row2recovery

Los cuatro hombres sin piernas que cruzaron el Atlántico a remo

El pasado mes de diciembre, cuatro hombres zarparon en un bote de remos para cruzar el océano Atlántico. La peculiaridad es que entre los cuatro solo sumaban tres piernas enteras.

por Johanna Derry
25 Febrero 2016, 8:55pm

All photos by Ben Duffy

Sigue a VICE Sports en Facebook para descubrir qué hay más allá del juego:

Cuatro hombres yacen sentados en un bote de remo en medio del océano Atlántico. Se ven insignificantes atrapados en la vastedad del mar: parece como si no avanzaran lo más mínimo. Tal vez hayan enloquecido.

Si nos acercamos, sin embargo, se puede ver que dos reman, mientras que otro navega la pequeña embarcación a lo largo y ancho del azul infinito, y un cuarto hombre intenta apresurarse. En el momento en que trata de pasar por los remeros, pierde el equilibrio y cae fuera del bote. Después sube de vuelta con una pierna rota.

Afortunadamente tiene una de repuesto.

Más deportes: ¿Quién dijo que nadar sin brazos fuera imposible?

El 20 de diciembre de 2015, cuatro hombres con solo tres piernas en total partieron de La Gomera, en las Islas Canarias, sobre un bote de remo como parte del Talisker Whisky Atlantic Challenge. La idea era llegar a Antigua y Barbuda, reclamar el récord mundial como el primer equipo de amputados en lograr una hazaña sin precedentes... y, a ser posible, dar caña a los remeros no amputados y llegar en primer lugar.

De izquierda a derecha: Lee Spencer, Cayle Royce, Nigel Rogoff y Paddy Gallagher.

El desafío es conocido por su naturaleza extenuante. No importa cuántos miembros de tu cuerpo poseas: terminarás hecho polvo de todos modos. Aún así, el grupo conocido como Row2Recovery se decidió a pasar 46 días remando 24 horas sin parar por turnos de dos y durmiendo en cabinas apretadas... y aguantando, además, las fuertes tormentas del océano.

"No tuve miedo", dice Paddy Gallagher, un antiguo miembro de la Guardia Real británica que perdió la parte baja de su pierna en 2009 por una explosión de bombas caseras en Nad E Ali, Afganistán. "Estuve en Iraq y Afganistán. Me han disparado y tirad bombas, así que estoy acostumbrado a lidiar con el miedo. Es lo que hacemos en el ejército: nos enfrentamos a la muerte".

No exageremos: remar sobre el Atlántico es atrevido, pero también igual de monótono y arduo. El apoyo de Atlantic Campaigns, encargada de controlar la carrera, mantiene a la tripulación tan segura como sea posible, actualizando las condiciones del clima y siguiéndola en un yate de apoyo para casos de emergencia.

De todas formas, cuatro hombres fornidos dentro de un bote de remo Rannoch R45 de 8,64 metros de largo por 1,74 metros de ancho puede resultar bastante incómodo. Cayle Royce, cabo mayor del regimiento de caballería Light Dragoon y miembro de la Real Orden del Imperio Británico, sabía de eso por su experiencia: en 2013 remó a través del Atlántico como parte de un tripulación mixta.

"Creo que la ignorancia me hizo demasiado optimista la primera vez que lo hice", comenta Royce. "Esta vez sabía lo que podía pasar, porque la última vez fue horrible. Te queda el culo hecho polvo, porque la sal te quema cada vez que te mueves en el banco. Además, el agua de mar te desintegra la piel rápidamente si no te limpias como debe ser en cada cambio, y puede llegar a ser algo serio."

Al igual que las heridas, la simetría del equipo también tuvo un impacto sobre su desgaste físico. Royce sufrió una doble amputación y perdió los dedos de su mano izquierda después de una explosión de bomba improvisada en Helmand, Afganistán, mientras participaba en una brigada de reconocimiento en 2012.

"Lo 'bueno' de mis lesiones", me explica Royce, "es que sigo llevando los remos de forma equilibrada porque perdí ambas piernas. El problema está en los hombros y la espalda, que cargan todo el esfuerzo".

"Los demás tiene problemas de espalda porque no están equilibrados sobre sus asientos; Nigel, por ejemplo, sufrió mucho porque tiene parálisis parcial en su pierna buena, lo que implica que le cuesta mucho estar bien sentado", añade.

Nigel Rogoff, ex sargento de vuelo e instructor de salto con paracaídas de la Royal Air Force británica, perdió su pierna derecha en una exhibición de paracaidismo en 1998. Lee Spencer, sargento de la Marina Real, perdió la suya después de recibir el impacto de un escombro mientras ayudaba en un accidente de coche.

"Estaba recostado con mi pierna colgando, literalmente desangrándome hasta la muerte", rememora Spencer. "Un tipo rastafari aplicó un torniquete a mi pierna y su hija puso el cuerpo sobre mi arteria femoral. Sin ellos habría muerto. Un amigo mío me mando un pequeño llavero rastafari y pensé que sería bien llevarlo conmigo al mar".

Royce y Rogoff no usan prótesis, así que Spencer fue quien pensó en llevar una de repuesto: "Moverse por todo el bote tiene su gracia. Las obligaciones cotidianas, sacar las cajas de herramientas de la cabina, y cosas así son mucho más difíciles, especialmente en un espacio confinado y en movimiento. Es difícil mantener el equilibrio, por eso en la primera semana caí del bote y me rompí la pierna. Tengo suerte de haber traído una de repuesto", ríe.

La tripulación se encontraba con una enorme desventaja física pero su experiencia y entrenamiento militar compensaban. "Es desalentador alejarse de la tierra, porque representa seguridad", explica Gallagher. "El horizonte está por todas partes, 360 grados de mar, y siempre estás en medio. Sientes que estás a punto de enloquecer. Hace falta mucha disciplina mental para saber que no estás enloqueciendo, que realmente estás avanzando y debes continuar".

"Físicamente sabíamos que estábamos en desventaja", añade Spencer. "Pero mentalmente sabíamos que éramos fuertes y que podíamos terminar con éxito".

Esta calma en medio de los problemas hizo que evitaran la peor de las tormentas. "Cuando llegó la segunda tormenta, habíamos oído que aparecería unos días por adelantado, así que remamos intensamente para alejarnos lo máximo posible", explica Royce.

"Al final nos alcanzó, después de tanto trabajo, pero lo bueno es que habíamos llegado tan al sur que el clima no nos afectó tanto si comparamos con las demás tripulaciones que se habían quedado más al norte".

Así, mientras los otros equipos estaban anclados esperando a que el clima mejorara, el Row2Recovery fue capaz de seguir remando y encaminarse hacia Antigua y Barbuda.

Pero el Atlántico es de todo menos misericorde.

"Remamos en el océano, y creemos que controlamos la situación, pero en realidad no es así", asegura Gallagher. "Si el Atlántico quiere mostrar las garras, entonces no hay esperanza".

En su última noche en el mar, eso fue exactamente lo que el Atlántico hizo: "Nos detuvimos a nadar para no oler tan mal cuando llegáramos", dice Spencer. "Había buen viento y pensamos que llegaríamos por la mañana, pero entonces empezó a soplar viento en contra. Se hizo cada vez más fuerte: sabíamos que esto no estaba en el guion. Fue como si el mar dijese, 'eh, que aún no hemos acabado'".

"Las ráfagas que nos afectaron nos empujaron tanto tanto hacia el sur que terminé por creer que no íbamos a alcanzar Antigua y Barbuda", confiesa Royce. "Seguíamos moviéndonos hacia el oeste, pero creíamos que tal vez terminaríamos en México".

"Nuestra última noche remando fue dura y dolorosa. Te da un sentido de tu propia importancia... o más bien de la pérdida de la misma, lo cual en realidad no es tan malo", reflexiona Spencer. "Todos podemos lograrlo con un poco de humildad".

Tras superar este último obstáculo, la tripulación alcanzó el puerto de English Harbour tras 46 días, 6 horas y 49 minutos. Fueron recibidos a bombo y platillo: el ejército de Antigua lanzó una salva de disparos en su honor y el príncipe Harry de Inglaterra les mandó un vídeo de felicitación.

Por supuesto, las emociones afloraron. "Siempre ha sido un sueño de la niñez remar en el océano", dice Gallagher. "Tener una lesión como la mía y conseguir ese sueño ofrece un mensaje poderoso. Estoy muy agradecido por haber recibido la oportunidad".

"No remamos por nosotros mismos", asegura Rogoff: "Remamos por nuestras familias y para motivar a otras personas a que sigan adelante con sus vidas. Hay días que son difíciles, pero ahora mis dos hijos pueden ir a la escuela y contarle a todo el mundo lo que su padre logró. Eso me llena de orgullo".

Row2Recovery fue la octava tripulación en llegar de las 26 que participaron, lo cual demostró que la discapacidad no tiene por qué ser una limitación.

"Cuando partimos para hacer esto no estábamos seguros de si era posible", dice Royce. "El hecho de haber completado el desafío y demostrado que sí, que podíamos competir contra otras tripulaciones y además experimentar aventuras épicas por el camino, nos ha procurado una enorme dosis de autoestima a los cuatro".

"Hemos demostrado a todo el mundo que, por graves que estas sean, hay vida después de las lesiones".

Sigue a la autora en Twitter:@johanna_derry