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El Culto: Dunga

Carlos Dunga, como jugador, fue un prosista en tierra de poetas
21.7.16

En vista de su corto y poco exitoso segundo periodo como entrenador de la Selección brasileña de futbol, y la cercanía de los Juegos Olímpicos en los que la verdeamarela será local para intentar hacerse con el oro en futbol, incluimos al más tosco de los jugadores brasileños. Puedes leer las entregas previas aquí.

Grado de culto: no hay lugar para los refinados

¿Cuál será la imagen más precisa? ¿Un esforzado en tierra de talentosos? O, más figurativo, ¿un martillo entre qué, pinceles, entre violines? La idea es la misma, y una repetida hasta el cansancio: que Dunga nació en el país equivocado. Si hubiera sido italiano o alemán —según su página de Wikipedia tiene ascendencia de ambos países— habría sido celebrado como verdugo heroico. Porque eso fue, Carlos Caetano Blendorn Verri: un verdugo con tachones de metal.

Pasó los años más fecundos de su carrera, dónde más, en el medio campo del Artemio Franchi, en Florencia. Antes había circulado por varios equipos brasileños —debutó con el Inter, y saltó al Corinthians, al famoso Santos, y al Vasco da Gama—. En Italia hizo fortuna y reputación. Llegó con veinte años al Pisa, un equipo modesto de la homónima ciudad. El año que pasó ahí Dunga estaban luchando por permanecer en Serie A y, de milagro, lo lograron. Más tarde, y por un buen puñado de liras, el equipo con la torre inclinada en el escudo lo traspasó a la Fiorentina. La notoriedad del apodado Dunga por su estatura corta y semejanza infantil con uno de los enanitos animados de Blanca Nieve venía, sin embargo, por el camino de la severidad, de la violencia. Lo suyo era una capacidad invaluable en el terreno de juego pero incompatible con el estereotipo brasileño: la del destructor del juego.

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Pocas posiciones tan mal entendidas como la del encargado de limpiar el medio campo. Tan vilipendiadas. Tan poco aplaudidas. Porque la transacción es clara: el público espera ver pases filtrados por espacios inverosímiles, definiciones que pongan en suspenso las leyes de la física. No se va a la grada a ver cómo un tipo hace todo lo posible por estorbar el tránsito, por incomodar rivales, por hacer desentonar al punto de la desesperación a los rivales. La paradoja es que, para que la maquinaria del futbol actual carbure como debe, ese jugador es la sucia bujía irremplazable. Para su fortuna y la de sus compañeros de equipo, Dunga era la bujía más aguerrida de su generación.

Punto de entrada: medio

En sus propias palabras, en una entrevista con la televisión italiana cuando era jugador del Pisa definió así su estilo de juego: "soy un mediocampista que gusta de la marca", dijo en respuesta a la pregunta de si lo suyo era más el juego defensivo. "Pero también, a la ofensiva me gusta el tiro de larga distancia". Aquí, por ejemplo, jugando para aquel equipo, está una muestra del poder y la precisión en la pierna derecha.

Es costumbre que los medios de contención soltar la pierna desde afuera del área. Las jugadas en ataque naturalmente los llevan a sobrevolar esa zona. Dunga hizo pocos goles —su mayor saldo llegó cuando jugaba en Japón—, uno cada ocho, nueve partidos sacando un promedio simple. Si bien cuarenta y dos goles en más de trescientos cincuenta partidos no lo convierten en una máquina ofensiva, sí merman el malentendido que lo rodea: que lo suyo era únicamente el hacha, la maza, —cuál será la imagen más precisa—, el machete.

El momento: la final del Mundial de 1994

Revisen por favor este video. Considerada por muchos una de las finales más aburridas de la historia. Más que la pura destrucción, más que la interrupción por la interrupción misma, consideren al mediocampista. Roba el balón y gira el cuerpo para mirar la portería; si da un toque atrás, está buscando el ángulo más propicio para reiniciar el juego a la ofensiva. Miren, por ejemplo, el centro que le pone en la frente a Romario (0:15), o esa secuencia que inicial al (3:13) y que culmina con un pase de cuarenta metros, con la parte externa del pie, que Pagliuca tiene que reventar. La final terminó como sabemos: sin goles, con penales —Dunga abrió la cuenta brasileña—, y una vez que le dieron la Copa al capitán, con una retahíla de insultos de parte del 6 a los miembros de la prensa. Dunga, el estilo Dunga, la garra y la barrida, la obstrucción y el aburrimiento que llevó su nombre, revirtieron dos décadas de vitrinas vacías. En otras palabras, Dunga fue además un gran resultadista.

Nuestro protagonista, después de la Copa del mundo de 94, regresó a la final cuatro años después. Para entonces jugaba en la J-League, la liga de Japón inaugurada en 1993. Dato curioso, el equipo al que capitaneaba era Jubilo Iwata. Júbilo. Esa final la perdieron famosamente contra Francia, y el estilo Dunga parecía llegar a su fin.

No tiene la culpa el técnico tosco, sino el federativo que lo hace seleccionador nacional. La segunda vida del aduanero del mediocampo ha sido menos resultadista que la anterior. Su paso por el banquillo carioca ha estado plagado no solo de críticas sino de resultados indecisos, poco favorables. "Son un equipo muy burocrático, muy conservador", opinó Sócrates sobre el estilo del DT Dunga en 2010. Dato curioso, este personaje tan poco "brasileño", tan inapetente para el país, pasó dos veces por el puesto. Ambas terminaron si no en desastre —fue Felipao el técnico que tuvo que firmar los siete goles en contra, en la semifinal del mundial que jugaban de local—, sí en una destitución enardecida.

Palabras finales

Dunga es un incomprendido. Su propuesta, como jugador, era la disrupción creativa, la interferencia positiva, la búsqueda del error ajeno. Si hubiera nacido en otro país, ahora sería un héroe de la garra. En cambio es un disidente del juego vistoso —démosle un descanso, por favor, aunque sea por este texto, a la frase que todos usan para referirse al estilo de juego brasileño—. "Sin eficiencia, no llegaremos a ninguna parte", dijo durante el Mundial de 2010. Y finalizó con una frase que quizá tiene más de predictiva de lo que parece: "Todos los objetivos se derivan de fracasos". Dunga es un prosista en tierra de poetas.