especial 10 años de la guerra contra el narco

El secuestro nuestro de cada día: el legado que nos dejó la guerra contra el narco

Cuando los cárteles en México comenzaron a ver en este delito una manera de equilibrar pérdidas por decomisos, su incidencia alcanzó máximos históricos, y aún hoy las cifras superan las de 2006 con tres plagios al día.
21.2.17
Imagen por Daniel Ojeda/VICE News

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La mañana del 9 de octubre de 2012, cinco amigos decidieron que antes del anochecer tendrían a un secuestrado. Lo planearon entre tragos de cerveza, sin mucha teoría y con droga en la mesa, y calcularon que podrían conseguir un botín de medio millón de pesos en unas cuantas horas a cambio de no entregar a la futura víctima a su familia convertido en un cadáver.

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Esperaron a las 7 de la tarde para poner en marcha su idea y estacionaron el auto en la orilla de la Calzada Ignacio Zaragoza, de la delegación Iztapalapa, en el violento oriente de la Ciudad de México. No tenían más plan que dejar pasar los automóviles hasta que uno les pareciera tan deslumbrante como una señal. Esa tarde, cualquiera pudo ser la víctima, pero el azar quiso que la banda se fijara en una camioneta blanca, reluciente, manejada por un tipo solitario con pinta de estudiante de preparatoria.

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Emmanuel, el conductor y encargado de cobrar los rescates, apuntó al objetivo y encendió el auto. Armando, el líder de la banda, negociador y copiloto, ordenó seguir la camioneta. Los otros tres en el asiento trasero se anunciaron listos con las pistolas cargadas de plomo. La discreta persecución serpenteó por la zona de Lomas Estrella hasta terminar frente a una cochera. Mientras el portón se abría, la banda cercó al joven y lo encañonó. Él entregó las llaves mientras salía de su camioneta, pero los pocos kilos que había acumulado en sus 18 años fueron fácilmente aventados al interior del vehículo.

—¡Ya valió madres, échate atrás y agacha la cabeza!
—¡Llévense la camioneta! ¡No me lleven! —gritó el joven.
—¡Túmbate y no hagas pendejadas!
—¡No, o me matas aquí mismo o me dejas!
—¿Te quieres morir? ¿Eso quieres? Te vamos a aterrizar [matar] —amenazó el jefe de la banda.

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Armando se puso al volante y arrancó la camioneta blanca con el joven y sus tres cómplices abordo. Emmanuel, en el segundo auto los siguió como escolta. Apenas dejaron la zona urbana de la capital y se adentraron a los pastizales de Ixtapaluca, en el Estado de México, Emmanuel vio a través del parabrisas cómo sus cómplices apaleaban al chico. Ellos estaban siguiendo el manual imaginario que creó el líder de la banda, uno de esos tipos que presumen en su barrio que ni los perros le ladran: a las víctimas se les grita desde el principio del rapto, se les acribilla con preguntas personales y se les abolla la voluntad a puñetazos.

Era la quinta vez que Emmanuel secuestraba con Armando y por eso sabía que ese joven estaba en aprietos: su mejor amigo era tan cruel que una vez ordenó a una familia que pasara a un teléfono público por el dedo de su hijo, como escarmiento por no juntar el rescate. Cuando la madre fue, se encontraron con un trozo de salchicha. Y cada vez que Armando contaba esa historia, se carcajeaba.

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Después de 40 minutos, la camioneta paró en la casa de seguridad. Una construcción cualquiera en un municipio acostumbrado a salir en los noticieros cada vez que la policía revienta un calabozo disfrazado de casa habitación. Emmanuel bajó del auto como resorte, detrás de sus amigos que empujaban a la víctima hacia unas escaleras y luego hacia un cuarto en el primer piso. Lo derribaron sobre una colchoneta con una base de cama de metal. Lo amarraron y le vendaron los ojos. Al anochecer, tenían al secuestrado que querían.

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El rol de Emmanuel en la banda dedicada al secuestro era raptar a la víctima y recoger los rescates. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)

—A partir de este momento, vamos a empezar a negociar con tu familia. Si intentas una pendejada, te vas de aquí en una bolsa. Acá te van a estar cuidando y como te portes, te vamos a tratar —le anunció Armando.

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El chico que quiso pelear por su libertad había sido reducido en minutos a un bebé tembloroso, que sabía que su vida dependía de otros. Tenía la boca rota, el rostro enrojecido e inflamado y el jadeo sin ritmo de quien se acerca a un ataque de pánico.

—¿Entonces qué? ¿Todavía te quieres morir? —le gritó Armando.
—No, señor… ya no…
—Va, pues. Vamos a llamarle a tu familia…

El plan era retenerlo al joven por par de días, pero nadie de los seis en la casa de seguridad podía imaginar cómo terminaría ese rapto.

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Un portazo marcó el inicio de la negociación.

***

Emmanuel habla de ese secuestro, su quinto, sin escatimar en detalles. Lo recordó durante las tres ocasiones que conversamos. Nos conocimos en una fundación que coincidentemente lleva su nombre, Emmanuel, una asociación civil con registro ante la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de México, que enseña cristianismo en los reclusorios y a los expresos que acuden a la sede de la organización, una casa en el fondo de un callejón de Iztapalapa, desde donde se ven los muros de la Penitenciaría de la Ciudad de México, una de las prisiones más duras del país.

Cada mañana de jueves, sicarios arrepentidos, ladrones compungidos, asesinos conversos y exsecuestradores se reúnen alrededor del pastor Alberto y piden perdón al cielo por sus delitos, que pueden o no haber llegado a juicio. Emmanuel, por ejemplo, pasó tres años y tres meses en el Reclusorio Norte, pero no por secuestro. Cada uno de los raptos que cometió siguen impunes.

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Emmanuel secuestraba principalmente en el Estado de México y en el oriente de la Ciudad de México. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)

—Si me hubieran mandado a la cana [cárcel] por eso, me hubieran dado de 50 a 60 años de prisión —dijo en nuestro primer encuentro, mientras daba sorbos a su café, aferrado a una Biblia.

Quien lo conoce encuentra un físico incongruente con su experiencia de criminal veterano. Parece una lámpara de piso: bajito, delgado, iluminado por una sonrisa fácil. Sin embargo, su vida está trenzada por las hebras de la delincuencia común, un sanguinario cártel y el negocio del secuestro.

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Su vida es el estereotipo de un delincuente: sustituyó al padre ausente por el calor de un barrio bravo, el Atlampa, en pleno centro de la Ciudad de México. A los 9 años probó el alcohol. A los 11 se inició en las drogas y a los 12 años se estrenó como criminal pegándole [robando] a los microbuses. A los 13 empezó a asaltar autos en los semáforos. A los 14 se hizo experto en robar coches. A los 15 años, se hizo díler bajo las órdenes de la mamá de su novia y a los 16 se fue del barrio amenazado de muerte por una disputa en la venta de marihuana y cocaína. Cuando cumplió 18 años no sabía leer muy bien, pero ya era hábil para cortar cartuchos y apuntar a la cabeza.

Cerca de los 21 años, lo detuvieron por robar en un alto y lo sentenciaron a siete años en el Reclusorio Norte, pero salió poco antes de cumplir la mitad de su condena. Quiso reformarse, pero los antecedentes penales le pesaban como ancla. Se resistió tanto como pudo a volver a ser el cábula que era, pero el hambre lo regresó a vender droga, ahora en Tepito, y robar los tráilers que llegaban al barrio bravo. Para no dejar vacíos en su currículum también hurtó casas en barrios de clase media como la Del Valle, en la capital, y Lomas Verdes, en el Estado de México. Y pisando territorio foráneo se hizo amigo de un tipo de conciencia ligera y casquillos pesados, el entonces jefe de la plaza del municipio de Chalco, de un cártel en ascenso, al que llamaremos 'O'.

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—Me volví adicto al dinero. Luego me decían los de barrio "vamos a pegarle a un Seven-Eleven" y yo les decía que no, que me dijeran cuando hubiera algo bueno. Cuando supe que mi amigo estaba bien parado con el grupo, le pedí que me metiera a chambear con ellos.
—¿Quiénes son "ellos"?
—… La Familia Michoacana.
—Mi amigo me decía que no. "No se meta en este desmadre, ¿pa qué quiere volverse cochino?", pero yo me aferré. Y entré.

Y ahí fue cuando se torció todo. De los detalles criminales que hizo con La Familia Michoacana, Emmanuel no habla mucho, pero sí cuenta que cuando entró al cártel se dio cuenta de lo fácil que es para algunas personas pasar de arrebatar celulares y autos a apoderarse de personas. Ahí comenzó su preparación como secuestrador.

***

Los raptos en México pueden dividirse en cuatro etapas. No son periodos con límites claros, sino espacios en el tiempo creados arbitrariamente para tratar de entender cómo y cuándo las personas se convirtieron en moneda de cambio en este país. También son una estadística de violencia ascendente: entre más reciente, más sangriento.

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Si hubiera que marcar una primera etapa moderna ésta iniciaría a principios del siglo pasado. El Porfiriato y la Revolución Mexicana abrían un precipicio entre los más ricos y los más pobres. La delincuencia campeaba y su energía se dirigía hacia los adinerados. En ese cultivo, germinó la Banda de Automóvil Gris, un célebre grupo de delincuentes que robaba y huía en un Fiat del mismo color. Según el libro "El secuestro: uno de los males sociales del mexicano", del investigador René Jiménez Ornelas, a ellos se les atribuye el primer secuestro en la historia reciente del país, el 9 de febrero de 1913, lo que inauguró una fase de raptos a lo Robin Hood: robar a los ricos para repartir entre los pobres.

Una segunda etapa ocurrió más de medio siglo después, cerca de 1970, cuando las guerrillas de izquierda usaron el secuestro como un método para impulsar sus actividades políticas. Grupos subversivos como La Liga Comunista 23 de Septiembre perfeccionaron el rapto —infiltrar el círculo íntimo de la víctima, estudiarlo, seguirlo y exigir un rescate para financiar la organización—; y lo usaron no sólo para embolsarse hasta 25 millones de pesos por secuestro, según el libro "El enemigo interno" del investigador Jorge Luis Sierra, sino para intercambiar prominentes personajes, como el finalmente asesinado empresario tapatío Fernando Aranguren, por la libertad de los presos políticos. Pero en la lucha contra los rebeldes, el amplísimo poder del que gozaron los agentes del Estado corrompió a varias generaciones de policías, que se unirían más tarde, con y sin uniforme, a grupos delictivos.

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La tercera etapa está relacionada con esos agentes corruptos: ellos integran, asesoran o protegen a bandas especializadas en este delito que actuaban con una violencia desconocida hasta entonces. Era el final de la década de los 80 y aparecieron las primeras noticias de los raptados-amputados: el periodista Héctor de Mauleón, en su ensayo "El secuestro por dentro", ubica como el primer mutilado a Jesús Chacón Pérez, comerciante de la Ciudad de México, a quien le cortaron el dedo índice de la mano izquierda y lo enviaron a sus familiares, quienes finalmente reclamaron su cadáver. La zona centro del país se estremeció con líderes delictivos como Andrés Caletri, José Luis Canchola o 'El Loncho'.

Eran los tiempos en que la Ciudad de México era un territorio peligroso y los habitantes del resto del país valoraban la vida tranquila fuera de la capital. El secuestrador más emblemático de esta etapa fue Daniel Arizmendi López, quien solía cortar las orejas de sus víctimas con tijeras para destazar pollos y enviarlas a los seres queridos para presionar por el rescate. 'El Mochaorejas', le llamó la prensa, elevándolo a la categoría de leyenda. Su captura en agosto de 1998 ocupó las primeras planas de los diarios y las autoridades celebraron su detención, como si con ello se acabaran los raptos que salpicaban violentamente a México.

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Imagen de Daniel Arizmendi, 'El Mochaorejas', el día de su detención en el Estado de México. (Imagen por Victoria Valtierra/Cuartoscuro.com)

Estaban equivocados.

La guerra contra el narcotráfico abrió una cuarta etapa: los secuestros ya no son perpetrados por bandas, sino por miembros o exmiembros de cárteles. Las viejas organizaciones criminales, como el Cártel del Golfo, Los Zetas, el Cártel de Sinaloa, los Beltrán Leyva, equilibran las pérdidas de los decomisos de droga e incautaciones de bienes con secuestros que violan los "principios" de la primera etapa: estudiantes, pequeños comerciantes, amas de casa, campesinos, personas que no están involucradas en actividades delictivas ni son de clase alta, también son raptados.

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En el estudio "Análisis integral del secuestro en México", realizado en 2014 por el Observatorio Nacional Ciudadano, habla del perfil de delincuentes como Emmanuel, quienes acabaron involucrados en este delito (P.49): "No se veía que personas sin experiencia hicieran secuestros. Ahora es más común".

Los cárteles entendieron que nadie amasa fortunas hurtando objetos, sino jodiendo las vidas de las personas.

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Si se piensa en la 'Guerra contra el narco' como un bomba que pretendía terminar con la violencia, el secuestro es ese fango quieto que salpica a todos con el estallido.

En 2006, el año en que el entonces presidente Felipe Calderón declaró la 'guerra contra el narco', el Sistema Nacional de Seguridad Pública registró 733 secuestros. Para 2013, la cifra llegó a un histórico 1.683, más del doble. A partir de entonces se redujeron las denuncias, aunque los casos aún superan los registrados hace una década.

También en aquel 2006, nació un cártel con un nombre extraño: La Familia Michoacana (FM). A diferencia de los veteranos "golfos" y los militares "zetas", la agrupación se formó originalmente con agricultores y ricos lugartenientes que se convirtieron en una especie de guardia privada para defender su estado, Michoacán, de los sanguinarios narcos del norte del país.

La FM se veía a sí misma como un "mal necesario" y prometió a la población que, si se sumaban a sus filas y ayudaban a expulsar a los enemigos, desterrarían a la delincuencia común, resolverían pleitos y darían empleo y recursos a los más pobres. Para financiarse, tomarían control del negocio de la marihuana, el opio y las metanfetaminas. Sin embargo, con el paso de los años, se convirtieron en lo que combatieron: se expandieron a otros territorios, tal y como hicieron sus enemigos, y del tráfico de drogas pasaron a la extorsión, el homicidio, la trata de personas. Y al secuestro.

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La FM sembró células en el sureste y centro del país. Guerrero, Morelos, Estado de México y el oriente de la Ciudad de México se volvieron sus bastiones en disputa. Para conquistar nuevos territorios usaron gente como Emmanuel, criminales adictos al dinero, y secuestradores con apodos que nada pedían a los lords de las drogas: 'El Chucky', 'El Perro', 'El Cenizo', 'El Seven', 'El Pasón'.

Sin embargo, el rápido ascenso del nuevo cártel en el mapa criminal también tuvo una estrepitosa caída. Desde 2011, la poderosa agrupación empezó a perder líderes regionales y su derrumbe se aceleró en 2013 con la aparición del movimiento de autodefensas y la neutralización de sus fundadores en los años siguientes, como Servando Gómez, 'La Tuta'. Hoy, la FM es un grupúsculo sin fuerza.

En 2013, el movimiento civil de autodefensas peleó contra La Familia Michoacana al (Imagen por Hans-Maximo Musielik/VICE News)

En 2012, cayó 'O', el mando de Emmanuel en la FM. El joven delincuente quedó a la deriva, pero no por mucho tiempo. La pérdida de un líder criminal es la ganancia de otro y Emmanuel pronto fue requerido por otro grupo delictivo. Su experiencia con un cártel lo hacía idóneo para integrarse a una banda de secuestradores, tal y como lo hicieron otros exmiembros de la FM.

—Me habló un amigo, Armando, ¿te acuerdas que te conté de él? Me dijo 'yo no lo quería invitar a mi negocio, porque sé que a usted no le gustan los secuestros, pero yo me dedico a eso y acá hay trabajo' —cuenta Emmanuel.
—¿'Acá' es dónde?
—Estado de México y Ciudad de México… Ahí se podía hacer relajo a gusto.

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Esa ha sido una de las grandes secuelas de la 'guerra contra el narco': donde hay "guerra contra el narco", aumentan los secuestros. Las consecuencias son visibles: 2016 cerró con 1.128 secuestros reportados, es decir, tres diarios. Y esos son sólo los expedientes consignados ante un Ministerio Público, pues el 98 por ciento de los casos van a la cifra negra de no denunciados.

En el Estado de México, donde operó Emmanuel y su banda, las cifras de secuestro se multiplicaron por seis pasando de 42 casos en el 2006 a 254 casos en el 2016. La entidad ya desplazó a Tamaulipas del primer lugar en secuestros.

—A partir del 2006, empieza otro perfil: la delincuencia organizada que, antes, sólo se dedicaba al trasiego de droga o tráfico de personas (cambia)… y en últimos años, vemos perfiles de gente que no se dedicaba a eso, porque antes las bandas de secuestro eran más familiares —explica María Elena Morera, presidenta de la ONG Causa en Común.

***

Una vez que Emmanuel se decidió a "trabajar" los secuestros en el Estado de México y la Ciudad de México, su pistola calibre 38 lo acompañaba siempre.

Aprendió de su mejor amigo que a todas las víctimas se les amarraba a la cama, se les vendaba los ojos y se les custodiaba con un primer cuidador armado dentro de la recámara, y un segundo, del otro lado de la puerta. Emmanuel asegura que les dejaban ir al baño las veces que lo pidieran y, en general, recibían un "buen trato". Pero concede que esto se acababa en los interrogatorios: si la víctima no daba información sobre su familia o las propiedades que tenían, Armando se volvía un terco hombre-martillo que no descansaba hasta romper al secuestrado.

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—Ya me olvidé de todos. Es bien raro, como que mi mente suprimió detalles de algunas de esas personas. Será que sufrían mucho y yo mejor no me acuerdo de eso…

Sus víctimas eran hombres jóvenes, casi siempre "puestos" por conocidos. Guardias de fraccionamientos, franeleros en la calle, choferes privados. El jovencito de 18 años fue un excepción: lo agarraron por azar, en un plan que surgió entre el aburrimiento y la ocurrencia.

—¿Qué recuerdas de él?
—Que sentí muy feo por él, porque cuando Armando habló con su papá, yo no sé si llevaba mal relación con su hijo o creyó que era una broma, pero el señor dijo que no le importaba, que lo matáramos. Y Armando le comunicó eso: 'yo creo que te vamos a aterrizar, porque tu papá dice que no va a pagar ni un peso'. El chavito se bajoneó feo…

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La entrada de la Fundación Emmanuel, que alberga a delincuentes convertidos al cristianismo. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)

En aquellos días, las horas se convirtieron en un sopor interminable. Los secuestros, recuerda Emmanuel, son aburridos, tensos, como un 'malviaje' de mota. No recuerda cuánto tiempo pasó hasta que escuchó de nuevo la voz de Armando: el papá, finalmente, estaba dispuesto a negociar. Tal vez, si hubiera tardado un poco más, el joven habría perdido los dedos.

—Yo no estaba en las negociaciones, pero sí recuerdo que fue muy fuerte. Mi amigo llevaba la negociación. Calmado, en control, él nunca insultaba… pero sí, en algún momento, pensé que sí iba a dar la orden de matarlo…

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Cuando se cumplieron unas 48 horas de tener al joven esposado a la cama, Emmanuel entró al cuarto a darle la noticia: por fin, hay un acuerdo. El papá había logrado bajar el rescate a 400.000 pesos. Y todos, atemorizado y atemorizantes, rezaron a Dios para que todo saliera de acuerdo al plan.

Emmanuel salió con su pistola apretada entre el cinturón y el abdomen. Como siempre, Armando exigió que el dinero se entregara en Iztapalapa, en una zona arrebatada a la policía desde que la FM se instaló en la zona. Emmanuel ya había recogido rescates bajo un teléfono público o en un callejón oscuro, pero en aquella ocasión, la instrucción era dejar una maleta con dinero en efectivo bajo un puente peatonal. Y ahí esperó hasta que una sombra cruzó la estructura de metal, soltó un bulto pesado y siguió su camino. Tomó la maleta y escapó en un auto. Hasta que entró a la casa de seguridad, puso el seguro a su arma.

Entre todos contaron el dinero. De billete en billete, la banda terminó el conteo en 400.000 pesos exactos. Todo en menos de 60 horas. Ya te fuiste morro —le dijo Emmanuel— ¿Ves? Tu papá sí te quiere, anímate.

Lo último que recuerda de su quinto secuestrado es que lo vio partir en una camioneta que él ya no abordó. Le contaron que lo sentaron en una banca en algún lugar del Estado de México. Si eso fue cierto, según el manual invisible de Armando al chico le dijeron que debía contar hasta 200 antes de abrir los ojos y que si desobedecía o intentaba ver a sus captores, ahí mismo lo matarían.

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Emmanuel cree que lo regresaron vivo. Pero no tiene la certeza al 100 por ciento.

***

¿Por qué un exsecuestrador hablaría con un periodista? ¿Por qué teniendo 34 años confesaría que sus secuestros permanecen impunes, arriesgándose a estar de por vida en prisión? Porque Emmanuel tiene un mensaje que dar.

Después de aquel secuestro, él dice que hubo tres más. En el noveno, su instinto le indicó que algo malo pasaba. La potencial víctima era familiar de un alto mando del gobierno del Estado de México y hasta su ambición por el dinero tenía límites. Pidió no participar y días después supo que Armando y sus amigos cayeron y fueron detenidos en un operativo a mediados de 2015. Luego, supo que el juez sentenció a su banda con más de 40 años. Los destinos de sus amigos se achicaron al tamaño de una celda: morir en prisión o ser libres hasta una improbable vejez son sus únicas dos alternativas.

Emmanuel entendió eso como otra señal: no habría siguiente oportunidad, si seguía jugando chueco. Tiró el arma y jugó a la única carta que le quedaba: buscar esa fundación cristiana de la que escuchó tanto en la prisión. Tras su primera visita, se transformó de exsecuestrador a seguidor de Jesucristo. Y a donde va, carga con su Biblia.

—¿Por qué te estoy contando todo eso? Porque siento que, si estoy vivo y libre, es porque necesito decir algo. Y es a los jóvenes: si tu estás leyendo esto y pensando que andar de cábula es divertido o interesante, están muy mal. Es una vida horrible. ¿Vas a tener dinero? Sí, pero ¿de qué te sirve? Nadie te dice que si andas secuestrando o en un cártel, se te acabaron las noches con sueño. No sales a la calle por temor a que te agarren. Vas a fantasear hasta con matarte, antes de pisar la cárcel…

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Quien escuche su voz percibirá que su tono baja una octava cuando habla de su arrepentimiento. Y un dejo de frustración por tener que hablar a través de un reportero.

—En mi peor momento, me drogaba en casa de mis amigos con mi pistola en la mesa. Hasta con ellos iba armado. Me decían 'cálmate, deja tu pistola, estamos entre amigos'. Pero ni así. Yo sentía que en cualquier momento me iban a agarrar. Así se vive ¿quién quiere eso? Sí, tendrás dinero, pero no vas a poder caminar en el parque, ir a una fiesta, comer en n restaurante. Te dará miedo ir a la cárcel, pero tu vida, aunque estés libre, ya será un cárcel…

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Emmanuel en la delegación Iztapalapa, la zona en la que secuestraba que colinda con el Estado de México. (Imagen por Daniel Ojeda/VICE News)

La mañana del 10 de enero de 2017, me despedí por última vez de Emmanuel. Nos estrechamos la mano en una orilla de Calzada Ignacio Zaragoza, en la misma ruta que usaba para escapar con los secuestrados. Cinco años después de su quinto rapto, parece un tipo tranquilo que está convencido de que Jesucristo le ha preescrito sus delitos.

Después de hablar con nosotros, Emmanuel fue a un tianguis en el peligroso municipio de Nezahualcóyotl en el Estado de México. Esa tarde, vendió accesorios de celular hasta el anochecer con una Biblia a lado, que hace juego con su físico incongruente y su sonrisa fácil.

Y nadie de sus clientes imaginó que el hombre que les devuelve el cambio y los bendice, era un cábula que arañaba el infierno.

*Esta es la novena entrega de un total de diez reportajes que conforman el Especial '10 años de la Guerra contra el narco'.

Jefa de Contenido: Laura Woldenberg. _Editora: Karla Casillas Bermúdez. _Data: Saúl Hernández.__

Video en redes: Daniel Ojeda. Edición de video: Adrián Almaráz.

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