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Cultură

Arregla este desastre

De mierda hasta el cuello con los Disaster Masters.
1.12.10

Ron Alford en un hogar en crisis en el Upper East Side de Manhattan.

Son las 8 en punto de una soleada mañana de martes y voy de camino a una casa de la East End Avenue, en la calle 82. Había recibido la llamada alrededor de una hora antes. “Imagino que estarás en buena forma física”, me avisaba Ron Alford por teléfono. Ron es el director de Disaster Masters, una empresa de gestiones de crisis especializada en tratar a un grupo de gente que él ha bautizado como “desechafóbicos” y que los demás conocemos como “acumuladores” o afectados de Síndrome de Diógenes. El lema de la compañía es “Spiral Into Control”. Al igual que la de un policía o un profesor de gimnasia, la de Rob es una voz que parece hecha para dar órdenes.

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Le dije que estaba en buena forma. “Bien”, respondió. “Ponte ropa de trabajo y ven aquí rápido”.

La dirección que me da corresponde a un alto edificio de apartamentos en el barrio de Yorksville, en el Upper East Side, con recibidor decorado en tonos sepia y portero uniformado de librea. Llevo en mi bolso dos botellas de agua y una barrita PowerBar de pasas y avena, y me he puesto una chaqueta de trabajo, vaqueros con presilla y unos zapatos resistentes. Hay un camión gris sin distintivos aparcado delante del edificio y la puerta del conductor se abre al llamar yo con los nudillos. En el asiento del conductor está Ron, y a su lado se sienta una mujer guapa y rubia. Ron tiene casi 70 años y el aspecto curtido del militar veterano que ha visto de todo. De hecho, sirvió seis años en la Guardia Costera estadounidense. La mujer se presenta como Melissa.

Ron me ayuda a entrar en el camión y cierra la puerta, quedando yo encajonada en el estrecho espacio entre ésta y el volante. Allí es donde Ron me hace un rápido informe de su cliente, un hombre de cincuenta y tantos años e iniciales C.M. que vive en la décima planta del edificio, en el que ha residido toda su vida con su madre en un sencillo espacio de un sólo dormitorio. La mujer, mayor de 80 años, se cayó recientemente al suelo, golpeándose la cabeza. C.M. llamó a la policía pero, cuando llegaron, sufrió un ataque de pánico y se negó a que entraran en el apartamento. Derribaron la puerta, sacaron a la mujer en camilla y anotaron en su informe el cochambroso estado en el que se encontraba la vivienda. La anciana fue alojada en una residencia para la tercera edad y un abogado fue contactado para que supervisara la disposición de los bienes. Tras una limpieza en profundidad de los Disaster Masters, el apartamento se pondría en el mercado inmobiliario y C.M. se tendría que mudar a otro lugar. La madre del cliente no volvería a ver su apartamento nunca más.

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Esto, me explica Ron a pocos centímetros de distancia, no es sino una intervención más, algo típico, pese a que no haya dos trabajos de retirada de acumulación de basuras que sean exactamente iguales. El cliente, dice, tratará siempre de manipularte, y añade que el programa de la cadena A&E

Hoarders

[Acumuladores] es una chuminada. “Los loqueros, los trabajadores sociales y los psicoterapeutas no han curado nunca a un fumador, bebedor, jugador, comedor compulsivo o adicto al sexo, y sin embargo los medios tienen a esa gente trabajando con los clientes como si les estuvieran brindando algún tipo de valioso servicio”. Como cualquier yonqui, a un cliente no se le puede ayudar a menos que él o ella pida ayuda física y asistencia, dice Ron. Pero nunca terapia: “La ayuda sirve de cara al mañana. La terapia tiene que ver con el ayer”.

En la calle, un equipo de cuatro hombres hace tiempo junto a la parte trasera del camión, sobre el que descansa un contenedor de escombros alquilado. Ron los llama “los caballeros” [en español], y son sus músculos. Uno de ellos, un hombre llamado Hercules, corre ocho kilómetros al día y hace 500 abdominales todas las mañanas. Melissa me cuenta que piensa en los caballeros como en cuidadores de enfermos terminales. “No juzgan, no hablan, no roban”, dice. “Están hechos de oro”.

Mientras esperamos la señal para ponernos en marcha, Ron reparte guantes verdes de látex y mascarillas de respiración. Melissa me advierte de que el apartamento está lleno de pornografía y mugre y me pregunta si quiero subir un minuto antes que los demás para ponerme en situación; por si necesito vomitar, aclara. Respondo que no, que seguramente estaré bien. El portero del edificio hace una señal a Ron y abre la puerta de servicio; nosotros saltamos de la cabina del camión y nos reunimos junto a la puerta para un segundo apunte informativo. “Empezamos lento y acabamos rápido”, dice Ron, y me tiende una libreta roja. Entramos en fila en el ascensor, donde Ron hace una broma a costa de los Mets y mira por encima el ejemplar del

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New York Post

que hojea el ascensorista. Flota en el ambiente una extraña sensación de anticipación, casi como en vísperas de Año Nuevo. El músculo permanece en silencio, igual que yo.

Llegamos a la puerta de entrada al apartamento. “¿Lista, campeona?”, pregunta Ron. Asiento, y lentamente la puerta se abre.

Ron desentierra la muestra de literatura menos picante que hay en todo el lugar.

C.M. es un hombre robusto cuya expresión es la de alguien a quien han dejado demasiado tiempo solo con sus rarezas. No parece trastornado, sólo ligeramente reacio. El pelo grasiento le llega a los hombros, y sus pechos son más grandes que los míos. Detrás de él habrán unos 60 centímetros cuadrados de espacio libre por el que moverse; por lo demás, el recibidor está lleno de mierda hasta los topes. Ron entra primero, abriendo paso con su estómago. (Un estómago increíble, por cierto; prominente como una barriga cervecera de sólido músculo. Bajo la camisa de franela a cuadros lleva una camiseta negra ceñida que él llama su ‘faja masculina’. “Tengo que meter la barriga como J.Lo”, me contó más tarde. “A medida que envejecemos nos encorvamos, nos arrugamos y arrastramos los pies”.)

Empezamos lentamente, evaluando el follón. Estableciendo rutas. Decidiendo qué será lo primero. Maniobrar no es tarea sencilla, ya que el lugar está atiborrado de botellas de Corona, cajas de pizza, botellines de refrescos, un piano, cajas de White Castle, latas de Lysol y desperdicios amontonados en pilas de un metro de altura en algunos puntos y mucho más en otros. Por todas partes hay monedas, recetas, cajas de tarta de cerezas Table Talk, tarros vacíos de mantequilla de cacahuete, cucharas de plástico y encendedores. Hay un 6-pack vacío de Smirnoff Ice Green Apple. En algún sitio, debajo de esta acumulación de basuras, hay un apartamento bonito y de buena estructura, orientado hacia el sur. Ahora las paredes están pringadas con lo que parece, dependiendo de la habitación, mierda, semen y sangre. La atmósfera está increíblemente cargada y la peste es atroz. Es como meter la cabeza en la boca, el sobaco y la entrepierna de alguien, todo al mismo tiempo.

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De las cinco lámparas que hay en el apartamento sólo funciona una, y las ventanas han sido tapadas, así que los caballeros traen luces. C.M. se muestra receloso y protector. “Todo lo que hay en la cocina se queda”, grita. “Todo lo que hay en el armario es privado”. Va de una habitación a otra marcando secciones que no debemos tocar hasta que Ron le sienta en un sofá con órdenes de no interferir. Por un momento se hace el silencio, después todo el mundo vuelve al trabajo.

La entrada al cuarto de baño es un buen lugar desde el que observar las labores, así que ahí me quedo mirando cómo Ron y el músculo echan la basura a puñados en bolsas negras que han traído en un rollo gigante. Uno de los chicos pasa a mi lado; echa un vistazo al interior de la taza del water, manchada con el color de las heces, y cierra la tapa con el pie. En el lavamanos hay un secador de pelo, un paquete de aperitivos con sabor a pollo, una caja de galletas Entenmann’s, una tira de adhesivo atrapamoscas y un DVD titulado

Candy Stripper

, cuya contraportada muestra a una enfermera siendo penetrada analmente. Ron entra y vuelca una carga de pornografía en el lavamanos. “El tío vive de rentas”, dice a modo de explicación para tanta obscenidad.

Leo los títulos.

Slavemeat IV, Latex Mania, Blonde and Anal, Bad Bondage Dream.

Fetichismo de bozales, de bolas chinas, de calcetines sucios.

Ginza Sex Slaves, Mouth Meat, Bondage Dolls, Submission Complex, Curry Cream Pie, Girls of Pain II, Punishment of Goth Girl, Tortureshop, Droolin’

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. En la sala de estar hay pilas de DVDs guarros que llegan hasta el techo, y esto hace que me pregunte si ver porno es como ver películas de terror o policíacas. ¿Pierde efectividad cuanto más lo ves? ¿Se acelera tu metabolismo porno?

Desde donde estoy puedo ver a C.M. apoltronado como una patata en el sofá, con un teléfono móvil sobre la barriga. El muro que hay encima de él está cubierto por un millón de mocos y lo que probablemente sean manchas de comida y corridas. Se niega a que nadie le saque una foto; Ron, sin embargo, hace una pausa en su labor para buscar su cámara. “La llevas encima”, señala Melissa al cabo de un minuto, poniéndose después ambos a hacer fotos del apartamento teniendo cuidado de excluir al cliente de la imagen. “¿Váis a utilizar eso para hacer anuncios?”, protesta C.M. con una mano en la panza.

“No”, dice Ron.

“Porque a mí eso me parecen fotos para anuncios”. C.M está cada vez más alterado. Miro las paredes y me pregunto si los manchurrones se habrán originado en momentos de rabia.

Melissa intenta aplacarle. “¿Sabe que los médicos hacen radiografías de sus casos para incluirlas en sus archivos? Pues eso es exactamente lo que hacemos con estas fotos. Como si fueran radiografías”. C.M. dice algo entre dientes que no alcanzo a escuchar y Ron intercambia una mirada con Melissa. A partir de ese momento ella no volvió a intercambiar una palabra con el cliente. Ron me explicó más tarde: “Ese tipo tiene problemas con las mujeres, cualquiera puede verlo. Jugamos al poli bueno y poli malo, y a Melissa le ha tocado hoy hacer de poli malo”.

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Me pica la curiosidad acerca de cuál será la relación entre Ron y Melissa. Ella, la verdad, es lo bastante joven como para ser su hija.

“Ron es mi marido”, dice ella con un risita al preguntárselo. “Y antes de eso, era la competencia”. También yo me río. Es una mujer divertida y guapa. Casi todos los trabajos los hacen juntos. Se conocieron online a través de una campaña publicitaria que Melissa lanzó para promocionar sus cursos de capacitación en organización profesional, y ahora viven juntos en Queens y New Milford, Connecticut. Aparte de esto, ninguno de los dos se muestra muy interesado en entrar en detalles de sus vidas privadas.

“Me encanta trabajar con él”, dice ella. “Por difícil que sea la situación, siempre consigue que los demás se sientan mejor”.

En medio del zafarrancho de limpieza, Ron se toma un minuto largo para evaluar.

Tras las fotos el trabajo se acelera. El ritmo tiene sentido –ningún responsable de limpiar un sitio así querría quedarse más tiempo del necesario. Capas de mierda que no se han retirado en 20 años se van en 5 minutos. La acción acontece al modo de una cadena de montaje: Ron, Melissa, dos de los caballeros y yo metemos basura en bolsas, que dejamos perfectamente alineadas en el vestíbulo. Otro caballero deposita las bolsas en un carro, que lleva hasta el ascensor de servicio cada vez que está lleno para que un cuarto, a pie de calle, arroje las bolsas al contenedor, saltando dentro de vez en cuando para aplastarlas y así hacer sitio. Cualquier cosa con aspecto de ser importante—antigüedades, extractos bancarios—se deja a un lado para examinarlo más tarde. El término acumulador no parece encajar en C.M.; lo suyo parece más bien aversión a sacar la basura. El término crisis, no obstante, es totalmente apropiado.

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En unos minutos hemos limpiado la mesita del recibidor, revelando una superficie de cristal embadurnada de lo que bien podría ser caca. Hay una corteza de pizza—¿de cuántos años?—incrustada en la quizá-caca como un dedo arrugado, y condones y tapones anales en el suelo. Ron reconoce los tapones, que yo a primera vista no había identificado. Melissa señala que Ron no lleva su respirador y le insta a que se lo ponga. Es una orden razonable: Ron pasó las Navidades en el hospital aquejado de neumonía.

Ron echa un vistazo a la maraña de cables que ha encontrado cerca del televisor. “Cómo es que este hijoputa no está muerto es algo que se me escapa”, dice. El sudor corre por su cara. Por un instante parece un hombre de 70 años haciendo el trabajo de alguien mucho más joven. Nos apoyamos contra el muro, aliviados por el descanso temporal que supone quitarnos un rato las máscaras. Los caballeros sacan un diván del apartamento. Las manos de Melissa empiezan a temblar. “Estoy perdiendo fuerza en los dedos de tanto agarrar cosas”, explica. “Quise aprender a tocar la guitarra pero estoy demasiado débil”.

Una vecina con pintalabios de color ciruela sale del ascensor, se percata de nuestra actividad y después se dirige hacia nosotros, avanzando por el descansillo a paso de tortuga. “Ya tuvieron que llegar las yentas” [en yiddish, mujer chismosa—ndr], murmura Ron.

La vecina llega a nuestra altura y señala tímidamente la puerta. “¿Sigue él viviendo aquí?”, pregunta. Ron asiente. La vecina sigue haciendo preguntas: ¿Qué está pasando? ¿Quién paga por este trabajo? ¿Él se va a quedar?—Pero los labios de Ron están firmemente sellados. Finalmente la mujer, insatisfecha, se marcha. “Yo, a los metomentodos, no les hago caso”, me dice más tarde. “A los vecinos simplemente les decimos que estamos haciendo una limpieza general. Lo que pase de verdad no es asunto de nadie”. Me quedo pensativa un momento. Ron continúa: “Los vecinos pueden ver este apartamento y decir, ‘hostia puta’, pero este problema lo tenemos todos. Todo el mundo es compulsivo. Yo tengo la necesidad compulsiva de orinar. Soy un orinador compulsivo”.

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Desde el interior nos llega el sonido de una mampara de madera cayéndose al suelo. “Se terminó la pausa”, dice Ron, entrando de nuevo mientras se suena la nariz con unas láminas de cartón que ha arrancado de un tubo agotado de papel higiénico. Nos ponemos las máscaras y seguimos con la tarea. El suelo, a estas alturas, está lo bastante despejado como para poder ver que el parquet está tan combado que parece un trozo de carne seca. Resulta difícil hacerse una idea de lo que costaría una reparación. También cuesta imaginar cómo puede una sola persona causar tantos daños, máxime alguien que vive con su madre anciana. Mientras estábamos descansando han encontrado en la mesita del recibidor una factura de mantenimiento por valor de 71.000 dólares.

Abro un armario y una pila de DVDs se desparrama, como en los dibujos animados. Uno de ellos me cae en la cabeza.

Chicas enmascaradas vestidas de látex se masturban frenéticamente,

puede leerse en la contraportada

. Con las piernas totalmente abiertas, introducen la desproporcionada polla en lo más profundo de sus coños. Placeres y placeres solitarios. ¡Alucinadas!

¡Alucinada! Dejo el DVD en la pila junto a los otros. Es una sensación extraña hacer espeleología con autorización oficial entre las pertenencias de alguien. Pese a estar autorizados para hacerlo, no puede ser

kosher

[apropiado] curiosear en un armario ajeno y meter su contenido en una bolsa de basura. Hacerlo provoca la misma sensación de incomodidad e intimidad no deseada que produce interrumpir a alguien que está utilizando el lavabo. Me fijo en C.M., sentado en el sofá, y él me devuelve la mirada sin ningún interés. La mayor parte de mi cara está oculta. La mascarilla de respiración, además de filtrar los malos olores, provee anonimato. Convierte en un robot a una chica sensible que en otras circunstancias expresaría desagrado y horror ante lo que está viendo.

El amor de C.M. por los refrescos Sunkist llega hasta la taza del water.

El dormitorio es más de lo mismo, con una excepción: hay dinero por todas partes. Billetes de un dólar tan acartonados por las pisadas que se han convertido en tiras rígidas. Hay también una caja grande con una sustancia de la que lo único que se puede identificar es que se está descomponiendo. Un zapato de plataforma de mujer descansa encima de un montón de cartones grasientos; de repente, como en una de esas imágenes Magic Eye, logro apreciar un patrón que da sentido al conjunto. Plataformas con remaches, tacones de cuña, botas altas con lazos de nylon: zapatos de mujer por todas partes, la mayoría cubiertas de telarañas. No son la clase de zapatos que llevaría una mujer de ochenta años. Pongo mi pie al lado de un zapato de plataforma con estampado de lagarto: es más o menos de mi número. El cliente, desde luego, no es transexual. Busco alrededor más pistas en forma de zapato, y cuando Melissa entra en el dormitorio le pregunto si tiene alguna teoría. “¿Prostitutas?”, dice ella, agachándose a examinar el montón. Pero muchos de los pares están incompletos, parece, y de ahí determinamos que lo más probable es que se trate de un caso típico de fetichismo del pie.

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A medida que transcurre el tiempo, van surgiendo de la mugre toda una serie de complementos femeninos: un gatito de porcelana, una foto enmarcada de un arcoiris en una pared. A la hora de comer nos tomamos un descanso y Hercules le tiende a Ron una bolsa transparente llena de papeles. La mayoría de clientes, me cuenta, tienen una cantidad de dinero bastante respetable. Justo la semana anterior encontraron documentación de una cuenta bancaria con 30.000 dólares de la que el cliente se había olvidado completamente. Un mes antes encontraron un juego de ajedrez valorado en 80.000 dólares.

Ni Ron ni Melissa quieren darme estadísticas de su trabajo. No van a decirme, por ejemplo, lo que cuesta la realización de un trabajo normal o cómo es un acumulador típico. Sí me dicen que es habitual, en casos en que las cañerías se han atascado, encontrar bolsas de excrementos y botellas de refrescos llenas de orina. O pilas de tampones usados. “He visto de todo”, dice Ron. “Gatos muertos. Palomas muertas. Gente muerta. Cuando hay proteína fresca, puedes olerlo a una milla de distancia. Es repugnante”. El año pasado, durante un trabajo, Melissa contrajo hantavirus, una enfermedad potencialmente mortal que se transmite por contacto con las heces de los roedores, pese a estar ataviada con un equipo protector completo. Me explican que la tercera parte de sus clientes trabajan en lo que ellos llaman profesiones “altruistas”: enfermeras, funcionarios, profesores de escuela, trabajadores sociales. Éste es un dato que corrobora el programa de A&E, algunos de cuyos protagonistas han sido un psicólogo retirado, un veterinario, un bombero y un agente de policía.

Cerramos la puerta del apartamento y nos quitamos los guantes. Observamos en silencio un triturador de basuras instalado a menos de 6 metros de la puerta del apartamento del cliente. En el garaje Ron me cuenta algo de su vida; que nació en Georgia y se trasladó a Nueva York en los años 70. “Había putas en la calle 42”, dice. “Era divertido mirarlas”.

Cuando dejamos el edificio y nos quitamos las máscaras, el aire de Nueva York huele a flores, a niebla y a cataratas de agua. Es el aire más fragante que mi nariz nunca haya percibido. El sudor que me recubre se enfría en unos instantes, haciéndome sentir helada. Hercules y Melissa están tosiendo. Estamos a finales de enero y hace mucho frío. Yo aún tengo la libreta roja de Ron en la mano. “Soy el Capitán Basuras”, dice él de repente, y después mira alrededor preguntando qué es lo que quiere cada uno para almorzar. Aunque estamos cerca del mediodía, a mí ni se me pasa por la cabeza la idea de comer nada. Pero soy la única: Ron, Melissa y el resto del equipo, a pesar de todo, están hambrientos.

Ron y su esposa, Melissa.

C.M., que insistió en mantener el anonimato, se relaja en el sofá con su videoteca porno frente a la pared cubierta de mocos y corridas.