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Catarsis a la inglesa

A diferencia de sus vecinos franceses, gente que no se corta en liarla gorda, los británicos, históricamente, se han mostrado siempre bastante cortados en lo tocante a prender fuego a cosas y lanzar adoquines a la policía
3.1.12

A diferencia de sus vecinos franceses, gente que no se corta en liarla gorda, los británicos, históricamente, se han mostrado siempre bastante cortados en lo tocante a prender fuego a cosas y lanzar adoquines a la policía. Incluso el año pasado, cuando los Tories recobraron el poder en coalición con sus amiguitos demócrata-liberales, reinó la apatía; la gente se contentaba con sentarse en casa quejándose de todo. Nadie estaba lo bastante cabreado como para pasar a la acción. El 10 de noviembre de 2010, todo cambió.
Enfrentado a un colosal déficit, el gobierno decidió elevar el precio anual de las matrículas universitarias de algo más de 3.000 libras a unas exorbitantes 9.000. Miles de estudiantes entraron por la fuerza en las oficinas centrales de los Tories, abochornando a la policía metropolitana al abrirse camino en el edificio sin oposición. La cuantía de los daños ascendió a más de 2 millones de euros.
Un mes más tarde, Londres seguía bajo el asedio de los manifestantes. La cosa degeneró en esporádicos estallidos de violencia, y el gobierno se demostró pasmosamente inepto a la hora de contener las protestas, que pronto se extendieron a las universidades de todo el país. A pesar de la creciente presión pública, las protestas no lograron que el gobierno cambiara de opinión sobre la subida de las matrículas; en las cabezas de los estudiantes disidentes, los nuevos Tories de David Cameron se convirtieron en figuras tan nefastas como los de la era Thatcher. Las protestas contribuyeron también a crear una nueva y radicalizada sección entre la ciudadanía británica partidaria de oponerse a la subida por cualquier medio. La revuelta estudiantil cogió con los pantalones bajados a los sindicatos, que intentaron desesperadamente subirse al carro convocando una huelga y organizando en marzo una manifestación de más de medio millón de personas en contra de las medidas de austeridad y la congelación de las pensiones. El acto transcurrió pacífico hasta que aparecieron los anarcos del “Black Bloc”. Utilizando a la enorme concurrencia como cortina ante la policía, los anarquistas atacaron bancos y locales de comida rápida e incluso arrojaron globos con pintura al hotel Ritz. Londres se quedó con una factura de limpieza superior al millón de libras, y el gobierno entendió que sus agentes de policía eran unos pichaflojas.
En los meses posteriores, el gobierno forzó aún más recortes y medidas de austeridad; entre ellas, la amenaza de despido de un considerable número de policías.
Puede que ciertos sectores coincidan en que quizá no fuera mala cosa que la policía hiciera caso omiso de la amenaza; el 4 de agosto, unos agentes dispararon y mataron a un joven negro en la zona londinense de Tottenham, y mucha gente de la comunidad se concentró en una protesta que no tardó en subir intensidad hasta desembocar en un caos en el que los motivos eran lo de menos. Con la policía tratando de averiguar qué cojones estaba pasando, los saqueos y los incendios pusieron la ciudad de rodillas. A Londres no tardaron en seguirle Manchester, Birmingham, Leeds y hasta sitios con nombres como Banbury. A los chavales les había entrado la fiebre del saqueo, las pandillas campaban a sus anchas, y la policía se vio tan superada que tuvo que pedir ayuda a otras 16 fuerzas policiales, llegándose a desplegar hasta 16.000 agentes por las calles.
Además de incontables ventanas rotas, los disturbios de agosto provocaron preguntas sobre aspectos que el gobierno había hasta el momento hecho caso omiso: las bandas armadas, la pobreza en los barrios marginales y la falta de oportunidades para la clase obrera. A mucha gente le pareció que los delitos de miles de jóvenes desempleados que en la actualidad se enfrentan a penas de cárcel por robar unas zapatillas deportivas eran mucho menos graves que los cometidos por esos banqueros de trajes elegantes que están robando miles de millones a los contribuyentes. Muchas de esas personas han recogido el testigo de la insurrección uniéndose al movimiento global Occupy.
El pasado 15 de octubre, la campaña Occupy London Stock Exchange plantó campamento delante de la catedral de St. Paul en Londres: la última y menos violenta de una larga serie de acciones. Su intención es seguir manifestando su descontento hasta que a ellos los echen o se clausure la catedral. Van a necesitar suerte, sin duda.