pobreza

Un día con una familia sin hogar

A Alva y sus hijos les desahuciaron de su casa en mayo. Ahora forman parte de un grupo de 37000 sintecho que viven en albergues de emergencia

por Christina Hertel; traducido por Julia Carbonell Galindo
07 Diciembre 2018, 5:00am

Fotos por Flora Rüegg 

Este artículo se publicó originalmente en VICE Alemania.

Esta mañana, como cada mañana, Alva* se despierta a las seis de la mañana junto a sus tres hijos, de 3, 9 y 10 años. Duermen en finos colchones de espuma amarillos en el suelo. La mujer de 36 años se levanta y tapa la ventana con una manta roja para que la luz del sol no despierte a los niños.

Los cuatro miembros de la familia viven actualmente en dos habitaciones diminutas llenas de cajas de cartón y bolsas de plástico. En las cajas hay documentos, ropa y el resto de sus pertenencias, desde los libros de los niños hasta utensilios de cocina. “No merece la pena sacarlo todo”, me dice Alva.

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La familia guarda sus posesiones en cajas

Aunque quisieran sacarlo todo, no tienen ningún sitio donde dejar sus cosas. Las habitaciones tienen un solo armario cada una y no hay baldas. Además, en algún momento tendrán que mudarse otra vez, esperemos que lo antes posible.

En mayo, la familia de Alva perdió su casa. Desde entonces han vivido en un alojamiento temporal en el norte de Berlín que les proporcionó la organización benéfica Cáritas. El húmedo y gris bloque de apartamentos encajonado entre otros dos edificios es en realidad un asilo. Pero detrás de la puerta roja de la planta baja, Cáritas aloja a gente que no tiene dónde ir.

Alva nos cuenta que su marido no pagó el alquiler de tres meses este año. Ella no supo nada hasta que la familia recibió una orden de desahucio inmediata. Intentaron sin éxito convencer al casero de que cambiara de opinión. Alva está segura de que su antiguo casero va a reformar el apartamento y lo va a alquilar por mucho más dinero del que ellos podrían permitirse.


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Según la organización benéfica Shelter, en el Reino Unido hay 79 000 familias en alojamientos temporales, y alrededor de la mitad son familias trabajadoras. Straßenfeger, una organización que se dedica a ayudar a familias sin hogar de Berlín a encontrar una casa temporal, afirma que en el último mes han tenido que rechazar a unas cinco familias por semana debido a la falta de espacio. No hay cifras exactas de cuánta gente sintecho hay en Berlín. El gobierno local solo controla a las que ellos alojan, unas 37 000 personas en 2017, un 20 por ciento más que en 2016. Casi un cuarto de esa cifra son familias.

Alva empuja un carrito azul por las calles de Berlín. Cada mañana atraviesa la ciudad para llevar a su hijo a una guardería de su antiguo barrio, donde su familia vivió diez años. Mientras van andando calle abajo, la gente se para a saludarlos. Tarda cuarenta y cinco minutos en autobús y en tren en llegar allí. Estamos en plenas vacaciones de verano, así que sus otros dos hijos van con ella.

Cuando deja a su hijo, Alva se toma un té en SOS Children’s Village. Ahí una taza cuesta 50 céntimos. Mientras se toma el té, Alva habla con otras mujeres que lo están pasando mal. “Ni las autoridades, ni el Estado; nadie te ayuda”, dice una de ellas. “Tienes que cuidarte tú sola”. Alva asiente.

"No hay cifras exactas de cuánta gente sintecho hay en Berlín. El gobierno local solo controla a las que ellos alojan, unas 37 000 personas en 2017, un 20 por ciento más que en 2016. Casi un cuarto de esa cifra son familias"

Como condición de su acuerdo de alojamiento con Cáritas, Alva tiene que ver a una trabajadora social al menos una vez a la semana. Esta le ayuda a encontrar un apartamento permanente y a gestionar sus deudas. Alva me cuenta que no sabe cuánto debe, pero que calcula que unos miles de dólares. Parte de esta deuda es el alquiler que su familia debe de su anterior casa. A eso hay que sumarle los gastos de la guardería y de las clases privadas.

Hoy la hija de diez años de Alva va a quedar con la trabajadora social aprovechando que su hermano juega al fútbol unas calles más allá con otros niños. Mira, que se ha mordido las uñas hasta la raíz, contesta a algunas preguntas con una madurez que no es propia de su edad. Dice cosas como: “A veces tengo la sensación de que las autoridades juegan con la gente como si fuéramos marionetas” y “Ya no te puedes fiar de nadie”. Más tarde explica que le hicieron bullying en el colegio y que cuando sus padres se separaron se le rompió el corazón. Aunque añade: “Ahora entiendo por qué mi madre tomó esa decisión”.

Quince minutos más tarde, Alva y Mira salen del centro de terapia. De ahí Alva tiene que ir a una cita en el centro de empleo, luego a la comisaría y por último a otra sesión de terapia. “Estoy muy cansada”, explica. “Eso es porque bebes demasiado té negro”, replica Mira.

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Alva y sus tres hijos duermen en colchones de espuma en el suelo

Si no fuera por el piso de Cáritas, los hijos de Alva estarían en un albergue de emergencia, lo que implicaría que tendrían que cargar con sus pertenencias cada mañana por si los reubicaban. Además, la familia de Alva tendría que compartir una habitación con desconocidos.

Hay 140 de estos centros de emergencia en Berlín. Hace más o menos un año, la ciudad abrió un nuevo centro específico para familias con 30 plazas, una cocina común, salas de estar y trabajadores sociales que les ayudan a cocinar y a socializar con las demás familias. Hay tanta demanda para conseguir una plaza que las autoridades han confirmado que tienen planes de aumentar la capacidad del centro familiar en 100 plazas, aunque el gobierno local aún está buscando un edificio lo suficientemente grande.

Es mediodía cuando Mira y su madre pasan por delante de una pastelería y Mira se queja de que tiene hambre. “Ya te has comido un bocadillo y una ciruela, no te vas a morir de inanición” responde Alva frustrada.

“A veces me enfado mucho con los niños y digo cosas que no quiero decir”, me dice Alva más tarde, antes de volver a hacer hincapié en lo cansada que está. Me explica que pasa muchas noches sin dormir y que le pica tanto el cuero cabelludo que se rasca hasta que sangra.

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Mira, de 10 años, dice que nunca le ha explicado a sus amigos dónde vive

Hoy Alva tiene un solo dólar en la cartera. Dice que luego va a llamar a una amiga que a veces le presta dinero para ver si le puede dejar prestado un poco otra vez. “Se lo devuelvo rápido”, aclara. Alva insiste en que tiene cuidado con el dinero; suele ir a comprar los fines de semana porque hay más ofertas. Incluso su hijo de 9 años sabe que sus cheques de ayuda por hijo se acaban el día 20 de cada mes. Cuando se lo recuerda, ella le dice que no se preocupe y que disfrute de su infancia.

Alva fue a Alemania al poco de entrar en la veintena, soñando con una vida mejor. Creció en un pueblo de Macedonia de solo treinta casas con ocho hermanos. Afirma que fue la primera de su pueblo en acabar el instituto y que el periódico local se hizo eco del logro. Después se enamoró de un alemán que tenía familia en Macedonia.

“Había visto demasiadas películas”, recuerda. “Para mí, Berlín era como Nueva York”. Pero en vez del ático de sus sueños, acabó en un pequeño apartamento con muebles desgastados. Su marido era cocinero y ella limpiadora en unas oficinas. Se levantaba a las cuatro de la mañana cada día y cobraba 1300 euros al mes.

"Si no fuera por el piso de Cáritas, los hijos de Alva estarían en un albergue de emergencia, lo que implicaría que tendrían que cargar con sus pertenencias cada mañana por si los reubicaban"

Entonces llegaron los niños y, con ellos, más discusiones. Su marido trabajaba de noche y se gastaba casi todo lo que ganaba en casinos o lo enviaba a Macedonia. “Construyó a su familia una casa con ese dinero, mientras sus propios hijos duermen en el suelo”, dice Alva. “Si conseguimos un apartamento y las cosas se estabilizan, me divorciaré”.

Pero puede que aún falte algo de tiempo para que la familia consiga un apartamento. “Hay mucha gente que vive varios meses en el refugio”, dice Kai-Gerrit Venske, un trabajador social de Cáritas. “A veces llega incluso a un año”. Antes, la mayoría de los sintecho de Berlín eran migrantes. Ahora, cada vez más gente que llega a Cáritas son ciudadanos alemanes. “Los últimos siete u ocho años la situación inmobiliaria de Berlín ha empeorado drásticamente”, añade Venske. Los caseros son cada vez menos comprensivos porque saben que pueden conseguir rápidamente un inquilino dispuesto a pagar más.

Alva se sienta en un banco del parque mientras Mira escarba con los dedos en una caja de arena unos metros más allá. Me dice que no bebe ni se droga y que ha solicitado más de cien apartamentos, pero que solo le han concertado una visita en diez. A veces los caseros cuelgan directamente cuando oyen un acento extranjero. El viernes tiene otra visita: un piso de dos habitaciones y media en Charlottenburg, un distrito del oeste de Berlín. Alva dice que este le da buena espina.

Alva hizo bien en ser optimista: poco después de nuestro día juntas y con la ayuda de una amiga, su familia ha conseguido un apartamento permanente.

*Los nombres se han cambiado para proteger la identidad de Alva y su familia.

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