Fe en la jodida humanidad, el año de Brockhampton

Fe en la jodida humanidad, el año de Brockhampton

Podrían ser cualquier otra cosa, pero eligieron ser una boyband, eligieron recluirse en una casa al sur de Los Angeles para trabajar juntos. '¿Así o más post-millennial?'

Son una boyband, pero son, al mismo tiempo, infinitamente, todo lo contrario: no bailan, apenas cantan: rapean; ni siquiera son bien parecidos, y sus ideas musicales están lejos de ser complacientes. De hecho, digámoslo de una, no son una boyband, se autodenominan así, y, aunque las pruebas sean irrefutables, habría que creerles. (¿Y cómo no? Les doy cuatro razones: una: porque son 14 tipos; dos: porque son todos hombres; tres: porque es chistoso y por último: porque ellos dicen que lo son y punto). Son una boyband porque quieren serlo, y así es todo con ellos: la reafirmación de uno mismo, la creencia de ser, siempre, casi por defecto, lo que a uno se le antoja ser.

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Si cada año tiene los hits que se merece, sin duda el 2017 suena como se sintió. Esto, claro, con un par de excepciones, entre las más notables: Brockhampton, el equivalente musical a esos memes de gatitos amigos de perritos, que te devuelven la fe en la jodida humanidad. Su cuenta de Instagram no tiene realmente ningún photoshoot; en Twitter siempre se expresan con la rabia de un incomprendido, los toca la catástrofe de no parecerse a nadie en Facebook y, de no ser porque hacen algunas de las canciones más imaginativas, encolarizadas y necesarias de nuestros tiempos, pocos aceptarían sus solicitudes de amistad.

Brockhampton podrían ser cualquier otra cosa, pero eligieron ser una boyband, eligieron recluirse en una casa al sur de Los Angeles para trabajar juntos. Pero no juntos a la manera de los Stones que, cedados por la amapola, esperaban a Mick Jagger durante una semana para que grabara las vocales de su gigantesco Exile; tiraron hacia otro lado: la comunidad en estado más puro, no institucionalizada, sino organizada bajo un objetivo común: en este caso, producir en menos de un año tres álbumes de altísima calidad y con diversas búsquedas estilísticas heterógenas, pero propias de la industria cultural en la que crecieron. Los hooks, el autotune, el sampleo, la voz pasada por la distorsión hasta el punto de hacerse ardillesca, la difícil mezcla entre rap y pop que muchas veces da resultados lamentables y otras tantas habla el lenguaje más inherente a nuestra época: estamos furiosos, a ratos contentos, estamos en un estado de completa disonancia con lo que ocurre a nuestro alrededor y al mismo tiempo, contra todo, bailamos.

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¿Así o más post-millennial?

El 2017 no será el mejor año en el historia del hip-hop -aunque claro no faltan los intentos por parte de Kendrick- es más, quizá ni siquiera será memorable. Este año, sin embargo, sí podemos afirmar que el género entró a la temida edad de la punzada; ya saben esa época en la tierna vida de todo género musical en la cual el simple paso del tiempo y el aumento en su consumo, lo lleva a bifurcarse en decenas de subgéneros, en su mayoría intrascendentes: el rap racial a la Post Malone, el emo-trap ahora representado por el difunto Lil Peep (DESCANSE EN PAZ *EMOJI DE ANGELITO*), y lo que sea que sean los 2.10 segundos de “Gucci Gang” de Lil Pum, que al momento que escribo esto, escala la lista Billboard (la canción más corta en llegar al top 10) y presume de más de 300 millones de views en Youtube. De modo que en el 2017 el hip hop, antes expandido, retado, derrumbado y levantado por sus mejores exponentes; el rap post Wu, Post Kanye, post Kendrick, post todos y liberado de su maldito legado, podría haberse convertido en lo que quisiese, evolucionado en cualquier forma que se pudiera imaginar y sin embargo, aquí andamos.

Y nadie entendió esto mejor que Brockhampton al acelerar todos los procesos de la industria musical con la finalidad de subvertirla, cumpliendo con esto, su autoimpuesta maldición: mientras ellos se hacen los astutos y crean la mejor música del año, son opacados, en ventas, plays y views, por los verdaderos idiotas de su época.

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Este año el top le pertence a los que firmaron los hits. Pero bajo la fría mirada de la historia, si el 2017 será recordado, lo será por Brockhampton, por tres álbumes obsesivos, plagados de una personalidad si bien esquizofrénica al menos consciente de su esquizofrenia, dotada con la inteligencia y la inocencia suficiente para cometer errores y hacerlos pasar por aciertos, para picar al escucha, incomodarlo y advertirle que accesible no necesariamente quiere decir sencillo. Ningún otro músico entiende esto como Kevin Abstract, la columna vertebral, es decir, el sistema nervioso central de Brockhampton. Artista multitasking, vehemente miembro de la comunidad LGBT equipado con una metralleta de ideas cuya munición parece inagotable. Un tipo lo suficientemente listo para reconocer que si la tirada era cambiar el paradigma de la Gran industria musical, no podía hacerlo solo. Una estupidez de este tamaño toma –mínimo– unos 14 cabrones, y el único lugar para encontrarlos es, evidentemente, un foro de fans de Kanye West. Lo que Dios une que el hombre no separe.

No todos rapean –y los pocos que lo hacen no son MC’s de habilidades destacables, aunque Don McLennon tiene algunos momentos de soltura lírica dominantes y Matt Champion posee un estilo pocas veces escuchado, casi hablado, de hacer rap. Muchos de ellos ni siquiera hacen música: Henock "HK" Sileshi, por ejemplo, es el director creativo encargado de brindar esa estética vaporwave-sad-boy-rosa-millenial-fuccboy a todos los materiales del grupo, y que por cierto, también diseña la mercancía de Post Malone. Por si un director creativo slash diseñador no fuese suficiente, también tienen un webmaster –y quién podría considerarse una banda sin uno de esos: esto es 2017, muchachos– Robert Ontenient. Dos son los productores encargados de cuidar el sonido de la banda, también se encargan de aparecer en los videos brincando y armando desmadre: Isaiah “Kiko” Merley, que casi siempre está detrás de cámaras y Jabari Manwa, que casi siempre está frente a las cámaras. Durante sus presentaciones en vivo ninguno de ellos la hace de dj, ese papel le corresponde a Romil Hemnani, a quien le gustaría morir en Marte según su biografía en Twitter y que, además, mientras aún vive entre nosotros, tiene el oído más cuidadoso de todo el grupo, cosa que se nota en cada uno de los tres álbumes, pero se torna evidente durante SATURATION III, álbum, donde cada pista está dotada de una personalidad propia, de una furia precisa, de una entonación que la distingue de todas las demás y, al mismo tiempo, las unifica en concepto.

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Aunque no puede hablarse de una estructura fija en las composiciones, Brockhampton ejecuta el hook/verse/hook/verse/verse/hook/verse con una maestría envidiable. Kevin Abstract es el dueño de la mayoría de los hooks y ha declarado en Twitter, con un ánimo de aparente novedad, que la canciones no necesitan coros, a veces basta con los versos, y basta, sobre todo, solamente, cuando reúnes los matices estilísticos de cinco MCs, cinco músicos, hechos de pura congestión millennial, puro referente que lo mismo viene del anime, que de la potencia de la lucha feminista; que lo mismo rasguña la influencia de Mos Def que el primer Justin Bieber o N’Sync, que la da igual si los tildan de pop, hip-hop, soft-rock o trap. El estilo, si es que existe, consiste en hacer lo te venga en gana. Pero no jodamos con aquello de ser único, al carajo con la originalidad, Brockhampton usa todos los recursos que tienen a mano puede para generar un producto que se distingue no tanto por su originalidad como por su entramado. Lo suyo es la lógica de atravesar cada idea con una relectura de la misma. No es música popular en el sentido más estricto, es música popular estirada hacia sus límites más angostos; música popular atravesada con la imperiosa necesidad de no ser popular.

Ameer Vann, el único pimp auténtico del grupo, cuyas rimas parten de lugares comunes al gangsta rap (violencia intrafamiliar, un desquiciado consumo de drogas, la comodidad de disparar un arma y una sofocante potencia sexual), asume su papel con la ingenuidad de sus 21 años, con la irresponsabilidad de aquel que todavía no tiene legado, sin embargo es smooth y preciso en su selección de palabras. Cada verso suyo es, en automático, reconocible. Característica que comparte con Dom McLennon, un MC puro que tira los verbos más pensados desde la escuela tradicional del hip-hop; a ellos se unen Matt Champion, icono feminista según youtube, quien posee un fraseo reconocible a primera escucha, pues propone ante todo, balas certeras que rayan en el spoken-word y tienden a generar un momento de tranquilidad en cada una de las composiciones; momentos, en muchas ocasiones revolcados en el suelo por los dos mc’s más radicales: Merlyn Wood y Joba. El primero es un vocalista pirotécnico, a ratos maniaco, que expone todo desde territorios mucho menos frecuentados por un rapero “tradicional”: a veces estalla con la potencia definitiva de su herencia negra –escúchese “HEAT” para más señas– y a veces, solamente a veces, genera un espacio de comunión con la música que sus amigos han dispuesto – “LAMB”–. Finalmente está Russel Boring, mejor conocido como Joba, el músico más extraño y obsesivo del grupo, cuya tarea nunca está del todo clara, pero siempre crea un efecto de emancipación respecto a los versos del resto del grupo; en piezas como “FACE” da muestra del talante más sensible y pop de Brockhampton, ahí logra destilar la más inclemente declaración de amor adolescente, mientras que “HEAT” o la insoportablemente pegajosa “SWEET” en lugar de aportar un verso como tal, sólo crea un puente violentísimo al expresar con furia ese, ya memorable, “fuck you / I break your neck so you watch your back” o crear un verso que no puede catalogarse de otra forma excepto catchy. Con Joba nunca sabes qué va a suceder, y esa tensión es justo lo que hace indispensable su labor en el conjunto.

El resultado de esta conjunción de valores, perspectivas, influencias, supuestos e idioteces, son tres álbumes cargados con matices y pinceladas de todos colores. Álbumes llenos de imaginación y de ideas absurdas, que, por su propia naturaleza, desconciertan a la vez que atraen. Álbumes, canciones, fragmentos de una idea total, bautizada con la palabra más icónica de nuestra época: Saturación. El imaginario donde fluye la información no permite otra salida u otro entendimiento. En efecto, estamos saturados de toda clase de referentes, imágenes, disonancias, anuncios publicitarios, textos, canciones y drogas, y no queda más que vivir con vivir con ello. O no, también es posible acelerar estos procesos, derribarlos con sus propias herramientas, aniquilarlos hasta hacerlos insostenibles, saturar lo saturado: llenar de ideas lo que parece finalizado. Si se puede tres veces en un año, mejor; a ese ritmo va nuestro tiempo, y nos toca alcanzarlo.

Si juntáramos las mejores canciones de los tres discos estaríamos ante el mejor disco del año, y uno de los más indispensables de la década, pero a Brockhampton no le interesan esas formas digeribles del periodismo, su ambición es estúpidamente más grande: quieren deformar cada posibilidad de cada idea que la Gran industria musical tenga preconcebida. Naturalmente tendrán que inventarse nuevas formas de hacer eso, porque durante SATURATION agotaron cada una de ellas.

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