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La pesadilla inmobiliaria

La pesadilla inmobiliaria del mes: un piso destruido por 160.000 euros

Reformarlo es un acto de fe.

por Pol Rodellar
23 Mayo 2018, 4:00am

Todas las fotos vía Idealista

'La pesadilla inmobiliaria del mes' es una sección en la que denunciamos los abusos más flagrantes y los pisos más sorprendentes del mercado inmobiliario en España. Si te has topado con algún palacio similar, escríbenos a esredaccion@vice.com.

¿Qué es?: Esto son 50 m 2 que incluyen dos habitaciones y un baño; también dicen que hay una terraza, aunque más bien parece un balcón. Aquí el tema es que el piso parece el escenario de una batalla demencial entre el bien y el mal.
¿Dónde está?: La calle Ferlandina del Raval barcelonés es uno de los ejes principales del barrio, juntamente con la calle Joaquim Costa. Pues bien, este piso está casi justo en el punto en el que se cruzan ambas calles. Como hemos dicho en otras ocasiones, el Raval es sinónimo de cerveza enlatada, kebabs, arte moderno y, cada vez más, restaurantes de porciones de pizza. En fin, es un sueño.
¿Qué se puede hacer por ahí?: Por ahí vive un grupo de gente que se pasa el día bebiendo cerveza, se pasan el día en la calle y su aspecto puede llegar a incomodar. Dudo que necesiten tu ayuda y tu condescendencia pero seguro que les molará que les regales una o dos Xibecas. Esto es lo mejor que puedes hacer por ahí.
¿Cuánto cuesta?: Este piso cuesta exactamente 160.000 euros. Reúnelos, mételos en un sobre y entrégaselos al propietario. Ahora ya tienes un buen montón de basura llamado hogar. Así funcionan las cosas.

Construida en 1863, esta vivienda nos ofrece un viaje hacia épocas pretéritas. Es difícil observar estas instantáneas y pensar que están retratando un habitáculo del siglo XXI. De hecho, si no fuera por la extrema calidad de las imágenes y del aparato utilizado para tomarlas, uno podría llegar a pensar que se trata de unos daguerrotipos antiguos.

Todo en este piso huele a pasado, desde la estructura del piso a los elementos decorativos, es como una mezcla de una masía de Roses del XIX y un micropiso de los años setenta. Es que ni el interfono se libra de este viaje temporal. Lámparas, colchones, encimera, armarios, instalación eléctrica, interruptores, puertas, mesas, ropa, cuadros, cocina y nevera, todo nos lleva a mirar hacia atrás.

Pero hay algo más, toda esta decoración decimonónica está reventada, como si hubiera estallado una bomba ahí dentro, o incluso más, como si hubiera acontecido una guerra civil hace escasas horas.

No nos habíamos dado cuenta pero alguien tiene el siglo XIX comprimido en un piso del Raval y quiere venderlo. O sea, no es que se venda un piso, se vende más bien un viaje. Si uno está harto de todas las aberraciones del siglo presente y de la extrema vacuidad de todo lo contemporáneo, este es su piso ideal: volver a ducharse dentro de un barreño o limpiarse el culo con periódicos.

Pero bueno, ahora en serio, ¿cuántas décadas lleva este piso sin inquilino? ¿Por qué? O, reformulando la pregunta, ¿qué clase de persona podría soportar vivir en este microuniverso situado en otro siglo? Ambas respuestas solo pueden ser extremadamente siniestras e involucrar a cuerpos casi momificados o a ancianos solitarios olvidados por el Estado que se ven obligados a sobrevivir a base de las patatas del McDonalds que la gente deja tiradas en las bandejas.

Aun así, entre toda esta naftalina se pueden apreciar destellos de un presente que parece totalmente anacrónico. Están esas cámaras de seguridad situadas en las paredes y ese panel de control de alarma Verisure, cosa que nos hace pensar que el piso lleva tiempo deshabitado y que esto sistemas se utilizan para evitar que el inmueble se convierta en un narcopiso más, algo bastante habitual en el barrio del Raval.

Esta descolocación temporal es resumida por el propietario con esta frase tan sutil y diplomática: “Ninguna de las habitaciones está equipada, por lo que es una buena opción para aquellas personas que quieran decorarla y amueblarla a su gusto.” Convertir una reforma totalmente necesaria para que este piso sea habitable en un simple anhelo decorativo. Entre estas dos ideas hay un abismo descomunal.

Pero lo que más me gustaría comentar de esta oferta de vivienda son las fotos. Aquí nos encontramos con unas fotos de extrema calidad, fotos que podrían estar en un museo o formar parte de la selección del World Press Photo. La iluminación de la estancia es perfecta, o se ha utilizado un foco o se le ha dado un rendimiento tremendo a las lámparas del piso. La composición es agradable y el resultado tremendamente profesional, incluso se puede apreciar que el autor no se ha limitado a fotografiar el asunto con el móvil, esa persona parece ser que ha utilizado una buena cámara y un trípode para mantener una calidad de imagen brutal en un escenario oscuro (aparte de ser un interior, parece que las fotos se tomaron al atardecer) y evitar así las fotos movidas.

Pero el tema es que toda esta belleza fotogénica contrasta con el objeto retratado: un piso derruido, una ruina. Este juego estético entre lo bello y lo demacrado es tremendamente interesante, es algo que funciona como una especie de oxímoron que consigue una imagen cercana a lo sublime. No, no es simplemente bello, es sublime.

Como decía el filósofo Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro, “el sentimiento de lo sublime puede ser despertado por objetos sensibles naturales que son conceptuados negativamente, faltos de forma, informes, desmesurados, desmadrados, caóticos (…) un viaje por la cordillera alpina puede remover, lo mismo que la visión cegadora de una tempestad o la percepción de una extensión indefinida que sugiere desolación y muerte lenta”. Este paisaje interior se acerca más a la violencia sin control de una selva amazónica en la que flora y fauna se desgarran mutuamente por sobrevivir que no a un hogar, dulce hogar.

Y por último, comentar que esta jungla visual nos lleva hacia un último viaje. No al siglo XIX ni a la experiencia de lo sublime; esta vez es un viaje que empieza en lo estrictamente figurativo —unas fotos de un piso en venta, totalmente identificables— y termina en lo abstracto, imágenes que se retuercen hasta parecer una suerte de Pollock o Tàpies. El gazpacho visual que genera la decoración y destrucción de este piso lo convierte en un cúmulo inconcreto de tinta. Las fotos, pese a seducirnos con su belleza y su técnica espectacular, no pueden evitar que sucumbamos a lo irracional, a lo indescriptible, a lo incontrolable, al caos, al infinito, y esto, amigos míos, es exactamente lo que es este maldito piso del Raval: caos.

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