¿De qué se ríen los payasos?



Vice: ¿A qué te dedicabas antes de hacerte payaso?

Gabooba:
Trabajaba en agencias temporales. Fui ayudante de chef, y también trabajé para el Departamento de Parques de Nueva York. Pero cuando asistía a la escuela secundaria me gané el título de payaso oficial de la clase, y eso me inspiró a probar mi habilidad como humorista de monólogos durante varios años. La vida da giros muy extraños… Uno de mis últimos trabajos “reales” fue el de agente de magos y payasos. Era vendedor de payasos. Sucedió que el de más éxito dejó la agencia, y de repente nos encontramos con un payaso de menos. Como había algunas actuaciones contratadas, no me quedó más remedio que sustituirle yo mismo. Algunos de los de la agencia me enseñaron los rudimentos, pero sólo tuve tres días para prepararme. Hice el tránsito entre el mundo real y hacer de payaso varias veces hasta que en 1996 me sentí listo para convertirme en payaso a tiempo completo. Llevo en esto 13 años y no le veo fin.

Tu trabajo consiste básicamente en ser una máquina de diversión para los niños y para los adultos aburridos que no se quieren ocupar de ellos. ¿Qué obstáculos te sueles encontrar?

Tener que tratar con los DJ’s. Algunos de los DJ’s que trabajan en esta ciudad son literalmente retrasados mentales. Ponen la música tan alta que uno cree que le van a dejar sordo. Y la música que pinchan es muy desagradable, rap del más pasado de rosca con letras que harían llorar hasta a Martin Luther King. Letras mucho peores que cualquier cosa que Don Imus haya dicho, y eso en una fiesta de cumpleaños con niños de cuatro años. La mayoría ni siquiera tienen canciones infantiles como “The Hokey-Pokey” o “Chicken Dance”, y en su lugar ponen cosas que están vetadas en la radio. Por otro lado, trabajar de payaso afecta a tu vida social. Casi todo el mundo tiene el fin de semana como días libres, y esos son los de más trabajo para un payaso. Yo he llegado a perder novias por esto.

Romper con alguien porque es payaso es bastante insensible.

Pues sí. Si encontrara a alguien que realmente valiese la pena, una persona maravillosa de verdad, lo dejaría, pero todavía no he encontrado a nadie así. Hubo una chica por la que yo sentía algo profundo, aunque no nos dijéramos cosas tipo “Te quiero, mi amor”, ni nada de eso. El primer año nos fue bastante bien porque ella tenía libres los martes y los jueves, dos de los días más flojos para mí. El segundo año consiguió un empleo típico de 9 de la mañana a 5 de la tarde, dejándole los fines de semana, que es cuando yo más trabajo, para salir y hacer cosas. Yo volvía a casa a las 10 o las 11 de la noche, demasiado cansado para hacer nada, hasta que un día me dijo, “La próxima vez que alguien me proponga salir un sábado, aceptaré”. Supe que aquello era el principio del fin, pero todavía no estaba preparado para dejar de ser payaso. Desde entonces somos buenos amigos. De hecho, estos días estoy cuidando de su gato.

¿Piensas seguir en esto mucho tiempo?

Podría seguir hasta que me muera, hasta que esté viejo y se me ponga el pelo gris, pero creo que algún día me gustaría dedicarme a la enseñanza. Tengo el título de educador. Hay partes de mis rutinas que son educativas; por ejemplo, intento enseñar a los niños algo de español. Les enseño palabras como “conejo”.

¿Hablas español?

Yo hablo un poquito. Sólo un poco, y lo empleo sólo cuando es adecuado hacerlo. En una fiesta puedo decir “feliz cumpleaños” en vez de “happy birthday”, pero sólo si los niños no lo hablan. Si se trata de una fiesta con niños latinos no lo hago.

¿Cómo tranquilizas a los niños cuando se asustan?

Suele suceder, al menos una vez en cada actuación. Cuanto más maquillaje llevas en la cara, más se asustan. A veces me abstengo de ponerme la nariz roja hasta que compruebo que se sienten a gusto conmigo. Digo algo como, “Nunca contéis mentiras, si lo hacéis os crecerá la nariz. Yo nunca he dicho una mentira, nunca nunca nunca…” Y entonces me doy la vuelta con la nariz puesta. Si algún niño en concreto se pone realmente nervioso explico que no soy ni demócrata ni republicano, que soy independiente, y como es un sistema bipartidista mi voto en realidad no cuenta. Me miran como si me hubiese vuelto loco y eso, por alguna razón que desconozco, les tranquiliza.

¿Qué ocurre cuando no tienes ganas de ponerte una peluca y unos pantalones graciosos y pintar mariposas en las caras de los niños? Este no es un trabajo en el que puedas esconderte detrás de un escritorio y vagar por Internet todo el día. ¿Cómo te las arreglas?

Una de las razones por las que sigo haciendo esto es porque es terapéutico. Incluso cuando tengo un mal día me recuerdo a mí mismo por qué me gusta tanto. En alguna que otra ocasión he tenido que luchar contra la depresión; nada clínico, sólo algún episodio de bajo estado de ánimo. Nunca he tomado antidepresivos, no confío en ellos. Lo único que tomo es café y Hierba de San Juan. Mis padres murieron hace diez años, yo les quería mucho, y su muerte me deprimió tanto que consideré la posibilidad de buscar un trabajo normal. Me sentía demasiado abatido para hacer de payaso, pero hice unas cuantas actuaciones, y ver reir a los niños me hizo sentir mucho mejor. Cada vez que me noto deprimido o furioso o lo que sea, hago una actuación o dos y mi actitud cambia.

¿Qué es lo más extraño que te ha pasado en una actuación?

Una vez me contrataron para una despedida de soltero. El futuro marido estaba muy decepcionado porque lo que esperaba era un stripper. Gasté unas cuantas bromas e hinché unos globos, pero al cabo de diez minutos prácticamente me dijeron que me sentara, cuando se suponía que mi actuación tenía que durar media hora. En cuanto hubo parado apareció una stripper. Lo tenían todo preparado, lo mío era un montaje. Debo ser el único payaso del mundo que puede decir que recibió 100 dólares por ver desnudarse a una mujer. ¡Hasta se me sentó en las rodillas!


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