Celebremos 400 ediciones de The Wire, una revista musical para mentes independientes

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Celebremos 400 ediciones de The Wire, una revista musical para mentes independientes

Conversamos con algunos escritores y editores involucrados en hacer una de las publicaciones más abiertas de la música.

Esta publicación apareció originalmente en THUMP Reino Unido.

Chino Amobi se codea con los marginales del rock'n'roll de los 50 obsesionados con Satán, The Louvin Brothers; Mr Mitch se sienta al lado del saxofonista avant garde, Colin Stetson; el maestro de la ingeniería de Dubplates & Mastering, Rashad Becker, se forma para comprar una cerveza junto a The Crazy World of Arthur Brown. Estas son unas pocas de las combinaciones inusuales que encontrarás en cualquier número de The Wire, la revista musical británica que ha pasado los últimos 35 años examinando –tan detalladamente que humilla a la mayoría de las otras publicaciones– el sonido y la música desde todos los ángulos posibles.

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Este mes, la revista fundada en 1982 por Anthony Wood y Chrissie Murray celebra un hito inmenso para ser una publicación ciertamente de nicho: la edición que actualmente está en camino a las tiendas de discos, galerías y tiendas es la número 400. En un ambiente cada vez más competitivo, no está nada mal para un medio donde es más probable que salga Shirley Collins en la portada que Stormzy.

Aunque inicialmente estuvo enfocada en el jazz, ahora cubre básicamente de todo; en el mismo número podrás leer una introducción al anarco-punk, informarte sobre la escena actual en Snowdonia, leer una entrevista a profundidad con Gaika, y enterarte de cómo suena el último disco de Sissy Spacek. Esto es lo que The Wire ha estado haciendo en toda su existencia –tratar a la música de vanguardia con diligencia, cuidado y, sobre todo, entusiasmo, ya sea que se trate de una serie de grabaciones de campo hecha en una fábrica de empacar sándwiches en Barnstaple o el último 12" que salió en Blackest Black Ever.

Fotografías: The Wire

Al igual que muchos otros adolescentes precoces atrapados en los aburridos rincones de los suburbios y más allá, yo veía la cultura como un dispositivo teletransportador. Los libros, películas o discos correctos, me permitían estar ahí en The Factory con Andy Warhol, o e Boy's Own con Andrew Weatherall. Con el internet apenas cruzando la era de la banda ancha, The Wire se convirtió en una compra esencial; era un portal a otro mundo musical por el precio de algunas libras, y nombres como Tony Conrad, Alice Coltrane y Ornette Coleman se volvieron parte de mi entramado musical; una colección de artistas conectados por un deseo de ver, escuchar y hacer música de forma diferente.

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"La primera vez que me topé con The Wire fue en un quiosco en mi ciudad natal, cerca de Reading, en el verano de 1996", recuerda Derek Walmsley, editor de la revista desde el 2015. Atraído por un CD que traía con música de Photek y The Future Sound of London, Walmsley, quien en ese momento trabajaba como administrador de cobro de deudas, agarró un ejemplar, y estaba impresionado por la forma en la que la colección de artistas en el compilado, que parecía disparatada, lograba tanto complementarse como resonar unos con otros. De una forma muy amigable con los lectores de The Wire, le relata a Wittgenstein ese sentido de complicidad cultural.

La habilidad de hacer eso por tanto tiempo se reduce a una cosa clave que muchas publicaciones no tienen la suerte de tener: independencia total. Hasta el año 2000, fue parte del portafolio de Namara Group, lo que significaba que el personal de la revista compartía espacio con "Richard Ingrams, Auberon Waugh y Joan Bakewell conversando en las escaleras", como lo dice el exeditor, Tony Herrington, en una entrevista con The Telegraph para celebrar el aniversario 25 de The Wire. En diciembre de ese año fue comprada por lo que la página de la revista describe como "una iniciativa de compra organizada por los empleados de la revista". Desde entonces, ha experimentado el tipo de libertad editorial por la que la mayoría de las publicaciones harían cosas muy ilegales para poder tener.

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Walmsley cree que ese nivel de independencia es "quizás lo más fuerte con lo que nos asocia la gente", y continúa diciéndome que cree que la revista es mejor conocida por cómo publica las cosas ("a veces una voz solitaria que representa y se entusiasma con música con la que otros no", como lo describe) que por lo que en realidad publica. El qué, por supuesto, es un ensamblaje extraordinario de música, escrito por un vasto rango de escritores que se especializan en todo, desde rock Zambiano hasta la influencia que ha tenido la teología Five-Percent en el hip-hop.

Considerada como un todo dentro del mundo de las publicaciones en el 2017, The Wire es un caso de estudio interesante. En teoría, por el aumento inexorable en la demanda de comentarios y respuestas instantáneos, una revista que está celebrando su edición n° 400 con una portada muy austera con artículos escritos por David Troop, y sobre un dúo Austríaco que investiga "las propiedades tonales de las balas sobre el vidrio", no debería existir; debió haberse vuelto un filtro de Snapchat que publicite Shandy Bass a millennials con campañas segmentadas que tenga un set de Patrick Topping en el motocarro de Del Boy afuera del Taj Mahal o algo así. Pero no lo ha hecho.

Tal como, digamos, The London Review of Books o Sight and Sound, la revista se ha mantenido como "un espacio importante para la crítica cultural de calidad", como me lo describe Stuart Smith, un académico escocés y escritor que cubre el jazz en la revista. Pensarías que eso debería ser una postura editorial obvia que debería tomar cualquier revista sobre arte, pero si vas a tu quiosco local y revisas las revistas musicales que quedan, notarás una casi encantadora falta de crítica real. Lo que encuentras son hagiografías de Gram Parsons junto a reseñas apasionadas de discos de house claramente promedio; todo es brillante, todo es increíble, todo es merecedor de elogios sin límite.

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Los elogios, claro, también son parte esencial de The Wire. Solo mira la columna Size Matters de Byron Coley –un tesoro inagotable de comentarios cortos hiperactivos sobre discos que suenan como "focas bebé tratando de escapar de una pendiente congelada que los lleva directamente a las cuchillas de una sierra rotatoria"– o la enciclopedia secuencial del dub y el reggae hecha por Steve Barker, son grandes ejemplos de cómo lucen los comentarios positivos y críticos. No hay muchas otras revistas que te dejen inmediatamente en números rojos para poder comprar una nueva caja de Master Musicians of Joujouka y un libro sobre colectivos móviles de DJs filipinoamericanos en el área de la bahía de San Francisco. Lo importante es que nunca se siente como si tú, como lector, estás siendo forzado o empujado por la mano oscura de una maquinaria de relaciones públicas tras bambalinas. "Cubrimos muchos músicos y sellos de todo el mundo con los que tenemos poco o nada de contacto; somos capaces de actuar rápida e intuitivamente para cubrir cosas que nos entusiasman", me dice Derek. "No tenemos cuotas, hojas de cálculo que debemos llenar, cuadros que debemos palomear". Se nota.

Hay que decir que The Wire no es la lectura más sencilla del mundo, asumiendo, como lo hace, que quien compre una revista con Jandek o Mantana Roberts en la portada va a estar interesado en la música, más allá de su perfil de Spotify de Discover Weekly. La revista es exigente con el lector, creando así un lazo entre ellos. Apropiadamente, Walmsley compara su relación con The Wire antes de formar parte del personal con una potencialmente romántica. "Yo era un lector excepcionalmente, casi absurdamente exigente. Veía a The Wire como si operara en un plano de lógica que no tenía ninguna otra publicación, y la leía con los estándares más exigentes imaginables", dice. Y es por ese tipo de escrutinio –un nivel de cuidado con el que tanto los lectores ocasionales como los suscriptores se pueden relacionar– es probablemente la razón por la que es muy sencillo encasillar a The Wire como una revista muy seria dirigida al tipo de intelectuales que van a Cafe Oto y pasan sus fines de semana reorganizando su colección de discos hechos con torno mientras escucha un set en vivo de Peter Brötzmann.

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Sin embargo, hay una diferencia entre tratar con seriedad a tu sujeto de interés y ser simplemente severo. Artículos regulares como Epiphanies (donde un escritor escogido describe un objeto musical que los cambió radicalmente de alguna manera), The Inner Sleeve (donde, sí, un individuo discute la portada de un disco o alguna otra pieza de diseño relacionada con la música) o la favorita de los fans, Invisible Jukebox, donde a los músicos se les ponen discos que atañen a sus propias carreras y luego los discuten, son fundamentales para la publicación, inyectándole a cada número con un tipo de personalidad de primera mano que saca al artista de los clichés memorizados de los ciclos de lanzamiento. Como dice Stuart Smith en uno sobre esos artículos, "Lo que me gusta de ellos es que son esencialmente sobre músicos siendo fanáticos, para que puedan muchas veces ser más profundos e interesantes que las entrevistas convencionales", añadiendo que, "al final, todos somos fanáticos –o al menos deberíamos serlo– y me encanta compartir en esa pasión y regocijo".

Eso, en resumen, es el atractivo de The Wire y una de las razones detrás de su longevidad. Es un recordatorio físico de que tener la mente abierta es más importante que nunca, en una era donde se siente como si todos nosotros estuvieramos cavando cada vez más profundamente hacia agujeros de gusano culturales creados por nosotros mismos, refugiándonos en la seguridad de los timelines de nuestras redes sociales perfectamente curadas, yendo a los mismos clubes con la misma gente y comprando discos de una selección de unos pocos sellos en los que nos hemos convencido a confiar implícitamente.

"En realidad, creo que la persona promedio es más abierta musicalmente que nunca, en cuanto a que a muchos [oyentes] les gusta tanto la música underground como la mainstream", dice Walmsley. "También hay algunas ideas particulares sobre ser abierto que creo que es importante tener presente en nuestra mente: pensar en la música sin invocar géneros (algo que a veces le pido hacer a nuestros escritores); estar abierto a conexiones inesperadas, casi subterráneas, entre diferentes estilos de música; estar abierto a música de los aficionados, de cobertizos en los jardines de la gente, de la alcantarilla".

Tal vez por ese deseo editorial de derribar los límites de los géneros en los que tantos de nosotros muchas veces nos encontramos atrapados, te reta como oyente, y te ofrece vistazos de mundos musicales completamente nuevos que están ahí para que los explores a tu ritmo, a tu tiempo. En ocasiones simplemente es genial saber que existen, en otras te encuentras hurgando más y más profundamente en lo hasta ahora desconocido. ¿Quién hubiera dicho que encontrarías tantos discos de Togo de los 70 de los cuales te enamorarías?

Parece fácil, ¿no? Tienes grandes escritores que cubren temas interesantes en una forma iluminadora y entretenida. Eso es lo que la mayoría de nosotros intentamos lograr; The Wire lo ha estado haciendo por 400 ediciones. Brindamos por 35 años más.

La edición 400 de The Wire ya está disponible.