Crisis

Retrato de una generación precaria: convertir el trabajo en un sueño nos hizo personas fracasadas

Nuestra generación ha perdido cualquier expectativa de futuro, su único horizonte ha sido la inseguridad y el cortoplacismo.
14 Mayo 2020, 8:49am
generacion precaria
Montaje por VICE. Escultura: "Els degenerats" de Carles Martí, vía MNAC.

“Me han hecho un ERTE pero sigo trabajando para Instagram”. El otro día me reí con este meme porque es verdad, en todos los sentidos: estamos obligadas a trabajar en nuestra marca personal, ganar visibilidad y hacer networking –nuestra identidad al servicio del capital–, y, al mismo tiempo, seguimos comulgando con la idea de que el trabajo es el único camino posible hacia una vida realizada, adulta y responsable –el capital al servicio de nuestra identidad–.

Dicho así quizá suena poco evidente, un marco teórico arrojado contra nuestra experiencia, pero leed esta historia, la mía y la de nosecuantas más: fui a un colegio bilingüe, hice tres intercambios distintos con familias europeas, me apunté a multitud de clases extraescolares –karate, natación, sevillanas, ballet, aeróbic, pádel, piano, canto, alemán y por supuesto inglés–, como regalo al acabar la ESO mi madre me mandó a una estancia con una familia de Malta tres semanas para, atención, aprender inglés; estuve un año entero preparándome el FIRST, me presenté al examen, empecé un doble grado, al año siguiente lo abandoné y me matriculé en otra carrera, en tercero me fui de Erasmus a Alemania y por último, el colofón final: me mudé de ciudad para hacer un máster en inglés.

¿Cuánto dinero suma todo esto? ¿Cuánto esfuerzo para conseguir un trabajo que todavía no sabía que quería? ¿En serio puedo decir que no creo –o que mis padres no creían– en la meritocracia? ¿Para qué si no este afán por hacerme un currículum, ampliar competencias, aumentar mi capital social?

“'Persigue tu vocación'. 'Ama tu trabajo y no tendrás que volver a trabajar el resto de tu vida'. 'No renuncies nunca a tus sueños'. Por ridículo que suenen estas frases, supongo que en muchos momentos de mi vida guiaron mis elecciones"

No es solo la necesidad material la que nos lleva a arriesgar tiempo y dinero en prepararnos para el mundo laboral, sino más bien todo lo contrario: aprovechamos nuestra mínima estabilidad para perseguir una promesa, una posibilidad más elevada. Y aunque quizá nos reímos de quienes reconocen sin problema que aspiran a conquistar la felicidad a través del trabajo, nos sentimos unos fracasados si no lo conseguimo nosotros también. El resultado de la ecuación no parece complicado: si después de toda esta inversión no llegas a cumplir tu sueño –un trabajo de fantasía con un sueldo decente– la culpa solo puede ser tuya.

“Persigue tu vocación”. “Ama tu trabajo y no tendrás que volver a trabajar el resto de tu vida”. “No renuncies nunca a tus sueños”. Por ridículo que suenen ahora estas expresiones, supongo que en muchos momentos de mi vida no solo tuvieron sentido, sino que guiaron mis elecciones y llegaron a definir el horizonte de mis aspiraciones profesionales. Por supuesto, la inocencia se esfumó rápidamente cuando tuve que aceptar un sueldo de 300€ por unas prácticas a jornada completa que me ofrecían casi como una propina. Me parecía que no estaba mal pagado simplemente porque en aquel momento podía permitirme no vivir de ello. Todavía no lo llamaba “privilegio”; y también porque mucho otros cobraban aún menos o directamente nada.



Lo más inquietante, sin embargo, vino después, cuando me di cuenta de que en mayor o menor medida el mundo laboral no era más que una extensión algo perversa de esas prácticas. Me preguntaba si seguía ahí para no decepcionarme a mi misma o para ganar dinero. A mi alrededor, estaba claro que muchos no tenían esa misma preocupación: su desparpajo, su frescura, su compromiso, la sensación de que ellos sí estaban viviendo el sueño de la vocación cumplida, sin horarios ni límites, solo podía explicarse desde una posición de holgura material, desde la despreocupación casi total por el salario.

Así, mientras ellos romantizaban la sumisión a la empresa y le sonreían a cualquier forma de autoexplotación, yo empezaba a entender amargamente lo que quería decir Sally Rooney: “eso es el dinero, la sustancia que vuelve real el mundo”.

Pero la historia de la chica de clase obrera que creía ser de clase media hasta que entró en el mundo laboral ya la conocéis de sobra: son aquellas que ya nacieron con las oportunidades bajo el brazo las que pueden permitirse decir que no más veces. Sin embargo, yo no hablo de las contradicciones que nos han llevado hasta aquí, sino de cómo estos marcos mentales siguen operando en nosotros sin remedio, incluso cuando nos reconocemos como clase trabajadora y despreciamos el “love what you do / do what you love” como una forma burda de ideología neoliberal.

Hablo de por qué seguimos preguntándole a la gente nada más conocerla que dónde trabaja y de por qué nos da más vergüenza contestar que en el Mercadona –donde tienes un contrato fijo cobrando 1300€ al mes– a que decir que lo hacemos en una agencia de publicidad –como falsos autónomos y cobrando 1000€ menos IVA e IRPF–. Hablo de lo enfadada que estoy por haber visto a muchas amigas decepcionadas consigo mismas, pensando en qué punto se equivocaron por no tener el trabajo al que aspiraban, el sueño por el que lucharon, a pesar de que la crisis perpetua nos ha condenado a esta situación. Hablo de que quiero saber cuanto cobras sin avergonzarme por haberlo preguntado, porque lo que realmente debería darnos vergüenza es que no sepamos hacer la declaración de la renta.

Hasta cierto punto es inevitable acabar atrapados en esta clase de contradicciones. Tenemos pocos referentes que nos permitan pensarnos al margen del amor por el trabajo, pues incluso el imaginario anticapitalista –del marxismo al anarquismo– se nutre de un ideal del trabajador emancipador, libre y feliz que solo se ocupa de aquellas labores de las que le apetece: cazador por la mañana, agricultor por la tarde, crítico literario por la noche. Pero esta promesa utópica nos pesa casi tanto como los discursos sobre emprendeduría, pues al final se nos exige que persigamos ese sueño, que seamos alguien, ya sea cursando un máster en ESADE o quemando contenedores en una manifestación.

Toda esta presión, la nueva y la vieja, la liberal y la social, la personal y la pública, se concentra en una generación que ha perdido cualquier expectativa de futuro, cuyo único horizonte ha sido la inseguridad y el cortoplacismo. Al mismo tiempo que se nos repite que podemos llegar a ser todo lo que queramos ser –somos la generación más preparada de la historia–, se nos reprende con grandes dosis de condescendencia cada vez que nos quejamos por tener sueldos de mierda, pagar alquileres absurdos por pisos diminutos o vernos demasiados expuestos en las redes sociales. “Al menos tienes trabajo”, o su versión más dura “vivir una guerra eso es lo que os hace falta para despertar”, es la respuesta estándar para este tipo de situaciones.

“El sueño del capitalismo es una pesadilla”, escribía ayer la Zowi en Twitter; y yo me acuerdo de lo aburrido y poco enseñador que me pareció siempre trabajar 44 años en la misma empresa como mi padre, de 8 de la mañana a 4 de la tarde y con las comidas pagadas. “Lo siento pero ya es tarde para rectificar”, escucho que me dicen desde lejos, resulta que ya somos demasiado mayores y hemos perdido muchos derechos laborales para soñar con algo así.

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