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El número de los pecados capitales

Los nuevos guetos gitanos

El 10 de marzo del pasado año, los residentes de Krásnohorské Podhradie, un pequeño pueblo en las montañas al este de Eslovaquia, alzaron la vista al cerro en el centro del pueblo para ver cómo su amado castillo Krásna Hôrka, del siglo XIV, era pasto...

por AARON LAKE SMITH, FOTOS DE MATT LUTTON
01 Julio 2013, 12:35pm


Unos niños juegan en una pared derruida en el campamento gitano de Vel’ká Ida, al este de Eslovaquia. La gigantesca fábrica de US Steel se alcanza a ver al fondo.

A veces, a lo largo de la historia, algunos sucesos parecen alinearse para encender la chispa de la violencia racial. El 10 de marzo del pasado año, los residentes de Krásnohorské Podhradie, un pequeño pueblo en las montañas al este de Eslovaquia, alzaron la vista al cerro en el centro del pueblo para ver cómo su amado castillo Krásna Hôrka, del siglo XIV, era pasto de las llamas. Para cuando los bomberos llegaron a la cima, el techo había desaparecido y tres campanas se habían fundido.

            Al día siguiente, un portavoz de la policía anunció que el fuego lo habían causado dos niños gitanos de 11 y 12 años que vivían en un gueto a las afueras del pueblo. Según se dijo, habían intentado encender un cigarrillo en las faldas del cerro cuando un viento inusualmente fuerte se llevó las cenizas colina arriba, prendiendo unos restos de madera en el patio del castillo. Responsables o no, los acusados y sus familias estaban aterrados: según datos del Centro Europeo para los Derechos de la Población Gitana [European Roma Rights Centre, ERRC] en los últimos dos años se han registrado en Eslovaquia al menos doce ataques violentos contra personas gitanas. Temiendo represalias, los niños fueron enviados a refugiarse con sus familias en otros lugares, mientras los hombres se preparaban esa noche para defender su comunidad. Los dos niños, finalmente, no fueron encausados por ser menores de edad, pero el daño estaba hecho: la imagen de unos niños de etnia gitana incendiando un castillo histórico reforzaba los prejuicios de muchos eslovacos blancos contra los ciudadanos más pobres de su país. El incendio del Krásna Hôrka representaba para la extrema derecha eslovaca su propio incendio del Reichstag de 1933: el acto simbólico que necesitaban para justificar su represión.

            A mediados de marzo volé a Eslovaquia y conduje hasta Krásnohorské Podhradiepara asistir a un mítin conmemorativo del primer aniversario del incendio del Krásna Hôrka. Marian Kotleba, ex maestro y líder del ultraderechista Partido del Pueblo-Nuestra Eslovaquia (llamado así en honor del régimen fascista-eclesiástico que gobernó Checoslovaquia entre la 1º y la 2ª guerra mundial) había basado sus escasas posibilidades electorales en base al Krásna Hôrka y su postura en contra de la “criminalidad gitana”.

            A mi llegada entré en un terreno al lado de las oficinas municipales. Un grupo de unas 150 personas (cabezas rapadas, gente del pueblo de duro aspecto y unos 12 directivos del partido vestidos de verde) se encontraban escuchando el discurso de Kotleba. Mi traductor sugirió aparcar lejos de la multitud para disminuir las posibilidades de que alguien viera la matrícula húngara de nuestro coche alquilado. “Si hay algo que a los neonazis les gusta menos que los gitanos, eso son los húngaros”, me dijo sólo medio en broma, refiriéndose al resentimiento eslovaco contra el pasado imperialista de sus vecinos.


Un niño gitano con una herida infectada juega junto a una fogata de basuras en un campo repleto de heces, en los límites del campamento gitano a las afueras del pueblo de Huncovce, Eslovaquia.

            Vestido de negro, Kotleba, un hombre de baja estatura y con bigote, estaba delante de su Hummer a rayas azules, flanqueado por dos cabezas rapadas ondeando enormes banderas del partido. “No nos gusta la forma en que este gobierno quita recursos a la gente decente para mejorar la posición de parasitos”, dijo con voz adusta. Una grúa amarilla que reparaba el techo del castillo asomaba en el horizonte. “Este castillo incendiado simboliza lo que sucederá si el gobierno no actúa ante esta creciente amenaza”, continuó Kotleba. “Si no hacemos algo, la situación irá a peor… Si el estado no estuviera creando condiciones tan buenas para estos extremistas gitanos, ¿que creéis que pasaríaa? Que se irían todos a Inglaterra. Pueden ir a donde sea; tienen libertad de movimientos. Si tanto sufren en Eslovaquia, nadie los retiene. Nadie los echará de menos. Ni qué decir que yo no los añoraría lo mas mínimo”.

            El público le dedicó una ovación entusiasta. Kotleba criticó durante 20 minutos más a la Union Europea y abogó por los derechos de la “gente decente”, un término clave que significa “eslovacos blancos”. El mítin finalizó con Kotleba urgiendo a la gente del pueblo a “abrir los ojos y hacer algo”.

            Después del discurso hablé con varios cabezas rapadas. Uno de ellos, Marek, sugirió que los gitanos deberían ser confinados en reservas, “como las que tenéis vosotros para los indios”. Un adolescente con ropa de camuflaje gris y un parche en el que se leía TODOS LOS POLICÍAS SON BASTARDOS, me espetó: “Todos los gitanos deberían ser gaseados”, antes de que unos neonazis mayores se lo llevaran de allí.

            Un poco más avanzada la tarde, Kotleba, en lo que sería el clímax del día, condujo su Hummer hasta el campamento gitano en las afueras y amenazó a los residentes. Usando como pretexto una parcela de terreno que un simpatizante localle había cedido, amenazó con expulsar a los gitanos y demoler sus casas. Los residentes le arrojaron piedras y golpearon su Hummer con martillos. En una declaración realizada después del incidente, Kotleba escribió: “Teníamos dos opciones: tratar la situacion de manera radical, al estilo de Milan Juhász [un policía que el verano pasado, estando fuera de servicio, mató a cinco gitanos en Eslovaquia occidental para, segú dijo, ‘restablecer el orden’]. Teníamos cuatro pistolas de balas de goma y unas 250 cargas; sin embargo, decidimos darle una última oportunidad a la policía”.


Marian Kotleba, líder del partido de extrema derecha Nuestra Eslovaquia, habla durante un mítin en contra de la “criminalidad gitana” en Krásnohorské Podhradie, durante el primer aniversario del incendio que causó daños en el castillo Krásna Hôrka.

C

onforme la crisis en la eurozona se intensifica y Eslovaquia considera medidas de austeridad, los políticos moderados de izquierda y el eslovaco medio parecen haberse confabulado para usar a la minoría más pobre como chivo expiatorio. Según cálculos recientes, hay alrededor de cuatrocientos cuarenta mil gitanos en Eslovaquia, el ocho por ciento de la población y una de las concentraciones más altas ed Europa. Según estudios e informes proporcionados por el Centro Europeo de Derechos de los Romaníes (CEDR), la violencia racial, los desalojos, las amenazas y otras formas de discriminación y prejuicio han aumentado en los últimos dos años en Eslovaquia. El CEDR considera que la situación en este país es de las peores en Europa. En estos dos años, 11 municipios han levantado muros para separar a los residentes de los guetos gitanos de sus vecinos blancos. La víspera de año nuevo de 2012, el alcalde del pequeño pueblo de Zlaté Moravce (que, según se informó, estaba borracho) dio un discurso en la plaza a más de mil residentes en el que llamó a los miembros de la “raza blanca” a luchar contra los “parásitos desempleados”, lo que incitó a grupos de skins a expulsar a adolescentes gitanos de los los bares del pueblo.

            El problema no son únicamente los neonazis sino también los prejuicios arraigados entre los eslovacos blancos. En diciembre se encontró en una alcantarilla el cuerpo de un gitano decapitado por el carnicero del pueblo. Y en abril pasado, en Chotěbuz, al este de Eslovaquia, un checo usó una ballesta para matar a un gitano que buscaba chatarra. Al parecer el atacante gritó: “¡Putos negros! ¡Os voy a matar!” Durante el último año, el Slovak Spectator ha informado de al menos cuatro casos de violencia racial contra extranjeros negros y mestizos por parte de neonazis, incluyendo a un jugador norteamericano de baloncesto contratado por un equipo eslovaco.

            Los gitanos son un grupo étnico heterogéneo que se cree que alrededor del siglo IX emigró desde India hacia lo que hoy conocemos como Irak, para desembocar en los Balcanes y Europa del Este en el siglo XIV. Siempre han sido perseguidos. Según el libro de Isabel Fonseca Enterradme de pie: la odisea de los gitanos, leyes aprobadas en la Europa del siglo XV permitían la ejecución de un gitano sin necesidad de pruebas. En Valaquia y Moldavia, los gitanos eran intercambiados como esclavos. Un esclavo gitano podía ser trocado por un cerdo. Hasta los siglos XVII y XVIII, los aristócratas organizaban “cacerías de paganos” y prendian fuego a los bosques para obligar a los gitanos a salir de sus escondites y matarlos. Hoy en día hay unos 13 millones de gitanos en el mundo, la gran mayoría en Europa.


Niños gitanos reunidos en el asentamiento gitano en el pueblo de Vel’ká Ida, Eslovaquia. El asentamiento sólo tiene acceso a agua corriente durante dos horas al día.

            Tras el colapso del comunismo y su separación de la República Checa en 1993, Eslovaquia concedió a sus ciudadanos gitanos derechos como minoría, lo que en la práctica ha resultado en su marginalización por parte de la mayoría blanca, eslovaca y húngara. En febrero pasado, el primer ministro, Robert Fico, acusó a los gitanos en un discurso de intentar chantajear a Eslovaquia sobre el tema. “No establecimos nuestro estado independiente para las minorías, aunque las respetamos; lo hicimos principalmente por la nación eslovaca”, dijo, para después quejarse de la “extraña tendencia a anteponer las minorías a los demás”. La constelación política en el antiguo bloque del Este es tan difusa que Fico, un pragmático socialdemócrata, es conocido por burlarse de los observadores de derechos humanos y hacer uso de una retórica nacionalista.

            En 2005, se creó una iniciativa conjunta impulsada por EE.UU, la Comisión Europea y el Banco Mundial, entre otras organizaciones, para hacer de ésta la Década de la Inclusión Romaní en Eslovaquia y otros 11 países. El Fondo Social Europeo destinó mil millones de dólares para facilitar el acceso a los gitanos en Eslovaquia a una mejor educación e impulsar programas de inclusión social. Hoy, el resultado de esos fondos es poco evidente. Un informe del Programa de Desarrollo de la ONU pintaba una imagen sombría: del 43 por ciento de los contratos y fondos designados para los gitanos marginados en los municipios eslovacos, sólo un 18 por ciento había llegado a las comunidades. Durante mis entrevistas con gitanos comprobé que la percepción general era que los municipios blancos estaban financiando sus propios proyectos con los fondos destinados a las comunidades gitanas.

            Por otro lado, entre la población blanca circula la teoría de que los arquitectos de la UE están canalizando dinero hacia Eslovaquia para convertir el país en un gigantesco gueto y evitar así que los gitanos emigren a países como Inglaterra y Francia.

            Ambas percepciones podría no ser del todo implausibles. Una fuente que participó en las reuniones de alto nivel de la Comisión Europea y el Banco Mundial (y que pidió permanecer en el anonimato) me dijo tener la impresión de que la razón de fondo de los programas de ayuda social era frenar la migración de los gitanos de Europa del Este hacia los países occidentales. También existen informes de que la Comisión Europea amenazó con anular el programa de libre circulación en los Balcanes (que permite a sus residentes moverse sin problemas entre los países de la UE) si no hacían algo para estabilizar a su población gitana. Europa occidental no quiere a los gitanos y Eslovaquia tampoco.


Unos niños en una colina junto al muro que separa el campamento gitano de Ostrovany, Eslovaquia, de sus vecinos no gitanos. De izquierda a derecha: Ferko, de 12 años; Lukas, de 9; Lubomir Kaleja y David Kotle, ambos de 12 años.

U

nos días antes del mítin neonazi visité un gueto gitano. Dejé atrás con mi coche árboles esqueléticos, negruzcos barrizales, monumentos de la 2ª guerra mundial, y crucifijos góticos en medio de la nada, hasta llegar a Košice, una lúgubre ciudad industrial al este del país que no parecía haber cambiado mucho desde la caída del comunismo. A principios de año, Košice, junto con Marsella, fue elegida Capital Cultural Europea de 2013. Me pareció una extraña elección. Las calles empedradas del centro histórico quedaban vacías a las diez de la noche, dando al lugar un aire de estar bajo control de la Stasi. La elección parecía estar perfectamente sincronizada para generar entusiasmo por la UE en un país que encara medidas de austeridad y un tasa de desempleo entre la gente joven del 33 por ciento.

            Existen al menos 14 campamentos gitanos informales dispersos alrededor de Košice, además de descomunales edificios de protección oficial como el Lunik IX, una especie de parque temático de la pobreza donde viven miles de gitanos. A finales de febrero, cientos de activistas eslovacos blancos, sin filiacion con los neonazis, marcharon por las calles de Košice. “La criminalidad gitana ha destruido muchas vidas”, dijeron los organizadores a los medios.

            Más allá de los alrededores de Košice, bajo un distópico horizonte de acererías y chimeneas industriales, se encuentra el pueblo de Vel’ká Ida. En agosto, el alcalde de Vel’ká Ida, miembro de la derecha moderada, levantó un muro de cemento de dos metros delante del asentamiento gitano, supuestamente para evitar que los niños gitanos fueran atropellados. Por esa misma época, el alcalde decidió limitar el suministro de agua a la comunidad, de 800 personas, a solo dos horas al dia, arguyendo exceso de uso.

            En Vel’ká Ida conocí a Carlo, el lider oficioso del campamento. Detrás del muro que lo separa de la carretera, las casas se colapsan, los perros descansan junto a contenedores gigantes de basura y flotan los humos procedentes del horizonte industrial. La esposa de Carlo, una mujer de cincuenta y tantos años y aspecto menesteroso, nos condujo entre la multitud hasta su chabola.

            Carlo, un hombre pequeño de mediana edad, nos recibió en su cama, que estaba en la cocina. De los 800 gitanos en el asentamiento, él era uno de los pocos que había logrado empleo y mostraba orgulloso su identificación de US Steel, donde trabajaba de peón por 350 euros al mes. “Eslovaquia es el peor país para los gitanos. En el gobierno son un hatajo de racistas”, me dijo. Cuando pregunté por el nuevo muro, se encogió de hombros. “Sé que es racismo, sé que es segregación. Pero ahora tenemos problemas más importantes, como el agua y el desempleo”.

            Un gitano de veintitantos años que se sentaba en silencio en la cocina habló de repente para contradecir a Carlo. “Si el alcalde construyó el muro para proteger a los niños, ¿por qué lo hizo tan alto?”, preguntó. “Es para hacernos invisibles”. Carlo sacudió la cabeza y dijo que blancos borrachos suelen ir en coche hasta el campamento por las noches para acosarlos y disparar sus armas. “Mira, puedes ver la pobreza en nosotros”, dijo Carlo. “Ahora, con la retórica de la extrema derecha contra los gitanos, ¿qué quieren de nosotros? ¿Qué nos quieren quitar? No tenemos nada”.

            Bajo el comunismo, los gitanos carecían de derechos como minoría (tal concepto iba en contra de la unidad absoluta requerida para sostener el vasto sistema sovietico). Sin embargo, tenían casa garantizada en los centros urbanos y suficientes trabajos de tipo industrial; se impulsaba la integración y se castigaba la discriminación. Las autoridades reubicaban a los gitanos por toda Checoslovaquia según fuera necesario, intentando convertir al grupo étnico en una maleable fuerza de trabajo industrial.

            En los últimos 20 años, mediante un proceso que podría verse como una gentrificacion coordinada, los gitanos han sido en Eslovaquia apartados de los centros urbanos hacia asentamientos segregados en los límites de los pueblos y aldeas. El numero de campamentos informales y guetos pasó de 278 en 1988 a 620 en 2000. Segín recientes informes del Programa para el Desarrollo de la ONU, el desempleo entre la población romaní es de casi el 70 por ciento, ascendiendo entre el resto de la población a un 33 por ciento. Casi todos los gitanos a los que entrevisté estaban desempleados. Muchos eslovacos blancos con los que hablé atribuían esto a falta de disposicion de los gitanos a trabajar, mientras que los grupos de derechos humanos culpan a la discriminacion y el prejuicio generalizados.


El alcalde de Vel’ká Ida, Július Beluscsák, en su despacho.

            Dos días después de visitar a Carlo, me senté en una oficina municipal ubicada dentro de un castillo del siglo XVII enfrente del campamento gitano para hablar con el alcalde de Vel’ká Ida, Julius Beluscsák. Me pareció un hombre fatuo y moralista, desde su flojo apretón de manos a sus puntiagudas botas de piel de serpiente con cremallera. Me produjo embarazo entrar en su pulcro despacho con los zapatos sucios del lodo del asentamiento. Médico de formación y candidato de la coalicion de partidos de centro derecha y centro izquierda, el alcalde desgranó las estadísticas relevantes: había 1.300 gitanos en el pueblo, de los cuales 75 tenían trabajo “y unos 200 perros callejeros”. El noventa por ciento de los gitanos, me aseguró, no entendían el concepto de higiene básica. Cuando le pregunté como trataba su administración con este tipo de problemas sociales, suspiró y dijo: “Envidio a esos alcaldes que no tienen gitanos en sus municipios. El asentamiento aquí, en Vel’ká Ida es de los peores de Eslovaquia. Las mujeres tienen hijos desde los 13 años hasta los 33. Tenemos un caso de una mujer de 33 años que tiene 11 hijos. Los tienen para obtener beneficios sociales. No tienen obligaciones ni deberes. Los niños no se vacunan”.

            Uno de los prejuicios en contra de los gitanos se centra en la noción de higiene. Mientras que en EE.UU la palabra ‘gitano’ no tiene connotaciones explícitamente negativas, el término eslovaco Cigáni sí: significa ‘gitano sucio’. En 2011, los eslovacos étnicos iniciaron el movimiento Zobudme sa [Despertemos], para recabar firmas de alcaldes en 400 ciudades y pueblos en un intento por coordinar la demolición de asentamientos. Los signatarios buscan usar leyes ambientales para reclasificar los asentamientos como vertederos de basura, y así desalojar a sus residentes argmentando condiciones insalubres. Los alcaldes de Despertemos no proponen la integración de los gitanos ni mejores viviendas sociales. Sólo los quieren fuera de su vista. En octubre, el alcalde de Košice desalojó a 156 personas de un campamento y les compró billetes de autobús para que se fueran. El alcalde del pueblo al que fueron enviados, también signatario de Despertemos, les compró billetes de regreso a Košice. Según un informe reciente del CEDR, los desalojados estaban viviendo en los bosques.

            Exacerbando las condiciones que hacen para los gitanos conseguir trabajo, vacunas y casas decentes, tratándolos como indeseables, ¿no contribuyen los municipios a crear las mismas condiciones de las que acusan a los gitanos? Las explicaciones del alcalde, como la ideología de Despertemos, eran una paradoja: según él, los gitanos carecen de higiene porque son pobres; pero los gitanos son pobres porque carecen de higiene. “Deshagámonos de ellos”, parecía dictar su lógica, y la historia nos muestra dónde conduce esta línea de pensamiento.

            Cuando le pregunté al alcalde cómo podría mejorarse la situación de los gitanos en el pueblo, me dijo: “Necesitan ser tratados de modo dictatorial”. Insistí para que me explicara a qué se refería: “Dictatorial como en el comunismo. Antes, tener trabajo era obligatorio. Si los niños no iban a la escuela, la policía apaleaba a los padres”.

            El alcalde se dirigió abruptamente hacia su armario y extrajo unas bolsas con regalos y una insignia de fútbol. Las bolsas contenían una toalla y una placa, adornadas con la insignia de Vel’ká Ida: una torre de un castillo protegida por dos lanceros. “Vel’ká Ida es famosa”, se ufanó. “En el siglo XV había aquí un castillo gitano. Cuando los checos atacaron, los lanceros gitanos ayudaron a defendernos”.

            “¿Era un castillo de verdad? ¿Los gitanos ayudaron a defenderlo?”, pregunté, confundido.

            “No”, respondió el alcalde frotándose la barbilla. “Sólo es un mito”.


El muro y portón de hierro que separa el complejo de protección oficial gitano del resto de la ciudad, en los límites de Prešov, Eslovaquia. El candado de la puerta fue destruido recientemente por los residentes gitanos.

E

n las leyes eslovacas y comentarios recientes de los políticos electos, hay una palabra que surge cada vez con más frecuencia: inadaptable. Se percibe que existen dos tipos de gitanos: los que pueden integrarse a la sociedad blanca y los que deciden vivir en asentamientos sucios y segregados.

            En 2001, el primer ministro Fico dijo: “El grueso de los gitanos quiere echarse en una cama y vivir de apoyos sociales y subsidios familiares. Estas personas han descubierto que, gracias a las subsidios, tener hijos es ventajoso”. Aunque parezca increíble, en 2004 aún se realizaban esterilizaciones forzosas a mujeres gitanas en los hospitales eslovacos, hasta que finalmente se modificaron las leyes del país para pedir autorización escrita antes de una esterilización. Los testimonios compilados por el Centro para los Derechos Civiles y Humanos en 2003 muestran un terrible patrón de abusos cometidos por médicos eslovacos blancos en los hospitales. Al parecer decían a las mujeres que estaban teniendo demasiados hijos, en ocasiones hijos con discapacidad mental, para recibir ayudas. Los testimonios son una colección de horrores: el intento de violación a una mujer gitana por el conductor de una ambulancia, mujeres violadas por sus ginecólogos, mujeres que no recibieron anestesia durante el parto, y, especialmente horrible, una mujer que tuvo que dar a luz en el suelo del hospital mientras un médico gritaba: “¡Eres una cerda, tienes que parir como una cerda!”

            En mis entrevistas con eslovacos blancos, muchos parecían considerar a los gitanos como parasitos decididos a abusar de los programas del gobierno. En abril, Peter Pollak se convirtió en el primer gitano electo al parlamento eslovaco. Como representante de las comunidades romaníes dentro del gobierno, también está encargado de aconsejar a los funcionarios sobre los problemas de los gitanos. Aunque hay signos esperanzadores, como la modificación de una ley antidiscriminación, el entusiasmo por Pollak ha disminuido por la sospecha de que el primer ministro y el ministro del interior le utilizan para sacar adelante un paternalista paquete de reformas al que se conoce como La Forma Correcta, redactadas para atender las necesidades de hijos de “ciudadanos socialmente inadaptables”. Las leyes, muchas de las cuales no han entrado aún en vigor, sirven para utilizar los antecedentes penales y la asistencia escolar de los niños a la escuela para reducir las ayudas a las familias gitanas. Por su parte, Fico dijo a inicios de año que lo mejor que podían esperar los gitanos era separar a los niños de sus familias y enviarlos a internados. “Alguien ha de enseñarle a estos niños que pueden vivir de otro modo”.


Milan Daňo, de 52 años, líder de un complejo de viviendas para gitanos segregados conocido como el Viejo Brick-Kiln, donde viven dos mil personas. Milan fue despedido de su trabajo por manifestar su oposición al muro.

A  una hora al norte de Košice, en los límites de la ciudad de Prešov, visitamos otro gueto romaní; el Viejo Brick-Kiln, un inmenso complejo de viviendas sociales al lado de la autopista. Construída hace 13 años con fondos de la UE y ya desmoronándose, esta estructura cobija a dos mil gitanos y parece surgida de un sueño húmedo de Robert Moses. En 2010, la ciudad levantó un muro y un portón de hierro en la colina detrás del complejo, cerrando la entrada más rápida y segura al pueblo. Sólo los habitantes no gitanos de la zona recibieron llaves para poder acceder a sus jardines. Para los niños gitanos, la caminata de 15 minutos a la escuela se convirtió en una de 45 minutos por el arcén de la carretera. Y, por supuesto, el municipio no provee de autobuses escolares.

            Las escuelas en Eslovaquia tienen todavía aulas separadas para blancos y gitanos. A muchos niños gitanos se les diagnostican discapacidades y, segun informa el CEDR, forman el 60 por ciento de los estudiantes en escuelas de educación especial. Aunque, en 2012, un veredicto histórico de una corte eslovaca puso fin a la segregacion abierta, siendo motivo de aplauso de las organizaciones pro derechos humanos, persiste una segregacion de facto. Unos padres gitanos me dijeron que el único cambio era que los estudiantes gitanos y blancos ahora comen juntos. Las ONG romaníes y los medios han informado de que los eslovacos blancos se están mudadndo de los pueblos a las ciudades para evitar que sus hijos compartan aula con niños gitanos.

            En el Viejo Brick-Kiln nos llevaron al piso del líder no oficial del complejo, Milan Daňo. De unos 50 años, bajo y fornido y cubierto de tatuajes de cuello a nudillos, trabajó de coordinador comunitario para una ONG romaní hasta su despido en noviembre. De los 2.000 residentes en el Viejo Brick-Kiln, él era de los pocos que había tenido empleo. Milan dice que su despido tuvo que ver con una declaracion que en verano hizo a un periodista: “¡Primero derribaron el Muro de Berlín, luego levantaron el muro romaní!” También había firmado una petición contra el muro. “He oído que el alcalde ya no me quiere ver”, me dijo, cabizbajo.

            En los noventa, la mayoria de los gitanos de Prešov vivian en dos calles en el centro de la ciudad. Sus pisos fueron declarados inhabitables, fueron desahuciados y se les ofrecio el Viejo Brick-Kiln como alternativa. “Cuando estaban construyendo este lugar nos decían que iba a ser un cuartel militar para que temiéramos que nos reubicaran”.

            Milan y los demás residentes del Viejo Brick-Kiln pagan alquiler y tienen contratos de arrendamiento, pero yo me preguntaba, ¿cómo es que no pudieron hallar otros alojamientos después de que los desalojaran del centro de la ciudad? Tanto mi traductor como Milan sacudieron la cabeza indicando que yo, simplemente, no entendía. “No es posible. Los no gitanos jamás nos alquilarían algo”.

            Seguían sin salirme las cuentas ¿Como pueden dos mil gitanos desempleados pagar 300 euros mensuales cada uno por esas viviendas? “Algunos con la pensión alimenticia, otros con otras ayudas sociales. Algunos tienen trabajos informales. Y pedimos préstamos”, dijo Milan. Me explicó que existían “esquemas de activación” (programas de estímulo del empleo financiados por la UE y los municipios eslovacos), pero que estos empleos temporales barriendo calles, limpiando alcantarillas y retirando nieve beneficiaban únicamente a 15 ó 20 personas, y a veces ni siquiera les pagaban.

            La esposa de Milan, Zlata, no romaní pero también desempleada, dijo: “Los no gitanos nos critican por ser holgazanes. El problema es que si eres gitano no te dan trabajo. Si yo no puedo conseguirlo, ¿cómo puedo esperar que él lo haga, con tanta discriminación?”

            Milan y Zlata ven estos esquemas de activación como una forma de mantener ocupados a los “holgazanes” de las comunidades gitanas más que como una fuente de empleo sostenible.


Esta granja porcina industrial está construida sobre lo que fue un campo de concentración para gitanos en la 2ª guerra mundial, justo a las afueras de Lety, República Checa. Se estima que murieron 326 personas en el campo y más de 500 fueron deportadas a Auschwitz.

L

a República de Checoslovaquia fue el primer país europeo del siglo XX en iniciar una “solución” para los romaníes. La Ley de Gitanos Nómadas de 1927 exigía a todos los gitanos su identificación, registro y clasificación ante las autoridades. Austria y Weimar, Alemania, hicieron lo mismo con su Oficina Central para la Lucha contra los Gitanos. Se les prohibió la entrada a los baños públicos y obligó a portar identificaciones, y se recortaron sus derechos civiles. La legislación se intensifico con la Leyes de Nuremberg en la Alemania nazi, la Ley de Ciudadanía del Reich y una versión gitana de la Kristallnacht llamada Semana de Limpieza Gitana. La “solución final a la cuestión gitana” la mencionó Himmlerpor primera vez  en 1938.

            La mayoría de historiadores cifran entre 500 mil y 1,5 millones el número de gitanos que murieron durante la era nazi. En las conmemoraciones de posguerra, el pueblo gitano fue en buena medida excluido y olvidado. No estuvieron presentes durante los juicios de Nuremberg y no recibieron compensación alguna. La opinión es que los gitanos nofueron asesinados por los nazis y países del Eje por razones raciales, sino por su comportamiento antisocial y criminal; las mismas razones que se dan hoy para perseguirlos. El holocausto romaní ni siquiera tuvo un nombre hasta los años 90, cuando recibió el de Porajmos [la Aniquilación].

            Ya en 1939 los varones gitanos podían ser enviados a campos de trabajo disciplinario en el Protectorado Checo. En 1942, Horst Bohme, comandante de la SS en Praga, cursó una orden para “luchar contra la plaga gitana”. Al menos 1.039 gitanos vieron sus propiedades confiscadas, siendo ellos fueron deportados a Lety, un antiguo campo disciplinario a una hora de Praga dirigido no por las SS, sino por los propios checos. En la actualidad, en el lugar donde estuvo el campo hay una granja porcina industrial.

            Una fría noche, conocí en un bar en el centro de Praga a Markus Pape, periodista de investigación y autor del libro de 1997 Nadie os creerá: un documento del campo de concentración de Lety. “El título proviene de lo que los supervivientes romaníes oían cuando, tras salir de Lety, intentaban contar su historia”, me dijo. "Eso les decía la gente. Nadie os va a creer”. Markus, alemán expatriado en la República Checa, fuma sin parar y tiene ese aspecto desarreglado y taciturno que a menudo parecen tener los periodistas de investigación.

            El libro de Markus se basaba en archivos y testimonios en primera persona de supervivientes gitanos. Es de lamentar que cuando hablamos de la era nazi, convirtamos a la gente en estadísticas de forma parecida a como los nazis reducian a las personas a simples números. En el esquema del exterminio en Europa, el campo de Lety fue algo comparativamente pequeño. Trescientas veintiséis personas murieron en Lety, 241 de ellas niños. Historiadores checos que sabían de Lety lo calificaron de algo relativamente benigno, similar a los campos de internamiento para japoneses en EE.UU durante la 2ª guerra mundial. En su opinión, la muerte de todos aquellos niños se debió a una infortunada epidemia de tifus durante el invierno de 1943 en Stalingrado.

            El libro de Markus fue el primero en sugerir que se había sido cometido un crimen atroz. En el curso de su investigacion descubrió que las muertes ocurrieron antes de la epidemia de tifus de 1943. Markus declaró que Lety debía ser clasificado como campo de concentracion. Esto causó alboroto en el gobierno y entre los historiadores checos, no ayudando el hecho de que Markus fuera alemán. “La opinión de los checos fue: ‘Esto no está bien’”, me dijo Markus con un suspiro. “No encajaba con su percepción de sí mismos como víctimas. Ellos se ven así: ‘A veces rompimos las reglas, pero no éramos como Alemania ni otras naciones imperialistas’”. Incluso de haber sido Lety simplemente un campo de internamiento, más de 500 gitanos fueron trasladados desde allí a las cámaras de gas de Auschwitz.


Alguien escribió “¡Gitanos a la cámara de gas!” en el libro de visitas del centro de información sobre el campo de concentración de Lety.

            El campo de Lety fue demolido tras la epidemia y ninguno de los checos responsables fue condenado por crimen alguno. El campo permaneció en el olvido hasta principios de los 90, cuando un empresario estadounidense aficionado a la genealogía, Paul Polansky, informó al Congreso de Estados Unidos tras redescubrirlo en los archivos checos. En respuesta, Václav Havel, el primer presidente de la República Checa, encargó en 1995 la construcción de un pequeño monumento cerca de la granja porcina, aunque sin pedir ninguna opinión romaní durante la fase de diseño. “¿Imaginas construir un monumento en honor a los muertos del Holocausto sin consultar al ningún judío?” preguntó Markus. El actual primer ministro checo visitó el monumento el verano pasado, pero insistió en que no era posible echar a los dueños de la granja porcina.

            Markus, que trabaja ahora a tiempo parcial como observador de derechos humanos, mencionó que la noche anterior había visto la película Arde Mississippi. “Me sorprendieron las muchas semejanzas entre lo que narra la película y lo que ocurrió aquí con los gitanos”, me dijo, para después contarme que en 2009 había investigado un ataque neonazi contra un bloque de viviendas romaní que dejó a una niña pequeña con quemaduras permanentes. “Cuando hablo con mis amigos checos sobre los gitanos, me dicen que es un problema que no tiene solución. Quizá sea como el problema entre Israel y Palestina. Para Israel, no existe solución”.

            A la mañana siguiente, Markus y yo fuimos en coche hasta al fúnebre, desolado pueblo de Lety, y subimos por una colina hasta el lugar donde estuvo el antiguo campo. “Se construyó al otro lado de la colina para que nadie pudiera ver lo que pasaba”, me explicó Markus. Tomamos un camino rural de dos carriles; el asfalto cambió pronto a tierra. Bajo la tarde plomiza, la granja porcina, con su alambrado de púas oxidadas, hileras de edificios grises y terrible olor emanando de las chimeneas, parecía la fotografía de un libro de texto de un campo de concentración. Nos detuvimos en la cima de la fría colina para examinar una placa histórica que mostraba la ubicación del viejo campo. “Los supervivientes dicen que fueron torturados aqui”, dijo Markus. “Uno de ellos estuvo en Auschwitz y Lety, y dijo que Lety había sido peor porque eran los checos, su propia gente, quienes hacían todo. Auschwitz era muy malo, pero sabías que tu destino era la cámara de gas. En Lety nunca sabías qué pasaría de un día al otro”.

            El monumento de Havel, situado en una arboleda nevada, parecía una especie de anfiteatro bautista al aire libre. “El problema es que los visitantes vienen, ven la granja desde el camino y dicen, ‘¿Eso es el monumento? Parece un campo de concentración’”, dijo Markus. Al otro lado de un estanque, la granja seguía expulsando humo gris. Markus señaló el estanque y dijo: “Los supervivientes dicen que a sus hijos los ahogaban aquí”.

            De regreso en el pueblo visitamos un centro de información para buscar información sobre el campo. La pequeña habitación, sin calefacción, olía como las colillas húmedas, y de las paredes colgaban espejos sacados de una casa de la risa. Después de ver las placas históricas, echamos un vistazo al libro de visitantes. Alguien había escrito “¡Gitanos a la cámara de gas!” en una página entera.

            De camino a Praga, Markus y yo hablamos sobre el el futuro. “Hoy, cualquier gobierno que apoye a los gitanos perderá la siguientes elecciones”, me dijo. “Se supone que la democracia debe proteger a las minorías. Sin protección, las minorias son reprimidas por lo que la mayoría decide. En los países que estuvieron bajo el régimen comunista, a la gente le cuesta ajustarse a esto. Despues de 1989, siendo parte de un bloque comunista internacional, perdimos una parte importante de nuestra identidad. ¿Y dónde estamos ahora? ¿De qué podemos estar orgullosos? Necesitamos revivir nuestro nacionalismo para llenar el vacío. Y los gitanos no tienen lugar en este enfoque”.

Este artículo se realizó en asociación con el fondo de investigación del Nation Institute.

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