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El asilo más caliente del planeta

Mientras unos cuantos afortunados y privilegiados se han pasado el repulsivamente cálido verano de 2011 encerrados en sus dormitorios con aire acondicionado, frotándose los pezones con cubitos de hielo y trasegando copas de Pimm's, el cuerno de África...
15.11.11

Las arenas de Dadaab han ofrecido la salvación a muchas personas hambrientas y desplazadas. Mientras unos cuantos afortunados y privilegiados se han pasado el repulsivamente cálido verano de 2011 encerrados en sus dormitorios con aire acondicionado, frotándose los pezones con cubitos de hielo y trasegando copas de Pimm’s, el cuerno de África se encuentra en medio de la peor sequía en 60 años. Han pasado meses sin una mísera gota de lluvia, lo cual ha provocado una hambruna que la mayoría de nosotros sólo conoce en forma de mitos por los textos religiosos. Etiopía, Yibuti, Somalia, Kenia y Uganda, entre otras partes del África oriental, han sufrido niveles de inanición atroces; según un empleado de USAID, esto podría desembocar en la muerte de cientos de miles de niños este otoño. Muchas personas de la región han cambiado sus lugares natales por Dadaab, uno de los más antiguos y mayores campos de refugiados de la historia. Dadaab se encuentra en el desierto keniano, a unos 100 kilómetros de Somalia (hogar de “la más grave catástrofe humana del mundo”, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Antonio Guterres). Integrado técnicamente por tres campos—Hagadera, Ifo y Dagahaley–, Dadaab se estableció en 1991 con una capacidad máxima de 90.000 personas. En la actualidad alberga a 400.000 personas desplazadas; aproximadamente 1.400 más llegan a diario, la mitad de ellas niños. Se calcula que la población del área llegará al medio millón de personas a finales de año. Hay familias que han vivido aquí durante varias generaciones, produciendo una descendencia sin documentos legales ni una nación que puedan llamar propia. Con la ayuda de Médicos sin fronteras, el fotógrafo James Mollison visitó Dadaab a finales del pasado julio para tomar retratos de la enorme variedad de personas que viven en la región. También fotografió sus casas, que en muchas ocasiones consistían en simples parcelas de tierra rodeadas de telas a modo de paredes. Podéis ver a James y su trabajo en Dadaab en un nuevo episodio de Picture Perfect, ya en VICE.com. Maryan, de 35 años, y sus hijos, se dirigieron a Dadaab con un grupo de 30 personas y su ganado. No tardaron en ser interceptados por una banda de ladrones que les robaron cuatro vacas. Siete días y noches de caminata después, alcanzaron la seguridad de Dadaab. Maryan tiene la esperanza de que sus hijos reciban una educación en el campo y cree que la vida aquí es mejor que en su tierra natal. Said Ali, de diez años, ha vivido un año en el campo con sus padres y cuatro hermanos. El padre de Ali vendió sus cabras para comparar billetes de autobús hasta Kenia. Said cree que la vida ahí es mejor que en Somalia, ya que hay más fácil acceso a la comida, el agua y la educación. En su país nunca fue a la escuela. Su dieta habitual consiste en ugali (maíz), pero la semana antes de que se hiciera este retrato tuvo la suerte de poder mordisquear un poco de carne. Nirto Shukri Adeli, de 15 años, de Afmathou, Somalia. Duerme en una choza con sus padres y nueve hermanos y hermanas. Dedica la mayor parte del tiempo a vigilar a sus hermanos. Nunca ha ido a la escuela. Aden Mohid Suthi, de 50 años, de Salagle, Somalia, llevaba 20 días en el campo, con sus cuatro hijos pequeños, cuando se hizo esta foto. Dejó Salagle a causa de la sequía y las disputas entre clanes. Aden era granjero cuando la lluvia era más regular. Empezó a construir un refugio, pero él y su familia viven ahora con sus parientes en una choza. Las mujeres duermen dentro, y los hombres, bajo las estrellas. Habiba Ali, de 23 años, con su hijo, Hassan Farah. Tras dos años de sequía e inanición, abandonaron Bu’aale, Somalia, en un carro tirado por un asno. Como muchos otros refugiados en ruta, fueron interceptados por bandidos. No tenía nada para darles, así que quemaron el carro. Sin otro medio de transporte, Habiba y su hijo tuvieron que caminar 30 días para llegar a Daadab. Habiba y su hijo llevaban un mes viviendo en el campo cuando se hicieron estos retratos, y parte de ese tiempo lo habían pasado en un hospital provisional de Médicos sin Fronteras en el campo de Dagahaley (foto), donde se tratan a diario nuevos casos de desnutrición.