La vida en Brasil no es un paraíso para los migrantes haitianos
Miles de isleños se han visto obligados al país sudamericano en busca de una mejor vida, a pesar de los abusos inminentes contra su condición de migrantes.
El pastor Charles predicando desde la pequeña iglesia. Fotos por Vinicius Ferreira.Observaba mientras el pastor Charles Antiochus, un sacerdote haitiano, se preparaba para su sermón dominical. Su pequeña iglesia evangélica ubicada en el corazón de Santa Felicidad, un barrio en Curitiba, la capital del Estado de Paraná en Brasil. El área era hogar de una comunidad italiana de Paraná pero ahora ha sido llamada “La pequeña Haití”, debido a los casi 500 haitianos que viven ahí, la mayoría de los cuales llegaron después del terremoto de 2010 en su país natal.
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Muchos haitianos sueñan en encontrar prosperidad económica en Brasil, la mayoría llega a São Paulo, un centro industrial en crecimiento que ha atraído a migrantes desde finales del siglo 19. Pero para la mayoría de nuevos migrantes, la aventura está llena de dificultades.
Y como los miles de migrantes como él, Amos D. de 22 años dejó Haití para ir se a Curitiba a finales del año. “Pasé por mucho”, me dijo Amos. Su jornada, que inició al norte de la ciudad haitiano de Gonaïves y terminó en Paraná, fue extremadamente peligrosa. Es una ruta frecuentada por migrantes haitianos que no quieren pasar por el proceso tedioso de tramitar —y arriesgarse a que no les den— una visa humanitaria a Brasil. En lugar de eso pagan alrededor de tres mil dólares para ser transportados al sur del país sin autorización legal.
Amos primero viajó a la República Dominicana, antes de viajar a Ecuador con un amigo después de una parada rápida en Panamá. En Quito se quedó con uno de los contactos de los traficantes antes de ir a Perú. Aquí es cuando las personas que toman esta vía enfrentan el peligro más grande. El joven haitiano me dijo que pasó varios días en una minivan con otros 11 migrantes.
“En Perú, los migrantes haitianos a menudo tienen que esconderse en los platanales”, me dijo el pastor Charles. También me contó que los traficantes le dan una mordida a la policía peruana para que los dejen ir. “A veces se llevan nuestro dinero, nuestros relojes e incluso nuestros zapatos”, dijo otro haitiano, que quiso permanecer en anonimato.
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La mayoría de los haitianos parecen tener el mismo sueño: llegar con seguridad a Brasil, en Brasileia (en el estado de Acre) o Tabatinga (en las Amazonas), donde obtendrán un CPF (un número de identificación fiscal) y un permiso de trabajo que les permite permanecer en el país.
Un migrante haitiano comprando un boleto de autobús.Las playas hermosas del país y el desarrollo económico del país son paradisiacos, pero la vida en Brasil no resulta ser de la manera que los migrantes haitianos se lo imaginaban. Para empezar, el séptimo poder económico del mundo no brinda seguridad económica a los migrantes: “Hay fuertes obstáculos económicos contra migrantes”, explicó Nadia Floriani, una abogada y voluntaria en Casa Latinoamericana en Curitiba, que otorga asistencia legal gratuita a los recién llegados. “Son una mano de obra barata”.
Como en otros países con grandes poblaciones de migrantes, esta mano de obra barata sufre abusos muy seguido. Lucaindy, de 27 años, trabajó por cinco meses como un trabajador de construcción. “A mi jefe, quien bebía demasiada cachaza, no le gustaban para nada los trabajadores haitianos”, dijo. Y cuando el jefe se enteró que Lucaindy quería renunciar, él inmediatamente le dejó de pagar. Por lo general son personas vulnerables y desinformadas, los haitianos son blanco fácil; incluso cuando están trabajando de manera legal, sus trabajos son muy mal pagados como para brindarles estabilidad económica.
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A veces los haitianos encuentran trabajos en construcción, pero los sueldos nunca sobrepasan los mil reales brasileños. Esto no es mucho, considerando los altos costos que han surgido en la última década.
“Los sueldos en Brasil son muy bajos”, explicó Guiveny A, un haitiano que llegó hace seis meses. “Es muy difícil encontrar una casa”, agregó Henrico Y., un mecánico que vivía en Puerto Príncipe. Las rentas caras y los problemas administrativos de migrantes hacen su situación aún más difícil. Como resultado, muchos terminan a las afueras de Curitiba. Algunas casas albergan más de una docena de haitianos, que comparten gastos y un espacio muy limitado.Miembros de la comunidad migrante también luchan para enviar dinero a sus familias que se quedaron en Haití; el tipo de cambio no está a su favor, porque el valor del real brasileño se ha estancado y ha permanecido muy bajo en comparación al dólar estadounidense. Jean, que vive en un internado que le pertenece a su jefe, le pidió a su familia dinero, ya que su sueldo como mesero no es suficiente para darle una vida a su esposa e hija.
Benjamin M., de 21 años, también decidió dejar Curitiba para acompañar a sus compatriotas a Santa Felicidad. Él se mudó a Brasil hace dos años y trabajó como un oficial de seguridad. Interesado en la tecnología, Benjamín quiere abrir un café-internet y ya ha comenzado a comprar computadoras.
“Estos sueldos nos están matando”, me dijo en un portugués perfecto. Pero gracias al apoyo económico de sus familiares que viven en EU, puede vivir un poco más con libertad que otros haitianos en Brasil.
De regreso a la iglesia, el pastor Charles inició su sermón. “Brasil , Brasil… este país nos ha abierto sus puertas”, dijo a cuatros haitianos sentados en silencio frente a él. Siguió dando su sermón mezclado en criollo, francés y portugués, y motivó a su congregación a mantener la esperanza en que el país que les abrió las puertas, eventualmente los dejará triunfar.
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