Cómo vencer la prueba del polígrafo

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La hora mágica

Cómo vencer la prueba del polígrafo

Dominé el arte de la mentira para no ir al tambo.
14.5.15

Ilustraciones por Brandon Celi.

Tengo mi historia: drogas ilegales, cárcel texana, polígrafos y una madre judía. ¿Qué no todos tenemos algo que contar? Mi propia historia empieza en una clara mañana de mayo de 1994, en un paradero en la desértica carretera que lleva a Las Cruces, Nuevo México. Yo regresaba de mi universidad en Los Ángeles a casa de mi madre en Gulfport, Mississippi. Había estado en esa mancha de pavimento hirviente desde antes del amanecer y junto a los letreros que advertían de serpientes y jabalíes, ese paradero parecía el mejor lugar para mear.

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Fue allí donde conocí al autoestopista.

"¿Vas a El Paso?" dijo. No él, sino un intendente en overol naranja que al parecer cumplía las órdenes del hombre. El intendente explicó que la plataforma del tráiler se había roto y que el trailero había tenido que pedir un aventón de ocho kilómetros para poder llegar al paradero. Tal vez yo podría llevarlo a la estación de autobuses en el centro. Sería un viaje de una hora. Pensé en preguntarle al intendente por qué estaba siendo tan buen samaritano, pero el camionero salió del baño antes de que tuviera la oportunidad. Éste era flaco y usaba jeans deslavados y una camiseta de Panama Jack. Tenía un tatuaje azul claro en el antebrazo que no logré descifrar, dientes feos y botas mineras. Se estaba terminando un cigarro y miraba de reojo, como ignorando el tráiler. Probablemente yo le parecía fuera de lugar en su oasis solitario, y tal vez parecía alguien a quien molestar. O tal vez un espíritu análogo. Yo traía shorts sucios y playera de la gira Steel Wheels de los Rolling Stones. Tenía barba de chivo y aretes en ambas orejas. Y chanclas Teva.

"Vamos", le dije.

Yo tenía 21 años, estaba perdido y era temerario; era un estudiante de literatura deseoso de aventuras picarescas. No podemos olvidar el daño a mi personalidad causado por la exposición a Camus, Sartre, Dostoievski y Hunter S. Thomson, sin mencionar a Conan el bárbaro, En busca del arca perdida y videojuegos como Defender. Yo entendía "la vida real" sólo en términos kerouaquianos y me faltaba fortaleza para poner estos clichés en práctica. Además no estaba predispuesto contra casi nada. Para mí, la respuesta siempre era sí, sin importar la pregunta.

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Me había ido de Los Ángeles unos días antes, después de mi último examen. Estaba crudo y en posesión de un gato gordito llamado Gordon. Mi Jeep Wagoneer del '86, una descomunal bestia café con molduras exteriores de madera, había sufrido una serie de percances irrisorios en los meses anteriores a mi viaje. Una noche, un ladrón rompió la ventana del conductor y robó el radio Benzi que estúpidamente escondí debajo del asiento en lugar de meterlo a la casa. Puse un nuevo vidrio sólo para despertar unos días después y encontrar que alguien más había roto la ventila y vaciado el cenicero, en el cual había tal vez tres dólares (unos 45 pesos) en morralla. Ésta no la reparé, sobre todo porque me gustaba cómo me veía manejando con una ventana rota y un brazo de fuera, como cortando el viento con un aire de indiferencia. También pensé que no había nada más que me robaran, pero me equivoqué: otra mañana desperté para descubrir que el coche ya no estaba. La policía lo recuperó semanas después, y fue en esta Wagoneer —recientemente robada, con la ventila rota, sin radio y con Gordon maullando existencialmente desde su jaula— en la que viajé con el autoestopista hacia el este, entre la vastedad del desierto de Chihuahua.

El tipo me hizo entender que debía mantener su papel de trailero. Habló de autopistas, ciudades, mujeres y del vacío. Mencionó algunos problemas que tuvo con las metanfetaminas, aunque admitió que tenía que recurrir a ellas para no quedarse dormido al volante. Me contó de cuando estuvo en la Marina, en la cárcel y de un niño que no había visto en un buen rato. Se la pasó diciendo que yo le había hecho "un paro". Le conté mis historias e inventé unas mucho mejores.

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Cuando al fin lo dejé en El Paso, él insistió en que aceptara una compensación por el aventón. No tenía dinero, pero sí un excelente —así lo llamó— LSD. Me dio cuatro laminitas como agradecimiento y no aceptó un no por respuesta, aunque sí aceptó veinte dólares (300 pesos). Lo vi dirigirse con flojera a la estación de autobuses, fundiéndose con la bola de vagos y drogadictos que deambulaban en el exterior. Puse las láminas en mi cartera, justo debajo de mi licencia, y me dirigí de vuelta a la carretera.

El día siguiente, mientras pasaba por Kerrville, Texas, me detuvieron por exceso de velocidad. El policía se veía extrañamente alerta mientras me preguntaba cosas. Resulta que alguien de las entrañas de la burocracia de Los Ángeles se había negado a actualizar el estatus legal de la Wagoneer. El auto, con todo mi desmadre, un gato medio muerto por insolación y que se dirigía a una interestatal sospechosamente cerca de México, había sido reportado como robado.

Traté de parecer relajado, lo que significa que no estuve nada relajado. Me hice bolas con una explicación del robo y tartamudeé mientras esculcaban mis pertenencias. Siempre me gustó imaginarme como una especie de Steve McQueen: rebelde, virtuoso y sexy sin saberlo. La verdad es que era más un Woody Allen en Dos extraños amantes, dispuesto a inhalar una buena línea de coca a escondidas, que es esencialmente lo que hice después. Cuando me pidieron mi licencia y registro, titubeé en sacar mi licencia de la cartera. Estaba atorada con algo que no podía sacar, algo con lo que debía tener mucho cuidado. Finalmente la liberé y, al hacerlo, lancé el paquetito de LSD a la jeta del policía.

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Me esposaron y pusieron en el asiento delantero de una de las patrullas. El oficial que me arrestó era uno de esos pelirrojos pecosos con un aire de decepción permanente. Manejaba con una mano, ajustando su arma a cada rato. Platicábamos mientras me llevaba a la cárcel, o más bien, él me daba un sermón de los males de que supuestamente las drogas traen consigo y los beneficios de divertirme sanamente y cosas por el estilo. (Al pobre Gordon también lo encarcelaron en un refugio local). Quién sabe qué tenía en mente. Tal vez pensó que podía salvarme —un crucifijo dorado se asomaba entre los botones de su uniforme—, o tal vez sólo estaba actuando como si fuera alguien que suele salvar gente.

"¿Qué crees que es esto que traes, hijo?" preguntó el policía en medio de nuestra intimidad casi familiar.

Ésta no es una pregunta tan rara como parece. Yo había inspeccionado el contenido del paquetito y no se parecía nada al LSD que conocía. En lugar de pequeños cuadros de papel perforado, encontré rodajas de una sustancia tipo gel de color ámbar, parecido a un jabón Neutrogena. Percibí que tenía una oportunidad con el policía e inventé rápidamente una historia con partes verdaderas en cada mentira. Describí mi experiencia con el autoestopista-trailero, aunque en lugar de admitir la compra de drogas, dije que el hombre intentó vendérmelos y que yo me negué a comprarlos. Dije que entonces él metió el paquetito en una cajetilla de cigarros que olvidó en el auto cuando lo dejé en El Paso.

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"Me dijo que era LSD", expliqué, pero, ya que todavía tenía que probar el contenido —que no tenía planeado hacer—, no podía asegurar que lo fuera. (Esto era verdad, tuve malas experiencias con alucinógenos y planeaba dejarlos). "Por lo que sé, bien podrían ser Salvavidas".

El policía sonrió. "Ambos sabemos que no lo son, ¿cierto?" dijo.

Me encogí de hombros.

Tras una inquieta noche en la cárcel interrumpida por llantos ahogados o por algún prisionero atado por ser demasiado agresivo, pude contactar a mi mamá y a mi padrastro en Mississippi. Mi mamá me consiguió un abogado y éste dio mi versión de los hechos a las autoridades. Tengo el suficiente respeto por la inteligencia de los legisladores texanos como para pensar que sospecharon que mi historia de un autoestopista que "dejó" ácidos en mi auto era pura mierda (hasta la fecha, ni si quiera me creen que el autoestopista existió). Pero yo era un güerito con abogado y fue más fácil que se me otorgara el beneficio de la duda. Mi abogado consiguió mi libertad (y la de Gordon) con una fianza de 25 mil dólares y bajo custodia de mis padres. Se estableció un acuerdo: yo pasaría el verano con mi familia y trabajaría en el taller automotriz de mi padrastro. Al final del verano, regresaría a Texas y me sometería a una prueba de polígrafo. Si la prueba confirmaba mi historia, los cargos serían retirados. Si no, ya que la posesión de LSD es un crimen, podría estar hasta dos años en prisión.

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Mi padrastro tenía un taller automotriz en Gulfport. Randy era un hombre grande y tostado con rostro modesto; un hombre trabajador de manos callosas y antebrazos hinchados por tanto apretar tuercas. Él conoció a mi mamá cuando yo tenía 11 años: reparó su Volkswagen Beetle y la invitó a salir hasta que aceptó. Me encariñé rápidamente con él. Aunque suene a cliché, lo amaba como a un padre. Me daba pena decirle a mi mamá que me habían arrestado, pero me daba aún más pena admitírselo a Randy.

Como el bebé del taller, hice todos los cambios de aceite y trabajos de frenos, balanceé llantas, reemplacé bujías y cinturones, y preparé litros y litros de café. Los otros mecánicos en el taller eran negros y la dinámica en el trabajo parecía una mezcla de una novela de Richard Wright y de un recuento falocéntrico de Historias cruzadas. Bill (nombre inventado) era un ministro bautista y veterano del ejército que rentaba un par de montacargas de Randy y hacía los trabajos pesados que los demás no podíamos hacer. Butch (apodo inventado no tan diferente al verdadero) era un ex pelotero semiprofesional y decano en la congregación de Bill. Cojeaba un poco debido a una vieja lesión de basquetbol y la mayor parte del tiempo barría y contaba historias con un acento sureño incomprensible. OJ (verdadero apodo), el primo de Bill, hacía trabajos de vez en cuando y reparaciones menores mientras se debatía entre ir a la universidad o entrar al ejército. Jugué basquetbol con él una tarde después del trabajo en una cancha callejera. Él era más alto y más rápido que yo y bromeó sobre los güeritos y sus tiros. Nunca volvimos a jugar.

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Las corrientes subterráneas de raza, clase y tensión masculina salían a flote periódicamente. Bill se quejaba de que Randy le asignaba los trabajos más difíciles. (Randy le pagaba por trabajo, pues las reparaciones más complicadas tomaban más tiempo y, por tanto, traían menores ganancias). Esto le molestaba a Bill, pero también le brindó cierto orgullo pasivoagresivo. "¿Ya no te gusta ensuciarte las manos, verdad, Randall?" solía burlarse. Se aseguraba de decirme "Señor Taeeed" (con su acento sureño) siempre que me enseñaba los rudimentos de la mecánica automotriz.

Al mismo tiempo, Randy provocó en mí una cierta sensación de inutilidad. Habiendo crecido en Mississippi, nunca fui capaz de igualar su callado machismo, su fuerza física y su fornida presencia. Fracasé en el futbol y alguna vez caí inconsciente durante un partido. Fracasé en ser útil y destrocé cualquier reparación que caía en mis manos. Nunca pude pararme en la moto, pescar, esquiar y perdí todas las peleas que, por cobarde, no pude evitar. Mientras tanto, Randy era un estadunidense en la manera en que los judíos como mi madre —de la generación de la posguerra— admiran, envidian y respetan, y en lo que desesperadamente quieren que sus hijos se conviertan. Para ella, y, por extensión, para mí, Randy representaba un ideal masculino al que nunca pude llegar.

Aún así trabajaba en el taller, a pesar de que no era bueno en nada. Disfrutaba llegar a casa en la noche, lavar la grasa de mi cabello y sentir dolor en brazos y hombros. En realidad, no es tanto que lo disfrutara. Más que nada, me gustaba decir que trabajaba con coches. Incluso jugaba con la idea de quedarme en el taller en vez de volver a la escuela, a pesar de que sabía que no lo haría. Otros días me engañaba haciéndome creer que si fallaba la prueba del polígrafo en Texas, tal vez huiría a México para tener una vida de aventura y derroche como en los libros que me gustaban. O si no, confesaría todo a la policía texana e iría a prisión. Un par de años parecía un castigo realizable, uno que, estúpidamente, pensé que podría ser bueno para mí.

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No recuerdo cómo fue la conversación en la que le dije a mi mamá que le había mentido a la policía de Kerrville y que, si tomaba la prueba, era seguro que no la pasaría. Lo que sí recuerdo es que me mandó con una sicóloga para determinar si una estancia en algún centro de rehabilitación podría ayudarme. La terapeuta me llamó "toxicómano" y no "drogadicto", y así lo dejamos.

"No me preocupaba que fueras un drogo", me dijo hace poco. "Sólo que fueras un pinche idiota".

Mi mamá dejó a mi papá en 1976, cuando yo tenía tres años, y nos mudamos a Mississippi unos cinco años después, cuando un hospital local la contrató para que pusiera un consultorio médico. Dividí los siguientes años de mi infancia entre la Costa del Golfo y Greenwich Village, donde se quedó mi padre. Pero incluso hoy en día, tres décadas después de la llegada de mi madre a Gulfport, ella sigue manteniendo su distancia con el Sur de EU. Mi mamá es de Queens, Nueva York, y está poseída por un estridente complejo napoleónico, una indomable voluntad materna y un gusto por la blasfemia ("¡Me importa una puta mierda!" era una frase común en mi juventud). Ella nunca estuvo destinada a formar parte del Bible Belt (Bible Belt o Cinturón bíblico es una región en el sureste de EU donde el cristianismo evangélico está fuertemente arraigado. [N. de la T.]).

En Mississippi, una constelación de personalidades un poco torcidas orbitaba alrededor de ella. Gravitaban ante su personalidad dominante, la ayudaban a resolver conflictos, le ofrecían asistencia diplomática con los locales y arreglaban su computadora. Aceptaron a su esposo mecánico con un desconcertado encogimiento de hombros y soportaron a sus jodidos hijos debido a que ella no les dio otra opción.

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Esto resultó ser de gran ayuda en el plan que mi madre tramó para mantenerme lejos de la cárcel. Uno de sus socios, me dijo una mañana durante el desayuno (Mi madre, la doctora, era la que traía el dinero a casa y aún así nos mandaba a Randy y a mí bien desayunados al taller), sabía cómo vencer una prueba de polígrafo. Él le había dado algunas técnicas básicas que compartió conmigo. (Este socio había ayudado a encontrarme un abogado en Texas y había proveído el mismo servicio casi exactamente un año antes, en el mismo viaje, cuando me pararon por exceso de velocidad en Kearney, Nebraska, y me arrestaron por traer dos pastas de éxtasis. Yo no negué los cargos de posesión de una sustancia controlada, un delito menor que se castiga con una pequeña multa. El delito fue borrado de mi historial cuando llegué a los 21 años sin haber cometido más crímenes en el estado deshojador de maíz.)

La autohipnosis parecía ser la base: escoge un punto en la habitación y velo fijamente. Controla tu respiración. Cuenta varias veces hasta diez. Usa estas simples técnicas para sumergirte en un ligero estado meditativo y quédate allí. Los polígrafos, me dijo, no pueden distinguir la verdad de la mentira. Simplemente registran cambios físicos —elevación del pulso cardiaco, presión, respiración y temperatura corporal— consecuencia del estrés emocional que implica el engaño. Controla estas respuestas y, para la máquina, estarás diciendo la verdad.

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"Dijeras la verdad o no, de todos modos te iban a hacer la prueba", me dijo hace poco. "Ni modo que no".

El socio no creía que el plan funcionara. "No creía que lo fueras a hacer bien", dijo mi mamá. Pero supongo que se dio cuenta de que yo podía decir una mentira con un aire de verdad y sonar convincente. El socio sugirió un ensayo para ver si poseía la facultad de la fabulación creíble. Él tenía conexiones en una empresa de seguridad discretamente asentaba en las afueras de Alabama y organizó que enfrentara un polígrafo antes de ir a Texas. Si todo salía bien, podría proceder con el verdadero. Si no, bueno, el plan sólo contemplaba que todo saliera bien.

La prueba de práctica se llevó a cabo en Mauvila, Alabama, a principios de agosto. Randy me llevó. Un chaparrón veraniego amenazaba con caer y las enormes nubes de lluvia ensombrecían todo con un brillo gris deslavado, como si fueran tomas de una vieja película en blanco y negro. La sensación de la distancia, de moverse en una escena cinematográfica, proveyó una grata calma, pero no me quise confiar. Me sentía extremadamente cansado debido al estrés de la inminente prueba y al trabajo en el taller, y tal vez a la nueva medicina para la alergia que mi mamá me había prescrito esa misma semana. Ella también dijo que no bebiera café esa mañana, pues temía que la cafeína provocara un falso positivo en el polígrafo. Yo me estaba quedando dormido.

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El sol abrió un hoyo entre las nubes justo cuando llegamos a la estación de policía y todo se volvió nítido. Un manojo de nervios se esparció por mi espalda hasta la entrepierna y yo me pregunté si podría mear antes de la prueba. Un especialista casi pelón con una cara en blanco abrió la puerta frontal y nos pidió que entráramos. Salí del auto y tomé un profundo suspiro de la Costa del Golfo: gasolina y pasto recién cortado. Randy me dio una palmada en el hombro y lo apretó.

"¿Listo, hijo?" preguntó.

Entré sin contestarle. El hombre semicalvo me encaminó a que me registrara y luego le dijo a Randy que tomara café y se pusiera cómodo. Lo dejamos en la sala de espera y entramos a un cuarto en el fondo: una caja blanca de paredes llenas de papeles, chillantes luces fluorescentes y un par de pósters enmarcados que mostraban los placeres de la caza y pesca del estado. El techo falso con paneles acústicos me tranquilizó. Sus bordes y esquinas servirían como puntos focales. Los podría usar para ayudarme a controlar mi respiración y para restringir mi rango visual.

El polígrafo descansaba sobre un escritorio de madera en el centro del cuarto. Era una caja rectangular choncha adornada con botones e interruptores tipo Apollo y con un rollo de papel cuadriculado y tres agujas de tinta en uno de los extremos. Como todos, conocí especímenes similares en numerosas películas y programas televisivos. Era ridículo lo familiar que me resultaba.

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Me senté y el hombre empezó a colocar los sensores en mi cuerpo. Éstos incluían un medidor de presión arterial en el brazo, dos neumógrafos alrededor de mi torso y un galvanómetro en el dedo para checar mi temperatura corporal. Él describió la función de cada sensor, me habló un poco de la entrevista venidera y aclaró todo sobre los falsos positivos. Descarté cualquier pensamiento de la mentira de fondo: yo había pagado por el LSD, pero mi libertad dependía de la credibilidad con la que negara este hecho. Me preguntó si estaba listo y dije que sí. Mis nervios disminuyeron y fueron reemplazados por un pequeño cosquilleo de emoción. Estaba ansioso por empezar.

Lo primero que me pidió fue que mintiera. El polígrafo, al que el examinador se refería como "ella", necesitaba una mentira para establecer un patrón de reacción. Él leyó mi dirección y me preguntó si vivía allí. Dije que no. Las agujas del polígrafo rozaron el papel. Estábamos listos.

Una misteriosa sensación de desapego se apoderó de mí mientras contaba la historia del autoestopista. Me quedé viendo al techo hasta que los bordes de las láminas empezaron a dar vueltas. La sangre retumbaba en mis oídos. Mi respiración se elevó y cayó en una medida rítmica. Una ola de náuseas y mareos se apresuró y luego se alejó, seguida de una ligereza desconcertante, una sensación entre volar en sueños y estar hiperventilando. Fuera de eso, todo lo demás se sentía sereno y confortable. Le dije al examinador que el hombre me había ofrecido LSD y que yo lo rechacé. Él colocó las tabletas en una cajetilla, la puso en el cenicero, y olvidó llevarla consigo cuando lo dejé en El Paso. La consciencia de que estaba mintiendo nunca me dejó en paz. Sin embargo, el engaño se sintió agradablemente agotador, de alguna manera relajante y no como una carga.

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"¿Y bien?" me preguntó Randy cuando volví a la sala de espera.

"Quién sabe".

Unos días después, la empresa contactó a mi mamá. Había pasado la prueba.

En 1730, Daniel Defoe (mejor conocido por Robinson Crusoe) publicó un ensayo llamado Un plan eficaz para la prevención inmediata de los robos callejeros y supresión de todos los otros trastornos de la noche. "Existe cierto temblor en la sangre del ladrón", escribió; los investigadores harían bien en "tomar la muñeca [del atacante] y sentir su pulso, allí encontrarán su culpa". Ciento sesenta y cinco años después, un criminólogo pionero y físico italiano llamado Cesare Lombroso modificó un hidroesfimógrafo —un antiguo aparato que medía el pulso mediante el desplazamiento de agua— y lo usó para monitorear los cambios sicológicos en sospechosos sometidos a interrogatorios policiales. No fue sino hasta el 2 de febrero de 1935 que la evidencia del polígrafo se usó por primera vez en la corte durante un caso de asesinato en Wisconsin. (Este año es el aniversario número ochenta del caso). Un detector de mentiras se usó para determinar si el acusado había asesinado al alguacil.

Claro que la precisión de los polígrafos sigue siendo bastante dudosa. En 1984, un hombre llamado Gary Ridgway fue interrogado por del asesinato de una mujer y pasó la prueba del polígrafo, mientras que otro hombre no la pasó y, aunque no fue encarcelado, fue sospechoso de ser culpable. Veinte años después, Ridgway confesó el asesinato; en el ínterin había matado a otras siete mujeres. En 1986, en Wichita, Kansas, Bill Wegerle fue relegado de su comunidad tras no pasar dos pruebas de polígrafo que lo acusaban del asesinato de su esposa. La evidencia de ADN lo exoneró e identificó al asesino serial Dennis Rader como el atacante. Desde que la Segunda Guerra terminó, al menos seis espías del gobierno estadunidense han pasado pruebas de polígrafo mientras trabajaban como agentes encubiertos. La Suprema Corte, en el caso de 1998 contra Scheffer, encontró que "simplemente no existe un consenso en que la evidencia del polígrafo sea confiable"; y en 2003, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos consideró que los resultados del polígrafo eran "poco fiables, no científicos y sesgados". A pesar de esto, unos setenta mil aspirantes para trabajar en el gobierno federal se someten cada año a detectores de mentiras y la FBI, la CIA y los departamentos policíacos usan polígrafos para interrogar a los sospechosos.

Encontrar deshonestidad y evasión en el cuerpo es un concepto bastante extraño. Y así, la premisa básica del polígrafo revela una contradicción fundamental: la verdad y el autocontrol no son lo mismo. Aún así, la idea de la detección de mentiras conserva el brillo de la credibilidad social. El polígrafo no revela nada que sea esencia de la honestidad, pero si fallas la prueba, entonces eres un mentiroso. Es un relajo basado en la lógica. Para convencer a alguien de que dices la verdad, debes mantener la apariencia de estarla diciendo; para hacerlo necesitas engañar, y esto es algo deshonesto, incluso si dices la verdad.

Los arreglos para mi regreso a Texas estaban en proceso cuando mi abogado llamó por teléfono. El laboratorio policiaco en Kerr County finalmente había completado el análisis de la sustancia que me confiscaron en el arresto. Los resultados fueron negativos. La manera en que el autoestopista me agradeció por el aventón (y por mis veinte dólares) fue estafarme. El "LSD" era tan inofensivo como los Salvavidas que le había mencionado al oficial. Ya que no tenía drogas en mi posesión, no se me podía acusar de crimen alguno. No había necesidad de volver al polígrafo. Ya no tenía que mentir.

Cuando acabó el verano, dejé mi hogar para volver a Los Ángeles. Antes de irme, mi mamá me recordó que dejara de tomar la medicina para la alergia que me había prescrito. Me dijo que ya no era necesaria. Detecté una nota de autocomplacencia en su forma de hablar, como si hubiera algo que me quisiera decir pero que no estaba segura de que fuera una buena idea. La persuadí para que me dijera hasta que al fin habló.

Tal como el LSD del camionero, mis pastillas para la alergia no se parecían a cualquier otra medicina que hubiera visto. Eran tabletas pequeñas y hexagonales de color azul claro y con una letra I. La letra, me dijo, significaba Inderal, una droga para la hipertensión usada también para combatir el pánico escénico. Dudosa de las técnicas de su socio para engañar al polígrafo, mi madre había tomado cartas en el asunto. Me drogó para que me fuera más fácil mentir sobre mi uso de drogas.

Quise agradecerle y expresarle mi cariño, respeto y simpatía. Quería decirle que entendía que la verdad requiere engaños y que ella lo había empuñado como un arma y como una forma de expresar su amor. Pero no tenía las palabras para hacerlo. Me fui a la universidad y desaparecí el episodio de mi memoria.

Alguna vez le pregunté qué habría hecho si no hubiera pasado la prueba de práctica. ¿Me habría dejado ir a Texas para enfrentar la verdadera prueba? Tal vez la mejor estrategia habría sido retractarme de la mentira y tratar de llegar a un acuerdo con la policía.

"Ni idea", me dijo. "Tal vez te habría conseguido un mejor abogado".