Fotos

Conocemos los retorcidos rituales secretos de las fraternidades estadounidenses

Así funcionan los entresijos de un mundo por el que han pasado muchos hombres poderosos.

por Alex Norcia; traducido por Julia Carbonell Galindo, y Mario Abad
25 Octubre 2018, 3:55am

Todas las fotos por Andrew Moisey 

The American Fraternity parece uno de esos libros que uno encuentra en el desván y, tras leerlo, desata una serie de catastróficos acontecimientos que acaban con la muerte de toda tu familia. Su propia naturaleza física, como obra artística, denota secretismo. Tiene la cubierta acolchada, de piel negra y con un brillo casi seductor.

En su interior, impresas en páginas de un tono amarillento, hay fotos en blanco y negro, la mayoría de ellas modernas y más inquietantes que las que describo a continuación: hombres ataviados con vestimenta formal y una capucha cubriéndoles la cabeza marchan hacia algún lugar fuera del plano; un tipo vomita en un cubo; otro, desnudo, se pasea con una bota de esquí puesta. Algunas de las fotos son antiguas: una versión en miniatura de George Washington cruzando el Delaware; todos los presidentes estadounidenses que han sido miembros de fraternidades; daguerrotipos de hombres jóvenes que se graduaron en Harvard a los 18. En medio de todas estas imágenes, un manual de iniciación a los rituales de las fraternidades, con instrucciones para celebrar libaciones y ceremonias con velas y una lista de los deberes de los oficiales del capítulo.


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Mientras sostengo el libro, tengo la sensación de que no debería estar en mis manos. Es como si fuera un tomo maldito, especialmente ahora que la violencia sexual y otros delitos cometidos en el ámbito de las fraternidades vuelven a ser objeto de debate en Estados Unidos.

Obviamente, no está maldito. La obra es el resultado de un proyecto en el que trabaja desde hace décadas Andrew Moisey, profesor adjunto de Historia del Arte y Estudios Visuales en Cornell. Durante la era Bush, Moisey estudió en la Universidad de California, Berkeley. Su hermano menor, también matriculado en el mismo centro, solicitó entrar en una fraternidad, y Moisey aprovechó el tiempo que pasaba con él para fotografiar a sus miembros con la condición de no revelar el nombre de su capítulo y, en su lugar, utilizar el pseudónimo Psi Rho. Aunque aún no tenía claros los detalles, Moisey supo desde el principio que quería reunir todas aquellas fotos y presentarlas de forma cohesionada.

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“Sabía que tenía que hacer algo para la posteridad”, me dijo. “Sin embargo, me costó un tiempo comprender que este libro trata sobre las promesas que uno hace y la vida que lleva después”.

El libro constituye, en esencia, el documento histórico de una poderosa —y agresiva— subcultura estadounidense. En uno de sus epílogos, Nicholas L. Syrett, presidente de Estudios sobre la Mujer, el Género y la Sexualidad de la Universidad de Kansas, resume la historia de las fraternidades en Estados Unidos, explicando cómo se convirtieron en clubs secretos exclusivos en los que los hombres se veían obligados a degradarse mutuamente en prácticas cargadas de homoerotismo, las amistades se forjaban a base de “secretismo y humillación” y la violencia sexual era algo habitual.

"Este libro trata sobre las promesas que uno hace y la vida que lleva después"

Con su introducción, Syrett aporta el contexto apropiado a las fotografías de Moisey, explicándolo mejor de lo que yo jamás podría hacerlo: todo —los ritos iniciáticos, las novatadas, las fiestas— ocurre “a puerta cerrada”. Y Moisey, aquí, nos las ha abierto.

Hablamos con Moisey sobre fraternidades americanas y líderes, su papel en la sociedad, la presencia de la violencia sexual en esos lugares, la amistad masculina, las novatadas, Dionisio y los masones. La entrevista ha sido ligeramente editada por motivos de extensión y claridad.

Algunas de las siguientes imágenes tienen carácter explícito o pueden resultar perturbadoras.

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VICE: ¿Cómo se originó The American Fraternity? ¿Puedes explicarme el proceso creativo del libro y cuánto tiempo invertiste en terminarlo?
Andrew Moisey: Yo estaba en los dos últimos años cuando vino mi hermano a estudiar. Se unió a una fraternidad y yo iba con él. Reuní suficientes fotos de él y tenía claro que quería hacer un libro. El proyecto nació cuando empecé a hacer fotos con la idea de capturar una parte de la cultura estadounidense. Nadie había publicado aún ningún libro de fotos sobre las fraternidades; lo único que podía encontrarse eran noticias de periódico y comedias de Hollywood. Me pareció que era el tema perfecto para un libro de fotografías. Durante un tiempo se convirtió en un documento cultural.

Nunca pretendí centrarme en una fraternidad en concreto, porque lo importante para mí era la cultura de todas las fraternidades. Simplemente dio la casualidad de que tuve acceso a una de ellas. Mi objetivo, por tanto, era crear un libro en el que se pusieran de manifiesto las diferencias entre la cultura de las fraternidades y el resto de la cultura. Al final descubrí que el mundo de las fraternidades acababa permeando la cultura general; en otras palabras, descubrí de qué modo debía contextualizar el libro. Sobre todo porque todo esto ocurría durante la era Bush y el líder de la fraternidad era el presidente del país. Empecé a preguntarme cuántos líderes estadounidenses habrían vivido esa cultura y fue sorprendente. Luego, años después, encontré el manual de rituales.

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¿Cómo lo encontraste?
Después de que hiciera las fotos, la fraternidad de mi hermano se disolvió. No tengo ni idea de por qué. Por otra parte, yo también empecé la carrera en Berkeley y ya no tenía tiempo para seguir haciendo fotos. Cuando me enteré de que habían cerrado, fui allí. Fue muy raro porque encontré las puertas abiertas pero no había nadie. Entré y me sentí como si estuviera paseando por entre las ruinas de una cultura desaparecida. Vi que la puerta de la sala capitular —a la que nunca me habían dejado acceder— también estaba abierta. Entré en esa estancia secreta y vi el manual de rituales tirado en el suelo.

Muy loco.
Pues sí, muy loco. Me sentí como una especie de arqueólogo extraño. En Berkeley, si un edificio se queda vacío, es cuestión de horas que empiece a llegar gente a ocuparlo. Habrían tirado ese libro a la basura. Solo había una persona para la que seguía siendo importante, y ese era yo.

Habría sido increíble si hubiéramos encontrado algo así con las legiones romanas o los caballeros teutones. En el posgrado aprendes a pensar en términos más amplios y al estudiar Historia del Arte, me pregunté qué tenía entre manos. No tenía ni idea de si el libro se publicaría alguna vez o no, pero pensé en el valor que tendría si dentro de cien años un estudiante o alguien como yo se encontrara con este documento visual de lo que una cultura prometió ser y lo que fue en realidad. Porque para mí se relacionaba con los fallos de la cultura estadounidense en general: tener grandes ideales y que el mundo acabe viendo cómo fracasas al intentar cumplirlos, especialmente tras los años de Bush.

Hablemos de la textura del libro, de su existencia como un objeto físico. Parece hasta maligno.
[Se ríe] Me alegra que digas eso, porque lo diseñé específicamente por esa razón. Tenía muchas intenciones —en un periodo de tiempo tan largo, te da tiempo a desarrollar muchas—, y una de ellas era que quería hacer un compendio fotográfico que te hiciera sentir como si no debieras tenerlo en tus manos. Me refiero a que cualquier otro libro de este planeta te haría sentir como si estuvieras entrando en una galería de arte.

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Me sorprende tener American Fraternity entre manos mientras hablamos del anuario de Brett Kavanaugh y de un calendario de los años 80, objetos contemporáneos e igual de extraños. No sé, es como si me hubiera topado con él o como si estuviera viendo algo que nunca pensé que podría llegar a ver.
Parece un manual de rituales: es del mismo tamaño, tiene la misma portada, las mismas esquinas redondeadas y el papel es del mismo tono. Es un manual de rituales.

¿Alguna vez sospechaste que llegaría un momento como ahora, aunque fuera una o dos décadas antes? Me refiero a que haya un miembro del Tribunal Supremo que presuntamente bebe en exceso, ha sido acusado de abusos sexuales, perteneció a una fraternidad y fue a un colegio privado.
Siempre he pensado que estas fotografías serían importantes documentos culturales. No creí que fueran a usarse para condenar esa cultura.

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¿Piensas lo mismo ahora? ¿Piensas que se usarán así?
Creo que se han publicado en un momento favorable para el libro y puede que desafortunado para los hombres inocentes que aparecen en él. La gente tiene que entender que en todas las fraternidades hay tipos como Brett Kavanaugh, pero que la mayoría de la gente que aparece —la mayoría de la gente a la que he conocido, que han acabado siendo mis amigos— eran y son gente muy respetable. Hay un lado horrible en toda cultura que ofrece refugio y protección a gente como Brett Kavanaugh y no hay duda de que las fraternidades lo hacen. Te unes a ellas porque quieres sentirte protegido frente a la vida salvaje que quieres llevar. Hay gente que lo lleva demasiado lejos y hay fotografías en mi libro que van demasiado lejos.

El libro es un gran interrogante, que es el siguiente: ¿queremos una sociedad en la que esto exista? ¿Queremos que sea así?

Si echas un vistazo a nuestra cultura, la gente esta muy centrada en la productividad y eso la deja completamente desalmada en su construcción y en su perspectiva espiritual; incluso nuestra religión es básicamente un sistema de vigilancia. Entiendo perfectamente por qué los hombres se unen a fraternidades. Por ejemplo, en la Antigua Grecia, celebraban el Festival de Dionisio, en el que la gente se olvidaba a propósito de todos sus valores morales (al menos los hombres) e intentaban desmadrarse tanto como pudieran.

Por supuesto que había terribles consecuencias, pero, al menos, había un reconocimiento de que ese era el pacto social: se permitía transgredir la norma. No estoy seguro de esto siga pasando en ningún sitio. Mira, en mi libro salen muchos hombres desnudos y muchos lectores van a decir cosas como, “Eh, mira esos payasos”. Sin embargo, para la gente que tiene valores respetables y que también se desmadra son, creo yo, una especie de héroes de la era moderna.

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Entonces, más que criticar la vida de fraternidad, la presentas o la preservas, ¿no es así?
Para nada quería preservarla, eso seguro. Pensaba que había algo alarmante en ella. El libro es un gran interrogante, que es el siguiente: ¿queremos una sociedad en la que esto exista? ¿Queremos que sea así? Teniendo en cuenta ciertos aspectos de ella, la respuesta es un no rotundo, especialmente desde la perspectiva de la gente que no tiene el privilegio de estar en una fraternidad. Hay dos perfiles recurrentes.

Está la del Ugly American, una persona ruidosa, poderosa, ignorante y por encima de la ley. Esta reputación, que se da en todo el mundo, encaja con la reputación que los chicos de fraternidad tienen en este país. Son los dos únicos estereotipos que tenemos en Estados Unidos que se ajustan a la reputación que tenemos en el resto del mundo. Y creo que tiene que haber una razón para que sea así.

La cultura de la fraternidad genera problemas muy claros y pensé que la cultura en sí misma crea demasiados problemas para el resto de la sociedad como para no ir, aunque sea remotamente, más allá de la crítica. Y todo el mundo lo sabe desde hace mucho tiempo. Por lo tanto, no creo que el libro lance una nueva crítica a la cultura de la fraternidad, pero sí permite que la gente la vea, algo que nunca forma parte del debate. El libro también te hace intimar con ella, para que puedas sentir más que nunca cómo sería formar parte de ella, o eso espero. Y luego también te muestra, a grandes rasgos, el liderazgo que este país ha tenido durante tanto tiempo.

¿Se bebe mucho? Sí. ¿Es un lugar peligroso para las mujeres? Sí, puede serlo. Pero nunca pensé que hacer una crítica fuera el núcleo del proyecto. No creo que la fotografía sea la mejor manera de ofrecer una perspectiva que haga que la crítica perdure. El libro tiene un objetivo muy difícil, que es plasmar la cultura y, de alguna forma, criticarla en el proceso, sin que se trate de las personas como individuos necesariamente.

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¿Han visto ya los antiguos hermanos de la fraternidad las fotografías?
Bueno, no el libro, pero llevan siglos viendo las fotografías. La prensa quiere ver a Brett Kavanaugh de adolescente, pero mis sujetos no son Brett Kavanaugh. Aunque, como ya he dicho, son parte de una cultura que, por lo general, ha protegido a gente como él.

¿Cómo conseguiste que los sujetos confiaran en ti en un principio?
No fue fácil. Tenían que reunirse para decidir si, básicamente, dejaban que me quedara, y les tenía que enseñar las fotografías y esas cosas. Durante el mandato de Bush, cuando te unías a una fraternidad no parecía que estuvieras haciendo algo malo. No se te criticaba solo por eso. Hice una exposición en 2004 con algunas de las imágenes más duras, y la fraternidad asistió a la exposición y algunos se dedicaron a hacer keg stands (beber cerveza haciendo el pino sobre el barril). De nuevo y no sin razón, la cultura de la fraternidad se está analizando con lupa, ahora más que nunca, y creo que está totalmente justificado. No creo que hoy en día, con la situación actual, me hubieran dado el nivel de acceso que yo tuve entonces.

También hay que plantearse a qué nivel son conscientes los miembros de las fraternidades de lo que están haciendo y cuánto influye en ellos esta cultura. Esto puede variar de una persona a otra, pero yo incluyo, como si fueran deberes doblados dentro de un libro, este ensayo que uno de los miembros de la fraternidad escribió para una clase de antropología acerca de la fraternidad y con el que obtuvo un sobresaliente. Todo el mundo debería leerlo. Es un chaval intentando escapar de su estilo de vida y convertirse en antropólogo. Se nota el esfuerzo que le dedicó y lo revelador que es este trabajo (como cualquier crítica que se haga sobre la mentalidad de Brett Kavanaugh). Se puede ver que el poder que la fraternidad tiene a la hora de formar los valores de los hombres es mucho mayor que el de la universidad. Te pasas cuatro años en un club secreto para chicos y te sueltan al mundo real.

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Has mencionado que muchos de los líderes de Estados Unidos fueron miembros de fraternidades. ¿Es algo generalizado? ¿Cuántos presidentes de Estados Unidos han formado parte de una?
Depende mucho de cómo los contabilices. Algunos cuentan que dieciocho, más de los que yo nombro en el libro. Pero los presidentes solo son una parte. Hay jueces del Tribunal Supremo, congresistas, rectores de universidad, obispos de la Iglesia… Son gente que están en todos los niveles de cualquier corporación. Es la última cultura que experimentan lejos de sus padres antes de convertirse en adultos.

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¿Existe desde siempre este tipo de comportamiento desatado? ¿Se dedicaba Thomas Jefferson a hacer keg stands?
También hay fotografías históricas en el libro y, como puedes ver, hay un ritual de iniciación de 1899. Nadie diría que es de hace 120 años. Es interesante: uno de los argumentos en contra de que las mujeres fueran a la universidad —algo que no pudieron hacer hasta 1880, cuando las universidades públicas y algunas privadas empezaron a admitirlas— no era que no quisieran que las mujeres fueran a la universidad, aunque sí había gente que argumentaba eso.

En vez de eso, decían que deberían ir a sus propias universidades porque no las querían cerca de las fraternidades. No me sorprendería que Thomas Jefferson se hubiera dedicando a hacer keg stands en la Flat Hat Society. Me cuesta imaginarme una sociedad secreta de hombres en la que no se beba de más.

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La historia [de las fraternidades] en general es fascinante. Hubo una espantada de francmasones en Estados Unidos en los años 20 y 30 del siglo XIX, época en que los francmasones estaban en todas partes. La gente empezó a dejar la francmasonería. Lo curioso es que las fraternidades de universidad acabaron por llenar ese vacío, utilizando ritos muy similares.

Ahora mismo, mientras hablo contigo, estoy a unos 300 metros del lugar de Estados Unidos donde alguien murió por primera vez por una novatada. Fue doblando la esquina de mi casa [en Ithaca, Nueva York, cerca de Cornwell] en 1873. Tengo tantas cosas que me hubiera gustado incluir en este compendio fotográfico… Pero por las restricciones que me impongo —el concepto de que fuera un libro que casi pertenecía a la propia fraternidad— no podía incluir mucho material de fuera. De no haber sido así, se habría roto la magia.

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