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Viajes

Fui a Siria a aprender cómo ser periodista

Carlos me dijo que ya había ido a Siria, a trabajar como fotoperiodista y que regresaría pronto. Le dije que había estado pensando ir para allá y escribir sobre el conflicto, pero que no tenía experiencia como periodista. “¿Sabes qué?” me dijo. “Yo te...

El grupo local del Ejército Libre de Siria en Baba al-Nasr, en las afueras de Alepo, se prepara para la batalla.

Conocí a Carlos en un café internet en Erbil, en la región de Kurdistán en Irak (y obviamente, "Carlos" no es su verdadero nombre). Lo escuché hablar de algo sobre Palestina y Siria en una llamada por Skype, y cuando terminó empezamos a platicar.

Carlos me dijo que ya había ido a Siria, a trabajar como fotoperiodista y que regresaría pronto. Le dije que había estado pensando ir para allá y escribir sobre el conflicto, pero que no tenía experiencia como periodista. “¿Sabes qué?” me dijo. “Yo te puedo llevar a Siria”. No parecía importarle que fuera un novato.

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Esa noche, Carlos durmió en mi hostal. No tenía un lugar dónde quedarse ni dinero para una habitación, así que durmió en el piso. Al principio fue un poco difícil meterlo sin pagar, pero valió la pena, porque pasamos toda la noche hablando de Siria.

Me dio la impresión de que Carlos buscababa a alguien con quién viajar. Yo ya tenía un boleto de regreso a Londres, pero llegamos a un acuerdo: yo tomaría mi vuelo de regreso, y cuando Carlos estuviera listo para regresar a Siria me llamaría y nos veríamos en Turquía. Desde ahí, según me explicó Carlos, cruzaríamos la frontera. “Tengo contactos”, me dijo. Yo estaba un poco nervioso, pero esto sonaba como un buen plan. Nunca habríamos tenido reporteros de guerra como Robert Fisk o Seymour Hersh si se hubieran quedado en casa con sus mamás en lugar de entrarle al cagadero.

A mi regreso a Londres, mis padres no tomaron muy bien mis planes de viajar a un país en medio de una guerra civil. Pensaron que terminaría muerto. Mi hermana estaba muy enojada. Les dije que siempre había querido ser corresponsal de guerra, y ésta sería la única oportunidad de hacerlo. Si la gente quiere noticias, alguien tiene que reportarlas. Pero no les importó. Estaban preocupados.

Al siguiente día, Carlos me marcó. “Escucha, amigo”, me dijo. “Voy a entrar. ¿Vienes o no?”

Ya me había mentalizado. Le dije a Carlos que lo vería ahí y compré un boleto en el siguiente vuelo a Turquía.

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Mi avión aterrizó en Estambul, y después tomé el camión a Hatay, donde Carlos se estaba hospedando con unos amigos. La frontera con Siria está a unos 40 kilómetros al sureste. Queríamos llegar lo más pronto posible, pero ninguno de los dos hablaba más de dos palabras de turco o árabe. Por fortuna, conocimos a una familia de turcos que nos ayudaron a llegar hasta ahí. Nos invitaron a su casa, nos dieron té, y terminamos hablando con ellos usando Google Translate, escribiendo las palabras en la computadora. Les explicamos que queríamos entrar a Siria. Cuando entendieron, nos ayudaron a encontrar a uno de los contactos de Carlos, con quien debíamos encontrarnos cerca de la frontera para que nos ayudara a cruzar. Sólo teníamos que llegar hasta ahí.

A estas alturas, Carlos me informó que era experto en pedir aventones, y que había recorrido todo Europa del Este de este modo, así que decidimos pedir aventón a la frontera. Seguro nos veíamos muy chistosos: yo soy indio, así que no era muy sospechoso, pero Carlos es un güey blanco con pelo negro y una cámara en el cuello. No sé si esto aumentaba o reducía nuestras probabilidades de que un camionero nos recogiera, pero levantamos nuestros pulgares en la carretera de dos carriles en las afueras de Hatay. Nos tomó siete aventones y más de tres horas recorrer los 40 kilómetros hasta la frontera. El contacto de Carlos, un tipo llamado Mohamed, nos llevó los últimos kilómetros, hasta un pueblo llamado Reyhanli cerca de la frontera con Siria.

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Reyhanli es uno de los cruces fronterizos más transitados entre Turquía y Siria, y se encuentra a unos 60 kilómetros de Alepo, donde estaban sucediendo las peores batallas. Mientras recorríamos el lugar e intentábamos orientarnos, cientos de refugiados llegaban a Turquía; asumí que trataban de huir de la guerra.

Cruzamos la frontera caminando. Nadie nos detuvo ni nos preguntaron nada. Simplemente entramos a pie. Del otro lado había más refugiados esperando, en coche o a pie, para entrar a Turquía. No teníamos un intérprete porque no lo podíamos pagar. Carlos no tenía más contactos, y a estas alturas esperábamos encontrar a algunos rebeldes en la zona con los que pudiéramos hablar para que nos dijeran cómo era la guerra.

Justo en ese momento, algunos hombres vestidos de militares se acercaron a nosotros. “¡Periodista!” gritaron en árabe. “¡Periodista!”

“Sí, somos periodistas”, les dije en inglés. Creo que me entendieron. “Queremos cubrir alguna historia. ¿Pueden llevarnos con ustedes a la guerra?”

Entonces apareció otro hombre. Era un periodista sirio y hablaba un poco de inglés. “No se preocupen”, me dijo, “ellos son del Ejército Libre de Siria. Pueden ir con ellos. Confíen en mí, están en buenas manos”.

Como era de esperarse, nosotros no estábamos tan seguros. Pero no podíamos hacer nada más. Así que pensamos: vamos a hacerlo y veamos qué pasa. No se veía tan peligroso.

Todos nos acomodamos en un pequeño Toyota destartalado. Había dos soldados adelante, completamente armados, y el periodista sirio, Carlos y yo en la parte de atrás. El periodista traducía todo para nosotros y nos dijo que los soldados nos llevarían a su base. No había ningún conflicto visible en los pueblos por los que pasamos; las casas seguían en pie, y todo me pareció muy normal.

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Nos tomó unos 40 minutos llegar. Cuando llegamos a lo que parecía una escuela, los soldados nos llevaron adentro, donde había otros 30 hombres, uno de ellos hablaba mucho más inglés que el güey con el habíamos viajado. Nos dijo que estábamos en Idlib. “Son periodistas”, nos dijo. “Los vamos a cuidar. Si buscan historias, si quieren salir con los rebeldes, yo los ayudaré”. Él no era un rebelde como tal, sólo era su amigo. Después, los soldados del ELS no prepararon una gran comida con humus y falafel.

Terminamos pasando cuatro días en esa zona, sin mucho que hacer. Algunos niños que conocimos en el pueblo cercano de Binish nos dijeron: “¡No vayan a Alepo! ¡Los queremos! ¡No queremos que mueran!” Les dije que yo tampoco quería morir, pero creí que estaban bromeando. Eventualmente empezamos a desesperarnos porque no había ningún enfrentamiento cerca de donde estábamos, así que una noche le preguntamos a uno de los soldados del ELS si había alguien que nos pudiera llevar a la ciudad antigua, que en ese momento estaba bajo sitio. Nos respondió: “Claro”.

Justo antes de la medianoche, manejamos durante una hora hacia el este con un comandante, hasta el pueblo de Jabal al-Zawiya. Recuerdo que pensé: Ahora viajamos con un comandante. Las cosas se pondrán serias. Veremos combates todo el tiempo.

Carteles de Asad ensangrentados tras una batalla en Baba al-Nasr.

Jabal al-Zawiya está ubicado en las montañas, y pasamos la noche en una pequeña casa de adobe en la colina. Estaba repleta de ancianos. Tenían equipo militar y estaban completamente armados. Recuerdo que vi un perchero con metralletas M-16 colgando de él. Las bombas explotaban en la distancia. Además de los viejos, también había un sirio joven que había sido estudiante de literatura inglesa en la universidad, así que nos ayudó a traducir.

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Al día siguiente, nuestro nuevo traductor nos dio un recorrido por la zona, y entrevistamos a las personas que habían sido afectadas por la guerra, incluyendo a un hombre que había perdido a su hija de once años una semana antes, cuando un misil de los aviones de Asad destruyó su casa. Nuestro guía nos llevó a otro pueblo cercano y nos enseñó los restos de una casa que los shabiha habían quemado. Entramos a este edificio carbonizado y tomamos fotos de todo lo que pudimos.

Sin embargo, seguía siendo un poco frustrante. No estábamos en Alepo, donde estaba el verdadero conflicto, y queríamos llegar ahí. Queríamos ver esas bombas que podíamos escuchar tan cerca. Así que unos días después, un comandante del ELS se ofreció a llevarnos más cerca de la línea de fuego, a otra base rebelde en las afueras de la ciudad. Le dije: “Sí, estamos listos”, y nos llevó a Carlos y a mí en su auto, sólo los tres.

El camino fue difícil. Pasamos junto a algunos pueblos que habían sido completamente destruidos: muchas de las estructuras estaban por colapsarse, y las pocas casas que seguían de pie habían sido completamente saqueadas. Pueblos fantasma.

Una horas más tarde, el comandante nos dejó en una base del ELS justo en las afueras de Alepo. Había unos 25 rebeldes en el lugar, y el comandante les dijo: “Mañana, lleven a estos muchachos a Alepo. Dicen que tienen muchas ganas de ver la guerra”. Y con eso, el comandante se fue.

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Ninguno de los soldados hablaba inglés, pero hicimos nuestro mejor esfuerzo. No nos ofrecieron comida como los rebeldes en Jabal al-Zawiya. Era obvio que las cosas eran más difíciles en ese lugar. Habían luchado más y llevaban meses peleando contra las fuerzas de Asad, lo cual era evidente por su ruda apariencia. Sin embargo, aun así lograban ser amables. Toda la noche escuchamos las explosiones en Alepo, a unos 20 kilómetros de distancia.

En la mañana, tres soldados del ELS nos llevaron al centro de Alepo. Había escuchado que todos los puntos de acceso a la ciudad habían sido bloqueados por las fuerzas de Asad, así que imaginé que tendríamos que escabullirnos por las líneas enemigas. Nos imaginé agachados en el asiento trasero y corriendo de francotiradores. Pero no fue así. Simplemente entramos manejando a la ciudad. El lugar estaba destruido: salía humo de los edificios bombardeados y había cuadras enteras en ruinas. Pero en algunas calles había algunas tiendas abiertas, y uno que otro civil haciendo lo suyo. Cada tantos minutos otro misil o mortero explotaba en algún lado.

Los muchachos del ELS nos dejaron en una casa enorme en el centro de Alepo. Había muchos soldados del ELS adentro y afuera, donde corrían y disparaban cuernos de chivo. Intentaban eliminar a uno de los francotiradores de Asad, que estaba en un edificio del otro lado de la calle; la línea que dividía a las tropas de Asad y al ELS. Esta línea consistía de hileras de edificios controlados por el ELS y que habían sido devastados por misiles. Los edificios del lado del ejército sirio estaban relativamente intactos.

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Eventualmente, los disparos cesaron, y los muchachos que nos habían llevado hasta el lugar se fueron, pero no sin antes presentarnos a otros soldados del ELS e informarles que necesitábamos un lugar para quedarnos.

“Así está la cosa”, me explicó unos de estos rebeldes más tarde. “Estamos aquí para ser mártires. Queremos ayudar al pueblo de Siria. Si mañana llega un tanque y nuestra gente corre peligro, vamos a salir a arriesgar nuestras vidas”. Se frotó la barbilla e hizo una pausa. “Y estoy seguro que ustedes no quieren arriesgar sus vidas. Nosotros moriremos por la causa de Alá. Creo que ustedes no quieren eso”.

Sólo pensé: Dios mío. Estamos en medio de una zona de guerra. Nuestro transporte se ha ido y no va a regresar. ¿Qué vamos a hacer si estas personas no nos dejan quedarnos con ellos?

Eventualmente, hablamos con nuestro nuevo amigo rebelde el tiempo suficiente para ganarnos su confianza, y nos dejó acompañarlo. El intercambió con el francotirador había terminado, así que nos llevó a dar un paseo por las cuadras cercanas en la sección de la ciudad controlada por el ELS. Nos enseñó algunos edificios que habían sido destruidos por los aviones de Asad y una ambulancia incendiada. Después nos llevó a una pequeña mezquita, y afuera del lugar había un cuerpo. Era un policía muerto. Era uno de los hombres de Asad, y unas semanas antes había intentado arrojar una granada a la mezquita, pero había estallado en su mano. Los rebeldes dejaron su cuerpo ahí tirado, y ahora era morado y amarillo. El olor era terrible. Fue entonces cuando pensé: Muy bien. Yo no debería estar aquí.

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Nuestro guía nos llevó a un centro comercial enorme. En la planta baja todavía había tiendas vendiendo cosas como comida y pasta de dientes, pero el segundo piso era un desastre. No había nadie, y había comida podrida y basura tirada por todos lados. Las ventanas estaban rotas, y las tiendas habían sido saqueadas. Se veía abandonado, excepto por los catres en los que los rebeldes dormían entre batallas.

Adentro, nuestro nuevo amigo anónimo nos explicó que habría una batalla cerca de ahí dentro de unas horas, y que tendríamos una mejor vista desde uno de los pisos más altos. Su unidad había recibido noticias de que uno de los tanques de Asad intentaría bajar por la calle, y tenían planeado emboscarlo. Dije que quería ir al último piso, el décimo, a tomar fotos. “Te puedes quedar allá arriba si quieres que te mate un francotirador”, me dijo. Pero explicó que el séptimo piso sería seguro y nos llevó hasta ahí antes de regresar con sus camaradas. Teníamos una gran vista. Carlos y yo tomamos algunas fotos de los rebeldes corriendo por las calles a sus posiciones antes de la batalla.

Pasaron tres o cuatro horas y no pasó nada. Fumamos un poco de shisha. Yo estaba convencido de que la información había estado equivocada. Fue entonces cuando Carlos decidió regresar a la planta baja para tomar más fotos, y me dejó solo en el séptimo piso de este centro comercial abandonado. Entonces pensé: Este es un edificio muy grande y el gobierno está atacan- do a los rebeldes… Es obvio que el ELS ha estado usando este edificio como su base durante algún tiempo. Este lugar podría ser bombardeado en cualquier momento.

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Quizá mi subconsciente lo escuchó antes que mis oídos, pero un avión pasó volando justo cuando pensaba esto.

Hubo un fuerte estallido sobre mi cabeza. Mis instintos dejaron de funcionar. Sabía que era una bomba, pero me quedé ahí parado, atónito.

Un policía sirio muerto frente a una mezquita en Alepo.

Un segundo después, cayó otra bomba, seguida de una tremenda explosión que me despertó de mi asombro. Agarré mis cosas y empecé a correr por las escaleras. Estaba gritando el nombre de Carlos porque no tenía idea de dónde estaba, ni si estaba con vida. Lo encontré al final de las escaleras, aterrado. Seguro yo me veía igual.

En la planta baja del centro comercial, los vendedores intentaban guardar su mercancía para no dejar nada a merced de los inevitables saqueadores. Muchos de los soldados del ELS ya se estaban cubriéndose, excepto por dos rebeldes que se quedaron en la planta baja con nosotros.

Pasaron algunos minutos sin fuego enemigo, tiempo suficiente para que todos se relajaran un poco. Carlos empezó a reír, y yo me reí con él, como pasa a veces cuando acabas de tener una experiencia cercana a la muerte.

Lo siguiente que escuché fue: ¡bam! Y de repente la gente estaba gritando. Giré la cabeza y vi a uno de los soldados del ELS que había estado parado junto a nosotros, tirado en el piso, sangrando de la cabeza. Un pedazo de escombro de los pisos superiores le había partido el cráneo. Un minuto antes, había estado parado a dos metros de mí. Ahora estaba en el suelo, desangrándose. Saqué una playera de mi mochila e intenté detener el sangrado, pero se empapó en segundos. Cayó inconsciente justo cuando otros soldados del ELS llegaban corriendo, arrastraron su cuerpo hasta la calle y lo subieron a un jeep.

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“Ahora es un mártir”, me dijo uno de los rebeldes en inglés.

Esa noche, uno de los soldados que conocimos en el centro comercial nos llevó a una base rebelde en otra parte de la ciudad, donde era seguro dormir. Estos jóvenes del ELS que acabábamos de conocer eran muy amables. Incluso nos dieron nuestros propios catres y nos dijeron: “Quédense el tiempo que quieran. Queremos que periodistas escriban sobre la guerra".

El día siguiente fue mucho más tranquilo. Este nuevo campamento incluía un centro de prensa rebelde, con acceso a computadoras e internet. Aunque la conexión no era muy buena, y un grupo de periodistas sirios no quería soltar el equipo. Escribí una historia breve y se la envié a un editor del Independent en Londres, junto con mis fotos. Seguía sin publicar una sola nota, pero esperaba que se interesara por esta historia. Uno de los periodistas sirios me quitó de la computadora antes de que pudiera recibir una respuesta.

Después, los rebeldes nos llevaron a Salahedin, un distrito en Alepo donde los hombres de Asad y el ELS habían estado luchando durante semanas. El vecindario estaba devastado, y casi todos los edificios habían sido destruidos. Era difícil creer que gente había vivido ahí hasta hacía poco.

Por la noche, los sonidos de la guerra se reanudaron y no cesaron hasta el día siguiente. Para ese momento ya estaba acostumbrado y logré dormir un poco entre explosiones; hubo un momento en el que levanté la cabeza y me di cuenta de que no había nadie más despierto y pensé: A la chingada, me voy a dormir.

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Nuestro tercer día en Alepo fue bastante tranquilo, fuera de que tuvimos que ver otro cadáver. Estábamos en medio de una batalla en el vecindario de Bab al-Nasr. Alrededor de 20 soldados del ELS intentaban eliminar a un francotirador atrincherado en uno de los edificios, y uno de los rebeldes recibió un disparo. No vi el momento en el que pasó, pero definitivamente vi al hombre gritando después del disparo. Todos en la escena ayudaron a subirlo a una camioneta, donde murió poco tiempo después.

Esa noche, de regreso en la base, conocimos a un personaje muy interesante encargado de las comunicaciones del ELS. Habló con nosotros en inglés, y nos explicó cómo todos los rebeldes usaban walkie-talkies y por qué esto era un gran problema: las tropas de Asad podían fácilmente interceptar su frecuencias.

En nuestro cuarto día en Alepo, me despertó un estallido alrededor de las 7AM. Se escucharon otras pocas explosiones y después todo quedó en silencio.

Salí a caminar para ver lo que había ocurrido. Un misil cayó en el parque a unos 30 metros de nuestra base y dejó un enorme cráter en el suelo. Otro misil destruyó la pared de una casa donde vivía un señor.

Cerca de la casa, se habían reunido un grupo de sirios. Carlos y yo caminamos hasta el lugar para ver qué había pasado. Un par de periodistas franceses que se estaban quedando en la base nos acompañaron, así como un grupo de rebeldes del ELS. La mitad de la casa había desaparecido, y sus vecinos se reunieron en el jardín. Los periodistas franceses estaban entrevistando a las personas cuando, de repente, una multitud de sirios empezó a arrojarnos piedras.

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“¡Franceses bastardos!” gritó alguien. “¡Occidentales de mierda! ¡Nosotros no les importamos!” Después la gente co- menzó a apedrear a los rebeldes. “Fuera de aquí”, nos dijeron, “¡y llévense al ELS con ustedes!” (Más tarde, un soldado del ELS me tradujo exactamente los que la gente había dicho; pero incluso sin poder entender sus palabras en ese momento, estaba claro que no nos querían ahí).

En ese momento no lo sabía, pero los civiles en Alepo se convierten en objetivos por vivir cerca de una base rebelde. Así que hay tensiones entre los civiles y el ELS. Más tarde, vi a un grupo del ELS golpeando al dueño de una tienda cuando le pidió que se bajaran de su azotea. Tenía miedo de que un avión bombardeara su negocio. Los rebeldes bajaron del techo y lo empezaron a golpear, después lo encerraron en su tienda.

Pero de regreso a la turba: la gente simplemente gritaba y arrojaba piedras contra los del ELS, y los rebeldes gritaban de regreso, y los periodistas franceses lo grabaron todo. Hay muchos ciudadanos en Alepo que no apoyan por completo las acciones del ELS. Tampoco defienden lo que está haciendo Asad. Por supuesto, hay muchas personas que defienden lo que hace el ELS. Sólo que no son todos. El espectro de opiniones es variado y complejo.

Esa tarde en Alepo, las cosas se salieron completamente de control. Primero, nuestro guía nos llevó a un par de barrios desolados a ver más batallas. En una de ellas, conocimos a un sirio-estadunidense de 18 años. Caminó hasta nosotros y empezó a hablar con su acento gringo. Dijo que era de Virginia y que había venido a Siria para unirse al ELS y ayudar a matar a Asad. “¿Crees que voy a dejar que asesinen a mi gente?” me dijo. No quiso darnos su nombre.

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Para ese momento, nuestro guía era otro soldado del ELS, y nos llevó hasta una base en la que hizo una entrevista con la agencia France-Presse. Les dijo una bola de mentiras. Cuando los periodistas franceses le preguntaron si habían recibido sus armas de contrabandistas en la frontera con Turquía, nuestro guía dijo: “¿Qué armas? ¿Estas armas? No vienen de la frontera. La armas que tenemos son las que teníamos en el ejército antes de desertar. Todavía usamos las mismas armas”. Todo me sonó a una gran mentira.

Un soldado del ELS, después de recibir el disparo de un francotirador, en Baba al-Nasr.

También le contó a los periodistas franceses una historia sobre cómo, ese mismo día, había estado en una pelea en la que había hecho explotar ocho tanques. Y pensé: ¿Qué putos tanques? Yo estuve con él todo el día, y el único vehículo que casi vuela en pedazos fue su auto, el cual había llenado con el combustible equivocada. Cuando lo cuestionamos al respecto, nos dijo: “Ustedes simplemente no vieron cómo estallaban los tanques”. Pero eso era mentira. Aun así, supongo que lo entiendo. Es propaganda y el ELS cree que tiene que hacerlo para que la gente piense que está derrotando a Asad y se una a su bando.

Después de la entrevista, una llamada nos informó que una panadería había sido bombardeada y que debíamos ir al hospital donde estaban tratando a la gente. Nos tomó quince minutos llegar y resultó ser un verdadero espectáculo de terror. Parecía que el “hospital” había sido un pequeño hotel.

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Afuera había siete u ocho cuerpos alineados frente a una pared. Estaban cubiertos con sábanas, los brazos y las piernas tiesas se asomaban por debajo de la tela. Junto a ellos, una mujer lloraba histérica sobre el cadáver de su hijo. Los reporteros revoloteaban a su alrededor.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba hecho para ser periodista. Yo no pude correr hasta la mujer para tomar su foto. Eventualmente tomé algunas, pero fue insoportable.

Adentro, la gente arrastraba un caos de cuerpos despedazados. Muchas de las víctimas estaban conscientes y respirando, pero había sangre por todos lados. Tenían una aspiradora con la que intentaban succionar toda la sangre del piso. Los doctores intentaban atender a todos al mismo tiempo, y era evidente que se sentían miserables, en especial mientras trataban a un hombre que tiraba sangre a chorros de su cabeza.

Nunca había visto nada igual y no pude soportarlo, así que salí del lugar. Pero afuera las cosas no eran mucho mejores. Había llegado un camión y un grupo de hombres subía el cuerpo de un joven. Había hombres y mujeres llorando.

Otro hombre llegó caminando con su hija en brazos. Estaba sangrando de la cabeza. Él lloraba y se veía tan cansado de tanto llorar y cargar a su hija que parecía estar a punto de colapsarse. Alguien tomó a su hija y la llevó adentro; el hombre se desplomó.

¿Cómo hace uno para reportar algo sí? ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Preguntarle a la gente cómo se sentía al respecto? Simplemente me dirían: “Ya sabes, creo que me siento bien. La panadería quedó destruida, mi hija está muerta…” Todo era horrible. Yo sólo quería salir de ahí.

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Carlos y yo teníamos planeado quedarnos en Siria seis semanas. Este era nuestro cuarto día en Alepo, pero fue en este hospital cuando decidí que nos teníamos que ir. Pero Carlos quería quedarse. “Somos unos verdaderos cobardes”, me dijo. “Todo estará bien mañana”.

Los doctores intentan atender a los heridos luego de que las tropas de Asad bombardearan una panadería en Alepo.

Poco tiempo después de salir del hospital, Carlos también perdió la cordura. Salimos de la panadería y estábamos manejando con un soldado del ELS. Queríamos regresar al centro de prensa, pero el conductor nos dijo que había sido atacado por los aviones de Asad y que ya no sería seguro quedarnos ahí. Un mortero estallaba cada dos minutos mientras mane- jábamos. Y de repente, un avión apareció justo sobre nuestro auto. Nuestro conductor, aterrado porque nos dispararían se metió en un pequeño callejón. Nos escondimos e intentamos que nadie nos viera.

Creí que estábamos a salvo, pero de repente Carlos enloqueció. “¡Mierda! ¡Mierda!” empezó a gritar. “¡Van a venir por nosotros! Tenemos que bajar del coche”.

Y yo le dije: “¡Estás loco! Eso no va a ayudar. Si ven a un hombre blanco con una cámara corriendo por la calle, te van a volar en pedazos”. Eso lo calmó un poco.

Esa noche, debido que el lugar en el que nos estábamos alojando había sido destruido, nos enviaron a una casa de seguridad para periodistas en las afueras de Alepo. Era donde los periodistas franceses y los reporteros del New York Times se quedaban. Ni siquiera sabíamos que existía.

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Acompañamos a cuatro periodistas hasta el lugar, y durante el viaje tuvimos otro roce con la muerte cuando uno de los aviones de Asad empezó a seguir a nuestro taxi, lo que llevó a uno de los reporteros a tomar una foto con su flash. El piloto respondió dando media vuelta y disparando dos misiles contra nosotros. Fallaron, pero a nuestro taxista casi le da una crisis nerviosa. Ya no podía creer lo que estaba ocurriendo. Fueron los diez segundos más ridículos de mi vida.

El taxista le gritaba al tipo que tomó la foto, y pensé que iba a empezar a llorar. Y yo le dije a Carlos: “¿Todavía quieres quedarte en Siria?” Al fin, admitió que era hora de partir.

De alguna forma logramos llegar hasta la casa de seguridad, y a la mañana siguiente el sirio que dirigía el lugar llamó a un taxi para que nos sacaran de Alepo. Pero cuando llegó, Carlos y yo no teníamos suficiente dinero. Sólo había llevado cinco mil libras sirias (menos de 75 dólares), y me quedaban 800. El taxista nos dijo que eso no era suficiente para llegar hasta Turquía. Dijo que por esa cantidad nos llevaría hasta el pueblo de Azaz. Eso no era muy lejos, pero solo queríamos salir de Alepo así que lo tomamos.

Al llegar a Azaz, era evidente que el pueblo acababa de ser completamente devastado por la guerra. Pero ahí encontramos otro taxi. No teníamos dinero, y nos dijo que serían 20 dólares a la frontera. Tuve que recurrir al trueque y le di mi iPod para que nos llevara.

Cuando por fin llegamos a la frontera con Turquía, tres soldados del ELS del lado sirio no querían dejarnos pasar. Eran amables pero firmes en su decisión. Al parecer, entramos a Siria de manera ilegal y, por lo tanto, no podíamos salir de manera legal. Nuestros pasaportes no habían sido sellados. Nos dijeron que teníamos que regresar a donde habíamos tomado el taxi y encontrar otra manera de cruzar a Turquía.

Nuestra única opción era regresar a Azaz con algunos miembros del ELS quienes eran amigos de los guardias en la frontera. Nos llevaron hasta ahí y nos ayudaron a conseguir otro aventón desde Azaz hasta una parte de la frontera donde sería más fácil escabullirnos: un pedazo de desierto junto a una planta industrial.

El tipo que nos llevó hasta ahí volteó a vernos a Carlos y a mí y nos dijo: “Muy bien, ya llegamos. ¡Ahora corran!”

“¿Y si los soldados turcos deciden dispararnos?” le pregunté. “¡Por eso tienen que correr!” me dijo.

Muertos de miedo, corrimos por el desierto durante cinco minutos. Logramos regresar a Kilis, Turquía. No era como estar de regreso en Londres, pero estaba feliz de aun tener mi pito intacto y traer calcetines puestos. Y de ya no estar en Siria. Ya no quería ser periodista. Pensé que quizá la política sería algo mejor para mí.

En Kilis, revisé mi correo por primera vez desde que llegamos a Alepo. El editor del Independent, a quien había enviado mi única historia y algunas fotos, me respondió. Su mensaje decía que desafortunadamente no les interesaba publicar mi historia.

Ese fue oficialmente y sin duda alguna, el fin de mi carrera como corresponsal de guerra.

TEXTO Y FOTOS POR SUNIL PATEL

Redactado por Wes Enzinna y Omar Katerji

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