Cultură

Probé a vivir en una microcasa

Llevo años oyendo hablar mucho sobre los beneficios de las microcasas, como el respeto por el medio ambiente y la manejabilidad, así que finalmente he decidido probarlas.
26.4.17

Ilustración de Heather Benjamin

¿Qué tienen las microcasas para que sean tan atractivas? ¿Es por lo monas o lo manejables que son? ¿Es porque a veces parecen un cubo de Rubik resuelto, con todas las cosas en su sitio? A mí me parecen la versión arquitectónica del acto de respirar profundamente, la señal de que todo está bajo control. También alimentan la fantasía, desde hace mucho tiempo, de que mi entorno por fin puede ser pacífico y comprensible, aunque sea porque se ha reducido. La visión es romántica pero neutralizada, como una fortaleza para adultos o una casa de muñecas viviente.

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Así que después de años leyendo historias y mirando programas sobre varios tipos de microviviendas (casas en árboles, casas cápsula, casascontenedor de barcos o de basura, microcabañas, tráileres; todos por debajo de los 50 metros cuadrados, e incluso a veces de los 10), alquilé una microcasa semiautónoma en el oeste de Massachusetts. La caseta de madera de dos metros y medio por seis, situada en el borde de un campo junto a un bosque, salió directamente de la fantasía infantil de una niña aventurera, con pequeñas ventanas en los lados, un pequeño porche delantero, un tejado en punta y una adorable chimenea. Los propietarios habían colocado la casa (que tenía ruedas y se había construido cerca) a unos cientos de metros de distancia detrás de su casa principal, junto a una larga carretera estatal a una media hora del pueblo más cercano.

"Mi decisión de vivir en solo ocho metros cuadrados surgió de mi preocupación por el impacto medioambiental y porque no quiero tener que mantener espacios inútiles o que no utilizo"

La casa no tenía internet, ni cobertura, ni teléfono fijo ni agua corriente (en los meses cálidos, el sistema de aguas grises de la casa principal filtra el agua para las plantas, los jardines y los bosques de alrededor). También había un baño seco, y una estufa de madera en miniatura hacía de calefacción. Sin embargo, la casa tenía electricidad, lo que quizá no la hacía tan autónoma.

Para mi estancia de tres días, me dieron unos 22 litros de agua distribuida en tres recipientes, aunque no la usé toda; en parte fue porque no me bañé, solo me lavé las manos y los dientes. El "dormitorio" estaba en el desván abierto encima de la cocina; se podía acceder por la escalera y tenía un futón grande. Había espacio para un par de libros y vasos a cada lado, pero eso era todo. Había una pequeña lámpara de lectura con vidrios de colores sobre una pequeña ventana que daba a los árboles. Había suficiente espacio para que una persona de menos de metro ochenta se sentara en medio de la cama, en la parte en la que el tejado estaba más elevado. El futón tenía un cómodo edredón de plumas y sábanas de franela. Fue maravilloso, y dormí mejor de lo que había dormido en meses.

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En su libro The Small House, el constructor, habitante y pionero de las microcasas Jay Shafer las presenta como antídoto a las megamansiones americanas (grandes almacenes llenos de juguetes, muebles y decoraciones) y como solución parcial al consumo excesivo de energía. "Mi decisión de vivir en solo ocho metros cuadrados", escribió, "surgió de mi preocupación por el impacto medioambiental de las casas de mayor tamaño y porque no quiero tener que mantener espacios inútiles o que no utilizo".

Debo admitir que no estoy tan preocupada por el impacto de las casas grandes sobre el medio ambiente como por mi propio deseo de sentir que controlo más las cosas que hago donde vivo. Si bien mi apartamento de Brooklyn no es exactamente una megamansión, nunca he estado particularmente al tanto de los procesos que hacen que un hogar sea más fácil de habitar. Y así, en vez de documentarme sobre cómo funcionan el agua, el calor y la electricidad, intenté vivir en una microcasa, lo que supuse que me exigiría cierto grado implícito de comprensión y control. Pensé que, gracias a vivir con tan poco, de algún modo me convertiría en alguien que entiende cómo funciona toda una casa. Gracias a que es a pequeña escala, pensaba que mágicamente entendería lo básico sobre qué hace posible que un humano pueda habitar una casa. En parte porque los baños secos y la leña parecían más fáciles de resolver que las tuberías de casa y los radiadores de los apartamentos, pero también porque esperaba que una microcasa me hiciera sentir automáticamente más en armonía con el entorno. Algo que pensé justo antes de llegar, por ejemplo, fue que si el tejado de la microcasa tuviera goteras, encontraría alguna forma de arreglarlo; no porque supiera algo de arreglar tejados, sino porque simplemente sería suficientemente pequeño como para llegar con una escalera, y que sería capaz de apañar algo hasta que lo pudiera resolver del todo.

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Creo que en lo dicho hay una parte de verdad. Si la casa es suficientemente pequeña, podría subirme con una escalera normal y tapar el agujero con cinta adhesiva (¿o una lona?), algo que no me atrevería a hacer en una casa de tamaño normal, aunque creo que sobre todo estaba canalizando parte de la diversión que recordaba de cuando tenía casas de muñecas. Más específicamente, el sentimiento de satisfacción de ser responsable de todo (el tejado, el suelo, los laterales, el interior), de vigilarla, de ser la dueña de todo.

El sentimiento de satisfacción de ser responsable de todo (el tejado, el suelo, los laterales, el interior), de vigilarla, de ser la dueña de todo

Hasta cierto punto, ese fue el caso. Era genial encargarse del fuego, por ejemplo. Ayudar a generar calor era gratificante. No como si hubiera construido la estufa ni nada, sino poniendo troncos en una caja de metal y ser capaz de crear suficiente calor en un tiempo gélido para no morir; y el hecho de estar completamente cómoda durante días fue increíble. Y el baño seco fue una sorpresa agradable y conveniente.

Pero también me di cuenta, tan pronto como llegué, de lo absurdo y ridículo que era haber creado la fantasía de que simplemente por estar en un espacio más reducido comprendería por ciencia infusa cómo funcionan las instalaciones de la red.

Porque aunque esperaba que vivir sin agua corriente me transformara rápidamente en un tipo de propietaria fantástica, acabé yendo por un montón de botellas de plástico que, una vez vacías, acabé llevándome a Brooklyn, porque me daba demasiada vergüenza ponerlas a reciclar por si las veían los propietarios.

Además, vivir en un espacio tan simplificado es solitario. Y aunque la casa se había construido para dos (cama doble, un banco ancho), no me imaginaba a más de una persona viviendo ahí dentro sin tropezarse demasiado. Por no mencionar el hecho de no tener privacidad alguna en el baño ni en la habitación.

En el libro de Shafer, el único libro que había en la microcasa cuando llegué, casi como una Biblia en un hotel de carretera, el autor escribe, "Si solo vas a hacer una cosa para que tu nuevo hogar sea más respetuoso con el medio ambiente, haz que sea pequeño"; algo que, si alguna vez me veo en esa situación, tendré en cuenta. Parece más sencillo que hacerlo micro.