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La pura puntita

Una novela para desentrañar un misterio y reír en el intento

Conversación con Raúl Aníbal Sánchez sobre ‘La muerte del pelícano’, publicado por Ediciones B, 2014.
21.7.14

Traemos adelantos, reseñas y entrevistas sobre los libros que te ensartarán en las mesas de novedades.

Pepe Baruk era un joven brillante, guapo, rico, inteligente, carismático, heredero de una fortuna amasada por una abuelo ambicioso y despiadado. Todo en Pepe Baruk era perfecto, todo le salía bien hasta que una mañana aparece muerto en el interior de su auto, con un balazo en la cara. Los poderosos familiares de Baruk sospechan de un secuestro fallido, y atormentados por la pérdida del prometedor muchacho, presionarán a “los de arriba” para encontrar al asesino. Una nueva y ultrasecreta corporación dentro de la PGR, la Subdirección de Materiales de Cómputo, comisionará este complicado caso a sus dos mejores elementos: Rogelio “El Vaquero” Rodríguez, un robusto e intuitivo policía de la vieja escuela, y Natalia Payán, joven y pulcra pero capaz de poner fuera de combate a un soldado israelí, deberán desenmarañar el misterio de la muerte aquel hijo predilecto sin una sola mancha en su expediente.

Así inicia La muerte del pelícano (Ediciones B, 2014), la novela más reciente del escritor Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977) y de su hermano Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, 1984), y también su primera incursión en el género detectivesco. Una historia irreverente y divertida, ácida y enternecedora, escrita con inteligencia y sentido del humor, fue lo que pensé al terminar de leerla; cualidades que también me motivaron a buscar a Raúl Aníbal para conversar un poco sobre este relato satírico ambientado en un país en el que la justicia parece haber nacido muerta.

Fernanda: La muerte del pelícano es fundamentalmente una novela detectivesca de corte clásico, y creo que eso es justamente uno de muchos aciertos. Tú y tu carnal han escrito una historia que se distancia temáticamente del folklorismo exotista de la narcoliteratura, sin que con ello dejen a un lado la realidad mexicana: el caos urbano de la capital, la incapacidad de los "guardianes de la ley", la ineptitud de la burocracia… La novela policíaca, dice Pablo Piccato, es una de las maneras en que la sociedad puede explorar los caminos inciertos de la justicia; ¿estarías de acuerdo con él? ¿Cuál sería el camino, el momento clave en nuestra historia, que La muerte del pelícano busca comprender?
Raúl:La muerte del Pelícano es no sólo una novela negra, sino que incluso es policiaca (hay diferencias esenciales), algo que la misma novela reconoce imposible en un país como México, donde la policía no funciona para nada.

Teníamos claro que no deseábamos que el narcotráfico se inmiscuyera mucho con la novela, ya que la realidad del país estaba rebasando por mucho a la literatura. Era imposible hablar del estado de las cosas sin caer en el panfleto, pero también era una locura no hacerlo. ¿Cómo hablábamos de la masacre impune de 72 migrantes, el asesinato de activistas frente a un palacio de gobierno, la carnicería ambulante de los zetas en pleno boulevard de Boca del Río?

Sin embargo la ineptitud y la corrupción de la policía seguían ahí, su descarado uso político. Y, desde cierto nivel de extrañamiento, la ineptitud siempre es cómica. Por otro lado el sexenio de Calderón, que es cuando se escribió el libro, también fue fértil en estupidez. Cuando decidimos abordar la realidad desde la sátira todo fue más fácil, algo que a lo mejor sacamos de Bulgakov o de Salman Rushdie (aunque la novela carezca de elementos “fantásticos”, dicho así para no entrar en menudencias). El momento retratado es tal vez uno de inflexión en la vida nacional y decidimos sembrar ese instante en detalles por toda la novela: el asesinato de Marisela Escobedo, el secuestro de Fernández de Ceballos, el balazo que le metieron a Salvador Cabañas, a lo lejos Tamaulipas agobiado por los zetas. Decidimos mantener el humor como una manera de esquivar el panfleto, y como un intento de sanación y denuncia para nosotros mismos y quien nos leyera. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia.

Me viene a la mente ese momento en La muerte del pelícano en que dos personajes discuten sobre la literatura policial mexicana, y uno de ellos afirma que cualquier tipo de novela policiaca ambientada en México fracasaría miserablemente pues la justicia como institución no existe, y que en este país los verdaderos detectives "son las madres, los padres, las hermanas y hermanos de los desaparecidos y asesinados"… Creo que la muerte del pelícano no fracasa justamente porque reproduce, espejea y satiriza esta situación de impunidad que supuestamente imposibilitaría cualquier forma de acción policial; es decir, a pesar de las condiciones sociales, la forma literaria cumple su cometido: cuenta una historia, plantea un enigma, al mismo tiempo el misterio de una muerte y de una personalidad. Te decía hace rato que ese es, me parece, uno de los aciertos de la novela: La muerte del pelícano no pretende "innovar" o "retorcer" la transparencia y sencillez del modelo literario policíaco para alejar al género del ámbito de lo popular. Es una historia donde se plantea un enigma y se resuelve según las leyes clásicas del género: algo que cada vez es más difícil encontrar. ¿Cómo lograron esto? ¿Son los hermanos Sánchez lectores del género? ¿Qué es a ti lo que, en lo personal, la novela policíaca te permite explorar?
La historia de cómo se escribo la novela está bien narrada en la bitácora de Espartaco en Letras Libres, ahí se encuentra un poco la clave de todo este asunto. El libro tiene una estructura clásica de género (de lo cual también nos burlamos) porque se escribió pensando siempre en ella. Nuestras influencias eran Simenon, Wiklie Collins, Ellery Queen, Chesterton, Spillane, Chandler, Mankell, etcétera. Lo interesante era ver cómo podíamos lograr que en un ambiente viciado esto funcionara. El caso me parece sencillo y lo fundamental de la novela se encuentra más que nada en la galería de personajes, que fue lo más trabajado y es por lo que gana, a mi parecer. Daniel y yo nos pasamos media vida hablando de Chihuahua y su ambiente urbano-rural, y esto era algo necesario, queríamos retratar la Ciudad de México en toda su enormidad y ojetez, la corrupción de partidos políticos y empresarios, la terquedad y a veces heroísmo de sus habitantes, la belleza de ciertos parajes en manos de muy poca gente adinerada. En lo personal, y puesto así suena muy chafa, yo intenté explorar algún problema metafísico que tenía que ver, de hecho, con el estado general del país. Esto es la imposibilidad del bien. Imré Kertesz nos dice que lo extraño en el mundo no es la presencia del mal, ya que es un asunto de supervivencia, sino que es la santidad lo que no tienen ningún sentido, es absolutamente gratuita. La víctima de la novela, como recordarás, es alguien increíblemente bueno, amable, que para colmo es lo que se dice “de buena familia”, algo que de hecho molesta a nuestro detective. El difunto es una especie de Galahad en la Demanda del Santo Grial, y es por eso tan extraño que fallara en la vida y pereciera de esa forma. En algún momento de la novela se le asocia con un becerro de dos cabezas: una criatura que ni siquiera debió haber nacido. Por otro lado, el género permitía suspender el realismo en su forma del siglo XX a voluntad, pues tiene sus propias reglas. Hay largos monólogos de todos los personajes que no parecen forzados y que dan a conocer mucho de ellos mismos y del ambiente donde se desenvuelven, pero que en la literatura al estilo de Carver o de Ford, serían imposibles porque simplemente no suceden en la “vida real”.

Mencionaste a maestros del género policial europeos y anglosajones… ¿Qué pasa con los ejemplos mexicanos? En la novela, en la conversación que describí, uno de los personajes dice que en México sólo han existido dos novelas policiacas (y negras) que valen la pena: El complot mongol de Bernal y Dos crímenes de Ibargüengoitia… ¿De plano?
Por supuesto que en el episodio que mencionas, quienes hablan son los personajes, y estas cosas siempre pueden malinterpretarse. La escena es un poco homenaje y parodia del episodio del cura y el barbero en Don Quijote, cuando deciden quemar la biblioteca de libros de caballería del susodicho. Lo que narrábamos tenía que ser algo extremo, y servía para dejar pasar un poco de crítica hacía algunos problemas que veíamos tenía el género negro en el país. Bernal e Ibargüengoitia tenían aquello que buscábamos retratar, la corrupción pero también la sátira del país en su momento respectivo, y también la imposibilidad de que un detective funcional fuera a la vez un policía. Acaso toda esa escena, más que contra la tradición en sí, vaya contra cierto folklorismo exagerado que algunas novelas adoptaron desde los años 80 para acá y que parece encanta a los lectores extranjeros.

Hay muy buenas novelas negras en México y tenemos una tradición firme; pienso en María Elvira Bermúdez, en Ensayo de un crimen de Usigli, en el mismo Bernal que publicó otras dos buenas novelas, con su propio detective: Teodulo Batanes, bastante cercano al padre Brown de Chesterton. Vamos, hasta Carlos Fuentes lo intentó, pero esa otra historia. Otro apartado serían las novelas criminológicas, donde entra Dos crímenes y Las muertas de Ibargüengoitia, y Los albañiles de Leñero. Aquí es donde se han hecho las mejores cosas a mi parecer. Hoy en día se hacen muy buenas novelas negras en México, me vienen a la mente Iris García Cuevas, con 36 toneladas (muy buena, la neta) o La muerte me da… de Cristina Rivera Garza, que han sido más que excelentes. Y creo que también mencioné puros anglosajones antediluvianos, al francés y al sueco porque precisamente La muerte del pelícano estaba pensada en una estructura "decimonónica" del género, si acaso puede decirse tal cosa. Tiene más influencias: Graham Greene, Eric Ambler, Dostoievski y autores soviéticos, que no son tan notorias.

La muerte del pelícanopuede ser considerada como tu debut novelístico en la literatura —por decirlo de algún modo— “adulta”. A tus treinta años tienes ya varias publicaciones y premios literarios, especialmente en el ámbito de la novela y el cuento juveniles. También sé que escribes poesía y que tienes actualmente una beca para dedicarte a ello… ¿Cómo has vivido la experiencia de publicar La muerte del pelícano? ¿Muy distinta a la de publicar tus otros libros? 
La cosa por otro lado es que la literatura de género tampoco es muy respetada en México, y no se le considera enteramente “literatura adulta”. Así que no veo mucha diferencia. Es raro, porque la literatura de este país con más éxito en el extranjero suele ser literatura juvenil o detectivesca. Acaso lo que siento más nuevo es publicar con una editorial hecha y derecha, con todo el asunto de las entrevistas y la promoción. Y no te voy a mentir, me la he pasado bastante bien. Respecto a tu última pregunta, no me siento especialmente joven a los treinta años. Los poetas a mi edad ya tienen cuatro libros de poesía publicados y en otros tiempos creo que ya estaría muerto de tuberculosis. Por cierto, un descarado inserto autopromocional: en un mes saldrá un libro de relatos mío en Tierra Adentro, El genio de la familia.

Tampoco espero mucho de la novela por lo que menciono arriba. Deseo que llegue a las personas que la van a leer, a las más posibles, es decir, alguien que quiera enterarse de las cosas y pasar un buen par de días riéndose y desentrañando un misterio (porque creo que logramos que se leyera rápidamente) y que nos alcance el vuelito para escribir otro caso del Vaquero Rodríguez. Me tiene sin cuidado el canon, la crítica y todas esas cosas, aunque suene a lugar común decirlo.

Hace rato decías que una de las tareas más arduas de la escritura de esta novela fue lograr que los personajes tuvieran densidad dramática. Uno de mis favoritos es, por supuesto, el Vaquero Rodríguez, un policía honesto más por necesidad y cobardía –como el mismo lo reconoce- que por convicción: un personaje que gracias a sus debilidades y contradicciones tiene una tesitura humana que resulta entrañable. Me cae muy bien el Vaquero y su estilo a la vieja escuela, su intuición y hasta cierto punto su inocencia, y creo que es un acierto haberlo emparejado con Natalia Payán: esta muchacha norteña, egresada de excelencia de la academia de policía, tremendamente eficiente pero al mismo tiempo completamente alejada del México real en el que el Vaquero se siente a sus anchas. Creo que este dueto resume bastante bien otro de los tópicos de la novela: el choque y el relevo generacional: las pugnas entre padres e hijos, entre dos generaciones de policías, y la dificultad aunque no la imposibilidad del entendimiento entre ellas. … ¿Con cuál de los personajes de tu novela te sientes más cercano? ¿Cuál fue el más difícil de abordar? ¿Cuál te cae mejor?
Todos los personajes tienen un pie anclado en la realidad. Lo que hicimos fue basarnos en personas cercanas, llevarlas hacia los estereotipos de la novela negra y luego intentar darles la vuelta. Creo que el método funcionó más o menos bien. La idea del relevo generacional (turgueneviesca y tolstoiana, claro) es universal y nos daba un buen camino para seguir, además era algo que observábamos que estaba sucediendo en el país. Aún ahora el nuevo presidente ha decidido crear una nueva policía, y esto porque los niveles de corrupción que puede alcanzar cualquier institución de judicial en el país en menos de 6 años se vuelven siempre inmanejables. Queríamos burlarnos del arribismo ingenuo con que el nuevo partido y sus bases intentaban gobernar el país, pero que resultaba igual de cacique que el partido anterior, sólo que como si algo se hubiera perdido, ciertos mecanismos de control y sobrevivencia, ciertas formas de manejar la corrupción y la opinión pública.

El Vaquero tiene mucho de nosotros y era algo que salía muy fácil a la hora de escribirlo. Mentiría si dijera que, incluso contra nuestra voluntad, no tiene algo de Belascoarán Shayne. Lo más difícil fue precisamente no volver al personaje excesivamente romántico o folclórico. Natalia Payán en una primera versión no era más que un patiño del Vaquero, un Watson o Flambeau, algo con lo que ambos estábamos muy incómodos, afortunadamente fue ganando en profundidad. Muchos me han dicho que al leer la novela empiezan odiándola y terminan queriéndola. Almazán está basado en alguien muy cercano a mí y también lo encuentro adorable, pero es importante resaltar que tiene algo oscuro en su personalidad atemperada por los años. No en vano trabajó para gobernación en los tiempos de la guerra sucia.

Mi personaje favorito es “el jefe” del Vaquero. Uno de esos hombres atribulados del nuevo régimen, joven, con una carrera por delante, pero probablemente con colitis y cálculos biliares por la naturaleza de su trabajo. Además, parece invocar fuerzas vesánicas mientras trabaja, pues pasa de estados de terrible decaimiento a otros de actividad febril. Creo que me agrada porque es precisamente donde se refleja mejor la suspensión moral en la que se encuentran todos los personajes, sí es querible, pero conoces la naturaleza política de su trabajo y eso levanta una especie de muro. Es machista y calculador, pero un buen perro… o quién sabe. Mi mejor amigo es político del PAN, a lo mejor de ahí me viene.

Por último, y ya para volver a la chamba: ¿podrías decirme de qué va este nuevo libro de relatos [que se publicará próximamente en Tierra Adentro] El genio de la familia?
El genio de la familia va a ser mi libro goyim. Es una serie de relatos “realistas” que escribí en los últimos diez años, cuando se me ocurrió la estúpida idea de dedicarme a la literatura. Trata precisamente sobre Chihuahua y lo que era ser un adolescente ahí y todo eso que ahorita sólo de pensarlo me da flojera. Creo sin embargo que va a ser un libro divertido, memorable incluso y un paso necesario para lo que venga más adelante. El tono es menos trágico, “sucio” y minimalista a lo que estamos acostumbrados en la mal llamada literatura norteña. Prometo muchas erecciones adolescentes y criticas de arte conceptual.

Sigue a Fernanda Melchor en Twitter:

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