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Conoce a la terapeuta que es la única matarife mujer en la Gran Bretaña

Ruth Tudor es matarife y psicóloga, dueña de The Meat Course en Trealy Farm en Gales, que está destinado a ayudar a la gente a conectarse con la realidad sobre la crianza de los animales que se convierten en carne para alimento.
Photo by PhotKing via Flickr

Cuando era niña, siempre era la primera en la parrillada cuando mi papá asaba salchichas. Las metía en rollos blancos gorditos absolutamente empapados con kétchup y me apartaba para comérmelas sola, como un perro que encuentra un hot dog bajo la mesa. Cuando era adolescente, discutía fieramente con mi madre porque prácticamente me metía al refrigerador y me comía los cadáveres de animales que se guardaban para la comida del domingo. Como adulto, sin embargo, mi apetito por la carne ha cambiado. Todavía como —y amo— la carne, pero como mucho menos de lo que acostumbraba. Mis actitudes han cambiado. Comer mucha carne hace que mis vísceras y mi cartera se sientan mal, pero, por encima de eso, a veces me siento tan desconectada con el proceso entero de cría y matanza que de pronto siento con un poco indecisión con respecto a comer carne en un restaurante vietnamita, por ejemplo, en el que no tengo conocimiento del viaje que hace la carne hasta mi plato de pho.

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Ruth Tudor, matarife y psicóloga, es dueña de The Meat Course en Trealy Farm en Gales, que está destinado a ayudar a la gente a conectarse con la realidad sobre la crianza de los animales que se convierten en carne. En cada curso, los visitantes pasan tiempo con los animales antes de que mueran; luego uno —usualmente una oveja— es matado por Ruth. Luego, cocinan y se comen al animal entero para la cena. Nunca habiendo visto una matanza con mis propios ojos, pero fascinada por el proceso, decidí llamarle a Ruth para platicar.

Hola, Ruth. Me interesaste por una ilustre introducción por Ben Reade en The Nordic Food Lab. ¿Es cierto que eres la única matarife mujer con licencia en Bretaña? Sólo si trabajas en un rastro y estás en la nómina, puedes conseguir una licencia de matarife. Es mejor describirme como alguien que aprendió a matar en un rastro y ahora mata animales en cursos para que la gente pueda enfrentarse a la carne. Como estoy haciendo algo bastante inusual, no estoy quebrando la ley, pero tampoco me protege.

Cuándo me enteré de que eras matarife y psicoterapeuta dije, «eso es un punto de venta bastante único». Pero, de hecho, cuando tratas con la reacción de las personas de la forma en la que lo haces, todo esto hace sentido. Sí, de hecho. Lo que sucede a nivel terapéutico es muy íntimo e, idealmente, lo que uno hace es construir confianza para que la gente pueda ser abierta, cruda y honesta. Eso es lo que tratamos de hacer en los cursos.

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¿Por qué te interesó la matanza? No me gusta todo esto del empaquetamiento, la distancia y el ocultamiento de la comida. Quería ayudar a la gente a que tenga contacto con la comida y, obviamente, que adquieran un interés en la percepción humana, para que parezca algo natural. Viene probablemente bajo la bandera de la ecopsicología —el apuro que tenemos de hacer a las personas conscientes que en su sangre está el suelo de la comida con la que se alimentaron.

¿Cuáles dirías que son las metas principales de los asistentes? La gente que viene con nosotros se está poniendo a ella misma a prueba conscientemente. Vienen con curiosidad a ver el proceso de matanza y, comúnmente, para tratar de ver y conectarse más con la idea de que una muerte tiene que suceder para que ellos puedan comer carne.

¿Las personas que vienen contigo quieren sentirme más tranquilos con respecto a la comida?Sí. Algunas personas saben superficialmente que las reses que se alimentan de pasto son mejores para el medio, pero no están seguro de todo lo demás. Usualmente también tenemos vegetarianos en el curso, que quieren sentirse más seguros con sus razones para no comer carne.

Yo nunca he visto una matanza, principalmente porque me daría miedo mi reacción. Esto es extremadamente común. La mayoría de la gente no se impacta por lo que ve, se impacta por su nivel anterior de aprehensión.

Es difícil considerar conscientemente querer ver algo morir, aun cuando es con buenas intenciones, ¿no? Lo que lo hace más difícil es cuando los visitantes llegan por la mañana al curso y vamos al cobertizo donde están los animales. Nuestros animales nunca están normalmente en cobertizos, pero hacemos esto para el curso. Invitamos a la gente a ir y sentarse con los cerdos, las vacas, los borregos, los pollos, las cabras y los conejos para que comiencen a relacionarse con ellos. En ese momento es cuando llega la idea de que se va a matar a uno de esos borregos. Por lo general algunos lloran, algunos debates, y luego procedemos a la matanza.

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¿Cómo reacciona la mayoría de personas? Varía. Por lo general, es una especie de alivio colectivo. Algo así como un «Oh, gracias a Dios que se terminó». Hay un enorme sentido de vinculación emocional porque todos aceptaron tener experiencia del conocimiento de la muerte. Todos somos cómplices. Algunas personas hasta preguntan si pueden filmar el proceso.

¿Lo permites? Siempre digo que sí, que las personas hacen sus propias decisiones sobre lo que está bien y mal. No he sabido de nadie que haya hecho algo con el film después, aunque sería interesante.

Hasta cierto punto entiendo el interés por filmarlo. Estamos generalmente desconectados con la sangre, con los mocos, con el excremento, todas estas cosas. Son difíciles de manejar en nuestra sociedad. Yo tengo una experiencia distinta por mi inusual formación. Mi madre era partera y mi padre era granjero y veterinario, y todos nuestros parientes mayores venían a morir a nuestra cosas. Mi abuela murió en mi casa. Yo atendí a mi madre hasta que se murió, entonces he visto mucha muerte, sabes. Sin embargo, lo veo como un regalo. La gente le teme tanto a la muerte, pero no tengo idea a qué le temen exactamente. A menudo, cuando matamos a los borregos, la gente dice que no pueden creer cuanta sangre tenían o que tan lejos salpica. Realmente llega muy lejos cuando se corta la arteria.

¿Cómo fue cuando mataste por primera vez a un animal en el rastro? Estaba aterrada. Durante mi infancia veía siempre como lo hacían, entonces no me molestaba verlo —tenía más que ver sobre lo que podía salir mal. Estaba rodeada de hombres que me veían muy de cerca, también porque soy mujer. Por lo general no se ven muchas mujeres en el rastro, a menos de que sean veterinarias. Después de eso maté a varios de mis animales para agarrar confianza.

¿Un mayor respeto por el acto viene acompañado por una mayor confianza? Absolutamente. No lo hago mientras la radio está prendida o cuando platico con alguien. Estoy muy consciente del hecho de que el animal va a perder la vida en ese momento. Eso es.

¿Cómo es tu experiencia con los rastros británicos? Nunca vi sufrir a un animal. Hay muy bueno mataderos. Lo que sí vi fue gente angustiada, gente trabajando en condiciones muy difíciles y algo de racismo también, algo muy desagradable. No es un trabajo muy atractivo —no se paga muy bien y no es algo de lo que quieras hablar en el pub. El rastro en el que yo estaba era muy pequeño, cada persona hacía el proceso completo.

¿Es inusual eso ahora? Sí, ahora es una línea de producción. Hay algo que los trabajadores pierden y posiblemente ese algo que se pierde también lo pierden los animales, aunque es difícil medir eso, porque todo es muy silencioso. Los rastros son muy, muy silenciosos.

¿Cómo crees que se afecta la relación entre el trabajador promedio del rastro y el hecho de comer carne? Bueno, mi relación cambió, porque yo no como carne sin saber cuál ha sido el proceso. Aunque, honestamente, creo que los matarifes comen muy mal. No hay conexión. De hecho, esto se puede notar también en los agricultores.