La hora feliz

La hora feliz: historias de borracheras en las cantinas mexicanas

Bienvenidos a 'La hora feliz'; en donde cantineros de México nos cuentan las mejores historias de borracheras de sus bares mientras gozamos los tragos emblemáticos.

por Staff de Munchies
25 Noviembre 2016, 4:00pm
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Bienvenidos a nuestra nueva columna, La hora feliz; en donde cantineros de bares, cantinas y restaurantes de México nos cuentan las mejores historias de borracheras que guardan sus barras mientras exploramos sus tragos más emblemáticos. En esta primera entrega, cuatro historias de la escena cantinera en Mérida.

"Don Vochito"

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Históricamente aquí han existido dos tipos de clientela: policías y estudiantes universitarios. Si me dicen tía, ya sé que son lo de las universidades ricachonas del norte; doña, ya sé que son los de las universidades de por aquí del centro; y jefa, no hay otros más que los policías. Tantos policías vienen acá que dicen que es la cantina de los policías.

Te digo que aquí viene la policía; si vienen armados me tienen que dar la pistola y se las guardo en una bolsa de papel debajo de la barra. Borrachos o no, cuando se van se las regreso. Una noche estaba aquí el comandante de la policía con uno de sus guardaespaldas. El guardaespaldas saca la pistola para cargarla, nomás por borracho. ¡Me asusté! Otros borrachos, pero civiles estaban junto a ellos. ¡Imagina el peligro! Pasaron las horas y se pusieron peor. Cuando ya se iba el comandante le regresé el arma al subalterno. Éste estaba tan ebrio que la sacó frente a todos e intentó meterle otro cartucho y se dispara y la bala roza la frente del comandante. Estuvo a punto de volarle la cara; le quedó sangre en la frente. Dos clientes se aventaron al piso y otros se cayó, pero nomás por borracho, ni siquiera se dio cuenta, pero todo fue al mismo tiempo. Esa bala está incrustada ahí en el techo ―señala hacia arriba de una barra donde su french poodle, Barbie, duerme todo el día—.

Un cliente, el mejor, es "don Vochito", un plomero de ochenta años que viene desde hace quince años todos los días a las doce; lo mandan por las tortillas y se escapa y entra por esa puerta apoyándose en su bastón. Se toma dos rones Castillo bien cargados, con hielo y poquita agua. Los paladea y luego se regresa a su casa tambaleándose.

Aquí tenemos una bebida de la casa: se llama, lince. Es como una michelada gigante en una botella de dos litros. Un día pregunté a los clientes ebrios del momento que si cómo debía llamarle a la bebida. De dos mesas, la de los policías y los estudiantes, contestaron al mismo tiempo: lince. Y es que el lince es la mascota en deporte de la UVM y de la policía. Así se quedó el nombre.

Contado por Jackie, la dueña, cocinera, cantinera y mesera de El Estado Seco, cantina en Mérida.

(El Estado Seco se reorganizó hace un par de décadas, pero es el segundo más antiguo de Mérida; desde 1938. Su nombre le viene de cuando en esta área ni caballos ni personas querían permanecer por falta de agua. "No hay que ir para allá, no hay agua, es el estado seco", decía la gente.)

Chichifo

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Estamos de luto. Hace ocho días asesinaron a un cliente nuestro, el Rucher; era chichifo (sexoservidor), se puso borracho a ritmo de música cubana, pero como cerramos a las diez, se fue en busca de algo más intenso; y lo encontró en el Jorges Imperial [un bar de chichifos]. Amaneció ahorcado en un lote baldío. No sabemos por qué.

Contado a un cantinero, quien no quiso decir su nombre, de La Negrita, cantina en Mérida.

(La Negrita es una de las cantinas más emblemáticas de la capital yucateca. No es la más antigua, pero tiene casi 100 años de existencia. Patricia Martín, la más reciente dueña, quiere que su cantina sea una de las más modernas, abierta a los jóvenes y a los nuevos licores, pero que conserve su esencia tradicional.)

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El amigo imaginario

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Este era un bar de ficheras. Tuvimos que poner un letrero afuera que decía que ya no lo era. Algunos clientes extrañan a las putas del lugar y cuando se ponen borrachos se suben a bailar a la barra. Me vale madres lo que hagan, pero que no se caigan de cabeza y se maten porque ese sí será un problema.

En esta cantina los martes son del amigo imaginario. Un día llegó un señor y pidió una chela para él y una para su amigo. Serví dos cervezas, nunca llegó nadie y se tomó las dos. Así lo hizo varias veces hasta embriagarse. Le platiqué a los dueños y desde entonces los martes, si acudes con tu amigo imaginario, él toma gratis. No es broma.

Contado por Alfonso, cantinero de Dzalbay, cantina en Mérida.

(Como la mayoría de las cantinas meridanas, la Dzalbay nació el siglo pasado, hace muchos otoños; sin embargo, ésta no se modernizó: sigue siendo una de esas cantinas de barrio que aloja a los mismos borrachos cada día, tambaléandose en la barra.)

El soldador

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Un rasgo característico de este lugar es que cuando los clientes se levantan de la silla, ésta se cae del lado del respaldo y un chingo de ruido y todos los borrachos aplauden. El soldador que armó el molde para construir todas las sillas de la cantina lo hizo estando borracho. De veras.

Contado por Pedro, cantinero de La Ruina, cantina en Mérida.

(La Ruina es una de las menos conocidas por los turistas. Está junto a uno de los sitios de tolerancia donde el caudal de denuncias y notas policíacas vigorizan los miedos y las emociones de visitantes, peatones y vecinos: robos a clientes por parte de las sexoservidoras, asaltos, pleitos entre travestis, redadas policiales, etc. Aún así, se mantiene como una consentida de los locales).

Contado a Margot Castañeda. Todas las fotos son de Carlos Castillo.

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