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El canto cardenche va a morir en los desiertos

23.9.11

Este sábado fuimos a Sapioriz, Durango, a hacer grabaciones de campo para un proyecto que estamos desarrollando en Nrmal llamado Norte Sonoro. Este proyecto musical curado por Toy Selectah y Nrmal invita a músicos a que pasen una semana en Monterrey y trabajen en un estudio, donde producirán tracks completamente nuevos usando un soundbank de sonidos norteños.

No le hicimos caso al twitter y a sus advertencias de #Ponchallantas en las carreteras de la zona, y fuimos a este pueblito ubicado a cinco minutos de Torreón, Coahuila, a grabar al último grupo de canto cardenche que queda en el mundo.

El canto cardenche es música que se canta acapella, es polifónica y al parecer tiene sus orígenes en la música religiosa del siglo pasado, específicamente la música de las pastorelas. Originalmente, el cardenche se cantaba en las esquinas y en los cerros de los pueblos del norte de México por amigos que se juntaban a tomar después de trabajar en el campo. Hoy solo parecen quedar estos tres cantantes, quienes a pesar de sus éxitos, que los han llevado a tocar hasta en el Smithsonian, no han logrado que las nuevas generaciones de duranguenses se interesen en esta música singular.

El cardenche se canta a tres voces: voz primera, voz de arrastre, y contra alta. La primera es la que lleva la canción y lo que podría llamarse el ritmo de la pieza, la de arrastre es una voz grave y dramática, y la contra alta es un requinto agudo y lamentoso que alcanza notas muy altas y provoca una sensación dolorosa entre quienes la escuchan. Esta desesperación se amplifica con las letras de sus piezas, algunas de ellos tan dramáticas como “Al pié de un Verde Maguey” o “Yo Ya Me Voy a Morir a los Desiertos”. En la primera canción, un tipo le pide a la Virgen de Guadalupe que le quite la peor cruda de la historia, y la segunda, en la que el protagonista manda todo al carajo para irse a morir al desierto, podría rivalizar a Townes Van Zandt como una de las mejores canciones sobre morirse jamás escrita por alguien con un sombrero vaquero.

El canto cardenche quizá sea la música más triste del norte del país, y algunas de las letras de sus canciones hacen que los corridos más bajoneados de Ramón Ayala parezcan música motivacional. Con todo el melodrama de México, pareciera ser la respuesta norteña al barbershop quartet gringo.

El cardenche sirve para escucharse en vivo, en el desierto, con los amigos, y de ser posible, algo borracho. Desde el siglo pasado hasta los cincuentas y sesentas, en pueblos laguneros como Sapioriz, los diferentes grupos cardencheros se juntaban a tomar sotol toda la noche y a cantar a tres voces esta música misteriosa y teatral. Duraban toda la noche tomando, y amanecían platicando y cantando, generalmente sobre mujeres, y sobre la propia borrachera. Como es de suponerse, en sus canciones también se quejaban de las crudas y de los corazones rotos; hablaban de su entorno, de los paisajes desérticos, o de una combinación de esos elementos. Improvisada en el juego del alcohol, de la nostalgia y la parquedad del paisaje, la música cardenche escuchada en vivo, es tan fuerte como el aguardiente que toman sus intérpretes.

Desde que se conocen, Guadalupe Salazar Vázquez, Fidel Elizalde García, y Antonio Valles, quienes integran este grupo, han cantado la música que les heredaron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos. El canto cardenche los ha llevado a Nueva York, a Washington y muy pronto a París, pero en Durango, entre sus familiares y conocidos, especialmente los jóvenes, se prefiere el reggaetón y el duranguense: el cardenche, en todo su melodramático esplendor ranchero, está a punto de desaparecer.

Antiguamente el método de transporte usado en Sapioriz era la mula, se tomaba aguardiente y se cantaba música cardenche toda la noche. Hoy, como en el resto de los pueblos del norte, se viaja en un Crysler Spirit ´88 con rines, se toma deprimente Buchanans y se escucha la peor canción de todos los tiempos. Las cosas han cambiado en el rancho, y los cardencheros no tienen a quien pasarle la batuta, pero ellos siguen cantando y ensayando todos los días, con esperanzas de que un grupo de jóvenes se aprenda las canciones tristes de sus abuelos y cambie el whisky mediocre por el dulce sotol de la laguna.

ESTEBAN SHERIDAN