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Cultură

​Platicamos con un hombre que fue exonerado después de 30 años en el corredor de la muerte

Muchos creen que la justicia es ciega, pero no, yo sé que puede ver. Ve de qué raza eres, a qué universidad fuiste y cuánto dinero tienes.
13.4.15

Este articulo se publicó en colaboración con la organización The Marshall Project.

Anthony Ray Hinton fue acusado de asesinar a los gerentes de dos restaurantes de comida rápida en un par de robos que ocurrieron en la zona de Birmingham, Alabama, en 1985. La única evidencia que inculpaba a Hilton eran unas balas que según los peritos coincidían con las del revólvere .38 que se encontró en la casa de Hinton. La tarjeta de registro, entre otras cosas, era la evidencia de que Hinton estaba en su trabajo a la hora de los asesinatos. No habían huellas digitales ni testigos que vincularan a Hinton con los asesinatos.

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Sin embargo, Hinton, que en ese entonces tenía 29 años de edad, fue condenado al corredor de la muerte, nombre que se le da a la sección en la que se encuentran los condenados a muerte en la prisión.

El año pasado, después de varias a apelaciones de Hinton y de su abogado, Bryan Stevenson (fundador de la organización Equal Justice Initiative), la Suprema Corte de los Estados Unidos anuló la condena de Hinton y ordenó que se llevara a cabo un juicio nuevo. (Stevenson es parte del gabinete de asesores de The Marshall Project.)

El mes pasado, tres expertos del Departamento de Ciencias Forenses de Alabama llegaron a la conclusión de que las balas de los tres robos eran diferentes y no se podían vincular con la supuesta arma homicida.

Hinton por fin salió de su celda en una cárcel del Condado Jefferson el viernes pasado, a dos meses de su cumpleaños número 59. Según el Centro de Información de la Pena de Muerte, Hinton es la persona número 152 que exoneran del corredor de la muerte en EU.

Esta semana, Hinton platicó con Corey G. Johnson, de The Marshall Project, sobre los 30 años que pasó pidiendo justicia, sobre cómo conservó la cordura durante las tres décadas que estuvo en una celda de aislamiento y sobre su cómo fue regresar a un mundo desconocido. La entrevista fue editada con fines de longitud y claridad.

VICE: ¿Qué se siente ser libre, Ray?
Anthony Ray Hinton: Hoy por la mañana salí a dar un paseo por primera vez. Fui a donde solía vivir mi mamá, caminé alrededor del patio y regresé. Es difícil creer que puedo ir a donde quiera sin que alguien me diga: "No puedes pasar de ahí". Es alucinante, la verdad. Todavía no me acostumbro. Aún me falta mucho pero sé que lo voy a lograr.

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¿Qué es lo que más te emociona?
Ya no ver la cerca con alambre de púas ni a los guardias en las torres de vigilancia. O a los policías patrullando alrededor de la prisión a cada rato. Cuando estaba en el corredor de la muerte, me sacaban al patio una hora, claro, dependiendo del clima y de si había personal suficiente o no. Pero no me sacaban todos los días. A veces no me sacaban en una semana o dos porque no tenían el personal suficiente para que pudiera ejercitarme. Y ahora puedo salir a caminar sin que me digan: "Es hora de entrar".

Ya fui al supermercado y poco a poco me estoy acostumbrando a ver a la gente pasar. Es impresionante ver tanta gente a mi alrededor porque en la cárcel estaba solo. No sé quién está a mi lado, quién está en frente y quién está a mi espalda. Me da un poco de nervios.

¿Te pones nervioso por qué temes que alguien te haga daño?
Sí. Los del corredor de la muerte teníamos un patio sólo para nosotros. Cada que salíamos, lo hacíamos en grupo. Por ejemplo, en mi grupo habían 28 presos y todos nos conocíamos. Algunos jugaban basquetbol, otros volibol y otros se limitaban a caminar por el patio. Siempre sabía donde estaban los grupos de personas, todo lo contrario a lo que vi el sábado pasado en el supermercado, donde había un mar de gente a mi alrededor. Iban y venían en todas direcciones.

Recuerda que pasé 30 años dentro de una celda de 1.5 x 2m. Estaba solo. Como el corredor es muy silencioso, me acostumbré al ruido y a los sonidos de todo a mi alrededor. Todos los presos están en su propio mundo. Algunos leen, otros dibujan o ven televisión y otros escuchan música. Cada quien decide en qué ocupar su tiempo.

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Y aquí afuera hay gente haciendo ruido en todos lados, en tu espacio personal.
Exacto. Me siento fuera de lugar. No sé quién me observa y quién no. El viernes pasado había mucha gente que me señalaba y me reconocía. "Ok, seguro me vieron en las noticias", pensaba. "¿Qué piensan de mí? ¿Que me salí con la mía o que soy inocente?". A veces, cuando salgo a comer, me doy cuenta de que se me quedan viendo o me señalan y me dan ganas de decirles: "Soy un ser humano. Sí, me vieron en televisión. Estoy tratando de adaptarme".

Me costó trabajo recordar cómo se usa un tenedor. En la cárcel no usamos tenedor, usamos cucharas de plástico. No he comido con tenedor en 30 años. Pedí algo fácil de comer para no dar la impresión de que no me educaron en mi casa. Tengo que aprender todo otra vez.

¿Qué pediste?
Frijoles con salsa de tomate. Aunque no lo creas, eso nos daban en la cárcel. También pedí pollo frito. Quería pescado, albóndigas y una ensalada. Me quedé viendo a la ensalada y por más que lo intenté, nunca logré tomarla con el tenedor, entonces no me la comí. Preferí comer pollo porque estoy acostumbrado. Sólo lo levanto con mis manos y lo muerdo. En la cárcel comíamos esa clase de cosas. De vez en cuando nos daban pollo frito y en los días festivos nos daban frijoles en salsa de tomate. El punto es que pedí el mismo tipo de comida que me daban en el corredor de la muerte.

¿Qué quieres hacer ahora que eres libre?
Me gustaría dar conferencias para inspirar a los jóvenes negros. Si pudiera, recorrería las preparatorias o las iglesias de todo el estado. Lo que viví me da la credibilidad de decirle a los chicos: "No importa que obedezcas la ley, aún así tienes más probabilidades de ir a la cárcel. Yo no violé la ley y aún así me metieron a la cárcel, y no sólo eso, me confinaron al corredor de la muerte por 30 años. Por eso estoy aquí. Quiero que todos ustedes vayan a la escuela, saquen buenas calificaciones, entren a la universidad y no terminen como yo. Ahí adentro nadie les puede ayudar. No van a tener a su madre ni a sus hermanos para que los consuele".

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Quiero hablarle a los jóvenes en el idioma que entienden. Sé que no voy a poder salvar a todos pero si alguno llega a ir a la cárcel, al menos va a pensar: "me lo advirtieron". Nadie me dijo que existía ese tipo de lugares. Un día me gustaría subirme a mi auto —cuando tenga uno, si es que algún día me compro uno— y viajar para ser una inspiración para los jóvenes negros porque, en mi opinión, son más vulnerables que cualquier otra raza, al menos en Alabama.

Muchos colapsan en las celdas de aislamiento. Se vuelven locos, se rinden, se suicidan. Cuéntame tu experiencia. ¿Cómo lograste conservar la cordura?
Mi familia es cristiana. Mi mamá era muy estricta. Siempre decía que no necesitábamos jugar con otros niños. Que podíamos hacerlo solos. Me enseñó a confiar en Jesús y en nadie más. Algunos se colgaban en el corredor de la muerte. También se cortaban las venas. Había tanta sangre que se filtraba por la puerta. Me encerré en mi propio sentido del humor. Trataba de hacer reír a todos con los que tenía contacto, desde los guardias hasta los presos. Cuando llegaba un guardia le decía: "Hola, oficial" y me respondía "Hola, Anthony, ¿qué se te ofrece?". Después les decía: "Tengo que ir rápido a mi casa y necesito que me preste su auto. Se lo regreso en una hora". Y así los hacía reír.

El fiscal de distrito y los policías racistas me difamaron y me encerraron por un crimen horrible que no cometí. Me robaron 30 años. No podía darme el lujo de entregarles mi alma. No podía entregarme. Tenía que aferrarme. Mi sentido del humor fue lo único que evitó que me volviera loco.

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Un hombre no puede soportar estar 23 o 24 horas al día solo, en una celda, sin salir. Ningún humano es capaz de soportar esa presión a menos que haya algo más grande en su interior. El espíritu en mi interior no dejó que me suicidara.

No te voy a mentir, hubo momentos en los que Satanás se acercó y me dijo: "Nunca vas a salir de aquí". Cuando veía que iban a ejecutar a un hombre, me preguntaba cuándo sería mi turno. Y cada que escuchaba una voz diciendo "eres el siguiente", le respondía "pero tú vas antes que yo" y de inmediato encendía el interruptor de la risa. Nunca lo apagué. Aún hoy, a pesar de que soy libre, ese interruptor sigue prendido.

Si me hubieras visto en esos 30 años no creerías que soy normal. Creerías que estoy loco. Estaba en el corredor de la muerte y aún así jugaba y reía. No estaba dispuesto a aceptar la pena de muerte. No pueden obligarme. Pueden matarme pero nunca van a lograr que lo acepte.

¿No lo aceptabas porque sabías que eras inocente?
Sabía que era inocente. Estaba seguro de que Dios no me iba a dejar morir por algo que no cometí. Hay una parte en la Biblia que me ayudó mucho. El Evangelio de Marcos, capítulo 11, versículo 24: "Lo que sea que desees, cuando reces, cree que lo vas a obtener y así será". Y mi suplica era: "Señor, sácame de este lugar".

¿Qué tan seguido rezabas?
Todas las noches. Cada que me despertaba. Antes de dormir. Todas las noches. Por eso sé que fue gracias a que Dios escuchó mis plegarias.

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Tu caso es una de las peores injusticias que he visto.
"No me importa si eres culpable o no, te toca pagar", dijo uno de los guardias que me llevaron a la cárcel, quien por cierto era blanco. "¿Por qué, si no he hecho nada?", le pregunté. "Te explico: en primera, eres negro, tu abogado es blanco, el juez también, al igual que la mayoría del jurado, y además ya tenías antecedentes de robo a casa habitación. ¿Sabes lo que eso significa?", dijo. "No", le respondí. "Que te van a declarar culpable. Culpable. Culpable. Culpable".

¿Y todos eran blancos?
El juez era blanco, igual que los dos fiscales. Pero el jurado era mixto. Según yo, había como cinco personas negras en el jurado. Aunque no recuerdo bien.

¿Crees que deberían quitarle la licencia de trabajo a los fiscales?
Sí, estoy seguro. ¿Sabes por qué? Porque ese mismo fiscal dijo a un periódico que si algún día me soltaban, me iba a estar esperando en el estacionamiento con un revólver .38 listo para dispararme. Salió en el periódico Birmingham News.

¿En la cárcel hubo días en los que te sentías triste o agobiado?
Claro. Cuando me dijeron que mi madre murió en 2002. Ése fue el día más triste de mi vida. Murió la mujer que me crió, me alimento y me vistió. Ni siquiera pude despedirme de ella o abrazarla. No sabía dónde la iban a enterrar. Todo eso me pasaba por la mente. Fue muy triste. La gente dice que murió de tristeza porque nunca se recuperó de cuando me metieron a la cárcel. Estaba muy preocupado. Además, estoy seguro de que nunca volvió a ser la misma después de que entré a la cárcel. No tenía educación, por lo tanto no entendía bien qué pasaba. Siempre me preguntaba: "¿Cuándo te van a dejar salir?" Me duele mucho. [Llorando] No sólo me llevaron a mí, también se llevaron a mi madre.

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¿Cómo lo superaste?
Cuando la enterraron, seguí adelante con mi sentido del humor porque eso es lo que ella habría querido. Jamás habría dejado que me rindiera. Sabía que Dios la iba a escuchar. Sabía que iba a estar junto a Dios desde que se fue al cielo. Por eso me recuperé y construí una barrera. Ya no podía sentir tristeza. Sabía que Dios me iba proteger. Y tuve fe. Cuando cumplí diez años encerrado, escuché que Dios me llamó, dijo "Ray, levántate". Cuando pasaron 20 años, volvió a llamarme "Ray, levántate". Y cuando pasaron 30 años, dijo "Roy, levántate", y después salí, igual que Lázaro. Tengo fe en que así fue. Algún día, esos demonios mentirosos y racistas van a recibir lo que merecen. Ya estoy en casa.

Cuéntame sobre el día en que supiste que la Suprema Corte ordenó llevar a cabo un nuevo juicio.
Me puse a gritar dentro del corredor de la muerte: "¡Voy a tener otro juicio! ¡Voy a tener otro juicio!" Nunca he consumido drogas. Nunca. Pero me sentía tan eufórico que no puedo explicarlo. Sentía que caminaba sobre el agua o que podía caminar en aire.

¿Alguna vez te han ofrecido disculpas los que tuvieron que ver en tu caso o en general cualquier funcionario del estado de Alabama?
No. Ni siquiera los senadores negros me han ofrecido disculpas. Nadie de la legislatura. Ningún miembro del gobierno me ha dicho: "Perdón por lo que te pasó". Nadie.

¿Tienes planeado demandarlos o pedir alguna compensación por lo que viviste?
No he hablado sobre eso con mi abogado, el señor Stevenson. Aunque no lo creas, con que digan la verdad y me pidan disculpas es más que suficiente. Pero estamos en Alabama. No sé si sea buena idea exigir que me paguen pero si es necesario y si el señor Stevenson cree que es lo mejor, entonces así será.

¿Qué le aconsejas a los que siguen en el corredor de la muerte o a los que fueron encarcelados injustamente?
Que sean fuertes, que recen, que no pierdan la fe, que trabajen con sus abogados, que los cuestionen y que vayan a la biblioteca y lean sobre Derecho cada que puedan. No se rindan. Si saben que son inocentes, entonces van a encontrar consuelo en mi escritura sagrada favorita, Marcos 11:24. Pero no se limiten a leerla. Créanla. Si tienen fe, les aseguro que van a salir igual que yo. Lo que se hace en la oscuridad, siempre termina saliendo a la luz.

Basándote en tu experiencia, ¿qué harías para mejorar el sistema penal?
Primero, hay que ajustar la diversidad racial en los procedimientos penales. Segundo, debería haber un comité encargado de supervisar cada procedimiento que resulta en pena de muerte para asegurarse de que la persona tuvo un juicio justo y recibió fondos suficientes para contratar expertos. No sé si se acuerdan pero me condenaron por dos homicidios agravados. El Estado podía solicitar los servicios de todas las agencias. Pero mi abogado no contaba con esa ventaja. No fue justo. Hay que competir en igualdad de condiciones. En mi opinión, si el gobierno está dispuesto a gastar 500 mil dólares, entonces la defensa también debería tener derecho a gastar 500 mil dólares. Imagina qué habría pasado si hubiera tenido el dinero que necesitaba mi abogado para contratar expertos. Hubiera ganado el caso.

Hay algo que mucha gente no entiende. Muchos dicen: "pues, te dan derecho a un abogado". Sí, es cierto, Pero te dan a cualquier abogado. El problema es que no sabes si te va a ayudar. No sabes si va a hacer todo lo necesario. Otra cosa, muchos dicen que la justicia es ciega. Pero no, yo sé que puede ver. Ve de qué raza eres, a qué universidad fuiste, cuánto dinero tienes y todo lo demás. Tu libertad depende de qué es lo que ve. Cuando me vio, supo que estaba destinado al corredor de la muerte.

Corey G. Johnson hizo esta entrevista para The Marshall Project, un medio informativo que se enfoca en el sistema penal de EU. Puedes suscribirte a su boletín o seguirlos en Facebook y Twitter.