Mundial 2018

Un poema de central al ataque

Un cruce de correos literarios para comentar los pormenores del encuentro en Rusia 2018. Hoy, desde Colombia, Juan Álvarez.
30.6.18
La celebración de Yerri Mina. | Instagram: Yerri Mina.

Artículo publicado por VICE Colombia.

Escritores de Latinoamérica arrancan en VICE la serie “Correspondencia Mundial”, un cruce de correos literarios para comentar los pormenores del encuentro en Rusia 2018. Hoy, desde Colombia, Juan Álvarez.

Un poema de central al ataque.

Un poema que ocurre en la diagonal limpia en el área y ocurre en el lanzamiento de esquina de zurda y en la curva de la pelota cerrándose y un poema que ocurre en el parietal izquierdo que la encuentra exactamente después de que la gravedad ha empezado a vencerla.

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Un cabezazo cañón.

Un testazo pleno parecido a la fundación de una tierra prometida.

¡Arriba el Cauca Guachené!

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Yerry Mina llegó al mundial como cuarto central de la Selección Colombia y ya juega de ahoraquéhacemoscontigo en las carpetas y llamadas de negociación de los directivos del Fútbol Club Barcelona. Pensaron que deshacerse de él sería sencillo. Pero nunca es sencillo deshacerse de un atleta colombiano con talento.

Claro que sufrimos el ancho del castigo físico senegalés en los primeros 45 minutos. Lo recuerdo en la estrujada al costillar de Falcao por parte de sus dos centrales de noventa kilos en la primera pelota que trató de controlar al minuto 7.

Y sin embargo, sufrimos menos por los lances al costillar y más por los sistemas de justicia en disputa: el VAR ha venido a ser, para esta Copa del Mundo, lo que en parte la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) para los colombianos: una propuesta alternativa de arbitraje que los espectadores discuten y tachan y fuertean y mutilan pero apenas parecen dispuestos a experimentar con honradez; una opción de justicia ante el reino de la impunidad, apertura cognitiva imposible cuando impera la experiencia estrecha de la venganza y de la inmediatez.

Releo y de inmediato siento la obligación moral de retirar la comparación: la fundo en la metáfora manida según la cual elfútbolescomolavida, pero no siempre es así. No en este caso. El fútbol está muy lejos de la vida cuando la dimensión de la vida en juego son los derechos despojados de nueve millones de víctimas de una guerra prolongada y actuada por múltiples ejércitos. Un país roto entero y traumado es el que en realidad alienta desde aquí.

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Simpatizamos o no con el VAR en función de la justicia que imparte en relación a los equipos, no en relación a los árbitros. Pero quizá ––aparte seguro del puñado de sinvergüenzas que metieron la mano en mundiales como Argentina 78 o Corea del Sur / Japón 2002–– la víctima velada en el pasado futbolístico de este planeta hayan sido los propios jueces centrales, obligados a ver, en la velocidad del baile vivo de músculos y huesos, cierres temerarios e impecables como el que Davinson Sánchez ofreció el jueves en la cancha de la ciudad de Samara. (¡Arriba el Cauca Caloto!)

Es la era del árbitro como equipo. Ahora contamos nueve uniformes, y es raro ver a cuatro de ellos encerrados en un cuarto de pantallas ubicado en Moscú, es cierto, pero raro debió ser también descubrir que la primera regla de fuera de lugar podía ser replanteada.

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Silvina Giaganti, mi colega argentina de cartaje, ofreció en su introspección roja del 83 una imagen preciosa: “el fútbol es un elástico que estira hacia el futuro”.

Me hace pensar en la salida de James al minuto 30: la impotencia del puño golpeando el césped; la maldita punzada recurrente en el sóleo izquierdo que lo envía al camerino quince minutos antes de que allí vaya a haber alguien.

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Un camerino al que aún no ha llegado nadie es un espacio en el futuro.

James tuvo que pisar el futuro antes porque su mundial aún ni empieza ni termina: es el jugador en el limbo; suspendido entre la zozobra de la incógnita y la sanación de un músculo remoto.

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Tal como Pablo Duarte vio la derrota clasificatoria de México en el Zócalo, flanqueado por un predicador, nosotros vimos el juego al lado de gitanas a quienes pedimos nos cantaran la aventura. ¿Qué ven, gitanas, allí adelante en la cancha que es el tiempo?

“El ascenso de ángeles negros”, dijeron, y fue un escalofrío que nos duró 73 minutos, cuando al fin entendimos.

¡Arriba el Cauca Guachené!

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Existe un texto precioso de Albert Camus titulado “Lo que debo al fútbol”. Allí el argelino cuenta su relación de juventud con la práctica de la pelota porque se trató del universo que le enseñó “acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”.

Pienso en eso y pienso también en “la hermanada de dolor o de derrota basal” que señala el colega uruguayo Agustín Acevedo como elemento latinoamericano articulador de “nuestras similitudes y diferencias”.

Lo oigo todo y me detengo: qué grueso es el fútbol; cuánto esperamos de él: desde lecciones en la operatividad de la justicia hasta prismas para devorar la geografía.

Es extraño demandarle tanto, porque en rigor, el fútbol solo ha probado enseñarnos un escarmiento incontestable: la pelota nunca viene por donde uno espera que venga.