejos!”"ALS ICH KAN" —PARA GABOU, LULU, VERKA, LOIS Y SU FAMILIATambién lee: La muerte del hobo norteamericano
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