economía

Qué hacer cuando te quedas sin un duro a principio de mes

Es día 10 y, curiosamente, en tu cuenta quedan menos de 14 euros. ¿Y ahora qué?
10.11.17
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Como todo buen español, ha llegado el día 10 y ya no tienes ni un duro en la cuenta corriente, bien.

Has pagado varias domiciliaciones (el alquiler del piso, la electricidad, el móvil e internet y esos 150 euros que te cuesta la suscripción a eso de “Gascón: el club del vino”); también ya hiciste ese ritual de ir al súper y, al ver la cuenta repleta de dinero, empezar a comprar en exceso varios productos sin sentido como si fueras un rico (surimi en aceite de oliva, Roquefort del auténtico, bonito del norte a ocho euros el bote, papel de váter de doble rollo); también te fuliste 100 euros el día 3 de noviembre—que caía en sábado— a base de cubatas, entradas a una discoteca (no lo recuerdas pero les pagaste la entrada a un par de desconocidos) y picaña (hay un restaurante al lado del Apolo en el que puedes cenar a las 4 de la madrugada y pedir un enorme plato de carne calentado a la piedra).

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A la par, pagaste ese crédito que pediste para sufragar los costes de esa abogada que te pillaste para la denuncia que te pusieron por mear dentro de un restaurante, y no precisamente en el baño. El caso es que ahora no tienes ni un duro en la cuenta. Bueno, miento, debes tener como 13,85 euros, pero es más vergonzoso decir que te queda esta cantidad a decir, simple y llanamente, que no “tienes ni un burundi“.

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Proyectas los siguientes días del mes y no ves solución alguna, el recorrido hasta el día 30 se intuye mortífero. Son veinte días de pobreza absoluta. No podrás salir de fiesta, no podrás comprar cosas y tendrás que comer sopa de arroz con cebolla cada día. Esta perspectiva (que te pasa cada mes) hace que entres (de nuevo) en un pozo de depresión que te durará hasta que cobres a final de mes y entonces todo volverá a empezar: cobrar, gastar, darse cuenta de que te quedan casi 14 euros, querer pegarte un tiro en la nuca. ¿Ahorrar? ¿De qué me estás hablando? Esto es IMPOSIBLE en este mundo en el que vivimos.

La triste verdad es que se te va medio sueldo con el alquiler del piso y la otra mitad en necesidades básicas, así que es imposible ahorrar. Bueno, podrías hacerlo, pero entonces tu vida no tendría ningún tipo de incentivo para ser vivida. Te sentirías mal con el solo hecho de tomarte una cerveza en un bar o de comprarte un disco en Discogs y nunca te atreverías a hacerlo. Serías como una silla con cerebro.

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En fin, ahora lo importante es saber qué harás el resto del mes. Lo más importante es no pegarte un tiro, no pasa nada. Piensa que no estás solo ni sola, que esto le pasa a mucha gente, gente que, pese a la tristeza que genera la falta de dinero y la imposibilidad del consumo, sigue tirando con la vida. El sistema está hecho para que vivas así, pendiente de un hilo, en la miseria. Es gente como tú, gente con poco dinero y que además es incapaz de administrárselo, la que forma parte de la base sobre la que se sustenta esta sociedad. La gente se gasta todo su sueldo en mierdas y tiene miedo a ser pobre, es la clave del sistema.

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Por el tema de la comida no tienes por qué preocuparte. En VICE tenemos varios artículos que te pueden ayudar a comer por muy poca pasta pero, básicamente, si te limitas a comer sopas de arroz con cebolla todo irá bien. No te va a costar ni cinco euros para tener para todo el mes. Además, si la cosa se pone, digamos, tensa y no tienes ni para arroz ni agua (o te has cansado de su sabor), siempre puedes hacerle una visita a tus padres o amigos y recolectar un poco de material, como unas latas de atún “prestadas”, unos frankfurts, tranchetes, tomates o lo que sea. Mientras sean cosas que no llamen mucho la atención no se darán cuenta (no les pilles la burrata).

Con el asunto alimenticio finiquitado, ahora solo te queda aceptar que tus opciones de entretenimiento han quedado totalmente menguadas. Está claro que a partir de ahora tienes que renunciar a salir de casa. Salir del hogar, lamentablemente, significa gastar. Aunque quieras ir al campo a meditar tendrás que comprarte un jodido billete de tren y comer un sándwich de cangrejo de la máquina de la estación. Nada de cine, nada de bares, nada de restaurantes, nada de conciertos. Tienes que rechazar cualquier actividad con humanos que requiera un mínimo gasto, o sea, tienes que rechazar cualquier actividad con otros humanos. Es imposible hacer actividades fuera de casa sin abrazar la entropía capitalista.

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El caso es que la diversión debe estar en ti. Siempre puedes tirar de amigos y que te inviten a unas latas y a un bocadillo de jamón pero no puedes estar cada mes igual, más que nada porque saben que NUNCA les devolverás el favor porque siempre te quedas pobre los primeros días del mes.

Ahora deberás permanecer en el hogar y hacer cosas en vez de consumirlas. En un mes puedes escribir el guion de esa película que tienes pensado desde hace años, el del perro que pasea por Madrid buscando a su amo sin saber que este ha fallecido, en fin, la historia de un can descubriendo la mortalidad. O hacer esos vídeos con figuritas construidas con papel de aluminio y animadas en stop motion. El caso es que la cárcel de la pobreza te obligará a apañártelas, incluso le encontrarás sentido y diversión al mero hecho de tumbarte en el suelo de la cocina y ver como, durante horas, esos bichos (¿son moscas? ¿Mosquitos?) se quedan atrapados dentro de la luz fluorescente sin poder salir.

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Podrás también ordenar tu casa y darte cuenta, al pasar la escoba, que podrías haber hecho un doble tuyo juntando la materia (polvo, pelos, uñas, lo que sea) que has encontraba desperdigada por tu morada. Cambiar las sábanas y romper esa costumbre tuya de pasarte todo un otoño e invierno sin cambiar el edredón ni la funda. Incluso podrás ojear y llorar delante de esas fotos que tienes tiradas dentro de una bolsa del Fotoprix, justo entre las novelas que guardas en ese apartado de la estantería que llamas “novelas regaladas por familiares por Navidad que sé que no leeré jamás”; esas fotos en las que eras joven, ibas al instituto, tenías pelo en la cabeza y creías firmemente que a los 35 años no te encontrarías compartiendo piso en la Verneda con un señor de 60 años que insiste en que le llames “colega”.

En fin, no te preocupes, a pesar de lo que te hayan contado, es posible vivir sin un duro. Sí, lo ideal sería que cobraras un poco más y que no te encontraras en esta situación de forma reiterada, pero debes empezar a asumir que esto no va a cambiar. No vivirás como tus padres y siempre estarás pendiendo de un hilito. Si en el fondo ya lo sabes.