Crisis

Trabajé explotada en un almacén de comida durante la pandemia

Como tanta gente durante la cuarentena, unas amigas y yo nos quedamos sin trabajo y el campo parecía la única alternativa.
26 Mayo 2020, 7:12am
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Montaje por VICE. Ninguna de las imágenes corresponde al lugar ni a las personas que protagonizan este artículo. Fuentes de las imágenes: Trabajador y procesadora vía Departamento de Agricultura de los EUA/CC 0. Lechugas vía Pexels/Free to use. Reloj vía Freepngpictures 

Hemos leído muchas reflexiones durante la cuarentena sobre lo que es realmente importante: los cuidados, la sanidad. Lo importante permanecía en un complicado estado de invisibilidad, justo delante de nuestros ojos. Nunca antes habíamos colocado, por ejemplo, a cajeras y reponedores de supermercado en tal posición, en las personas que nos dan de comer. “En qué estábamos pensando antes de parar la rueda”, nos preguntamos ahora con emoción. Y parece que la pregunta se atasca un poco ahí, en el supermercado.

Las carreteras que comunican el campo y las ciudades parece que estuvieran ocultas, fueran de un solo sentido y marcharan siempre hacia el olvido. Cualquier persona sabe que el trabajo del campo es duro, que está mal pagado, que en España se vulneran los derechos de las y los jornaleros. Pero ahí sigue, como si nunca nadie se hubiera acercado a una plantación en verano o hubiera entrado en un almacén de manipulación. Como si no viéramos.



Como tanta gente durante la cuarentena, unas amigas y yo nos quedamos sin trabajo. El campo parecía la única alternativa. Nos contrataron en una empresa enorme con miles de empleados. Una empresa que en 2017 recibió denuncias por sus jornadas de 17 horas a 4,80 euros la hora.

En 2018 una emisora de radio de ámbito estatal publicó una nota mostrando el empeño de la empresa por acabar con estas malas prácticas: habían contratado a otra empresa que garantizara que se cumplía lo establecido en los convenios. Durante la cuarentena la misma emisora ha publicado una nota ensalzando el buen hacer, ya sin fisuras, de este negocio tan esencial. Se trata de una empresa que controla todo el proceso por el que pasan las hortalizas, desde el campo hasta la línea de preparación y empaquetado. Y así se enorgullecen de ello en su página web, vendiéndolo como algo distintivo. Sin fisuras.

"A una amiga y a mí nos colocaron en la misma línea de producción. Todas bien juntas en plena epidemia"

Las fisuras comenzaron a aparecer la misma mañana que nos citaron para pasar la revisión médica, darnos una pequeña formación y firmar el contrato: reunieron en un espacio reducido a varias decenas de personas, y se limitaban a pedirnos, eso, sí, “por favor”, que nos mantuviéramos alejadas en un espacio en el que no era posible mantener ninguna distancia de seguridad. “La empresa os proveerá de mascarillas y guantes todos los días y os tomará la temperatura varias veces por día. Aquí tiene usted un teléfono para denunciar abusos. Tome su uniforme. Vuelva usted mañana.”

A las seis menos cuarto de la mañana del día siguiente nos incorporamos a nuestro trabajo de auxiliar de almacén de lechugas con la mascarilla de tela de la empresa, un retal de tela fino sin ninguna protección. A una amiga y a mí nos colocaron en la misma línea de producción. Todas bien juntas en plena epidemia. Y, hop, al segundo ya estábamos trabajando a toda velocidad. Era una tarea que había que realizar con cuidado, siempre hay algo que aprender en todos esos trabajos que llamamos “no cualificados”. Manejar el cuchillo con rapidez, cortar la cantidad justa de hojas, componer en una bandeja una especie de bodegón con las lechugas. “Que sea como un plato especial”, me decía una compañera que, espontáneamente, se convirtió en mi mentora. Llevaba un mes y medio trabajando allí, me contó. Y con toda la paciencia del mundo me iba diciendo lo que no hacía bien y cómo mejorarlo. La verdad es que era un gusto verla hacer las cosas tan bien.

Todo iba a una velocidad de vértigo. La muñeca dolía de repetir el mismo gesto una y otra vez. La compañera me decía algún truco, “de vez en cuando corta apoyándote con el cuchillo en la cinta”. Algo que no estaba permitido. Enseguida alguien te lo señalaba: “eso no lo puedes hacer, se te puede caer el cuchillo”. Y si se te caía el cuchillo se paraba un instante el trabajo en cadena. Había rumores de que si perdíamos el cuchillo había que pagar 80 euros a la empresa por ese cuchillo común, sucio y deteriorado.

Al poco, otro rumor: “ayer en lugar de salir a las dos, tuvimos que salir a las cinco”. “¿Tuvimos? ¿Pero son horas extras opcionales?” Y resultaba que no, que el “tuvimos” dependía del caprichoso amo de la venida de lo fresco, que no puede esperar y no considera nada como “extra”. Yo en ese momento ya estaba pensando en marcharme, lo confieso.

"Las mujeres musulmanas estaban en el mes de Ramadán y no paraban para comer. Cuando entrábamos a trabajar a las seis de la mañana ya estaban allí, y cuando nos marchábamos a las dos y algo, todavía continuaban"

Pero llegó el descanso y el café aguachirle de la máquina de la sala para comer y un cigarro fumado a escondidas me hizo entrar de nuevo a “la línea” como si viniera de un spa. Además nos cambiaron de línea tras cinco horas de trabajo y se alivió un poco la monotonía: otro tipo de lechugas, otro mundo para mi cerebro y mi muñeca.

Al día siguiente continuamos en la nueva línea de producción y entonces me di cuenta de que el primer día habíamos estado trabajando con mujeres musulmanas y ahora estábamos en la línea de las mujeres latinas. Las mujeres musulmanas estaban en el mes de Ramadán y no paraban para comer. Cuando entrábamos a trabajar a las seis de la mañana ya estaban allí, y cuando nos marchábamos a las dos y algo, todavía continuaban. También trabajaban hombres en la enorme planta, pero exclusivamente moviendo pallets y vigilándonos.

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“No se puede hablar, el encargado que vigila por la cámara os ha visto”, decía la encargada de la línea. Y ahí se esfumaba el poco alivio que teníamos de la monotonía, conversar con la compañera trabajando si cabe más deprisa, al sentirte más despabilada. Y el castigo: “si habláis tendréis que ir a la oficina”. “Ir a la oficina”, esa mezcla entre encontrarse con el funcionario del castillo de Kafka ante el que tienes que bajar la vista, y la visita amenazante al despacho del director del cole donde te recuerdan que eres pequeña.

Con el dolor de muñeca, de piernas y el aturdimiento, erguir levemente la cabeza para estirar el cuello ya era un mundo, un mundo recibido con miradas de susto por las compañeras y con una reprimenda de la encargada de línea. “Tienes que estar mirando las lechugas”, le dijo a una de mis amigas que trataba de aliviar un instante el dolor de cuello. Ir al baño, separarse un milímetro de la línea para beber agua y descansar media hora parecían, en este mundo, actos de desobediencia. Y si, de repente, alguien lanzaba una bandeja-bodegón con fuerza para sumarla a la línea, se experimentaba como un espectáculo, una celebración de destreza.

“No se puede hablar, el encargado que vigila por la cámara os ha visto”

El segundo día el descanso de media hora se acortó a menos de veinte minutos y para ir al baño había que “pedir permiso”. Al menos, siempre quedaba el dinero, que nos hacía falta. Pero esa segunda jornada nos contó una compañera que ganábamos menos de seis euros la hora, que tal vez nos habían dicho el salario bruto. Y los supuestos incentivos por producción: una promesa en el aire que nadie sabía exactamente cómo calculaban.

El movimiento obrero parecía haber pasado de largo al llegar a esta gran empresa, en lugar de un cálculo más o menos digno de condiciones de trabajo y salario, nos encontrábamos en un espacio mítico, casi piadoso. Nada era seguro, sólo la fatiga, el control y las lechugas. Una llamada a recursos humanos, efectivamente cobramos menos. ¿Incentivos? Había que ir más rápido, siempre. Pero un más rápido sin medida. Más rápido absolutamente. Incluso aunque se te rasgaran los guantes y la empresa en realidad no te proporcionara otros. Una compañera me dio los que guardaba de respuesto a toda prisa, intuí una rápida mirada de empatía a mis dedos algo agrietados y llenos de tierra.

Con la mascarilla de juguete no la veía bien. No era un lugar para la vista, ni para el habla. Tanto era así, que las trabajadoras habían desarrollado una especie de código sencillo golpeando con los cuchillos. Unos golpes cortos y todas nos poníamos en alerta, buscando la lechuga a la deriva o el cuchillo perdido. Solo en esos momentos nos mirábamos a los ojos fugazmente, con intensidad, como si cada pequeño desorden en la línea fuera una vivencia intensa en la que encontrarse. El resto del tiempo, los ojos en las lechugas, el cuello inclinado, los teléfonos prohibidos.

El día que dejamos el trabajo, una de mis amigas recordaba nerviosa a las mujeres musulmanas sin horario aparente: “siempre están allí, y nosotras nos vamos”, decía apretando los ojos como para no ver y conseguir, al mismo tiempo, retener. Expulsando la imagen de la retina y enviándola, tal vez, a la memoria. Espero haber trazado un movimiento semejante para la visión y la memoria común con este artículo.