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viajes

Trabajé como gigoló en Bangkok

Los pasos que hay que seguir si quieres trabajar como escort en Asia.
11.7.13

Fernando Souza dejó su trabajo en la tele para dar la vuelta al mundo haciendo autoestop. De vez en cuando nos escribe y nos cuenta sus aventuras. Tras partirse la cara en Rusia, hacer autostop en China en un coche de policía y viajar a Singapur en un barco de mercancías, actualmente se encuentra en Tailandia donde, entre otros oficios, ha trabajado como gigoló en un bar de copas.

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Llevaba poco en Bangkok cuando, vagueando online, encontré un artículo que describía paradisíacos locales en los que mujeres adineradas pagan por las atenciones de hombres. Empecé una inútil búsqueda que acabó con mis pezones pellizcados en bares de chaperos. Un amigo tailandés se apiadó y encontró un subforo con un listado caducado de direcciones aproximadas. Iba un poco mal de pasta y como siempre había sido uno de mis sueños, me corté el pelo, me colé en un gimnasio tres días, pedí ropa a un amigo y me dirigí al club que parecía más fácil de encontrar. Resultó ser el más grande de Tailandia. Antes de que me toméis por egoísta debo aclarar que, físicamente, soy un tipo bastante normal, no podría plantearme ser escort en ningún lugar donde no se rindiese culto a mi exótica piel pálida. Estaba listo para que me echasen a patadas, pero dos minutos más tarde tenía un contrato de trabajo delante. No tuve que enseñar la chorra, ni un permiso laboral (aunque había un policía en el despacho).

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Antes de empezar a trabajar tenía que pensar mi nombre artístico, como cualquier trabajadora del sexo vamos (¿por qué crees que hay tantas Sandras?). “¿Cómo te llamaremos en el club, Fernando?”. “¡Torres!” contestó un escort jefe. Con ese destello de ingenio nació Torres, el primer (que yo sepa) escort español de Tailandia.

Me soltaron en el club, un amplio local en el que 150 maromos tailandeses me inspeccionaban entre incrédulos y desafiantes. Era el único extranjero, el chico nuevo en un colegio en el que todos eran capitanes del equipo de rugby.

Di una vuelta de reconocimiento. La entrada del club da a un santuario budista con símbolos fálicos. El baño de hombres tiene barra libre de polvos de talco (no va con segundas) para blanquear la piel y una peluquería. Los estilistas llevan máscara de cirujano acorde con con el submarino de laca en el que viven. Por un euro y medio me dejaron con el peinado de mi alter ego K-Pop.

Salí a respirar aire limpio y me crucé con dos chicas que deambulaban perdidas. Pregunté qué buscaban y sin tapujos contestaron, “un club para chicas”. Las guié por el local y cometí mi primera infracción: prohibido abordar a clientas. El protocolo dicta que debes permanecer pasivo hasta que ves un láser verde partir la oscuridad. Esa señal te convoca frente a una clienta, manos a la espalda y mirada que podría fecundar. Con un gesto de mano te despacha o elige sentándote a su lado.

La madame me apartó de las dos chicas que había rescatado del exterior. Instantes después me llamó, eran de Hong Kong y necesitaban acompañantes versados en inglés. Me acomodé al lado de una mientras la otra fusilaba a sonrientes tailandeses. Finalmente aceptó a uno y procedieron a emborracharnos con un elaborado juego: piedra, papel o tijera. Entré en un anuncio de AXE al revés. Era un juguete en manos de mujeres que ansiaban mi presencia aunque eran plenamente conscientes de estar viviendo una mentira.

No tardé en cometer el segundo error: preguntar la profesión de las clientas. La mitad son ociosas multimillonarias, la otra son espectaculares ‘princesas’ de lujo que vienen a buscar ‘príncipe’ al acabar el turno. Se relajan devolviendo lo que soportan en su trabajo, un ajusticiamiento kármico a su género. La mía era una ejecutiva que hablaba de lo VIP que era en Ibiza. Su amiga soltaba risotadas haciendo manitas con el gigoló experimentado. Mierda.

La amiga quiso llevarse a su escort, pero descubrí otra regla: no hay sexo, ni siquiera besos. Perteneces al club y tu función es que beban todo lo posible, y al cierre haces lo que quieras. Faltaban 5 horas para eso y la mía dijo estar muy cansada, ya que al día siguiente tenía que levantarse a las 6 para ir a un templo. Me pidió el móvil para invitarme a cenar. No lo hizo. No era la primera vez en mi vida que me tocaba ser la ilusa amiga fea.

Apuntados por el láser verde los chicos empezaron a agolparse por parejas frente a la pista de baile. Sobre música marcial desfilaban de punta a punta del escenario, seduciendo al horizonte, haciendo reverencias y, a veces, recibiendo chupitos enrollados con billetes. Me lanzaron al escenario y fui todo temblores, carnaza fresca, el remate a un chiste que no entendía.

   
La borrachera colectiva llegó a su punto álgido y un jefe me arrastró a la pista de baile para que entretuviese a las masas. No me importa hacer el ridículo, pero es necesario un mínimo de control sobre la situación y me sentía desbordado.

Al acabar la noche mi pelo seguía intacto, pero tenía el ego destrozado a base de rechazos, comentarios a la espalda y sonrisas ambivalentes. Me consumía la impotencia y superaba la insalvable barrera del idioma y de conocimientos. Mis amigos me recibieron como un héroe, pero, ¿cómo explico que estar rodeado de mujeres esculturales que te emborrachan puede triturarte?

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Parte de la devastación se debía a mis circunstancias de extranjero en territorio hostil, pero la profesión más antigua del mundo trae un estigma real. Había convertido en irrefutable el insulto "hijo de puta". Aunque se asuma que por ser hombres somos machos insaciables siempre dispuestos a follar, fingir tanto es tóxico y te deja sintiéndote basura barata. El desprecio, la frivolidad y la descarnada competición son partes intrínsecas del juego y una sonrisa es la única respuesta aceptable. Estuve al borde del abandono.

No obstante, con el paso de los días me fui acostumbrando y poco a poco lo pasé mejor. Los tailandeses ya no se asustaban del blanco cegador de mi piel y me propusieron bailar en una fiesta temática. Estuve hasta las 8 de la mañana preparando la coreografía de la canción que lo peta en Tailandia con otros siete escorts.
 
Se mascaba la hecatombe y el ridículo infinito, pero lo peté y fui feliz. Chupito en la pasarela, alternar entre varias clientas como un profesional y avalancha de propinas y copas durante el baile. Hasta uno de los jefes me ofreció cocaína a cambio de enseñarle la polla.

Cada día era menos extranjero y más escort. Tuve una clienta mayor que venía con frecuencia, siempre me pegaba puñetazos y amenazaba con denunciarme por no tener permiso laboral. Otra se picó con sus amigas para ver quién daba más propinas a sus chicos. Vino una tímida mujer de Singapur arrastrada por sus compañeros de trabajo después de una reunión. Una me usó para darle celos a su novio escort.

Última lección: el 70% de las clientas vienen con frecuencia y tienen (o creen que tienen) un novio escort. El 30% restante no hace del sexo su objetivo primordial, tal vez porque Tailandia es un país conservador o porque valoran más la atención y el entretenimiento, es decir, tener un novio postizo. Aunque estaba asentado como un escort medio exitoso, faltaba terminar de venderme, no quedarme a medias y dar el salto definitivo.

Acabé teniendo mi oportunidad en un after. Rebañaba mi última copa cuando me llamó un jefe para guiarme a una mesa con mujeres que rondaban los cincuenta, así como el mismo número de cirugías. La más loca me metió mano alegremente mientras decía que el sexo era mejor que el colágeno. Me lo pasé bien.

Cerraron el local y nos tambaleamos a buscar taxis. Me lo propuso de una manera sutil que escondía el negocio implícito en todo. “Tengo el Mercedes lejos, ¿te vienes en mi taxi?”. Dudé. ¿Cuál es mi tarifa? ¿Me paga antes o después? Acabé haciéndome el duro. Malgasté mi oportunidad y como condena romantizaré hasta el final de mis días a esa mujer.
 
Después de 10 noches colgué el bolso y jubilé a Torres. Me despedí de los amigos y clientas y liquidé mis cuentas. 250€. La madame me dijo que no se me había dado mal aunque había escorts que ganaban 800€ por noche. Al final aprendí muchas cosas de mi tiempo como gigoló en Bangkok. Por ejemplo, descubrí que en Tailandia el techno se baila agarrado. Y luego descubrí que mi pareja de baile era una ladyboy. Ser puto por un rato fue divertido, pero la genética y cirugía tailandesa son realmente ‘a bitch’.

Sigue las adventuras de Fernando en el blog de Wondrlust.