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Ser tu propio jefe está sobrevalorado

Para casi todos es un sueño, para algunos puede ser una pesadilla.
michael scott jefe ser tu propio jefe
Captura de pantalla de NBC

Dicen que somos la generación mejor preparada, la que más estudios tiene pero la que menos cobra. ¿Cuántas veces habremos oído la misma historia en bucle? Entonces abres el Twitter y ves que es viral un gráfico de la caída en picado del salario de la gente entre 25 y 34 años. Te sientes un poco bien por cobrar un poco más que esta mierda. Cierras el Twitter y te olvidas de todo.

Al día siguiente te levantas a las seis de la mañana para pillar el tren y ir cual sardina al trabajo. Cuando sales ya es de noche. Te preguntas qué coño has hecho mal para tener una vida tan de mierda habiendo estudiado tanto. “Al menos tienes curro”, te dice tu mejor amiga.

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Y en un ejercicio de autoflagelación te sientes egoísta por no pensar que hay gente peor que tú. Pero entonces ves como los números de tu cuenta bancaria han bajado a cero y solo estás a día 18 del mes. Te das pena a ti misma. El domingo por la noche, envuelto en el nórdico como un gusano, te das cuenta de que estás medio enfermo, pero enfermo del alma, y no quieres volver al trabajo. Te aparecen en sueños letreros fluorescentes parpadeando recordándote lo que cobras y piensas que te mereces más. Mucho más.

En el sueño también sale Carlos. Al muy jodido le ha ido bien montándose su propio chiringo. El tío hasta curra desde casa en pijama y es dueño de sus propias horas. Trabaja cuando quiere y hasta saca a su perro a pasear por el barrio. Él sí que puede catar la luz del sol, no tiene problemas para llegar a fin de mes y además es su propio jefe. El sueño de todo millennial.

Tú, en cambio, eres una mujer gris. No tienes tu marca ni te sientes autorrealizada. Eres una looser por no tener tu proyecto. Nadie te conoce, no eres la chica guay que hace algo y es alguien. Cuando todo el mundo habla de su trabajo te avergüenzas del tuyo porque es cero creativo así que rehuyes el tema y te vas a pedir un cubata.

Te han enseñado que para triunfar en la vida hay que ser emprendedor, construir tu marca. Que trabajar por cuenta ajena es una auténtica basura. Y tú no eres basura. Así que exprimes tu mente creativa hasta que se te enciende la lucecita y decides ser emprendedor. ¿Cómo no se te había ocurrido antes? Siempre te han gustado las crepes y ahora te has hecho vegano.

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¡Qué buena idea! Decides pillarte un buen local y tirarte al rollo de las crepes veganas de cabeza. Te autoconvences de que es el negocio del futuro y buscas datos y cifras que avalen tu alocada teoría.

Te molaría pillar un local en el barrio de moda, de esos que por fuera sean un puto garaje pero por dentro lo decores con cuatro plantas y muebles vintage. Pero por muy cutre que sea no te llega la pasta. De hecho sabes que con lo que cobras no es nada realista poder ahorrar. Por mucho que juntes la guita de tus amigos y busques socios no te da ni para pipas. Abandonas la idea y te centras en un hacer un Take away.

El Take away de crepes veganas es una idea mucho mejor y encima te ahorras el alquiler. Y cuando ya lo tienes todo pensado (incluso el dibujito de cómo las vas a envolver para llevar), te ahogas pensando que no podrás con todo. Que el tofu es muy caro y que los toppings de almendra te van a arruinar.

Tu tío te echa un cable con los números. Es contable y te ve tan emocionada con tu proyecto que no se puede negar. No sabe cómo decírtelo, pero con lo que tienes no podrías ni pagar un cocinero que te ayude con las crepes. Tu madre se ofrece a ser tu chef, dice que ahora que está en el paro tendrá tiempo para ayudarte. Tu padre, que está jubilado se une a tu club del fracaso. Porque tú aún no lo sabes, pero en tres días vas a tener que cerrar.

Lo tiras todo para adelante y el día que inauguras tu negocio piensas que se van a acabar todas tus penurias. Te ves envuelta en billetes, bañándote en caviar, dando propinas de cincuenta pavos y teniendo todos los lujos que puedas imaginar. Tus penurias no han hecho más que empezar. Y también tus dolores de cabeza.

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Ves que tienes un pedido. ¡Tu primer pedido! Una crepe de calabaza con topping de almendras. ¡Qué ilusión! La dirección de entrega te suena, y de hecho es tu mejor amiga, aquella que no tiene curro, que le ha pedido dinero a sus padres para poderte dar el gusto de que seas su primera comensal.

Después de aquel reparto un silencio eterno. Nada ni nadie te conoce. Tienes una estrategia online en redes con influencers que lo flipas. Les vas a regalar tu comida a cambio de sus seguidores y así te etiqueten. Lo vas a petar. Nada más lejos de la realidad.

El teléfono no suena y ningún pedido en tu nueva app, que te han vendido como lo más y que te avisa cuando alguien quiere una de tus crepes veganas. En tu primer mes de vida como tu propio jefe tienes que lidiar con problemas con los que nunca te habías encontrado: la ley de Murphy ha querido que justo ahora se te estropee el ordenador, te caiga una cazuela al pie y te rompas el dedo pequeño del pie y tengas una inspección de trabajo para saber si está todo en regla.

Está todo mal. No estás en pijama. Es domingo y no puedes hacerte un churro con tu nórdico. Estás con la calculadora haciendo números. Sí tú, que tanto habías odiado las mates en la ESO. Ahora eres economista, cocinera, chófer, reponedora, te dedicas a la limpieza, al reparto, a las compras y además eres emprendedora y autónoma.

Ni siquiera te has acordado de hacer pis y te estás meando. Pero hay cosas mucho más importantes que hacer para poder tirar adelante tu sueño. Nadie te había dicho que fuera tan jodido. O sí lo habían comentado pero no te habías ni dignado a escucharles. ¡Qué suerte que han tenido todos los freelance que trabajan por su cuenta y que ahora cobran bien!

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Echas de menos tu vida anterior. Pero ahora que casi tocas el cielo con la punta de los dedos no puedes tirar la toalla. Te falta un empujón para lograr lo que siempre habías querido. Además te habían quedado tan chulas las tarjetas… Eso sí, las tienes todas por repartir porque las reservas para alguien importante, que incluso esto vale pasta.

Pasa el tiempo y te entran uno o dos pedidos al día. Tu madre se aburre, los ingredientes se pudren. Miras de congelarlos pero los haters en Insta empiezan a decir que ya no es lo mismo. Te sientes sola y desamparada. ¿Por qué todo es tan complicado? Habías idealizado ser tu propia jefa. A Carlos le había ido tan bien. Hace meses que no ingresas ni un euro, todo lo reinviertes para poder sacar adelante tu negocio. Tus mil de antes de parecen maravilla. Pagarías para tenerlos. Te esclavizarías para conseguirlos.

Ya no puedes más. Tu casero te persigue cada vez que te cruzas con él en la escalera para que le des los tres meses de alquiler que le debes. Tu sigues con la tuya haciendo ver que te irá todo bien, pero a escondidas de ti misma actualizas tu Infojobs y envías solicitudes de amistad en LinkedIn. Aplicas a todo lo que crees que puede ser interesante, te da igual que esté lejos o cerca.

Encuentras un curro que está a una hora de casa. Esta vez decides hacer las cosas bien y intentas encontrar la dignidad en tu nueva vida de asalariada. Valoras los bolis gratis, las libretas y los folios que utilizas y no pagas. Antes soñabas con una carrera brillante y eso no era sinónimo de trabajar para alguien. Ahora te das cuenta de que depender de una empresa es al final lo que debería ser normal en un país también normal.

Nos han educado a que si no tenemos trabajo tenemos que inventárnoslo de la nada para no tener una vida aburrida y monótona. La mayoría de nuestros padres lo han tenido y les ha ido mucho mejor que a nosotros. Ahora miras con pena a tu compañera de curro que ha sacado una línea de bufandas aparte de su curro normal en su oficina.

Piensas que deberían pagarle más, claro está, y que si le pagaran más seguro que no se pasaría las noches sin dormir para hacer un buen shooting de bufandas para su marca personal. Quizás también rendiría más y estaría más motivada. Actualizaría incluso las redes de la empresa con sus fotos, que son muy buenas, y estaría al pie del cañón para lo que hiciera falta.

Incluso habría días que podría trabajar en pijama, días de work at home y días que no serían monótonos. Porque este sí debería ser el sueño de todo millennial. Trabajar por cuenta propia está sobrevalorado. Los trabajadores de las empresas deberíamos estar orgullosos de trabajar en una empresa y solo lo podremos estar si reclamamos, como obreros que somos, nuestros derechos.

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