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Rompí mi vegetarianismo por comer caldo de rata

Viví tres meses en las montañas Kairak de Nueva Guinea con una tribu de personas semi nómadas llamados Baingings.
6.6.14

No me puedo mover; siento el dolor recorrer mi cuerpo.

En los últimos meses he sobrevivido a la malaria (dos veces), diarrea (muchas veces), e incontables heridas que brotan casualmente diagnosticadas por mis amigos médicos como úlceras tropicales (podredumbre de la selva, pasa todo el tiempo). Me he enfrentado a mujeres salvajes que reclaman a mi novio como suyo, y he tenido que negociar con ellas.

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Pero en este momento, en el asiento trasero de esta camionetita vieja, esto es lo que me pasa: he vivido los últimos tres meses con una tribu de personas semi nómadas, y me han dado de comer demasiadas cosas raras.

Mi “hermano”, Levi, mete su cabeza por la ventana y dice: “Hermana, creo que es hora de que bajes de esa montaña”.

Levi también es un Baining, pero una versión más moderna de la tribu. No ha vivido en la aldea desde que era adolescente, hace ya unas décadas, y no lo extraña. “Esos tipos son unos salvajes, hermana”, me regaña.

Pero de vez en cuando regreso a esas colinas donde tengo una pequeña choza, un paisaje millonario, y la compañía de una dulce familia.

Hay mucha comida en la montaña, pero no hay mucho más que eso. La mayoría son papas dulces, que son deliciosas, y su primo más almidonado y menos sabroso, el taro. También hay pimientos, tomates ocasionales, papayas, y piñas. Y muchos, pero muchos, cacahuates.

Prenden un fuego en la mañana y otro en la tarde. A excepción de cuando yo estoy ahí e intento llevarles bolsas de arroz, siempre comen lo mismo: una sopa a base de coco con lo que hayan recolectado de los arbustos ese día.

En la parte trasera de la camioneta de Levi, en mi agonía, recuerdo vívidamente la cena de hace dos noches que tenía unas cosas verdes que no reconocí. Normalmente comemos puntas de calabaza, las hojas que están justo arriba del tallo. Es el equivalente de la lechuga en América. A primera vista, no se veían muy buenos, pero con un poco de crema de coco no estuvo mal. De hecho aprendí a amarlo, a necesitarlo.

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Pero esta noche, esas cosas verdes eran diferentes, más ramosas. Eran una especia completamente diferente. Apenas eran lo suficientemente suaves para ser comidas (con esfuerzo). Eran densas y fibrosas, más como la raíz de un pequeño árbol. No es que sean venenosos, sólo que no estoy acostumbrada a comer ramas.

El dolor que siento ahora, 48 horas después, es acompañado de una imagen mental de troncos y basura acumulándose en un río. Imagino un montón de ramas, sin digerir en lo absoluto, apilándose en las esquinas de mis intestinos, desgarrando mi forro intestinal, como vidrio en el papel de baño. Dios mío.

Aún así, no es la primera vez que como algo extraño con la tribu. Hace unas semanas, me despertaron los gritos de Elias y Nerus, los hermanos menores, que brincaban de emoción afuera de mi choza. Ramilang, el mayor, acababa de regresar de la jungla con una canasta llena de mumut, la palabra local para nombrar a una rata.

Los muchachos pusieron manos a la obra para buscar ramas y hacer una fogata. Ramilang prepara cada cadáver sobre las llamas, chamuscando la piel, que hacía ruiditos mientras se cocinaba.

No había mucha habilidad en la preparación del platillo. Cuando Ramilang terminó, lo pasó a sus hermanas menores que lo golpearon los cadáveres contra un tronco y lo partieron con un cuchillo improvisado. Luego le regresaron la carne a la madre para que los sumergiera en una cacerola con sopa de coco, para hervirlos y sazonarlos para la cena.

Espero nerviosamente mientras cae la noche, pensando como fingir alguna enfermedad, o pensando maneras de regalar esta sopa de rata a alguien, ¿cómo recuerdo de mi viaje para algún familiar, tal vez?

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Pero no. Mientras sirven la cena, veo el círculo de caras, iluminadas por el fuego, de los más viejos hasta los más jóvenes, devorando manojo tras manojo, deleitándose.

Busco algo reconocible en mi plato: un pedazo de papa, o un plátano. Nada. Sólo es caldo y rata. Sorbo un poco del líquido cremoso, esta parte está bien, supongo.

Pero luego May me voltea a ver, una de las chicas de mi edad, con su piel morena adornada con una máscara de puntos hecha de semillas de pimiento (que se ve fabulosa, por cierto). Su mirada se se fija en mí y en mi plato, con el mumut intacto. Con un movimiento rápido pesca un pedazo gordo de carne. Kai-Kai, me dice, con sus ojos expectantes. Cómetelo, me pide.

Antes de poder procesar una traducción de ‘No, gracias. Soy muy especial con la comida’, ya me había metido un pedazo de carne en la boca, que estaba abierta por la impresión y el asco, pero que ella confundió con una boca que pedía un trozo de rata.

Y entonces tuve una fracción de segundo para decidir: escupir o tragar. Me lo trago, cediendo.

Aunque no sé qué parte del animal me estoy comiendo, puedo intentar adivinar: sabe a lo que huele la mierda. Siento mi garganta cerrarse y me empiezo a atragantar. Pero me resisto.

Es la primera vez que como carne con ellos, y la primera vez que como carne en cinco años. Así que, en efecto, acabo de romper mi vegetarianismo por comer lo último que alguien querría comer. Muy bien. Buen trabajo, Emily.

¿Pero sabes qué? Se siente muy bien. No en el sentido post vegetariano de oh-por-dios-la-carne-es-lo-mejor-del-mundo, pero porque me recuerda que la comida es mucho más que solo proteínas, grasa, calorías, etcétera. Es comunión y sentarse y compartir. Es sobre superar nuestras estupideces.

Esa tarde cercana a la muerte en la parte trasera de la camioneta finalmente termina, y mi amigo Levi me ofrece un aventón. No gracias, amigo. Tengo cosas que hacer, cosas que guardar. Me regreso a la montaña.

Este artículo fue publicado originalmente en Munchies, nuestra plataforma de comida.