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Cultură

Cómo se retrata a un pederasta

Retratar el mal sin simplificarlo ni banalizarlo es un asunto realmente difícil.
1.12.15

Fotograma de Capturing the Friedmans

Retratar el mal es un asunto difícil. Normalmente, la versión oficial cae en el maniqueísmo: este es bueno y el otro es malo. Punto. Mucho más arduo es contar que cualquiera de nosotros puede hacer el mal, o lo ha hecho, o que grandes bondadosos cuentan en su registro con acciones mezquinas y terribles y que eso tal vez no invalida las buenas. Supongo.

Desde hace bastante tiempo en los medios están obsesionados con contarnos que el malvado no está tan lejos, o que, como diría el escritor Jim Thompson, el asesino está dentro de uno. Habitualmente, estas historias tiene dos ramificaciones: el bueno que se vuelve malo -por ejemplo, la historia de la metamorfosis de Walter White en Heinsenberg-, o el malo que se redime, que se arrepiente y propaga el bien- como el exconvicto que, en la cuarta temporada de The Wire, monta un ring de boxeo para chavales, evita la violencia y las drogas, intenta labrarse un futuro, por duro que sea-, una historia clásica de perdón.

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Sin embargo, también se pueden contar ambas cosas. Que el malvado no se ha ido aunque sea una buena persona, que el monstruo también cuenta con buenas acciones, quiere a sus hijos y es capaz de dar su vida por los demás, que está construido dentro de una nebulosa moral, y a veces nos parece un demonio atrapado, y otras un personaje de tragedia que no puede escapar a su destino.

Varias películas y relatos se han ocupado de intentar mostrar el lado humano del demonio en una de sus facetas más horrorosas: el pederasta. Inquietantes y rebeldes, estas narraciones no caen en la complacencia de quien cree estar siempre del lado del bien. Examinan los hechos, cuentan la historia, evitan el juicio sumarísimo y por eso están más cerca de un exhaustivo informe, que de la fábula con moraleja.

Aquí van unos cuantos ejemplos de cómo contar (bien) una historia del mal.

DE NENS: SUPUESTO PEDERASTA HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

El relato de terror empieza así: Barcelona, barrio del Raval, julio de 1997. Una denuncia de un niño por abusos sexuales contra Xavier Tamarit, que ya había sido juzgado por un caso similar en 1993, inicia una investigación policial que conduce a una red internacional de pederastia infantil. El caso llega rápidamente a los periódicos y los medios, que reproducen las informaciones policiales sin cuestionarlas ni verificarlas. A finales de julio, hay varios imputados, entre los que se encuentra incluso el líder de la asociación vecinal "Taula del Raval". Xavier Tamarit es acusado de ser el cabecilla de toda la trama de pederastia y pornografía infantil. Varios padres pierden la custodia de sus hijos hasta la apertura del juicio oral. Después de dos años de prisión preventiva, todos los acusados son liberados, incluido Xavier Tamarit, que recibe libertad sin fianza porque hasta los propios magistrados consideran improbable la reincidencia.

En el año 2000, el periodista Arcadi Espada publica su libro Del amor a los niños (Anagrama), en el cual cuestiona la versión policial del caso. Afirma, por ejemplo, que la policía se había dejado guiar por las acusaciones y las denuncias, así como la jueza instructora del caso, y que no se había respetado la presunción de inocencia. El mayor crimen, ya saben, es hacer daño a un niño, y más cuando procede de un pedófilo confeso como Xavier Tamarit, quien sin embargo jamás afirmó haber hecho daño a un niño. Esa es la diferencia, de hecho, entre pedofilia y pederastia: la primera es una atracción hacia los niños, y es considerada una enfermedad (Xavier estaba recibiendo un tratamiento de inhibición sexual en el año 1997), y la pederastia es un delito por violación de un menor de edad. Pero es difícil establecer matices en este tema tan sensible, al menos para la opinión pública. Quizá hubiera sido tarea de los propios periodistas que, como afirma Espada en el libro, "trabajan siempre desde el mismo lado de la calle que los policías". El bien y sus defensores, ya saben.

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En enero del año 2001 se abrió por fin el caso por parte de la Audiencia de Barcelona con toda la atención puesta en el principal acusado, que ya es conocido en los titulares de los medios como "el pederasta del Raval". A lo bruto, sin esperar la sentencia del juicio ni nada. Ya hemos dicho que es difícil establecer matices en este tema tan sensible, qué queréis.

Al juicio asiste sin embargo, un espectador inesperado: el director de cine Joaquim Jordá, que decide rodar un documental del caso: tres horas de acusaciones, contradicciones, relatos sesgados y presunta culpabilidad. Joaquim Jordá, traductor y escritor, cineasta inquieto, decide contar también la manipulación de esta historia, nuestra falta de respeto por la presunción de inocencia y las víctimas (que no son solo las que la opinión pública sentencia como tales), para lo que cuenta con la ayuda del músico Albert Pla, que canta e interpreta varias canciones alusivas al caso.

El documental sigue su curso y el año 2003, De nens es presentado en su montaje final en el Festival de Cine de San Sebastián. Coincide en su presentación con la polémica La pelota vasca de Julio Médem, aunque es precisamente la película de Jordá la que es censurada durante su estreno inaugural, con imágenes en negro y pitos que borran ciertas palabras.

HAPPINESS: EL PEDERASTA Y SUS CLICHÉS

Nos vienen al pelo las palabras que Jordi Costa citaba de Todd Solonz en una crítica sobre la reciente película de Ventura Pons, El virus de la por (2015), que trata precisamente dede los prejuicios en torno a un tema tan sensible como este:

"Es importante que todo tipo de abusos infantiles salgan a la luz, pero, al mismo tiempo, todo este proceso provoca un daño irreversible en la psique colectiva que afecta a toda relación entre adultos y niños. Si quisiera ofrecerme como monitor de boy scouts, me mirarían de una manera muy rara. Y eso es un triste comentario a la realidad de la cultura de nuestros días: ya no podemos relacionarnos cómodamente con un niño sin convertirnos, automáticamente, en algo inapropiado".

Esa es la cuestión en cuanto abordamos un tema como este: que la culpeantecede al hecho, que el cliché y los tópicos se imponen antes de nada. El autor de la cita tampoco es accidental porque quizá el gran cronista de los límites borrosos de la moralidad es él, Todd Solonz****, quien en su filmografía toquetea sin miramientos grandes tabúes sociales. Ahí va una muestra: el profesor negro del taller de narrativa de Storytelling (2001), que en público denuncia cualquier muestra de racismo, pero cuando se folla a una de sus alumnas, le pide que le llame "Nigger" porque le pone. Esto es solo ficción, amigos, pero de lo que se trata es de mostrar que la realidad es más rara que nuestras categorías de lo políticamente correcto. Eso hizo también enHappiness (1998), cuya cubierta promocional fue dibujada por *Daniel Clowes*, el autor de Ghost World o Como un guante de seda forjado en hierro, otro amante de los misterios de la carne y la psique. Dura y turbadora como pocas, en Happiness aparece un padre encantador, el perfecto padre del modelo de familia norteamericana, que es un pederasta que abusa del amigo de su hijo.

Ahí lo tienen: el fin no es humanizar al monstruo, aunque sea lo que consigue al mostrarnos que puede ser cualquiera, tu vecino o tu primo; la idea es que quememos de una vez los estereotipos con los que asociamos al malvado en general y al pederasta en particular. Que el mal no es un asunto de clases sociales ni de raza ni de moral pública. Y que cuando lo contemos, deberíamos tenerlo en cuenta. Cuando le preguntaron en el juicio de 2001 a Arcadi Espada porque creía que los padres de varios niños que habían sufrido supuestos abusos habían sido imputados, respondió: "Porque eran pobres". Escuece reconocerlo, pero algo de eso hay: el beat informativo no se aproxima igual a unas víctimas o a otras según su escala social. De ahí los estereotipos que la opinión pública crea de ciertos imputados, enjuiciados y sentenciados mediáticamente. Culpable es una categoría judicial, pero también moral, y es impuesta a veces antes del veredicto del juez o del tribunal popular.

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No creo que sea casualidad que Alfonso Basterra, el padre de Asunta, la niña asesinada en Galicia (el juicio más popular de los últimos meses en España), fuera retratado en algunos medios como un posible pedófilo, con supuestos archivos de pornografía infantil en su ordenador, fotos de su hija adoptiva con ropa indecorosa y sospechas sobre sus gustos sexuales. La cuestión no es si es verdad o no (el juicio no pudo demostrar con pruebas ninguna de esas acusaciones), sino que los medios ya habían hecho ese retrato, sin importarles si era verdad o no. Otra vez lo mismo: no dejemos que los hechos estropeen nuestra caricatura del monstruo.

CAPTURING THE FRIEDMANS: UN JUICIO JUSTO

Quizá la película que mejor muestra cómo los medios efectúan un juicio paralelo al de los tribunales, y cómo arrasan sin piedad con sus víctimas, es la fabulosa Capturing the Friedmans, estrenada en Estados Unidos en 2003 (el mismo año que De nens), y que cosechó, entre otros, el premio del Festival de Sundance de aquel año y el de mejor documental en Documenta Madrid en su primera edición.

Su director, Andrew Jarecki, estaba buscando material para un documental sobre payasos profesionales y dio por accidente con David Friedman, payaso profesional y uno de los hijos de Arnold Friedman, que fue acusado de abusos sexuales junto a su hijo – y hermano de David - Jesse en el año 1988. Jarecki habla con David, se interesa por el caso, ve los vídeos caseros sobre su familia. Cambia el tema de su documental y decide grabar uno sobre el caso de los Friedmans, quienes, pese a las irregularidades de la investigación y del caso, decidieron declararse culpables siguiendo el consejo de su abogado. Jarecki registra los testimonios de los implicados, muestra las contradicciones de unos y de otros, narra el hundimiento de la familia Friedman y, sobre todo, enseña personas de carne y hueso, no peleles o caricaturas de trazo grueso.

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Lo relevante no es si Arnold y Jesse Friedman eran culpables (lo que se cuestiona con argumentos y pruebas durante el documental); Capturing the Friedmans, como dice su título en un juego de palabras, trasciende el retrato policial para enseñarnos el alma de una familia, sus recuerdos, sus vivencias y la destrucción que supuso no solo las penas de cárcel, sino también su juicio mediático: Arnold se suicidó en la cárcel en el año 1995; Jesse salió en libertad condicional en 2001 después de trece años de prisión.

LITTLE CHILDREN: UNA ENFERMEDAD PSIQUIÁTRICA

El pederasta es el gran criminal. El monstruo despiadado. Satanás. Pero si queremos ir más allá de las sentencias y la repulsión, debemos rastrear los contextos familiares y sociales, la personalidad del victimario. Cuando en Inglaterra, en el año 1993, el cuerpo del pequeño James Bulger (que aún no había cumplido los tres) fue encontrado mutilado, nadie se esperaba que los culpables iban a ser dos chicos de diez años: Robert Thompson y Jon Venables. El caso fue un acontecimiento traumático para toda la sociedad inglesa y la primera respuesta fue la de la ira. Es lógico.

Protegidas sus identidades, era difícil leer informaciones que fueran más allá de las pistas que condujeron a los responsables de aquella atrocidad. Una de las pocas que encontré en aquel momento, la firmaba Enric González. Me sorprendió en su crónica del juicio y la sentencia su retrato de los verdugos, que no dejaban de ser, después de todo, niños. El periodista intentaba entender la situación, hablaba de la ruinosa situación familiar de ambos, de su temperamento violento. Había intentado ir más allá del dibujo del monstruo para acercarse al humano. Parecía poca cosa entre toda aquella tormenta de odio que sacudió las noticias sobre el tema, pero era mucho.

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Encerrados en un correccional hasta su mayoría de edad, Venables fue noticia muchos años después porque volvió a la cárcel en el año 2010 acusado de posesión y distribución de pornografía infantil. Salió en el año 2013. Las heridas profundas no curan con facilidad. Las psicopatías, tampoco.

Un acercamiento similar, más cercano al enfoque psiquiátrico, es el que hizo Todd Field en su atípica Little Children (2006), que ganó un Óscar a Mejor Guión Adaptado (2006). Si ya en In the room (2001), mostraba una curiosa y nada complaciente mirada hacia el mal que puede golpear a cualquiera, incluso a dos maravillosos padres que han perdido trágicamente a su hijo, en Little Children utiliza, entre las historias varias que se entrecruzan en la película, a un pederasta recién salido de la cárcel para mostrar nuestra ceguera hacia el tema. El mal no es siempre una elección, por más que les pese a los del libre albedrío. A veces es una condena, una enfermedad mental, un desequilibrio psiquiátrico.

LA MUJER DE SOMBRA: UNA VISIÓN NADA MANIQUEA

Acaso el ejemplo más reciente de un retrato profundo y turbador del pederasta es la novela La mujer de sombra (Anagrama, 2012) de Luisgé Martín. Asumiendo los postulados de Sade y de Bataille, la novela es una exploración de los abismos del mal, en este caso dentro del territorio del sexo, no para la provocación (aunque no es una novela para todos los gustos ni para todos los estómagos, desde luego), ni para la quema pública del pervertido, sino para acercarnos a su naturaleza humana, a las frágiles fronteras que protegen los deseos más abyectos. Creo que no se ha escrito en la literatura en castellano nada más arriesgado, audaz y riguroso sobre este tema, que no cae ni en el morbo facilón ni en la censura moralista. La novela da miedo, claro que sí, pero es que esa es la idea: que nos asuste el retrato realista de sus personajes.

EL MIEDO A RETRATAR EL MAL

Sorprendentemente, muchas de estas historias y narraciones de las que hablamos incluyen dentro sus instrucciones de lectura, como si tuvieran miedo de que no se entendieran, o se entendieran mal. Jordá, en una de las entrevistas sobre De nens, insistió en que no mostraba el lado amable de la pederastia, que esa no era su intención, sino que giraba "en torno a la utilización social de una historia". De igual forma, Jarecki dedica buena parte de su documental a mostrar la manipulación del caso, cómo la presunción de inocencia de Arnold y Jesse fue anulada desde el principio. Little Children narra el regreso del pederasta al hogar materno, tras lo que debe sufrir el rechazo de la comunidad y de sus vecinos, y el narrador de La mujer de sombra reflexiona en muchas páginas sobre cómo el deseo nos rompe y deshace, no siempre bajo nuestro poder.

Toda visión profunda del mal, y en este caso del pedófilo, recurre a menudo a un relato sobre sí mismo, a un relato que examina el relato de sus hechos. Como Las Meninas, como uno de esos cuadros en los que el pintor, además de retratar a sus criaturas, se introduce pintándolas para que no se nos olvide de que lo que estamos viendo es solo eso: un cuadro.